La experiencia maternal de un padre

Nº 29 · Junio de 2005 · pp. 40–43

Resumen. Un padre cuenta en primera persona su experiencia de cuidado de su hija recién nacida: la frustración de quedar excluido del parto, las tardes a solas con ella, y su «instinto maternal». Defiende que la frontera entre tareas maternales y paternales es artificial, que el cuidado se sostiene en el deseo de tener al hijo y que los padres pueden mostrar su afecto sin prejuicios.

Creo que podría decir, sin temor a equivocarme, que ser padre no es una tarea sencilla en el mundo en que vivimos. Y más aún, si entendemos por “ser padre” algo distinto a lo habitual. Para no hablar en abstracto me referiré a mi experiencia personal, hablando en primera persona.

Mi tarea de padre comenzó en la concepción de nuestra hija, con una participación activa en el empeño (si la memoria no me falla); siguió durante el embarazo, con una presencia activa en el seguimiento del mismo, asistiendo a todas las consultas médicas, a las ecografías, leyendo libros, preguntando a los médicos, y siendo testigo privilegiado del proceso de expansión de la preciosa barriga que albergaba a nuestra criaturita. Aquí es donde la cosa se empezó a torcer: tenía muy claro que quería tener un hijo, y este cambio en mi papel de actor a simple testigo presencial supuso una pequeña frustración para mi afán protagonista en el tema de la paternidad.

Pero eso no era nada comparado con lo que estaba por venir: el parto, momento crucial del que me vi excluido por razones terapéuticas que no vienen al caso. Si algo ansiaba por entonces, por encima de todas las cosas, era presenciar la irrupción en este mundo de ese pequeño ser tan deseado. Pero no pudo ser, y me vi invadido por un sentimiento de frustración absolutamente contraindicado para ayudar a superar la inevitable depresión post-parto de la principal implicada, la madre de la criatura. En resumen, que las primeras horas, o los primeros días de nuestra experiencia como padres no pueden definirse como maravillosos.

En cualquier caso, siendo optimista como soy, no tardé en olvidarme de esos pequeños detalles negativos y, tras dejar plasmada mi frustración en el papel, me centré en lo que de verdad me importaba: mi chica y nuestra hija.

Tras el periodo de baja por maternidad, en el que su madre pasaba el día completo con ella, llegó mi turno para ocuparme de la pequeña con intensidad, lo que no significa que hasta entonces no lo hubiera hecho de forma compartida. Por aquellas fechas yo acababa de cambiar de trabajo, y me propuse desde el principio salir pronto de la oficina y dedicarle todo el tiempo posible a Marta. A las cinco en punto dejaba de trabajar y me dirigía ansioso a recogerla de la guardería para pasar la tarde juntos. Paseábamos si el tiempo era bueno, o nos íbamos a casa si hacía frío. La mamá de la criatura no tenía tantas facilidades en el trabajo, en cuanto a horario se refiere, así que muchas tardes las compartíamos Marta y yo en exclusiva, lo que no me aburría en absoluto. Pronto llegaba la merienda y algo más tarde el baño, pero fuera lo que fuera lo que hiciéramos lo hacíamos juntos día tras día.

Yo no quería nada más que eso: compartir mi tiempo con ella, observar cada nuevo gesto suyo, jugar con ella en la merienda, en el baño o en la cena, y contarle a mi chica cuando volvía de la oficina lo bien que lo habíamos pasado.

Creo que puedo decir que durante esa etapa se desarrolló en mí un “instinto maternal” que no dejaba de sorprender a la gente de nuestro entorno.

Recuerdo una anécdota con unas compañeras de mi trabajo anterior que vinieron a casa a conocer a la peque, a quienes enseñé entusiasmado el armario de Marta con toda su ropa, minúscula, colgada en unas mini-perchas tamaño bebé: no paraban de reír y comentar que estaba “atontado” con mi hija. Estoy convencido de que el motivo del comentario se basaba más en el hecho de que fuera el padre quien enseñaba la ropa de su hija, en lugar de la madre, más que en el hecho en sí mismo.

Y efectivamente estaba “atontado”. En contra de lo que tantas veces había visto a mi alrededor, yo reivindicaba mi derecho a cambiar el pañal a mi hija, a prepararle y darle la comida o a jugar con ella durante el baño, largo y relajado. Y digo “derecho” porque nunca consideré un deber ocuparme de esas tareas que habitualmente son asignadas a las madres…

Obviamente, ignoro cuál puede ser el sentimiento de una madre respecto a un ser que ha llevado dentro de sí durante meses, y que le ha provocado cambios impresionantes en su cuerpo, pero imagino que ese hecho en sí mismo supone un lazo irrompible. Nosotros, los padres, nunca podremos saber lo que es por mucho que hablemos de ello con nuestras parejas. Lo único que sé es que yo quería estar con mi hija el mayor tiempo posible, y participar en todas esas cosas que conforman la vida de un bebé de pocos meses.

Pensando en ello ahora, casi quince años después, puede que fuera un intento de luchar contra esa sensación de actor secundario, o incluso de espectador, en la película del parto de la que me vi excluido. En cualquier caso, tanto entonces como ahora pienso que la tarea del cuidado de los hijos no puede recaer en una parte de la pareja, y no veo mayores trabas biológicas para compartirlo todo, salvo el amamantamiento. Sólo hay una traba real: no desear hacerlo.

Hecha esa salvedad, cualquier padre puede preparar un biberón y dárselo a su bebé, cambiarle el pañal o jugar un buen rato en el baño haciéndole pedorretas y carantoñas, buscando esa sonrisa gratificante. O al menos, cualquier padre que haya deseado ese hijo o hija desde el inicio, desde la concepción, como es mi caso.

Si no recuerdo mal, creo que fui yo quien planteó el deseo de tener un hijo, no mi pareja, y quizás ese hecho reforzase mi compromiso con la pequeñaja que trajimos al mundo. Compromiso para lo bueno y para lo malo, para el placer y para el dolor, porque al igual que le daba el biberón y jugaba con ella, le afeitaba la cabeza cuidadosamente para corregir el desaguisado que le hicieron en el hospital, o le perforaba la oreja para ponerle los pendientes, y aunque su llanto llegara muy dentro de mí, prefería hacerlo yo que dejarlo en manos de otros…

Partiendo de la base de que el hijo es fruto de un deseo, de una decisión, y no de una casualidad, es mucho más fácil entender que ese deseo continúe más allá del nacimiento, que se prolongue y se manifieste en la participación diaria en todas las actividades posibles que afecten a tu bebé, que de esta forma es más parte de ti.

Obviamente, se necesita una determinada visión del mundo para no anteponer los prejuicios sexistas a los deseos de cuidar de tu bebé, pero yo ahí lo he tenido fácil: sin dudar en ningún momento que tanto mi madre como mi padre me han querido, el modelo que me ha marcado ha sido sin duda el de mi madre, basado en el cariño, por contraposición al de mi padre, basado en la autoridad. Si me remonto a la generación anterior, la de mis abuelos maternos, con los que pasé todos los veranos de mi infancia, ese modelo se repite y lo recuerdo perfectamente: el cariño de mi abuela ha dejado más poso que la autoridad de mi abuelo. Y al fin y al cabo, el ser humano da aquello que está acostumbrado a recibir.

Por eso yo recuerdo la época en la que cuidaba de mi bebé como una etapa de satisfacciones y placeres, sin que el hecho de preparar y dar biberones, o de cambiar pañales, supusiera para mí dudas o conflictos internos acerca de mi papel de “padre” (y no de “madre”), o incluso acerca de mi masculinidad. Las satisfacciones de las que hablo pueden parecer muy banales pero no lo eran, porque el hecho de que Marta ganara unos gramos en una semana tenía su importancia cuando había nacido a los siete meses y medio de gestación, con sólo dos kilos trescientos gramos de peso…

No concibo un padre que afirme que quiere a su hija recién nacida y que a la vez se desentienda de su alimentación por considerarlo una tarea maternal, salvo que los prejuicios predominen en su conducta por encima de sus deseos. Lo mismo podría decir de llevar a la niña a las revisiones pediátricas, y de discutir con el pediatra que la hizo llorar por su falta de delicadeza a la hora de arrancarle el esparadrapo que le cubría la hernia umbilical (puedo decir que en las posteriores visitas nos trató muy bien…).

En definitiva, pienso que la habitual frontera que se establece entre tareas maternales y paternales es totalmente artificial, y limita nuestra capacidad (la de los padres) para mostrar nuestras emociones y nuestro afecto ante nuestros hijos, y todo por seguir jugando un papel estereotipado que no tiene ningún sentido en pleno siglo XXI. Estoy convencido que hay algunos padres que desearían saltarse esas “reglas del juego” ya caducas, pero que no se atreven a hacerlo. Yo no digo que amar sea fácil, pero sí me atrevo a afirmar que es gratificante. Hagámoslo.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.

Sobre Jesús Benito. Jesús Benito, padre (con experiencia) de dos hijos.
Cómo citar: Jesús Benito (2005). La experiencia maternal de un padre. Cuadernos de Psicomotricidad, 29, pp. 40–43. Luzaro.
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