“Contemplar el mundo, no transformarlo”. Ésta es una postura posible. Resulta atractivo el aparente acto de dominio que llevamos a cabo cuando pensamos, reflexionamos, analizamos. Desde el hecho más simple a la realidad más compleja, podemos realizar un sin fin de operaciones mentales, que nos convierten en sujetos aparentemente potentes, cómo mejorar esto, cómo enmendar aquello, etc. Pero del dicho al hecho…
Por eso la segunda parte de este libro tiene tanto valor. Bernard Aucouturier no ha descuidado el abordaje de lo práctico y su organización, haciendo, además, el esfuerzo de recogerlo por escrito.
Mientras escribía estas líneas, he encontrado un símbolo muy interesante, para representar lo siguiente; en frecuentes ocasiones el pensamiento teórico, genera en nosotros un torrente de ideas difícil de controlar, parece que nuestra cabeza tuviera alas. Mercurio (de la mitología romana), se identifica con el dios griego Hermes, éste tiene, entre otros, dos símbolos, por un lado el “pétasos” o gorro con alas, y por otro las sandalias aladas. Diría que esta imagen de volar impulsado por las alas del casco, el pensamiento, pero perdiendo el suelo, porque también los pies siguen el impulso de la cabeza y “vuelan” alejándonos de nuestra realidad, me resulta muy sugerente (Astérix, sólo tiene alas en la cabeza, aunque luego está lo de la poción…).
Leer esta segunda parte del libro, creo que exige, por lo menos despojarnos de las sandalias, cada cual debe leerlo desde su suelo, si notas que a veces te mareas es el casco, no te lo quites, pero no despegues, mantente.
Después de cuarenta años, Bernard Aucouturier nos ofrece su experiencia. La presenta, en tres grandes divisiones: la práctica psicomotriz (PPA) educativa y preventiva, la ayuda psicomotriz en grupo, y la ayuda psicomotriz individual.
La estructura de esta segunda parte tiene una aparente continuidad, pero también quiere resaltar que dentro de esa continuidad, tenemos que distinguir con claridad, cada una de las intervenciones; en relación al psicomotricista, a los compromisos, las condiciones, etc. Por eso es muy importante definir en que tipo de trabajo nos desenvolvemos.
En la Práctica Psicomotriz educativa quedan bien establecidos aspectos relativos al material y el dispositivo de la sesión. Sin embargo se matiza sobre ellos, tanto en la ayuda en grupo como en la individual.
Al inicio (de esta segunda parte), encontramos con toda claridad establecidos los dos lugares del dispositivo espacial, y la estructura de las fases sucesivas, correspondientes al dispositivo temporal, con tres tiempos (expresividad motriz, la “historia”, expresividad plástica y gráfica) además de los rituales de entrada y salida. Posteriormente vemos que en su instauración progresiva se van introduciendo variaciones, sobretodo en lo que respecta a los más pequeños.
La fase de la expresividad motriz, nos presenta por un lado un detallado catálogo de las diferentes situaciones, y por otro una recopilación de observaciones de juego reales donde queda patente el bagaje práctico de la obra. También en este sentido, la fase de la expresividad plástica y gráfica, nos aporta una gran cantidad de pistas de la evolución de las producciones con diferentes materiales.
La fase de “la historia” narrada al grupo, proceso de aseguración por medio del lenguaje. Es, sin embargo, donde me quiero detener.
Tanto en la práctica psicomotriz educativa y preventiva, como en ayuda (grupo), como en ayuda individual a esta fase se le denomina la aseguración profunda por mediación del lenguaje (pp186, 225, 261). En referencia a la ayuda individual, destaco este texto: “El psicomotricista ha de poner en sus palabras una intensa carga tónico-emocional, para que se ponga de relieve su sentido con relación” (pp 264).
Hablar con los niños, hablar con las familias, hablar con los compañeros, con otros profesionales, hablar de nosotros ó desde nosotros. En cada situación buscamos palabras, pero otra cosa muy distinta, es dar con ellas. Las palabras pueden estar “enraizadas” (pp 257), constituir un “lenguaje auténtico, pleno de imaginario y de emoción” (pp 230) y nos posibilitan “hablar de todo ello con emoción y con autenticidad” (pp 212). Es decir, el lenguaje puede ofrecernos una aseguración profunda. Un compromiso recíproco: hablar sinceramente (pp 215), o palabras que sostienen y estructuran (pp 230), son unos encabezamientos sugerentes. Pero en ningún momento nos referimos a la intelectualización: «Comprender a otra persona no es considerarla un objeto de análisis intelectual sobre el que se puede ejercer un poder de dominio “por medio del saber”, sino que es ante todo un intento de captar el sentido de su testimonio emocional” (pp 212). Este lenguaje que acompaña, busca palabras enraizadas y aparece cuando la persona está conectada a su historia afectiva, tanto niños como adultos, una historia de lo relacional, registrada en nosotros, en nuestro cuerpo. La aseguración profunda por mediación del lenguaje, está posibilitada por la aseguración profunda por mediación del cuerpo.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías (portada del libro y una imagen) que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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