Este artículo responde a una petición expresa de la revista para reflexionar sobre la psicomotricidad como disciplina y su encuentro con otras disciplinas. Acepto el reto de buen grado en un primer impulso, agradeciendo la confianza depositada. La oportunidad de la demanda es clara si consideramos que nos encontramos, desde universidades y asociaciones, definiendo y defendiendo en nuestro país la titulación de psicomotricidad en el marco actual de nuevas titulaciones gestado desde el Espacio Europeo de Educación Superior. Se aporta una reflexión sobre nuestra entidad y particularidad como disciplina y su necesaria proyección hacia lo interdisciplinar. Queda pendiente llenar de contenido ambas dimensiones (disciplinar/interdisciplinar) y el reto para la revista de continuar trabajando en esta dirección, con el necesario concurso de múltiples impulsos.
La psicomotricidad como disciplina o la identidad de una profesión
La pregunta inicial resulta obvia: ¿Qué es la psicomotricidad: una técnica, una práctica educativa o terapéutica, un paradigma, una disciplina, una profesión? Nos atrevemos a decir que hoy la psicomotricidad es más que una técnica o una práctica y se ha constituido como una disciplina y una profesión.
Una disciplina que se ha ido institucionalizando, que ha producido en los últimos años un gran número de profesionales, publicaciones y encuentros científicos, con diferente suerte de implementación como titulación universitaria según los países, y con diversidad de planteamientos teóricos y metodológicos según corrientes y tradiciones.
¿Tiene la psicomotricidad identidad como disciplina con un cuerpo científico y metodológico propio? Una disciplina implica la identificación de unos intereses epistemológicos, que se convierten en objeto de conocimiento, y que son abordados con instrumentos teóricos y metodológicos particulares ajustados a su objeto de estudio. La psicomotricidad se ha ido construyendo como disciplina de naturaleza básicamente aplicada, con un fuerte componente técnico o práctico —enfocado a la intervención- y también tecnológico o proyectivo —centrado en el diseño de situaciones, propuestas de intervención y actividades— capaces de inducir y provocar el cambio. Es quizás la dimensión teórica —elaboración de modelos interpretativos de esos procesos de cambio-, la que ha necesitado y se ha prestado a mayor número de soportes en otras disciplinas: la psicología, la neurología, la educación, el psicoanálisis, etc. Esta peculiaridad puede producir la sensación de una falta de sostenimiento de la práctica en paradigmas teóricos propios y personales. Pero, como ocurre en la vida, esta pseudofragilidad se convierte también en uno de nuestros mayores activos, que nos interpela a la búsqueda y a la investigación.
La identidad de nuestro saber y de nuestra profesión reside en aquello que nos hace diferentes y que nos permite abordar viejos problemas con enfoques nuevos. Lo ilustramos con una primera cita de Claudia Ravera (2001) y una segunda en la que, en el mismo escrito, la autora cita a Geneviève Haag:
«La psicomotricidad permite recrear de un modo vivido toda una gama de experiencias corporales integradoras de niveles sensorio-motrices muy primarios. Representa también una mirada y una escucha privilegiada del movimiento entendido como parte esencial de la relación con el otro y con el mundo… Un excelente modo de enlazar ese eslabón perdido que es el afecto, la cualidad emocional, corporal, con el acontecimiento, para restituirlo cuando no inscribirlo en el mundo representacional …Es esa compleja urdidumbre originaria donde cuerpo, movimiento y lenguaje preparan y habilitan el acontecer simbólico, que nos enseña la necesidad de lograr aproximaciones cada vez mas sutiles a la hora de intervenir en el devenir perturbado patológico del niño.»
«Lo que adivino a través de las historias de los psicomotricistas, es que ellos desarrollan todo un arte a través de su conocimiento y de su intuición del estado corporal y mental de un niño en un momento dado, de las dosificación de sus proposiciones y de la elección de la modalidad de expresión que van a promover en un momento dado. Creo también que ellos deben conocer cada vez mejor la naturaleza de las angustias corporales que pueden bloquear a los niños a fin de podérselo verbalizar: esto no es una interpretación psicoanalítica, sino del registro de la interpretación ambiental: “No te agarres así. No voy a dejarte caer”»
Podríamos decir que la especificidad de nuestra disciplina como psicomotricistas tiene su origen en un enfoque particular sobre la comprensión del niño y su desarrollo. Como dice Mila (2005):
– Una mirada psicomotriz sobre el desarrollo del niño, que apunta a la unidad y globalidad del desarrollo. La psicomotricidad surge con la intención de vencer una visión del otro dividido en partes: lo psicológico, lo neurológico, el lenguaje, lo afectivo, lo cognitivo, etc.
– Una mirada que trata de respetar la singularidad, la individualidad y la historicidad de la organización funcional de cada niño. Trabajamos con un niño determinado, con su familia, con su historia, con su cultura, con sus vivencias, con su contexto, como un ser único e irrepetible.
– La importancia del movimiento como manifestación e instrumento de la vida psíquica. La postura, el tono, el gesto, los parámetros psicomotores que utilizamos habitualmente en nuestra observación… son una vía de acceso al mundo interno del niño.
– El valor del movimiento y el gesto en la comunicación. Las relaciones tónico-emocionales con el otro constituyen la base de la organización del sistema emocional, en la línea ya trabajada por Wallon.
Nuestra disciplina acoge así al sujeto, en un intento de evitar la cosificación del objeto de estudio y la hiperespecialización de la ciencia que, como dice Morín (2000), desgarra y fragmenta el complejo tejido de la realidad haciendo creer que este corte arbitrario es la realidad misma.
Este enfoque particular de la psicomotricidad aporta además una mirada sobre el psicomotricista, quien también recupera su condición de sujeto. Poder reconocer la particularidad de cada niño y situarnos frente a ella es la condición para que el niño evolucione. Y poder situarnos así compromete también al psicomotricista como persona, implicado en una relación que deviene interacción, una relación que pretende la transformación del otro y a su vez queda tocado y, diríamos, cambiado por el otro. Es por tanto una transformación recíproca. Poder situarse, comprender y evolucionar en esta relación será objeto de nuestra formación como psicomotricistas (Camps y García, 2004).
La psicomotricidad plantea una metodología de intervención absolutamente original, específica y diferenciada de otras disciplinas, si bien podemos hablar de diversas corrientes o aproximaciones -de carácter más funcional o relacional-, y de contextos de aplicación diversos —educativo, preventivo, terapéutico-. Como ocurre en cualquier disciplina el patrimonio del conocimiento se caracteriza por estar distribuido y los profesionales por tolerar la diversidad en diferente grado según afecte a su narcisismo personal.
Parece por tanto que nuestra disciplina cuenta con: un objeto de estudio (el movimiento, la acción…) que es estudiado desde un enfoque particular, y con una metodología propia para abordar dicho objeto de conocimiento, a nivel de intervención y de evaluación (estrategias metodológicas a partir de espacios, tiempos, materiales y propuestas específicas).
Pero además la psicomotricidad ha creado una formación coherente y bien fundamentada que imprime sello de calidad y da carta de origen a nuestra disciplina, una formación que en nuestro caso particular se organiza en tres escenarios: la formación teórica, la formación personal y la formación práctica, recogiendo una importante tradición en nuestro país y fuera del mismo (García y Camps, 2004). Valga decir que en muchos aspectos nos adelantamos a lo que hoy se propone como nuevo modelo de formación universitario.
La psicomotricidad en una perspectiva interdisciplinar
Durante el siglo XX se produce una evolución en diversas ciencias desde modelos mecanicistas hacia modelos más sistémicos, que abogan por caracterizar a los organismos vivos por su organización y no por su composición (el todo es más que la suma de las partes). Esta nueva dirección alumbra la resolución de problemas complejos con soluciones que requieren un abordaje interdisciplinar.
«La praxis interdisciplinaria nos enfrenta a la acción con los bordes de otras disciplinas. Estos bordes son espacios de entendimiento y confrontación, de consenso y discusión, de acuerdos teóricos que permiten crear y crecer. Y es en estos espacios donde deberemos preservarnos de confundir disciplina con profesión, disciplina con propiedad, saber o poder» (Mila, 2000).
Podemos pensar la psicomotricidad como disciplina que oficia de gozne entre disciplinas que se ocupan del organismo y aquellas que se ocupan del psiquismo. Por la complejidad de su objeto de estudio y necesario intercambio con disciplinas vecinas podemos considerarla como disciplina contextualizadora e integradora, a diferencia de la mayoría de las disciplinas que fragmentan y sacan de contexto al sujeto. El propio objeto de estudio de la psicomotricidad —el movimiento en sus intrincadas relaciones con las funciones afectivo-cognitivas— nos habla de su extrema complejidad e inevitable relación con las disciplinas que se ocupan del movimiento, de la afectividad y de la inteligencia (neurología, psiquiatría, psicología, psicoanálisis, neuropsicología…) y las recién nacidas psiquiatria biológica, neurobiología del desarrollo, neurociencias cognitivas, etc. (Mila, 2005).
Un equipo interdisciplinario se compone de personas que han recibido una formación en diversos dominios del conocimiento, con diferentes conceptos, métodos y datos, y que se organizan en un esfuerzo común alrededor de un problema común, donde existe una intercomunicación continua entre los participantes de diversas disciplinas. Si se consolida los profesionales formaran una red y construirán un saber compartido. Integrar un equipo interdisciplinario implica reconocer las limitaciones de uno y de su disciplina para comprender un hecho o fenómeno determinado… Supone un reconocimiento de nuestras carencias, de nuestros límites y los límites de nuestras disciplinas… es una herida narcisista, pero también una búsqueda que nos permite abordar nuevos niveles de incertidumbre, estando acompañados y sostenidos. Los equipos nos sostienen y, si funcionan sanamente, nos habilitan al crecimiento disciplinar, profesional y personal (Mila, 2005).
Resulta interesante la diferenciación entre Multidisciplina, Interdisciplina y Tansdisciplina (Tuzzo, 2004; Mila, 2005), como tres niveles de funcionamiento que implican progresivamente un mayor grado de descentración, en relación, por ejemplo, a la resolución de problemas complejos, como los que tratamos habitualmente en el campo de la ayuda psicomotriz:
1. Multidisciplina. Yuxtaposición de distintas disciplinas. El especialista en cada campo explica lo que su disciplina reconoce del problema analizado. Mira el aspecto que estudia su disciplina. No llega a interactuar ni a modificar la manera de analizar los objetos, de plantear los problemas o de buscar las repuestas. Puede ser el primer paso de un equipo. Aporta una ampliación al análisis del problema.
2. Interdisciplina. Se establecen vínculos múltiples, complejos, variables. Implica flexibilidad para realizar recorridos por diferentes materias y disciplinas. La cooperación lleva a la interacción, se producen intercambios y mutuos enriquecimientos, dando lugar a la construcción de un código o lenguaje común.
3. Transdisciplina. Etapa superior de integración. Se construye un sistema sin fronteras sólidas entre las disciplinas, los bordes de las disciplinas se hacen más permeables, se forma una macrodisciplina y se adopta un método de investigación o un paradigma.
La psicomotricidad, que nace ya proyectada hacia lo interdisciplinar por su propio objeto de estudio, se ha ido consolidando como práctica interdisciplinar por la participación y consolidación de los psicomotricistas en equipos multiprofesionales. Este hecho, que nos aparece como potencial fuente de riqueza y de desarrollo profesional, ha de ser acompañado por un trabajo teórico y práctico que consolide nuestra identidad disciplinar desde la cual abordar los problemas abiertos y complejos que caracterizan nuestra práctica profesional.
En este contexto interdisciplinar, la psicomotricidad tiene que afianzar una red de conceptos propios y específicos de su práctica y otros “conceptos frontera” (una acertada expresión de Claudia Ravera) que compartimos con las otras disciplinas de las que nos alimentamos y a las que, a la vez, retroalimentamos. En este mismo sentido hace años que el psicoanálisis y la psicomotricidad mantienen una interesante, polémica y fructífera dialéctica. Tomemos como ejemplo el concepto de resonancias tónico-emocionales y su innegable asiento en el concepto de transferencia. De igual manera, conceptos como imagen corporal, espacio transicional, permanencia de objeto, descentración, empatía…
Las tareas pendientes
Contamos como disciplina con un objeto de estudio propio, enfoque y metodología particular para abordarlo, y un modelo de formación que garantiza un desarrollo profesional coherente. Es toda una plataforma, pero aún nos quedan retos pendientes:
– La creación y re-creación de conceptos a partir del análisis de nuestra práctica y en una estructura teórica que organice nuestro conocimiento.
– La profundización en los paradigmas teóricos que sustentan nuestra práctica, a la luz de la investigación y la evidencia profesional.
– La consolidación de la psicomotricidad como disciplina aplicada.
– La formación de profesionales e investigadores preparados para trabajar en equipos interdisciplinares capaces de abordar los problemas complejos con que habitualmente nos confrontamos.
– La dinamización de la investigación disciplinar e interdisciplinar y su divulgación en los ámbitos pertinentes.
La historia de la psicomotricidad es también un reflejo de la historia personal y profesional de quienes la construyen, el reflejo de un proceso dialéctico de fusión y separación, identificación y diferenciación, en el cual los psicomotricistas adquirimos identidad y nos constituimos en una estructura en relación al otro.
Referencias bibliográficas
Camps, C. y García Olalla, L. (2004). La formación personal del psicomotricista como proceso de cambio y transformación. Entre líneas, 16, 7-20.
García Olalla, L. y Camps, C. (2004). Intervención Psicomotriz: una experiencia de formación global en tres dimensiones desde la persona. En Pedagogía Universitaria. Hacia un espacio de aprendizaje compartido. III Symposium Iberoamericano de docencia universitaria. Ed. Mensajero.
Mila, J. (2005). La interdisciplina y los contenidos de la formación del psicomotricista. Revista Iberoamericana de Psicomotricidad y Técnicas Corporales, 19, 7-19.
Mila, J. (2000). Formarse en interdisciplina. En Bottini (comps.): Psicomotricidad: Prácticas y conceptos. Madrid: Miño y Dávila Ed.
Morín, E. (2000). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa.
Ravera, C. (2001). Una revisión crítica de la psicomotricidad como disciplina. Revista Iberoamericana de Psicomotricidad y Técnicas Corporales, 4, 6-12.
Tuzzo, R. (2004). Abordaje interdisciplinario en la salud y la educación. Revista Iberoamericana de Psicomotricidad y Técnicas Corporales, 13, 21-40.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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