“N” (dos años) crea recursos de reaseguración

Nº 29 · Junio de 2005 · pp. 7–9

Resumen. Con el trabajo escrito de un psicomotricista en formación sobre una niña de dos años, N., que muerde a sus compañeros y se tensa en las colchonetas, el artículo muestra cómo la escucha, la comprensión y el ajuste del educador le permiten crear recursos para asegurarse ante sus angustias: de la pelotita de caucho a jugar a los fantasmas y a saltar con placer. Subraya también la importancia del grupo reducido y del espacio adecuado.

En la práctica psicomotriz educativa un objetivo esencial o podríamos decir un principio básico, es posibilitar que niñas y niños tengan deseos que les permitan entrar en una dinámica de acción propia y placentera permitiéndoles construir su identidad y autonomía. Base de todo ello es el sistema de actitudes del educador o educadora psicomotricista que les dé la oportunidad de sentirse en seguridad, desde la posibilidad de una relación de apego, hasta el dominio creativo en la distancia.

En definitiva, que niñas y niños desarrollen los recursos propios necesarios que les permitan compensar aquellas angustias que surgen en el proceso de maduración, de forma que accedan al proceso de construirse como seres autónomos, como ciudadanas y ciudadanos del mundo.

En las líneas que siguen vamos a exponer, a través del trabajo escrito recogido en el curso de una memoria de final de formación en la Escuela de Psicomotricidad de la UNED de Bergara, un proceso de una niña de dos años, en el que podemos observar cómo la escucha y el intento de comprensión y ajuste por parte del psicomotricista permiten que la niña realice todo un proceso de adquisición de recursos para ir asegurándose ante determinadas angustias y dificultades que estaba viviendo, en ese marco de relación de seguridad que le aporta el educador.

Estamos hablando de un marco educativo con una niña que presenta unas dificultades que pueden ser abordadas en este contexto de forma aparentemente satisfactorias, no de dificultades de otro orden.

Demos la palabra al educador en psicomotricidad:

«Por lo demás, no fueron intervenciones individualizadas ya que el trabajo fue a nivel grupal por lo que, en las mismas sesiones, se daban otras intervenciones. Y es curioso cómo los resultados (esperados o no) se influenciaban unos con otros, cambiando la manera de “estar” del grupo.»

«Con todo ello, hay que decir que, aunque al principio, yo como educador no quería tener muchos niños por miedo a desbordarme; este hecho produjo más adelante una inesperada conclusión: la importancia que tiene la relación entre el espacio y el número de niñas y niños como facilitador en su proceso de maduración. Es decir, el grupo reducido (en este caso eran 8, pero que muchas veces eran 6) en el espacio adecuado, encontró en ese mismo momento la posibilidad de llenar sus necesidades, tomando en cuenta que, de la misma manera, a mí me ayudó a entablar una relación segura (sabiendo que hay más factores que influyen en esto) con la niña o el niño. Ya que yo tenía la posibilidad de estar más disponible y esto hacía que el espacio se volviera más seguro. Al final, la masificación de las aulas de psicomotricidad no hace más que dificultar la construcción de un vínculo seguro además de crear situaciones más conflictivas donde aparentemente no tenían que darse; y es que el entorno, como los componentes del entorno, ayudan mucho a uno mismo para salir de sus dificultades.»

«Después de estas reflexiones vuelvo a la experiencia tan bonita que viví: N. es una niña que presenta los siguientes índices en su expresividad motriz: muerde mucho a sus compañeras y compañeros; habla mucho y memoriza todas las letras de las canciones con mucha facilidad; dice muchas cosas de las que quiere hacer pero no las hace; cuando pisa las colchonetas se pone muy tensa y si pasa alguien en ese momento cerca de ella, lo arremete mordiéndose los labios y poniendo cara rabiosa.»

«Entonces yo me encontré con todo esto, tomando en cuenta que las agresiones repetidas de la misma niña hacían eco en mi más profundo ser, sintiendo un cierto malestar e irritación por las actuaciones de la niña. Aquí ya me di cuenta que si la quería ayudar, de nada serviría bucear en mis emociones y trabajos inconclusos. Así que mi disposición y mi deseo de ayudarla enfocaron todo el trabajo en no culpabilizar las acciones de la niña y poner estrategias en marcha con la intención de que N se sintiera segura en ese espacio conmigo y, al fin al cabo, consiga misma. Así, cuando saltaba o conseguía hacer alguna “hazaña”, la correspondía de una forma “amplificada” con mi reconocimiento. Y poco a poco me di cuenta que N. era la que me guiaba y me decía con su cuerpo y sus movimientos y acciones lo que necesitaba y deseaba. Poco a poco iban apareciendo novedades. Intentaba encontrar una relación entre la novedad que se había dado y lo anterior que había pasado, y así encontré una herramienta que fue muy práctica para que N. dejara de hablar tanto, no agrediera a los demás e incluso se sintiera mas segura consigo misma para poder empezar a vivir el movimiento con placer y autonomía: N. había conseguido sacar su malestar de una forma más simbólica, metiéndose una pelotita de caucho que le llenaba la boca y podía morderla. Así bajó mucho su estado de ansiedad.»

«En este sentido, quisiera reflejar una situación que tuvo lugar en este proceso: en un momento dado N. le va a morder a O. y yo le pregunto a ver en dónde está la pelotita rosa, N. se me queda mirando un rato y va corriendo a las colchonetas, mete la mano debajo de ellas y saca la pelotita para metérsela en la boca. Todo esto sin decir nada más. A partir de ahí, empieza a jugar a saltar.»

«Poco a poco, N. fue dejando de utilizar la pelotita y empezó a dominar sus miedos a través de jugar a los fantasmas, los monstruos, etc., se fue sintiendo menos tensa, accediendo a una mayor seguridad y una mayor posibilidad de expresar sus deseos y realizarlos en acciones que le permitían compensar sus angustias y sus miedos. Y en las últimas sesiones disfruté mucho viendo cómo incluso ya los saltos los hacía totalmente “descontrolados”, permitiéndose no controlarlos por la cabeza, y viviendo con mucho placer el movimiento y su cuerpo.»

Como conclusión, podemos decir que N. había podido reconocer y expresar sus deseos, y había encontrado un marco de seguridad que le posibilitó iniciar todo un proceso de creación de recursos de aseguración antes sus angustias, lo que le permitió abrirse a nivel tónico-emocional, reduciendo esas angustias y accediendo a un mayor placer de sí. Su acción, el placer del movimiento, el placer de sentirse en seguridad y libertad de desear y crear, le permitieron pasar de una palabra-refugio a una acción aseguradora. Paralelamente los fantasmas de agresión contenidos en la rigidez de su tono, y en sus miedos, y los expresados en sus ataques a los iguales, fueron desapareciendo. Sus deseos habían encontrado una vía de realización, y se había abierto hacia sí y hacia la comunicación. Había podido enfrentarse a sus “fantasmas”, incluso jugando con ellos. El placer de jugar con los propios miedos. El placer de jugar. El placer de avanzar, crecer. Todo ello ante la mirada de un adulto que trataba de escucharle y establecer un diálogo con ella.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.

Sobre Danel Iñurritegi, Álvaro Beñaran Aranzabal. Danel Iñurritegi Telleria Iratxo Etxola familia eskolako haurren laguntzailea eta Baraka Institutu Psikopedagogikoko psikomotrizista da. Alvaro Beñaran Aranzabal es profesor de la Escuela de Psicomotricidad de Bergara y Formador de la Asefop.
Cómo citar: Danel Iñurritegi, Álvaro Beñaran Aranzabal (2005). “N” (dos años) crea recursos de reaseguración. Cuadernos de Psicomotricidad, 29, pp. 7–9. Luzaro.
¿Te interesa la formación en psicomotricidad?
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación