“Juntos pero no revueltos”
Y llegamos a los 2 años…dos añitos… ¡toda una vida! Estas niñas y niños que hasta hace nada no podían separarse del suelo, ni controlar lo que hacían sus manos, sus pies o su cabeza y que ahora son capaces de desplazarse por el espacio a su antojo (unos más que otros). Por no hablar de que, de repente, pueden cambiar el mundo con sus palabras, sus acciones y sus deseos…lo de dentro y lo de fuera son cosas distintas y además ellos tienen la capacidad de intervenir tanto en una como en la otra… en solo dos años!
Pero claro, por otro lado, empiezan las demandas de los adultos a su persona… las cacas ya no son tan bien recibidas, ahora causan malestar en la familia, se les va pidiendo que vayan dejando el pañal… también el biberón…esas pedorretas tan graciosas ahora generan un no… ese no que empieza a aparecer en muchísimas ocasiones en su entorno…, el no de fuera y los suyos propios… un no poderoso (esas intensas y necesarias rabietas), ese no al mundo, ¡que es un sí a sus deseos! Nuevos retos para conseguir encontrar el punto medio entre los unos y los otros.
A todo esto le sumamos la jornada laboral que empieza, para muchos, a las 7 de la mañana en la guardería con normas, con más niñas y niños, con diferentes adultos, y termina en el mejor de los casos 4 horas después (en algunos casos ¡más de 8 horas!).
En resumen, empiezan a darse cuenta de que tienen que separarse, pero para esto, primero tienen que preparar sus recursos y fuerzas para poder hacerlo (¡igual que las madres y padres!). Pero antes tienen que garantizar que existe una seguridad afectiva en el entono materno…, algo que se va construyendo a base de ir haciendo …
Los psicomotricistas conocemos bien este proceso, y trabajamos a menudo con estas angustias. Nos sostiene una práctica (no un método, ni una técnica) que, bajo nuestro punto de vista, es muy adecuada para acompañar las angustias de los niños en etapas de escolarización temprana y facilitar estos procesos (¡y otros tantos!) que se dan en el viaje de ir creciendo.
Sostenemos la situación para que el niño construya sus recursos y capacidades, para los retos que la vida les va ofreciendo. Ahora y en el futuro y que no se queden en las capacidades y recursos de los adultos.
En estas edades es importante que acaben de construir una base de seguridad en el vínculo afectivo, y que puedan a acceder a la autonomía y la separación, construyendo seguridad y confianza en el otro que les acompaña. En la sala podemos observar el discurso en el juego de cómo ese niño está construyendo estas bases de las que estamos hablando.
La clave es que sean sujetos, si se trata de “una actividad que hay que hacer”, una propuesta impuesta por el adulto, no tiene un valor de seguridad afectiva ante aquello que les angustia. Tiene que ser el niño quien lo propone, quien lo domina, en base a su nivel de angustia.
Dos actitudes importantes para ser persona autónoma y segura: la presencia “de calidad”, de la que surge lo que podemos denominar “capacidad de ausencia”, porque “una vez que me tengas no siempre me necesitas”. “Sé que tú puedes continuar haciendo cosas sin mí, sin que yo tenga que hacer por ti.”
Dos caminos hacia la autonomía:
Y como nuestra especialidad (¡y pasión!) es la práctica, voy a concretar un poco más estas ideas con dos historias distintas, surgidas en el actuar de las niñas y niños con los que comparto las sesiones de práctica psicomotriz educativa y así tratar de comprender un poco más cuál es nuestra mirada y sistema de actitudes a la hora de acompañar y facilitar este proceso.
Estas dos historias están dentro de uno de los tres grupos, que se han formado para acudir a las sesiones, a partir de dos clases de 17 niñas y niños cada una, con ánimo de ajustar el ratio de niños para poder trabajar con más calidad de atención.
El curso comienza en septiembre, con un proceso de adaptacioìn que dura aproximadamente un mes. Yo he estado yendo a su aula para que me conozcan y vayamos construyendo una primera relación, antes de vernos en la sala de psico. Un primer acercamiento, tanto para mí, con el fin de ajustar la sala en las primeras sesiones, como para ellos, que van “poniéndome cara y actitudes” (articulando las bases para la construcción de la relación segura).
ELLA y ÉL
He escogido a un niño y una niña en concreto por dos razones: por un lado porque todos conocemos algún caso con estas dinámicas que nos movilizan, tanto por el exceso como por la falta de acción. Por otro lado porque ambos casos nos hablan de una presencia excesiva del adulto, que les impide acceder a sus propios recursos para reasegurarse frente a sus angustias.
Para ir conociéndolos:
ÉL: Era un niño colgado a un chupete. Un chupete con una cuerda llena de bolas de madera, pesadas, que se le enganchaba al abrigo. Pesaba tanto que si lo soltaba tiraba de él, lo notaba físicamente, así que tenía que cogerlo y se lo volvía a poner. Un chupete conectado a un abrigo lleno de mocos, babas y lágrimas. A lo largo de la adaptación en la clase no se quitó ninguna de sus capas, es más, se quedaba esperando en la puerta a que volvieran a por él, llorando frente a la salida…, a veces paraba para coger fuerzas, miraba un poco el entorno… y volvía a llorar.
ELLA: Era una niña muy pequeñita, con la piel blanca y agrietada, los pies minúsculos y las manos temblorosas, una capa de mocos y babas para acompañar también. No hablaba y estaba permanentemente en compañía del adulto, su hacer dependía del hacer de la profesora. Se enganchaba a la mano y cuando se soltaba paraba.
¿Y por dónde empezar?
La acogida:
Este es uno de nuestros principios como psicomotricistas. Acogemos a todos los niños y niñas, desde el que vive en el exceso (agresivamente, emocionalmente…) hasta el que casi no hace nada (el inhibido, el gris…). Esto se da desde que entran en la sala, pero el espacio más claro y concreto para ello es el ritual de entrada, donde nos encontramos y donde ponemos las bases del cuidado mutuo: venimos a jugar, sin daño. Nuestra autoridad va a permitir que hagan en seguridad (“autoridad”, del latín: “aquel que hace que algo crezca y prospere”).
ÉL: Dicho todo esto y fiel a su dinámica ÉL llegó a la sala de psico con todas sus capas protectoras. Se sentó en el suelo y empezó a llorar. NO quería jugar. La profesora empezó a quitarle el abrigo y los zapatos, pero esto solo complicaba la cosa y disparaba su llanto. El mensaje estaba claro. No hacía falta que se lo quitase, es más, aquí podía tenerlo, porque yo sabía que lo necesitaba… ¡todavía! Podía quedarse mirando desde donde estaba sentado (en brazos de la profesora, en el banco del ritual de entrada) todo el tiempo que necesitase, con todo lo que necesitase llevar puesto. Y le dije, para que él me oyese: “puedes no jugar”. El mensaje es “eres bienvenido, tú y tu historia, igual que las de los demás”. Todos sabemos que el chupete calma el niño en la falta de la madre, es un símbolo que representa a la madre… así que sabemos que hasta que no encuentre otro recurso que le sostenga, no podrá desprenderse de él (sin olvidar que en este caso concreto, ese chupete ¡es enorme!).
ELLA: El primer día que vino me agarró la mano como quien necesita sujetarse a algo para poder caminar. Hubo un trasvase de mano de profesora a psicomotricista. A pesar de tener las manos pequeñas, tenía mucha fuerza. Necesitaba estar junto a mí, un adulto que le daba seguridad, igual que el suelo duro, del que no se podía despegar. Volvemos a la necesidad de contención, de acoger… con ÉL antes desde la distancia física y la palabra (es decir, tocando de lejos) con ELLA, desde el contacto y la cercanía, “el mismo psicomotricista, distintas acciones”, misma disponibilidad. Ajustado a cada realidad.
Esta es la base para empezar a construir una relación con un adulto referente que les vaya a permitir poner en riesgo su integridad tónico emocional, de forma asumible, para abrirse a la acción y sentirse capaces y seguros para jugar sus capacidades psíquicas y motrices.
Expresividad motriz:
Y después del encuentro, acceden al resto de la sala con todo su hacer. Este movimiento actualiza su mundo afectivo, lo que genera imágenes y viceversa, todo en conjunto (sobre todo con 2 años, que hablan de saltar… ¡saltando!). Tenemos claro el objetivo con las niñas y niños en esta edad, que es acompañarles y facilitarles el proceso de apropiación de su hacer. Esto se ve claro cuándo termina el ritual de entrada y acceden a la sala.
La sesión avanza, los niños y las niñas van explorando la sala libremente, cada uno con sus recursos, deseos, miedos… Cada uno, a su ritmo, empieza a expresar todas las posibilidades de su cuerpo, de su creatividad… toda esa expresividad motriz que les va a ir dando seguridad para ir haciendo suya la sala, mientras el psicomotricista les acompaña, desde la escucha, en esas vivencias de placer de la unidad corporal: “hoy me contaís vosotros lo que necesitaís, lo que temeís, lo que deseaís…”.
Y mientras cada niña y niño iban desplegando recursos por la sala ELLA me agarraba la mano, íbamos por la sala de paseo, mirando al resto. Si yo necesitaba subir a la zona sensoriomotora ella se quedaba paralizada en el límite marcado por las colchonetas. Yo le soltaba la mano y le decía “ahora vengo” y ella me esperaba sin perderme de vista, hasta mi regreso. En cierto modo jugando la separación con otro de los objetos moldeables pero indestructibles de la sala, el psicomotricista.
ÉL se hacía oír, con una sonoridad fuerte que al principio hacía dudar a otros niños, pero que a medida que avanzaba la sesión fue bajando para dejar paso a observar la acción del resto. Pero la música del llanto seguía acompañando la sesión buena parte de esta. Al rato empezó a observar el placer de correr, de los saltos o las caídas de culo, los chutes de pelotas, los llenar y vaciar, los subir y bajar estructuras, tirar alguna torre hecha por el adulto… Su mirada estaba en la sala, ¡qué gran oportunidad!
Y es al verle interesado por lo que está pasando que le puedo invitar a venir con la mirada (porque el lenguaje no sólo sale por la boca) y él me dice que NO, con la cabeza, con el ceño fruncido… yo le digo “vale, puedes estar ahí, que yo no me voy a ir de aquí”. La sesión avanza y puedo observar que le interesan los balones. Resueno y empatizo con él, soy consciente de que la angustia era excesiva hasta hace un rato y que con eso no puede hacer más que expresarla, pero también puedo percibir que esa angustia ya ha bajado y da acceso a que puedan entrar “otras cosas”, se empieza a abrir al mundo.
Mientras tanto ELLA permanece a mi lado, no es capaz de actuar, necesita seguir sujetando su cuerpo con el mío, sin perder la vista del resto de niños. Esta mirada a los demás es distinta que la de ÉL, en este caso es una mirada defensiva, está alerta pues cada choque la paraliza y la bloquea.
“Sin morirse ni vengarse”:
Es interesante tener presente que no sólo están investigando la sala y su acción, también están invistiendo al psicomotricista, (¿y este?). Una presencia como base sólida para ponerla en riesgo, un adulto que no se destruye ni se venga (una de esas frases de Winnicott que tan grabadas tenemos).
Sin que sus acciones nos hagan perdernos, (aunque a veces nos generen rechazo). Somos conscientes de nuestras resonancias tónico emocionales, lo que nos permite que éstas no nos condicionen excesivamente en nuestras respuestas, que se ajustan lo más posible a sus necesidades, sin perder nuestra identidad (dos subjetividades que se encuentran).
Ellos lo interiorizan con nuestro sistema de actitudes. ÉL va comprendiendo que su llanto no me destruye, no me “enfada” ni me aleja. Es respetado y contenido.
ELLA también va entendiendo que no me “molesta” que no haga nada. No voy a forzarle a que haga algo que no quiera. Seguro que llegará el momento en el que su deseo haga acto de presencia.
Pero entonces ¿cómo podemos entrar en juego desde nuestra mirada con estos dos niños? Pues, por ejemplo, con las estrategias de rodeo, otra herramienta de la PPA:
Al ver el interés de ÉL por los balones le acerco uno con el pie, le miro y él me mira… me devuelve el balón desde el banco en el que continúa sentado, y me niega con la cabeza. Yo le digo, “vale”, y le vuelvo a pasar el balón un poco más lejos… él se levanta para ir a por la pelota, vuelve a su sitio, la pone en el suelo y la chuta para devolvérmela con el giro de cabeza y el ceño fruncido que me recuerda que “no quiere jugar”. Le vuelvo a pasar otra vez la pelota pero esa vez un poco más lejos… y el recorrido es él mismo, pero esta vez con un tono mucho más tranquilo. Me lo devuelve y le digo “¡SI!” Estamos un rato jugando con el balón y después le propongo una torre cerca para tirarla. Él me dice que no con la cabeza, pero que sí con el cuerpo, y sale corriendo a tirar la torre, yo sonrío con él. Vuelve a su sitio con la profesora y se vuelve a sentar. Repetimos el juego varias veces. Al rato hago la torre casi en la zona sensorio motora… y sale corriendo, tira la torre y para sorpresa de todos corre al salto, con zapatos, chupete, mocos y babas…se sube sólo, se queda mirándome…. Me pide la mano… ¡y salta!“ ¡Sí! ”le digo, y vuelve a subirse, una y otra vez al salto, de mil maneras distintas, pero siempre con mi mirada (porque si la quito la pide).
A ELLA, en esta relación de ir y venir, le preparo un círculo cerrado hecho con bloques, pongo dos vasos que le doy llenos de pelotas, y ella entra dentro. Juntos llenamos y vaciamos un rato los vasos antes de irme, y después me despido “ahora vengo”. Al rato la miro de reojo y puedo ver que está metida de lleno en el juego, el tono ha bajado, está sentada, no mira “alerta” el entorno, las manos están ocupadas llenando y vaciando los cubitos. Se siente protegida en esa “casita”. Paso cerca de ELLA y al verme me da un vaso lleno, yo lo cojo ella me sonríe y me lo pide otra vez, se lo devuelvo y sigue trabajando. Al rato le veo que me mira, me quiere dar el vaso y yo la miro de lejos, en el suelo duro todavía. Sale de la casa temblorosa, viene donde mí, me da el vaso y me lo pide. Ella está trabajando esa separación de la que hablamos, está jugando a perder y recuperar el objeto deseado, objeto investido, objeto del que se ha apropiado. Y vuelve a su casita para seguir “trabajando”.
Mi intención es que vayan accediendo a juegos de re-aseguración profunda, lo que va a permitirle ir desarrollando capacidades simbólicas más elaboradas.
Juegos como destruir, para después construir, por ejemplo Él con las torres…
Juegos de placer sensoriomotor, como el salto, correr…
Juegos de envoltura, por ejemplo ELLA al estar recogida en una “casa”…
Juegos de llenar y vaciar, separar y juntar, con los vasos y pelotas…
Es en la tercera sesión cuando ÉL, a través del salto y las vivencias corporales se ve capaz de darme su chupete. Ya ha construido una relación, un vínculo suficientemente seguro, para desprenderse de los objetos que le daban seguridad superficial y encontrar juegos que le permiten una seguridad más profunda frente a estas angustias de separación. El salto, igual que la separación (dejar el suelo para volver a encontrarlo) le permite vivir el placer de su unidad corporal y simbolizar la separación, que más adelante podrá transformar también en juegos como, por ejemplo, el escondite… lo que le irá abriendo el camino hacia un juego más elaborado.
ELLA: en las siguientes sesiones los vasos se convierten en cubos. A medida que la veo más capaz yo estoy menos accesible, en la zona sensorio motora, y ella quiere darme el vaso, así que se arma de valor y sube una cuesta, que para ella es abismal, para poder darme el vaso, sonreír y recuperarlo, para volver a bajar (esta vez con mi mano) y así empezar a vivir su unidad corporal en acción. Lo que le permitirá también acceder a juegos más elaborados, como cuidar de un muñeco, para irse de casa, dejarle y volver a por él (como mamá, que se va y vuelve).
Y así es como ellos empiezan a vivir el deseo y el placer de jugar, y así es como ellos ya pueden seguir creciendo… ¡juntos, pero no revueltos!
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