“Lo que pasa, es que no sabemos lo que nos pasa, y por eso pasa, lo que nos pasa.” (Ortega y Gasset).
La memoria es extraña y selectiva. Se parece a la vacilación de los sueños.
El adulto, sumido en sus rutinas consentidas, combatidas, consciente o inconscientemente olvida, anestesiando o amordazando lo que un día fue, ajeno a su génesis y a las emociones, sentimientos, palabras y signos que le construyeron; vive, intenta vivir desde la implacable realidad y el pragmatismo de su cotidianeidad. Es posible que esté cansado para poder acordarse o el descreimiento embargue su vida. Quizá deba ser así o no pueda ser sino así.
No obstante, en ocasiones la memoria sorprende y se presenta prolija, fecunda; suele acontecer este fenómeno en los oasis y en las aristas de la vida; entonces, el alma se vacía de recuerdos como en un viaje iniciático hacia adentro, como viajeros que se esperan a sí mismos.
“Las escaleras tienen siete peldaños hasta cada descansillo; días, meses de intentos y repeticiones: cuatro, cinco, seis y siete peldaños recorridos de un solo impulso, apoyados en la barandilla, potentes, omnipotentes, voladores.” (Fantasmas de acción: de verticalidad).
“Piernas delgadas, pequeñas, pantalones cortos, faldas largas, zapatos desgastados por la erosión de mil peripecias, rostros expectantes, boca entreabierta, mirada fija, ceño fruncido, manos tensas, silencio, rodillas que se tocan, pensamiento galopando, una inhibición tónica y, en segundos, el fin del mundo: pies martilleando rítmicamente el suelo, atronando el espacio, aplaudiendo frenéticamente, una explosión tónico-emocional; la enorme pantalla estremecida porque el héroe, el bueno, el malo, el pillo, el enorme monstruo, el más fuerte todavía han resuelto, confundido o embrollado al destino y sus desatinos.” (Reaseguración dramática-omnipotencia mágica).
“El túnel oscuro, enigmático; del otro lado el misterio de lo desconocido: miedo y soledad..” (angustias arcaicas).
“Fue el último elegido para formar parte de los dos equipos; sintió que no valía nada, que no era nada, que nunca sería nada.” (La frustración: la dificultad de crecer).
Rememorar no es habitar el pasado sino permitirse comprender el futuro siempre naciente, encarnado en esa infancia lanzada al vuelo infinito en pos de la eterna y siempre nueva conquista del mundo. Rememorar es captar resonancias en el otro: el pequeño, del niño que un día latió en nuestro corazón; mirar, mirarse, mirarle, y el mirado verse visto, reconocido. En esa confluencia se abrazan el pasado, el presente, y el futuro: el bueno, el malo, la ilusión, el dolor, el asombro, la fascinación, la frustración, lo mágico, la transgresión, la esperanza y una inmensa curiosidad que empuja inevitablemente a transitar las calles del deseo pobladas de anhelos de identidad que anidan en el ensueño…
… Y quizá así, esos infantes, después de muchos atardeceres, ya que todos somos tierra de los siglos, cuando la confusa realidad llame a sus puertas, puedan caminar erguidos en la vereda de sus días.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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