Desde hace años los sordos convocan unas Jornadas de Teatro para sus asociados: mimo y pantomima, ritmo y coreografías…: los sordos, que fueron en el teatro “Hijos de un dios menor”, están dotados para la mímica. Y los ciegos y deficientes visuales revelan capacidad para contar, voz y palabra hábil y otras virtudes homéricas, tanto como una liberación de cuerpos que muchas veces aparentan estar bloqueados y a la defensiva porque para ellos “todo es repentino¹”: el deficiente visual construye su lugar con instrumentos táctiles-kinestésicos-acústico-olfativos… porque es capaz de activar sus espacios para expresarse, los necesita. ANADE es una ONG dedicada al trabajo con personas discapacitadas utilizando como medio el teatro; organiza incluso un festival internacional. ANADE se encuentra en la URL http://www.bitmailer.es/anade.
Algo de superación y de sublimación de la diferencia, de búsqueda de canales perceptivos tiene la fascinación por el teatro, en quienes aparentemente estarían poco dotados: no es cuestión de “más o menos” es “ser diferente”. No es cuestión de cultivo de lo “freak”, sino de lo distinto –o distinguido–. La transfiguración, el “así es si así os parece” shakespeariano puede ser el motivo.
Una fascinación recíproca ha producido en el teatro la diferencia física². El teatro representa lo humano, y esa humanidad/otra sugiere caminos y exige respuestas. Además de “Hijos de un dios menor”, donde se habla de la integración/educación de una muchacha muda, “El amigo de John Wayne”, de Garbi Losada, afronta directamente la convivencia con un disminuido síquico aquí y ahora mismo.
Ha habido en escena minusvalías famosas, deformidades y fealdades, que son “alteridad”, anormalidad. La historia del teatro es también la historia de la deficiencia, o las imperfeciones; las diferencias y desvíos. En la construcción del personaje el dramaturgo ha pensado que el aspecto físico era un modo de crear gestos de un trazo.
Ha habido en el teatro singularidades de toda especie, positivas o negativas, sabios o locos, tontos de pueblo o urbanos, un catálogo exhaustivo de tullidos y lisiados, mudos y tartamudos, cojitrancos de ocasión y permanentes, mancos con o sin garfio, baldados, ciegos, jorobados, gigantes y enanos trágicos o de risa. Ha habido feos que ocultan su cara horrible por nacimiento o sobrevenida –como “El hombre elefante”–, gentes de nariz ridícula –como “Cyrano”– o de boca apestosa, mujeres barbudas, monstruos de varias cabezas e indeterminado número de brazos. Y ha habido un teatro de la incomunicación, que es la minusvalía más impertinente en un arte autoproclamado gran ceremonia de la comunicación.
El monstruo que llega al mundo humano está en el teatro oriental arcaico y moderno: dragones y pajarracos. El monstruo y el tipo deforme están en la tradición griega, sátiros, centauros, y ménades junto a Titanes como el cojo Hefesto “enfermo y con los pies torcidos”, o ciegos como Edipo.
Shakespeare no es sólo el pérfido Ricardo III, jorobado dentro y fuera, o el ciego de “El Rey Lear”; son los duendes y diablillos de “El sueño de una noche de verano”, mutaciones mágicas como las de la fiesta de locos medieval, juego y carnaval, apoteosis de “lo incorrecto”.
Hay cuerpos extraños metafóricos, la Laura tímida de “El zoo de cristal”, de Tennessee Williams, que arrastra un mordisco de la polio y, al no poder apresurarse, se le echa encima el tiempo de vivir; o el galán de “La gata sobre el tejado de zinc”, escayolado, símbolo de la virilidad rota.
En Valle Inclán hay ciegos en “Luces de bohemia” –el mismísimo Max Estrella–; y aparece como personaje “el ciego de Gondar” además del “baldadiño” mendicante en “Divinas palabras” disputado filón que remueve corazones y bolsillos, lo que es más práctico. Un cojo es el burlador de “Los cuernos de don Friolera”, el barbero Pachequín: “¡En el cuerpo de carabineros no hay maridos cabrones!” exclama Don Friolera, a quien no se sabe qué molesta más, si los cuernos o la cojera salerosa del rival.
Antonio Buero Vallejo utilizó también la metáfora de la minusvalía para mostrar el desorden del alma. Hay ciegos en “Ardiente obscuridad” y “Concierto de San Ovidio”, y críticos de arte daltónicos, falsarios que hablan del arte sin verlo. Y sordos de ocasión, y visionarios a posta.
Y la memoria y la desmemoria –los espantos y maravillas del recuerdo– están, además de en Buero, en Beckett, en Ionesco… En Buero otra vez: el hombre de “El tragaluz” con la mente fija en un punto, olvidando el resto.
La tara benéfica como antítesis está en el Quasimodo, protector de la gitana Estrella; o en el Cyrano de Bergerac, capaz de convertir su fealdad en belleza interior y generosidad.
Cuerpos extraños por exceso son las fisiologías positivas, sobradas de habilidad, los del plus ultra, héroes del esfuerzo y la proeza, atletas. Hay deportistas en “Rezagados”, de Ernesto Caballero, un pelotón ciclista que pedalea con la sospecha de que el camino no les lleva a meta alguna. O en “El cruce sobre el Niágara”, del premio Casa de las Américas de 1969 Alonso Alegría, donde cuenta que un funámbulo soñador, especialista en atravesar las cataratas del Niágara, cree un día que puede prescindir del alambre. Hay atletas en “Marathón”, de Claude Confortès: extraviados que corren carreras como trasunto de la vida.
En ese desorden común pocas veces resulta posible ceder brazos sobrantes a los mancos, o parte de la belleza a los feos; Rigoletto no puede enderezarse, no se le puede regalar un ojo a Polifemo; a Ricardo III no le aguapa el poder ni a Gog le visita jamás Godot; Mimí no sanará jamás de la tisis con un tratamiento saludable y Max Estrella morirá en el último acto reventado de miseria y alcohol. El teatro es conflicto, y recrea conflictos. La enfermedad sólo resulta ser un recurso espectacular. El teatro no conduce a un final consolador, y cada palo que aguante su cojo como pata o prótesis para ir tirando.
Miguel de Unamuno decía que el hombre es un animal enfermo. La historia de ese teatro de las taras es la historia del enfermo y, por tanto, la historia del hombre mismo.
¹.- La expresión “para el ciego todo es repentino” es de MacLuhan. Sobre la expresividad de los ciegos, ver el cuaderno de Marta Schinca “Técnica del movimiento para el actor invidente (bases para su desarrollo pedagógico)”, en la revista Teoría nº 9. Real Escuela Superior de Arte Dramático. Madrid.
².- MEDINA VICENTE, Miguel (1996). Minusvalías míticas en la historia del teatro. RESAD. Cuadernos de Teoría. Madrid.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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