Globalidad o apariencia
El ser humano como algo global, algo mecánico, algo anatómico, algo psíquico, ¿se siente así realmente?
Cuando se estudia anatomía humana y nos acercamos a los diferentes tejidos que aparecen debajo de la piel, y los vemos tan fríos y tan quietos, podemos preguntarnos, ¿cómo es posible que estos tejidos, este cuerpo, podían expresar vitalidad?, ¿qué es lo que le falta?, ¿será el “alma” de Descartes que se ha escapado y ha dejado solo la “parte mecánica”, fría, inerte y deslúcida, de esta maquinaria maravillosa que es el cuerpo humano? Esta falta de “algo” choca, llama la atención cuando eres estudiante, y a lo largo de los años, del estudio del cuerpo, se echa de menos ese aspecto (psíquico-anímico o electroquímico) que insufla los tejidos, dándoles vitalidad y movilidad. La parte mecánica prima en todo lo que sea un “estudio serio” del cuerpo humano, a pesar de que se hable de globalidad y que los conceptos mecanicistas tengan menos fuerza que antes. Estos conceptos pesan enormemente en la práctica, y seguimos separados en cuerpo y alma. Esta separación repercute negativamente en la asunción de responsabilidades de todo lo que nos pasa.
El enfoque educacional, médico incluido, encauza a considerar al cuerpo humano como algo mecánico, que se estropea por causas externas (generalmente), y que puede ser arreglado mediante actos externos. Nos vemos como distintas partes ensambladas, no tenemos una visión global de nosotros mismos, no tenemos conciencia de lo que somos: “me duele la garganta…”, lo decimos como si dijéramos: “tengo el cárter estropeado”. Nuestro darnos cuenta es muy pobre, y ni los mensajes, que nos da el cuerpo, sirven para ayudarnos a percatarnos de algo más que del síntoma que percibimos y que lo vivimos como algo no propio, no producido por nosotros mismos, y que, además, es algo que queremos eliminar, como cualquier avería mecánica de un coche. Buscamos solución a nuestros malestares, sean los que sean, desde un punto de vista mecánico: prótesis de cadera, de rodilla, de hombro, trasplante de corazón, de hígado, de pulmón, etc., (que me parecen absolutamente imprescindibles), todo como en un taller mecánico. Esto en cuanto a los aspectos más visibles de la anatomía humana. Si se trata de algo interno, se dan antibióticos, corticoides, antiinflamatorios, antirretrovirales, etc., como en el caso de una sinusitis, para limpiar las cavidades llenas de material, ó en una rodilla inflamada para que se reduzca el líquido acumulado, ó en una hepatitis para que se vayan los virus, y si se trata de algo genético, se busca el gen deficitario para intentar sustituirlo. Todo estructural.
Cuando cualquiera de nosotros acude a un profesional de la medicina, lo hace porque quiere que le solucione algo, y en esta aproximación no parece que nos diferenciemos mucho de cuando acudimos a un taller mecánico. Vemos a nuestro cuerpo como algo que es recambiable, como las piezas de un mecano. En este enfoque, la publicidad de los medios influye mucho y condiciona mucho la aproximación al cuerpo, a la enfermedad, y al acercamiento al médico, e induce a pensar que los avances técnicos de la medicina nos llevarán a la solución mecánica de todos nuestros males.
Y qué decir de los síntomas y enfermedades mentales, de aquellos que los sufren y que darían un ojo de la cara para que en vez de tener un “algo” mental, tuvieran un “algo” físico. Cuántas veces quien padece de ansiedad ó de depresión, expresa su deseo diciendo: “ojala tuviera una úlcera, u otra alteración física, en vez de esto que tengo”, que además no es comprendido, y pocas veces aceptado por los demás. Aquí también vemos la separación de cuerpo-mente, de forma “más dolorosa”, por cuanto que alguien, que padece un cuatro psíquico, desea uno físico en sustitución del mismo. Sin darse cuenta del dolor que también invade al cuadro físico, no menor que del psíquico. Pero socialmente está mejor aceptado tener algo físico y eso sí condiciona a las enfermedades mentales.
Así seguimos separando cuerpo de mente ó conciencia. Los que tienen un trastorno mecánico no les importa la conciencia, y los que tienen un trastorno emocional querrían verlo sustituido por uno corporal. Más divididos no podemos estar. Incluso los médicos “escuchamos” de diferente manera a aquellos que tienen síntomas ó enfermedades físicas, de aquellos que tienen síntomas ó enfermedades psíquicas.
Para A. Schnake, “cuando una parte de nuestro cuerpo da señales, nuestra respuesta en general es de molestia, de enojo, de miedo… enfadándonos con aquella parte del cuerpo que muestra limitación. Y en vez de escuchar ó atender a lo que nos pasa y a lo que esa parte nos está diciendo, nos enfadamos y consideramos a esa parte, que es nuestra, como enemiga. La queremos extirpar, eliminar, cuanto antes. No se hace gran cosa, por no decir nada, para favorecer la curación. Se trata de deshacerse de una parte de sí mismo que no se comprendió o aceptó del todo”.
Psicosomática
El problema de la mente y el cuerpo, así como sus relaciones, ha sido objeto de especulaciones y estudios en todas las épocas. La relación entre cuerpo y mente se ha entendido con frecuencia, más como «realidades antagónicas” que como polaridades de un mismo fenómeno: material-inmaterial, conocido-desconocido, objetivo-subjetivo, materia-espíritu, etc. Estos pares terminológicos tratan de diferentes formas, con la experiencia básica de la conciencia, explorada por Descartes.
Los seguidores de Descartes se ocuparon, sin éxito, de buscar puntos de unión entre la materia y la mente. Descartes opinaba que el alma y el cuerpo interactuaban a la altura de la glándula pineal.
Durante décadas, la influencia del psiquismo sobre el soma fue rechazada como anticientífica y, como consecuencia, se hizo habitual tratar la enfermedad y no al enfermo. Algo que, creo, ocurre en gran medida en la actualidad. Para la ciencia médica el ser humano es como una sofisticada máquina inteligente y sensible.
Fue Freud quien introdujo con profundidad la relación entre soma y psique, considerando a la memoria como laboratorio del psiquismo, demostrando la importancia de las emociones en la producción de los trastornos somáticos y psíquicos. Puso en evidencia algo esencial en el ser humano: su aspecto psíquico y la vida emocional. Añadió sentimientos e individualidad a la “maquinaria maravillosa”. Sin embargo, en la práctica, sus seguidores, sólo se ocupan de la parte psíquica. Y en medicina, lo que ha ocurrido con la aportación de Freud es, que a la causalidad orgánica se ha añadido la causalidad psicológica. Y así las enfermedades pueden ser de origen vírico, traumático… y psíquico.
No hay unión entre cuerpo y mente.
La medicina psicosomática es la que ha intentado unir de alguna manera estos dos extremos. Al principio se consideraba psicosomático a aquella patología que aparecía en los órganos que dependían del sistema nervioso autónomo (inervación vegetativa), y que podían ser influenciados vía vegetativa, por las emociones, como colitis ulcerosa, úlcera péptica, migrañas, asma, artritis reumatoide, etc.
Hoy en día, aunque se siga utilizando el término psicosomático, se valora más el concepto “somatopsíquico” en el que se analizan las consecuencias psicológicas de una enfermedad orgánica primaria (es decir, que de un padecimiento orgánico se derivan alteraciones psicológicas). Y se tiene en cuenta la forma de enfrentarse a la enfermedad de cada individuo (estrategia de afrontamiento), y en qué medida sigue las indicaciones terapéuticas (cumplimento terapéutico). En el DSM IV—TR y en el CIE-10 la mención de los trastornos psicosomáticos es muy reducida. Y tanto la psicosomática clásica, como la somatopsíquica, la escuela de París y el DSM, reducen ampliamente la influencia entre cuerpo y mente. Siguen usando el modelo mecanicista. Tratan al cuerpo humano como una máquina, que se sigue basando en la división ó separación de los dos aspectos del ser humano, el cuerpo y su conciencia. Seguimos con el modelo cartesiano de dos partes separadas que se influyen mutuamente.
Para los que consideran que sería indiferente la dirección de la influencia, y se oponen a la dicotomía salud-enfermedad ó cuerpo-mente y consideran ambos procesos como un continuo y hacen depender lo físico a la conciencia, como hacía Groddeck, un precursor de la psicosomática, Freud (como recuerda A. Schnake), en carta a Groddeck dice: “…¿por qué desde su bonita base se arroja usted a la mística, suprime la diferencia entre lo anímico y lo corporal y se aferra a teorías filosóficas que no vienen al caso?…” Lo que no ayuda a entender lo que pasa entre el cuerpo y la mente.
Para A. Schnake: “El hacer aparecer a la conciencia como dueña y señora y que puede estar en cualquier sitio, es una idea que cuesta aceptar. Sabiendo que de muchas maneras se separan esas instancias (cuerpo-mente): lo psicológico, los traumas, las emociones, los sufrimientos, las alegrías afectan a nuestra psiquis; el espíritu, el alma están evidentemente en el lado de lo psíquico y no en el lado material. No son “red extensa”. Por esta vía, Descartes sigue teniendo razón y el mundo se divide claramente en dos instancias. Pero mientras lo orgánico vive, sepamos también que de alguna manera se juntan. Lo psíquico, como lo divino, puede hacer que lo orgánico reaccione de modos diferentes.”
Gestalt
Dentro de los trabajos realizados en la dirección de integración de cuerpo-mente me gusta el realizado por Adriana Schnake, psiquiatra gestaltista chilena, que utiliza aspectos de la medicina tradicional china y gestálticos, entre otros, cuando afronta los conflictos de un ser humano.
En las medicinas tradicionales el enfoque que se dá al ser humano es un enfoque global.
La gestalt ayuda a darse cuenta en el aquí y ahora de lo que nos está pasando, y pone énfasis en lo experiencial. Aunque muchas veces, también en gestalt, se cae en la división de cuerpo-mente.
Siempre ó casi siempre que hablamos de nuestro cuerpo ó de alguna parte del mismo, lo hacemos de la siguiente manera: la cabeza, el estómago, …. cuando sería más apropiado e integrador decir: mi cabeza, mi estómago, … para ir asumiendo que somos un todo global, no unas piezas mecánicas que se juntan. En gestalt es básico sentir el cuerpo, y buscar las maneras para darnos cuenta de ello. Necesitando un clima adecuado basado en silencio, tiempo y espacio, que faciliten este sentir. Y se enseña a hablar con las distintas partes del cuerpo y del espíritu, con los personajes y los objetos de los sueños,… todo de forma polar. La polaridad forma parte del trabajo gestáltico y se enseña a darse cuenta de estas polaridades. Polaridad que impregna toda la existencia y señala aspectos diferentes de lo mismo.
A. Schnake, refiriéndose a los niños, comenta a modo de hipótesis que, “orientando a los niños con una visión vivencial, holística, podíamos contribuir a cambiar —por lo menos respecto del cuerpo— el hábito de pensamiento causal lineal, un pensamiento que confina, limita y enajena”.
“Vivenciar y conocer de un modo diferente el propio cuerpo, puede contribuir a transformar completamente el sentido de la enfermedad, y con ello reducir la alta frecuencia de enfermedades invalidantes y mutiladoras…”
Y menciona en relación a niños prepúberes, varios talleres experimentales, que me parece importante señalar. “Una vez conseguido un ambiente adecuado, se ayudó a estos niños para que aceptaran, una vez relajados y aceptando la absoluta cercanía de los otros en un contacto estrechísimo —algo difícil en niños de esta edad— se les pidió que hicieran silencio y se conectaran con lo que eran y con la relación que tenían con los vecinos. El paso siguiente consistió en que empezaran a dialogar. Se les pidió que se fueran presentando y que sólo se interrumpieran si alguien decía algo que para alguno de ellos era obviamente erróneo. Cada vez que el error era muy notorio el griterío era muy grande… La relación entre ellos y la adecuación a la situación eran tales que se daban cuenta de la interacción tan íntima entre las distintas partes, aunque estuvieran lejos y la necesidad de unos con los otros, no pudiendo prescindir de ninguno y dándose cuenta de la globalidad y necesidad de funcionar como algo entero…”
“Estos jóvenes, dice A. Schnake, captaron lo esencial que era funcionar en armonía. La experiencia duró un fin de semana para cada grupo, y fue sólo una exploración para descubrir si todo esto que veníamos realizando hace tiempo en nuestros grupos, funcionaba a ese nivel”. “Nos parecía evidente que más ayudaremos a nuestro crecimiento cuanto más precozmente nos demos cuenta de que el cuerpo es nuestro aliado; tenemos que aprender a entender su lenguaje antes que cualquier cosa en la vida.” “… y hacer una verdadera campaña a nivel escolar, junto con los profesores, para aprender el verdadero lenguaje corporal y con ello librarnos de la enajenación y dependencia sin límites a que estamos sometidos”.
“Nuestro objetivo es favorecer en los terapeutas la posibilidad de actuar como yo-auxiliar en los diálogos gestálticos de los pacientes que presentan afecciones de las llamadas orgánicas”.
A. Schnake intenta llenar ese vacío que existe en la relación cuerpo-mente, dado el reduccionismo que supone una aproximación psicosomática que así de entrada parece abarcar a todo el ser humano, y no lo es en la práctica.
No es cuestión que con este enfoque de A. S. se trate de solucionar cualquier cuadro, y menos que lo haga una sola persona, dejando a un lado todos los otros aportes de la medicina. No es cuestión de caer en la omnipotencia, en la que desgraciadamente caen muchas medicinas alternativas, que dicen: o haces lo que yo te digo, y dejas las pastillas, la quimio ó cualquier cosa de la medicina, ó no hay nada que hacer. No es éste el enfoque que estamos tratando. Lo que se pretende con este enfoque es ayudar al ser humano para que se haga responsable ó más responsable de su enfermedad, y se dé cuenta y entienda el mensaje que la enfermedad le está dando a él, a todo él.
Lo que habitualmente hacemos los seres humanos es enfadarnos con la parte de nuestro cuerpo que nos molesta ó nos limita. Y plantear que hablemos con ella, suena extraño, como de locos. Así cómo vamos a escuchar nada. En la práctica, cuando, bien centrados, hablamos con alguna parte de nuestro cuerpo no nos parece tan extraño y nos sorprendemos de lo que emerge.
Y como ejemplo, cito el de un caso tratado por Adriana Schnake, en terapia grupal, de un cáncer de pulmón.
Dice A. Schnake: “En el caso del cáncer es importante saber que las células cancerosas son invasoras, voraces, que quieren mantenerse siempre jóvenes e inmortales y que se procuran el medio adecuado para alimentarse y perpetuarse. Y en un cáncer pulmonar es importante saber características propias a los pulmones: son pasivos, flexibles, receptivos, indiscriminados, dependientes, comunicativos, solidarios…”. “En este cáncer de pulmón se trata de un alto ejecutivo, muy capacitado y acostumbrado a que todos le obedezcan, al que le es difícil aceptar que algo suyo pueda ser indiscriminado (que acepta todo lo que le viene con el aire). Entonces el encuentro con sus pulmones es muy confrontativo, de reto, de exigencia, lleno de omnipotencia, reprochándoles que le traten así después de todo lo él había hecho por ellos, sacándolos de la ciudad, al aire puro del campo siempre que podía (en el diálogo polar ejecutivo-pulmones). Y cuando se colocaba en el lugar de los pulmones, se negaba a aceptar características esenciales de ellos.” “El terapeuta ha de estar familiarizado con las funciones de los órganos y despierto ante la tendencia de cada persona a negar lo obvio, para hacérselo ver”. En este caso el ejecutivo dice a sus pulmones: “gracias a mí ustedes se mueven, existen”. La terapeuta interviene dando voz a los pulmones: “quién te crees que eres y cómo piensas que nos manejas”. Y le recuerda que él podía estar anestesiado (en una operación) y ellos seguir respirando. Y añade: “es cierto, somos pasivos, dependientes de otros, indiscriminados…, pero podemos seguir vivos y funcionando mientras ese que se dice tú está fuera de juego”. Esta respuesta impacta al ejecutivo y le ayuda para bajarse de la omnipotencia y aceptar aspectos hasta entonces inaceptables. Esto permite aceptar y vivir los procesos de otra manera. El diálogo con los órganos nos permite trabajar aspectos psicológicos atascados de quienes padecen una enfermedad, y conectar con la dependencia, la pasividad, que existen en nosotros y no nos damos cuenta de ellos. Con este diálogo también se percata de los límites de cada órgano y de los propios de cada persona. En esta manera de abordar las enfermedades, no se tiene en cuenta a la persona según el cuadro clínico; así dos cánceres de pulmón en dos personas distintas, tienen abordajes diferentes. El diálogo con el órgano les hace conectar de diferente manera y afloran aspectos distintos. No hay clave para resolver enfermedades.
Sería bueno que cuando se presenta una enfermedad, cualquier enfermedad, pudiéramos escucharla y no, como hacemos habitualmente, disgustarnos y poner todo nuestro empuje en quitar lo que nos molesta. Y si se trata de enfermedades graves o severas, negar primero, enfadarnos después, deprimirnos luego, y si acaso, para aquellos que lo trabajen, aceptarlo finalmente.
Es una pena que en el siglo XX y en lo que llevamos de éste no haya habido un acercamiento de posturas, más profundo y útil, entre los aspectos biológicos y psíquicos. Desde un estancamiento del estudio científico sobre la génesis de los conflictos mentales, a las rencillas de las distintas corrientes psicológicas al aprecio cada vez más reducido que hace la corriente biológica de las corrientes dinámicas. Hablamos de estrés como cajón de sastre de muchos males, manifestando el desconocimiento de lo que pasa. Todavía no se sabe lo que pasa, y los instrumentos para saberlo aún están en los inicios.
Confío en que así como A. Schnake y muchos otros, han aportado su conocimiento y experiencia, de las dificultades que se nos presentan a los seres humanos a lo largo de la vida, y nos han ayudado a avanzar en el conocimiento de lo que somos, sigan apareciendo muchos más que con su trabajo nos ayuden a sacudirnos de nuestra anestesia.
Referencias bibliográficas
A. SCHNAKE. Los diálogos del cuerpo. Ed. Cuatro Vientos. 2003. 7ª edición.
A. SCHNAKE. La voz del síntoma. Ed. Cuatro Vientos. 2002.
T. DETHLEFSEN Y R. DAHLKE. La enfermedad como camino. Ed. Plaza-Janés. 1991. 3ª edición.
RUDOLF THIEL. Contra la muerte y el demonio. Ed. Espasa-Calpe. 1942.
WIELAMT MACHLEIDT. Psiquiatría, trastornos psicosomáticos y psicoterapia. Ed. Masson. 2004.
A. M. Freedman, H. I. Kaplan, B. J. Sadock. Tratado de psiquiatría. Ed. Salvat. 1982.
DSM — IV — TR. Ed. Masson. 2002.
CIE — 10. Ed. Meditor.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye ilustraciones que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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