La gracia de los cuentos

Nº 30 · Diciembre de 2005 · pp. 37–38

Resumen. A partir del cuento «La flor del olilá», que su padre representaba para ella y su hermana, la autora enlaza la historia de la humanidad con su historia personal y defiende que contar o escuchar un cuento es una «impregnación» mutua, algo muy cercano a la sexualidad entendida como relación afectiva. Concluye que hay que contar cuentos a los niños porque les ayudan a estructurar su identidad y a aliviar sus heridas.

Freud llamó “amnesia infantil” a esa necesidad humana casi de supervivencia de desterrar de nuestros recuerdos aquello que nos causó dolor. Pero cada uno es dueño de sus recuerdos y por mi parte hay una sola cosa de mi infancia que no he olvidado ni deseo olvidar mientras viva. Data de hace más de cinco décadas y ocurrió puntualmente cada vez que mi padre barría de la cómoda de su dormitorio, los retratos y otros objetos y nos acomodaba ahí a mi hermana mayor y a mí para representarnos (es como él lo hacía) el cuento de “La flor del olilá” (“lirolay” en su versión original).*

La historia para los que no la conocen cuenta el anhelo del menor de tres hermanos por conseguir la flor milagrosa que curará la ceguera de su padre (quien es nada menos que el rey de la comarca y ha ofrecido su trono a aquél de sus hijos que la encuentre).

El relato describe la ilusión con que el protagonista baja de “la montaña de llegarás si podrás” con la preciosa flor así como la envidia y la ambición de sus hermanos mayores que los lleva a seguirlo y a matarlo para robársela y hacerse del trono.

En cuanto a lo que a mí se refiere el relato describía también mi propia historia en la que los protagonistas éramos yo (perdonarán “el burro por delante” pero lo consigno como lo viví), mi hermana mayor (que solo me llevaba un año y cuatro meses pero a quien, por razones de carácter o “de misterios insondables”, yo parecía serle indiferente) y nuestros padres (que, evidentemente, hacían la diferencia).

No es este el lugar para autoanalizarme pero permítaseme añadir que me recuerdo nítidamente encaramada en la cómoda, llorando a lágrima viva mis desencuentros con mi hermana, aunque en ese momento no lo supiera concientemente y creyera que lloraba porque los hermanos de Raymundo (el héroe) lo seguían, lo mataban, le robaban la flor y lo separaban para siempre de su padre, el rey.

Pero esa flor no era cualquier flor (lo cual es mucho decir porque una flor es siempre una flor) así que un buen día cuando el rey ya estaba curado de la ceguera física pero estaba más ciego que nunca a la verdad recibió la visita de un pastor que tenía su rebaño en “la montaña de llegarás si podrás”. Traía una flauta que se había hecho con la caña de un cañaveral que había brotado al fondo de la montaña, la cual no producía música sino que contaba el terrible secreto ocurrido en el lugar.

Y es así como el anciano rey va a la montaña, encuentra a su hijo y sólo con ello lo vuelve a la vida, (como mi padre, a mí, con el cuento).

Doy fe de que esta historia es rigurosamente cierta en dos versiones: la primera, todos la conocemos bien, es la historia de la humanidad (del poder y del poder del amor) y la segunda es mi historia personal.

Y por eso, mucho más que por mi interés de siempre en el “tema de los cuentos” si hoy me preguntan qué es lo que creo que es un cuento, les diré que para mí es pura sexualidad, entendiendo que la naturaleza de la sexualidad humana, es esencialmente relacional y afectiva; capaz de in-corporarnos (física, mental y emocionalmente) de la manera más concerniente y plena con uno mismo y a partir de uno, con los demás y con la vida entera.

Contar un cuento, o escucharlo, es vivir una impregnación, por la cual entra uno en el otro (o en los otros) y el otro (o los otros) en uno para crear, juntos, significados diferentes para cada uno de un valor indescriptible para entenderse y entender la vida.

Impregnar (del latín: impraegnare —o, vulgarmente, “preñar”-) significa exudar sensaciones, emociones y evocaciones que fluyen y se escapan del cuerpo (piel, órganos, historia y pensamientos) del que lee o cuenta el cuento y que van a infiltrarse en el cuerpo del que lo escucha y viceversa, (gesto por gesto, olor por olor, sonido por sonido y silencio por silencio) así como en los personajes, anecdóticos o reales y hasta en el (o en los) que inventaron el cuento para ellos sin conocer sus caras ni sus nombres. Sólo su modo de ser humanos.

Y el modo de ser humanos con un cuento (de concebirse unos a otros en ese momento) es el mismo para todos desde todos los tiempos… con una sola pero abismal diferencia: una cosa es la “amnesia infantil” de los adultos y otra muy distinta la “mente en blanco” de los niños. (Tal vez no seamos tan amnésicos después de todo cuando casi no existe adulto que desee volver a ser niño).

Contémosles cuentos a los niños. Lo necesitan para estructurar humanamente su identidad. Concedámosles la gracia de la vida; aquella de la que dan cuenta los cuentos, justamente, cuando a algún personaje se le “concede la gracia de pedir un deseo”: el deseo de que alguien en este mundo los ayude a explicarse las cosas que les pasan (que ni ellos mismos saben cuáles son); que lo haga de manera mágica como corresponde a su pensamiento y ofreciéndoles, de pasada, un bálsamo para aliviar el dolor de sus inubicables heridas.

Eso puede ser imposible hasta para el mejor padre o la mejor madre pero no, para la humanidad entera que para eso precisamente concibió los cuentos.

* “La flor del lirolay” es una antiquísima leyenda ibérica, muy difundida en Latinoamérica.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.

Sobre Ana María Izurieta. Ana María Izurieta es comunicadora y promotora de Retyama, Asociación para la Educación por el Arte de Lima, Perú.
Cómo citar: Ana María Izurieta (2005). La gracia de los cuentos. Cuadernos de Psicomotricidad, 30, pp. 37–38. Luzaro.
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