¡Quiero normas!

Nº 35 · Junio de 2008 · pp. 39–43

Resumen. A partir de una experiencia como voluntario con un chico que pedía que se le pusieran normas y castigos, Javier Ocejo defiende que las normas dan a niñas y niños un referente, seguridad afectiva y autorregulación. Trata la importancia de que educadores y familias sean coherentes y de que los adultos asuman la autoridad, y explica por qué a veces no se respetan.

Hace unos años participé como voluntario en un proyecto socio-educativo con menores de edad de entre 6 y 11 años, pertenecientes a un barrio marginal. Recuerdo claramente una salida a patinar con un grupo de niños, alguno de los cuales se les podía considerar como niños conflictivos.

En ese día en el que educadores y niños interactuaban en un marco muy deseado por los niños, el salir a divertirse. Un chico conocido por saltarse las normas, por su influencia en el grupo de iguales y su carisma, se enfadó profundamente con un educador ante una negativa. Escenificó una rabieta alejándose a un banco y maldiciendo. Para tratar de remediar la situación y ante el enfado del chaval, otro educador se acercó a charlar con él. Y aquí ocurrió lo sorprendente y que da pie a escribir este pequeño artículo. El niño en cuestión se quejó de que siempre se salía con la suya, de que no le castigaban y que no conseguía los mismos castigos que tenían los otros chicos cuando hacía algo mal.

En ese momento nos dimos cuenta de que este niño nos estaba haciendo una petición que iba más allá de una simple llamada de atención. Nos gritaba, y nos gritaba con una sinceridad asoladora que quería normas.

Era algo desconcertante. ¿Por qué quería un castigo? ¿Cuál era la razón última de esta petición?

Recuerdo que cuando estaba más calmado le hicimos una proposición y el niño quedo profundamente satisfecho. Se le avisaría cuando su comportamiento no fuera el adecuado, si insistía se le volvería a llamar la atención y a la tercera se le impondría un castigo convenido. Esto ya se había intentado anteriormente, pero ahora era distinto. Antes era el educador el que castigaba la conducta sin atender a las necesidades profundas del niño. Ahora, el niño había venido a donde nosotros, habíamos dialogado y llegado a un acuerdo. Con dialogar quiero decir que el chico fue acogido para que expresase su conflicto, sin amenazarle con nuestra gestualidad o actitud. Le estábamos escuchando pero a la vez éramos firmes en nuestros propósitos. Tenía que respetar las normas.

Después de este contrato y de la charla, intuí que lo que el niño ansiaba era tener un referente al que ajustar su comportamiento; quería una brújula que le indicara el norte. Necesitaba un modelo claro para saber como actuar ante las situaciones que nos pone la vida. Construía su mundo sin guía, sin planos, con sólo la dirección de sus deseos, le faltaban la referencias que los adultos transmitimos a través de las reglas y sin estas todo aquel que comienza a vivir se siente perdido. Los niños interpretan y valoran las conductas observando a su alrededor, sus ojos se fijan en sus compañeros de juego y en esos seres altos que parecen saberlo todo.

Este niño ya sabía lo que era estar fuera de las normas, el que los otros niños le temiesen y el salirse con la suya. Pero esto ya no le resultaba gratificante: ¿Qué podría aportarle confinarse dentro de unas normas? Teoricemos sobre las posibilidades:

Al principio se comportaba mal para buscar reconocimiento o conseguir lo que deseaba, pero llegó un momento en que ese mal comportamiento no lograba los resultados que él quería ya que las personas que interactuaban con él lo dejaban como imposible. La petición del castigo le posibilitaba volver a ser tenido en cuenta, de volver a formar parte del grupo como uno más, de integrarse y ser valorado. Podríamos decir que ahora las normas eran como un refugio al que acudía en busca de protección.

El no saber cómo hay que actuar o la desaprobación del grupo de iguales o de las figuras de autoridad le creaba una ansiedad, sobre todo porque estas situaciones estaban siendo muy repetidas en el tiempo. Era una huida hacia delante en la que para reafirmarse necesitaba la confrontación. Lo difícil, tanto para el educador como para el niño, fue romper con la creencia de que él ganaba en importancia en la medida que luchaba contra las personas adultas.

El volver a respetar las normas por parte de este chico, además de darle la posibilidad de ser reconocido y aceptado por el adulto le ayudaba a conquistar la afectividad de una forma correcta pues pasaba de una relación basada en voces altas, imperativos, y malas caras a disfrutar de una relación normalizada: con voces cariñosas, afectuosas y respetuosas por ambas partes. En ese momento, para el niño el respetar las normas supuso un reto a nivel personal ya que debía pasar por el aro para conseguir esa afectividad que anhelaba y que veía en las relaciones de los otros niños con los educadores.

Los niños a partir de una edad están atentos a la comparación de referentes normativos entre iguales. Enseguida indican al educador que tal actividad se le ha dejado hacer a “menganito” y a ellos no, etc. Digamos que son muy sensibles a los tratos diferenciadores. Por eso es muy importante el prefijar una escala normativa con ellos. De este “contrato” a dos partes nace una idea más ajustada de igualdad y no igualdad, base ésta para adquirir en el futuro una idea más compleja de justicia, empatía y facilitar la educación en valores.

La utilización de las normas posibilita también el inicio de la autorregulación de los niños. Esto es así porque el niño a partir de ahora tendrá que luchar entre sus deseos y “lo correcto”. Ya no vale sólo su punto de vista sino que tiene que validarlo con algo externo que es el referente normativo. También el obedecer las normas implica el diferir las gratificaciones inmediatas al romper la acción-reacción de los deseos que inducen a hacer algo de manera súbita, sin reflexionar. Este hecho permite la endoculturización de los niños en nuestro tipo de sociedad articulando sus conductas hacia la convivencia.

Poco a poco, ellos mismos se van dando cuenta de que en las relaciones sociales toda comunicación necesita respetar unas normas. Por ejemplo: no podemos comunicarnos sino respetamos los turnos de habla, o si agredimos a los demás. Creo que los niños entienden las normas, hasta que las interiorizan, como un trueque de realizar o inhibir determinadas conductas a cambio de la seguridad afectiva. Y digo afectiva ya que al decirles lo que pueden o no hacer ellos saben que nos estamos preocupando por ellos y que velamos por su seguridad porque les queremos. Según el psicólogo Javier Urra¹: “Los niños que hacen todo lo que quieren creen que no son importantes para sus padres”.

Lo que pueden hacer o no viene determinado por el desarrollo evolutivo del niño. Las normas se van instaurando desde el nacimiento, primero en forma de rutinas y después atendiendo a las necesidades propias de cada etapa infantil. Ese saber conciliar las necesidades del niño y las exigencias sociales para la vida es el arte de educar.

El deseo de los niños de agradar a los adultos, de querer y que les quieran les impulsa a mirar hacia ellos esperando un refrendo o una desaprobación; es una continua pregunta: ¿Me sigues queriendo?, ¿Lo hago bien?, ¡Mira lo que he hecho! Por eso hay que satisfacer este deseo profundo con gran responsabilidad; es fundamental que el niño vea que las personas significativas e importantes para él utilizan y respetan las normas. Para lograr una coherencia educativa entonces no sólo los educadores sino también los padres y la familia han de consensuar los referentes normativos ya que muchas veces nos encontramos con que los niños ajustan su comportamiento según las normas vigentes en cada contexto. Son santos en el colegio y endemoniados en casa o viceversa.

El catedrático de filosofía José Antonio Marina² cita en su libro Aprender a convivir al pediatra Brazelton: “Un niño sin disciplina está a merced de su impulsividad”, “sabe que es incapaz de controlarse y su angustia se dispara cuando su entorno no le controla”. También cita a la psicoanalista infantil Selma Fraiberg diciendo que un niño al que no se le detiene cuando él sabe que debería hacerse, piensa que su comportamiento no tiene importancia.

Por otra parte el psiquiatra infantil Stanley I. Greenspan³ afirma: “Con los límites y las conversaciones, se le transmiten aspiraciones, objetivos y expectativas, todo lo cual le da seguridad.”

Con respecto a los niños, resumiendo podríamos decir que las normas sirven de modelos o de guías de comportamiento que les aportan grandes ventajas afectivas puesto que al ceñirse a las normas son más aceptados por los adultos y por sus iguales. Pero para los padres y educadores estas normas significan la base para la educación en valores y por lo tanto la regulación de la libertad para ser más libres, en definitiva la mejor herramienta cultural que les podemos legar para poder vivir en una sociedad más justa, igualitaria y feliz.

Nuestra tarea como maestros y padres es reconocer el gran esfuerzo de nuestros hijos para adaptarse a las normas, estas junto al reconocimiento personal proporcionan la seguridad emocional necesaria para lograr autonomía en el comportamiento. Todos sabemos que para ellos saberse que son buenos chicos les es motivo de orgullo y para eso deben saber claramente como comportarse.

¿Y por qué no respetan las normas? Muchas veces los educadores o los padres solemos decir que lo hacen para llamar la atención, desafiarnos o provocarnos. Esto es sólo fijarse en los síntomas pues la emisión de tales conductas en niños sanos es la manifestación de un conflicto interno entre el ajuste a la realidad y sus deseos. La forma en que dialogan con el mundo y la sociedad estos chicos “malos” se está cristalizando erróneamente por un mal aprendizaje o por asimilar unas normas alejadas de los valores éticos; además quizás porque no hay en sus vidas un buen referente, una persona que les diga que hay unas normas, les explique con paciencia su utilidad, que hay que aceptarlas y como respetarlas. En definitiva adultos que se responsabilicen de ejercer la autoridad aceptando las producciones propias del niño.

Referencias bibliográficas

1.- Urra, J. 2006. El pequeño dictador. Editorial La esfera de los libros.

2.- Marina, J. A. 2006. Aprender a convivir. Editorial Ariel,

3.- Brazelton, T. B. y Greenspan S. I. 2005. Las necesidades básicas de la infancia. Lo que cada niño o niña necesita para vivir, crecer y aprender. Editorial Graó, colección biblioteca de infantil,

Otros libros consultados:

Mifsud, T. (1985). El pensamiento de Jean Piaget sobre la psicología moral: presentación crítica. Editorial Limusa.

Nora Rodríguez. ¡Quién manda aquí! Educar a los hijos con una disciplina coherente y efectiva. 0 a 12 años. Editorial Juventud. Materia gris, 2005.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye ilustraciones que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Sobre Javier Ocejo. Javier Ocejo es educador de menores y ha participado en diversos proyectos socio-educativos de la Cruz Roja. En la actualidad se está formando como psicomotricista.
Cómo citar: Javier Ocejo (2008). ¡Quiero normas!. Cuadernos de Psicomotricidad, 35, pp. 39–43. Luzaro.
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