Marta Mata

Nº 27 · Junio de 2004 · pp. 24–29

Resumen. Entrevista a la pedagoga Marta Mata, realizada por Miguel Ángel Domínguez Sevillano en febrero de 2004. Habla de los orígenes de la Escuela de Maestros Rosa Sensat, del panorama educativo actual, de qué es educar y ser maestro, del cuerpo y la afectividad, del juego, del «fracaso escolar» y del mundo que dejamos a los hijos, y propone cuatro ideas para el oficio de maestro.

Marta, usted ha sido uno de los pilares de la renovación pedagógica en nuestro país, cuando allá, por los años sesenta, fundó la Escuela Rosa Sensat. ¿Qué motivaciones la impulsaron a hacerlo?

Ante todo, quisiera aclarar que Rosa Sensat fue, desde el momento de su fundación en 1965 hasta 1980, una escuela de Maestros clandestina. A partir de la democracia, se convirtió en Asociación de Maestros, que es lo que es ahora.

Conocí, como alumna, la escuela del Ayuntamiento de Barcelona y el Instituto Escuela de la Generalitat de Catalunya en tiempo de la República. Mi madre era maestra de aquel sistema educativo, cuya calidad pedagógica era modelo en Europa.

En plena dictadura, un grupo de maestros con inquietud ante la mala calidad del sistema educativo y de la escuela, manteníamos relación con muchos de los maestros de la época de la Generalitat, y llegamos a la conclusión de que había que construir una alternativa a la formación de los maestros. Ello nos impulsó a crear la Escuela de Maestros Rosa Sensat, con el nombre de una de las maestras del Ayuntamiento de Barcelona.

¿Cuáles son las aportaciones fundamentales de la Escuela Rosa Sensat al mundo de la educación?

Una concepción de “hacer” pedagogía a partir de la formación permanente de los maestros, realizada en colaboración entre ellos. Las Escuelas de Verano han sido la forma más conocida y es precisamente en las Escuelas de Verano de 1975 y 1976 cuando se llega a la propuesta de aplicación de los principios pedagógicos de la Escuela Pública.

¿Le ilusiona o le desilusiona el panorama educativo actual?

De todo un poco y un mucho. Se ha mejorado mucho; el trabajo que se hizo en aquellos años ha servido para mejorar la escuela, pero no con la misma ilusión. Y actualmente la administración educativa española, sin otras competencias que las de una legislación orgánica, está en un proceso de involución con respecto a la participación que conseguimos poner en la Constitución Española. Espero que la reacción nos devuelva la ilusión.

¿Qué es educar?

Educar es establecer las bases para que el alumno desarrolle todas sus posibilidades, facilitando y promoviendo su actividad en todos los campos, la observación de cuanto le rodea, la expresión mediante todos los lenguajes. Es sobre todo respetarle, considerar sus intereses y, partiendo de este respeto y esta consideración, acompañarle en su crecimiento, en el cual él es el único protagonista.

¿Y ser maestro?

El maestro es el acompañante en la educación del alumno. La persona que sabe caminar a su lado para contribuir a sacar de su interior la infinita cantidad de potencialidades de que dispone, siempre teniendo en cuenta el lugar donde vive y las personas con quienes se relaciona.

El niño es activo, curioso, quiere explorar. ¿Puede ser que en ocasiones exista un divorcio entre lo que la escuela le ofrece y sus intereses y necesidades? ¿Puede aparecer por ahí una cierta aversión a la escuela?

En ocasiones así ocurre, cuando la escuela no se plantea los intereses, las necesidades y las posibilidades de los niños y las niñas. La mejor educación es la que procura que los niños y las niñas sean felices y, por lo tanto, parte de sus intereses y de su vida, aprovechando la gran curiosidad y capacidad de exploración que tienen. Una buena escuela no puede ofrecer a los niños actividades y explicaciones que no tengan que ver con la realidad que ellos viven y con lo que más les gusta. Si, como hemos dicho, educar es “sacar de dentro”, no educamos cuando pretendemos “meter desde fuera”.

El ser humano desde una perspectiva global podríamos decir que es cuerpo, afectividad e inteligencia; nosotros, psicomotricistas, percibimos en ocasiones algo así como si en nuestra cultura occidental a los niños se les hubiera reducido al status de un cerebro sin cuerpo, un cuerpo apoyado en el pupitre esperando. ¿Qué le sugiere esta percepción?

No creo que se pueda generalizar. Las escuelas renovadoras tienen en cuenta al niño desde una perspectiva global, considerando el desarrollo como un todo. Aunque el objetivo de la adquisición de conocimientos continua pesando más o menos, pocas son en la actualidad las escuelas que consideran al niño como un cerebro pegado al pupitre.

La afectividad, la observación y la atención, la inteligencia, la curiosidad, la adquisición de conocimientos, la coordinación de movimientos, etc. son aspectos que no pueden desarrollarse por separado en educación.

Usted, como maestra y pedagoga que ha trabajado, experimentado y observado tanto el mundo de la infancia, ¿qué valor atribuye al cuerpo en el itinerario de maduración afectivo y cognitivo del niño?

El desarrollo de la afectividad y la inteligencia del niño están íntimamente relacionados con el desarrollo de su cuerpo. Es a través de los sentidos y del movimiento como la persona se relaciona con su entorno y, por lo tanto, a través del cuerpo recibe, forma y expresa afectividad y conocimientos. El desarrollo del cuerpo, con todas sus habilidades es, pues, básico para la buena manera de emitir y recibir y de relacionarse con los demás. La persona es un todo indivisible, y todas sus potencialidades deben trabajarse al máximo.

¿Qué le evoca a frase “del placer de hacer y actuar al placer de pensar”?

Me gusta más la frase «el placer de hacer, pensar, expresar y vuelta a empezar”.

Jugar el niño, ¿es un fin en sí mismo? ¿A veces no se substituye lo que el niño quiere expresar por lo que el educador quiere que exprese? ¿Son compatibles ambos deseos?

El juego del niño es un fin en sí mismo, como lo es el niño y el juego es inherente a su naturaleza. Además de que disfruta jugando, el juego le ayuda a crecer y a desarrollarse. El niño siente, piensa, vive y se expresa a través del juego y los educadores debemos prestar mucha atención a cuanto expresa, para conocerle mejor, ser sensibles a las sorpresas que nos dé para incidir correctamente en la dinámica de su crecimiento y educación. Si el educador analiza las acciones y expresiones del niño a fondo, acertará. Los deseos del educador y del niño deben no sólo ser compatibles, sino establecer entre ellos la dialéctica adecuada para un buen desarrollo del pequeño, y es trabajo del educador iniciar el diálogo con cada niño, con cada grupo de niños y niñas.

El maestro, ¿es un impartidor de conocimientos o un facilitador del encuentro del aprendizaje?

El verbo impartir debería desaparecer del vocabulario pedagógico, Es exactamente lo contrario de lo que significa educar. Educar, como ya hemos dicho, significa “hacer salir de dentro”. Impartir es “meter dentro”. No puede educarse impartiendo, no se facilita nada impartiendo, sino promoviendo la actividad de aprender, de aprender lo que es vital. La formulación de la pregunta deja muy claro que impartir es lo contrario de facilitar el encuentro. Ser maestro es, sin duda alguna, facilitarlo todo.

Algunos niños que acuden a ese espacio denominado “aula de apoyo”, ¿no le parece que, en ocasiones, más que apoyo intelectual necesitan apoyo afectivo?

Afecto no es sensiblería; viene de “ad factum”, de la voluntad y el deber del maestro de “hacerse a la medida y personalidad del niño”. La falta de afecto es una falta de adecuación, de diálogo y provoca un escaso crecimiento emocional e intelectual y, por lo tanto, un retraso. Es muy importante observar a los niños y conocer su entorno, para “hacerse a ellos” y poder diagnosticar sus problemas de una manera objetiva, a partir de la subjetividad del maestro en diálogo con la subjetividad del niño.

Si un adolescente, después de muchos años en la escuela pertenece al grupo que etiquetamos como “fracaso escolar” ¿le estamos diciendo que es un fracasado?

Naturalmente que le estamos diciendo que es un fracasado, y abocándolo al fracaso para siempre. Y es una tremenda injusticia, porque el fracaso, en estos casos, no es de los adolescentes, sino de la escuela, de la familia y de la sociedad. Cuando un chico o una chica no ha crecido adecuadamente, el problema es de todos, que no hemos sabido ayudarles a través de deseos, sentimientos, sensaciones, etc., que los avatares de la vida han desvelado en él.

La escuela es un lugar para el aprendizaje intelectual y posiblemente para otros aprendizajes. ¿Qué espacios deben ocupar, según su parecer, aspectos como prevención, comunicación, canalización de emociones y sentimientos, valores, etc.?

Sin duda alguna, en la escuela se realizan muchos aprendizajes, de la misma manera que fuera de la escuela se da también el aprendizaje intelectual. No es posible separar el conocimiento de las emociones y los sentimientos. La escuela debe tener en cuenta a la persona de una manera global.

¿Le preocupan temas como la droga, la agresividad creciente, la crisis de autoridad?

Me preocupan mucho la droga y la agresividad y me preocupa, sobre todo, que entre todos no sepamos diagnosticar en cada caso personal y en el conjunto social, las causas de tales problemas y así poder conseguir que las personas afectadas tomen conciencia de su situación, en su marco social, y actuar en consecuencia.

En cuanto a la crisis de autoridad, creo que es otro tema, que en gran parte depende del creciente desconocimiento entre generaciones, propio de la actual circunstancia histórica, de la aceleración de los cambios en la sociedad. Los jóvenes son, por naturaleza, más sensibles a estos cambios que los mayores y cada vez los cambios se dan en lapsos más cortos de tiempo, haciendo más complejo el diálogo intergeneracional.

Algunos teóricos del mundo de la infancia coinciden en afirmar que el mayor error de la educación es no hacer un niño feliz; aclaro que no hacen referencia exclusivamente al entorno escolar sino a todos los contextos en los que el niño se mueve. ¿Cuál es su punto de vista?

Estoy de acuerdo. Sin felicidad es muy difícil el esfuerzo para crecer. El campo afectivo debe estar equilibrado para cualquier otro cometido siempre, pero especialmente en las edades tempranas.

¿Le gusta el mundo que vamos a dejar a nuestros hijos?

Soy optimista y creo que, a pesar de todo, el mundo progresa. No creo que nosotros “dejemos” un mundo a nuestros hijos, sino que el mundo lo construimos entre todos, mayores y pequeños, y no es algo estático y acabado, sino dinámico y en movimiento constante. Hay muchas personas que hacen que el mundo progrese y muchas realizaciones y logros que lo demuestran. Naturalmente, podría ir mejor. Y ello se conseguirá si contamos con los niños y los jóvenes para avanzar: si somos capaces de conocer qué es lo que necesitan y qué pueden aportar, y demostrar que somos capaces de construir un mundo en el que los conflictos se resuelvan mediante el diálogo.

Usted, después de su larga y dilatada trayectoria profesional, ¿cómo vive, cómo se siente?

Me siento como siempre. Con ganas de trabajar en la educación y con el convencimiento de la importancia que esta educación tiene en el discurrir del mundo. Es la base de la realización de la humanidad; la educación desarrolla todas las posibilidades de los individuos y de la colectividad, para construir la historia humana.

Para terminar, imagínese que está usted impartiendo una conferencia a los lectores de nuestra revista, se produce un coloquio y le preguntan: Marta, díganos usted tres o cuatro palabras que resuman, que nos hagan pensar en el oficio de maestro.

Debo comenzar, por coherencia, diciendo que nunca impartiré nada a nadie. Escucharé, aconsejaré, debatiré, expondré mis puntos de vista… Cuatro palabras que resuman el oficio de maestro:

– Respeto y confianza en los alumnos.

– Diálogo constante: escuchar y hablar, en este orden.

– Interés por sus necesidades, problemas y opiniones.

– Disposición para cambiar y crecer con los niños y niñas.

Muchas gracias.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Sobre Marta Mata. Marta Mata es una de las personas más relevantes de la renovación pedagógica en el Estado Español. Pedagoga, filósofa y filóloga, orientó la creación de varias escuelas nuevas con el fin de recuperar el modelo educativo vigente en la II República. Su biografía discurre permanentemente en torno al mundo de la educación: Concejal de Educación del Ayuntamiento de Barcelona, diputada de Educación de la Diputación de esa ciudad, parlamentaria del Parlament de Catalunya y senadora por Barcelona. Se jubila en 1996 y crea la Fundació Àngels Garriga Mata, centro especializado en educación. En la actualidad, desarrolla un programa de participación de las escuelas en el Forum 2004. Se le ha concedido la Cruz de Alfonso X el Sabio, la Medalla de Oro al Mérito Científico del Ayuntamiento de Barcelona y la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Cataluña. Escritora de libros sobre pedagogía y de cuentos infantiles, también ha publicado numerosos artículos sobre educación. Entrevista realizada por Miguel Ángel Domínguez Sevillano en febrero de 2004.
Cómo citar: Marta Mata (2004). Marta Mata. Cuadernos de Psicomotricidad, 27, pp. 24–29. Luzaro.
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