Manolo, eres un psicólogo humanista, un experto en la comunicación humana. ¿Qué es el humanismo?
Considero esta pregunta como auténticamente clave. Su respuesta, sin embargo, supondría un análisis histórico extenso que, no creo, estuviera indicado, precisamente, en una entrevista como ésta. Sí puede ser interesante, sin embargo, conocer algunos aspectos relevantes del devenir histórico del humanismo.
En su acepción más básica se podría afirmar que el humanismo hace del ser hombre una vocación de perfección, un proyecto de vida enriquecedor gracias al desarrollo esmerado de lo propiamente humano, mediante el ejercicio de la educación y la cultura.
Esto es así, precisamente, porque como ya decía Píndaro, se presupone que el hombre no es un ser acabado, sino un proyecto de sí mismo que debe cultivarse. Un humanista sería, por tanto, un educador de sí mismo y de los demás. De alguna manera y como primerísima definición del humanismo, podríamos considerarlo como toda aquella ideología o posición antropológica que pretende sacar el máximo provecho posible de los seres humanos.
Esta noción, verdaderamente básica, fue a lo largo de la historia enriquecida por muchos ideólogos y pensadores e incluso por determinados movimientos culturales y antropológicos. En concreto el Renacimiento fue una de las instancias que, de alguna manera, influyó más en el desarrollo del concepto del humanismo. No resultó, sin embargo, unánime el parecer de los humanistas renacentistas, aunque tuvieran, claramente, una posición básica común: el interés por el hombre y su dignidad y el privilegiado lugar que debería ocupar en el seno del universo. Podríamos decir, por tanto, que la apuesta humanista del Renacimiento desemboca en un compromiso social, cultural y educativo en pro de una verdadera promoción del hombre y de lo humano a través de la justicia entendida como filantropía, o sea, como un verdadero amor hacia el hombre.
Es claro que, otras muchas y múltiples instancias contribuyeron a enriquecer este concepto del humanismo como, por ejemplo, podría ser el humanismo integral de Jacques Maritain, que abrió este concepto a la noción de trascendencia. Pero dejando a un lado todos estos desarrollos de carácter más o menos histórico, creo que hoy tenemos que plantearnos el auténtico humanismo del siglo XXI, y en este siglo XXI tendremos que situar al ser humano en desarrollo pleno a través de su apertura, no solamente a ámbitos trascendentes sino a la realidad integral que le circunda. Tendremos, por tanto, que pensar en el nuevo papel del hombre en el cosmos y el universo, incluyendo una nueva manera de entender la justicia y la solidaridad, que tenga en cuenta a la humanidad actual, a los hombres futuros, y también al resto de la naturaleza en la que se engloba, es decir, debemos de situar al hombre en el centro del universo pero abierto a todos los interrogantes que este mismo universo le suscita.
¿Y la comunicación?
Su importancia es evidente, no en balde es la comunicación interpersonal el elemento clave en nuestra constitución personal. No es posible para la persona el no comunicar, siempre comunica, y de alguna manera, necesita de esa misma comunicación para su propia subsistencia. Hemos de afirmar, sin embargo, que no todas las comunicaciones, aunque aparentemente sean personales, lo son de manera que pudiéramos calificarlas como tales. Muchas comunicaciones, aunque se dieran entre personas, no merecerían el calificativo de interpersonales, puesto que el receptor de la comunicación es más bien considerado como un objeto y no como una persona individualizada, en ese caso la comunicación tendría un carácter objetal más que personal.
Desgraciadamente, muchas comunicaciones del acontecer cotidiano pueden incluirse en esta categoría y no contribuirían, por tanto, a nuestro propio bienestar personal.
Los conflictos entre los seres humanos están ahí, por muchas y variadas razones. ¿Existe un déficit en la comunicación? ¿Una buena comunicación ayudaría a gestionarlos?
Esta pregunta se relaciona estrechamente con lo que antes hemos mencionado. ¡Claro que sí! Es evidente. Cualquier teoría de resolución de conflictos supone la comunicación; es decir, supone que nos comunicamos, supone que escuchamos y comprendemos lo que la otra persona siente, quiere o manifiesta con respecto al objeto del conflicto y, como es natural, dicha comprensión supone una comunicación. Cuando esta comunicación interpersonal existe, la resolución del conflicto se facilita grandemente, puesto que nos ayuda a evidenciar nuestras propias necesidades y las de la persona con la que existe el conflicto.
Sin embargo, para lograr este objetivo, es necesario que, como indicamos antes, nuestra comunicación sea realmente interpersonal, no objetal. Si nos cerramos en nosotros mismos, absolutizando nuestras opiniones y nuestros comportamientos o maneras de ser, es muy difícil que podamos tener una comunicación interpersonal verdaderamente auténtica. Nos comunicaremos porque siempre nos comunicamos, y de alguna manera la comunicación es inherente a nosotros mismos, pero no nos comunicaremos con una comunicación de calidad interpersonal que le haga sentirse a la otra persona como tal. Indudablemente el déficit, no de comunicación, sino de esta clase de comunicación interpersonal es algo que genera conflictividad y en definitiva soledad existencial.
Siguiendo con el tema de la comunicación, se podría decir que nuestra condición humana nos ha dotado de coherencias y de contradicciones. Desde ahí, y pensando en las controversias de las relaciones interpersonales, ¿sería saludable en ocasiones proponer al otro que olvide el quién y se centre en el qué, o somos irremediablemente proclives a sentir e interpelar al otro a partir de nuestros prejuicios?
Es verdad que la comunicación, como decíamos antes, auténticamente interpersonal facilitaría la resolución de los conflictos y, sobre todo, nos ayudaría a sentirnos más personas. Pero no cabe duda de que esto es difícil, y lo es porque nosotros no accedemos a la percepción de la realidad como tal, sino a través de diversos filtros con los cuales hacemos manejable esa misma realidad.
Existen filtros que pudiéramos llamar fisiológicos facilitadores de nuestra percepción de la realidad; pero además existen otros filtros que matizan y seleccionan esa misma realidad, como podrían ser los filtros culturales, que impregnados en nuestra propia vida, condicionan nuestra percepción de esa misma realidad. A ese mismo condicionamiento perceptivo contribuyen también nuestros propios filtros experienciales, producto de las experiencias que han jalonado nuestras vidas. La estabilidad predictiva de nuestras primeras impresiones, los estereotipos y posibles prejuicios se abastecen de esta subjetividad perceptiva.
A través de estos filtros todos nosotros elaboramos un mapa de la realidad claramente subjetivo, pero cuando esta subjetividad es muy extrema, no es que el mapa no sea la realidad, pero es que ni siquiera la representa. La comunicación, entonces, es muy difícil porque nuestros mapas-guía, nuestros prejuicios, nuestras primeras impresiones, en definitiva, nuestros filtros, pueden estar tan esclerotizados que hacen muy difícil la percepción adecuada de la misma realidad.
¿Quiere esto decir que esta necesaria subjetividad supone la imposibilidad de una relación interpersonal válida? La respuesta a este interrogante debe ser claramente negativa. No podemos dejarnos invadir por el pesimismo en algo tan profundamente humano, tan consubstancial a nuestra naturaleza de persona. Es, sin embargo, indudable que la absolutización de nuestras opiniones, creencias y valores nos lleva, muchas veces, a que la relación comunicativa sea más conflictiva y más difícil de concretar. Por el contrario, a medida que nos demos cuenta de la mediación de nuestros filtros, a medida que seamos conscientes de su subjetividad y los flexibilicemos sin proyectarlos en los demás, en esa misma medida estaremos construyendo comunicación, solidaridad y compañía.
Aportaría luz a estas reflexiones el concepto de empatía. ¿En qué consiste?
Evidentemente. Para la comunicación interpersonal tal y como lo hemos definido, y sobre todo para la escucha, inherente a esa comunicación es básico y clave el concepto de empatía. No es éste el lugar para presentar lo que la empatía supone para Rogers y para otros muchos, dentro de su escuela terapéutica, ni de exponer su evolución histórica, pero si quisiéramos definirla y, de alguna manera, poner de relieve su importancia en el momento presente.
Consideramos la empatía, en su sentir más básico, como la comprensión de las experiencias, conductas y sentimientos de la otra persona tal como ella las experimenta. Supone por tanto una total apertura de carácter no evaluativo ante las posibles comunicaciones de esa misma persona, aunque éstas expresaran opiniones, valores e ideologías distintas a las propias.
Muchas son las analogías propuestas para representar está comprensión empática como, por ejemplo, “meterse en la piel de la otra persona”, o como dice el viejo proverbio indio, “calzar los propios mocasines de la persona que escuchamos”, etc… Todas esas imágenes ponen de relieve la necesidad de conectar con el marco de referencia interno de la persona a la que queremos realmente comprender.
Quizá pudiera ser importante explicitar un poco lo que entendemos por “marco de referencia”. Rogers consideró la empatía como un modo de asumir comprensivamente la experiencia interna de la otra persona. Empatía, por tanto, para él, era sinónimo de percibir el mundo como la otra persona lo percibe. Apreciar cómo éste se ve a sí mismo, y dejar a un lado todas las percepciones situadas en el marco externo de referencia del propio sujeto. Dicho de otro modo, conectar con el marco de referencia perceptual de la persona, significa percibir la realidad tal como ella la percibe, desde su punto de vista y desde su propia experiencia.
Es evidente que una comunicación de estas características no puede realizarse sin esfuerzo, puesto que la axiología y mentalidad propias podrían ser obstáculos muy difíciles de soslayar a la hora de conectar con la otra persona. Si yo me apego tanto a mí mismo, a lo que yo veo, a mis propias opiniones, a mis propias experiencias, es muy difícil que pueda hacer ese esfuerzo demandado por la actitud empática.
Otro aspecto importante es el tema de la naturaleza de la empatía. Es verdad que algunos psicólogos, como Carkhuff y también inicialmente el mismo Carl Rogers, consideraban la empatía como una mera cognición, es decir, yo comprendo cognitivamente lo que la otra persona siente, entiendo lo que la otra persona vive o experimenta, pero no me dejo impactar emocionalmente por ello. Se atribuye por tanto a la empatía una mera naturaleza cognitiva.
Autores como Carkhuff, Berenson, Aspy, etc., mantienen esta misma opinión en el momento presente. Mi posición personal, coincidente con la última etapa “rogeriana”, sería que sin llegar a considerar a la empatía como una sintonía emocional total con la otra persona (eso sería simpatía), sí sería prácticamente imposible no dotarla de un cierto carácter emocional o repercusión afectiva, producto de la comunicación con la experiencia de la otra persona. Si yo me estoy comunicando con alguien y ese alguien está experimentando determinados sentimientos, por ejemplo tristeza, depresión, frustración, etc., es muy difícil considerar que la naturaleza de mi comprensión empática pudiera ser únicamente cognitiva. Me inclino, pues, a admitir con otros múltiples autores, e incluso Rogers en su última etapa, la necesidad de una cierta repercusión afectiva de esa misma percepción que nosotros hacemos del ángulo de referencia de la otra persona. Esto nos acercaría a una concepción de la empatía más natural y humana y, en definitiva, más cercana a la misma persona con la que nos comunicamos.
¿Sería aceptable afirmar que existe una empatía tónico-emocional, es decir, una manifestación de la empatía a través de la expresión del tono corporal que evidencia nuestra aceptación y comprensión del otro sin mediar palabra?
No cabe duda que un concepto de empatía como el descrito ayudaría muchísimo más a la comunicación interpersonal, y nos haría sentirnos mucho más personas, facilitaría también la escucha de la que estamos tan necesitados. Se habla frecuentemente de comunicar, pero muchísimo menos de escuchar la comunicación de los demás; es decir, de entender y comprender a la persona desde la experiencia que dicha persona vive. Esta escucha para mí es clave y la empatía o comprensión empática, como queramos denominarla, es un ingrediente absolutamente necesario para conseguirla. Partiendo de esta afirmación no será difícil de comprender cómo la empatía pudiera mostrarse a través de una sintonía emocional, incluso con repercusión corporal, en la escucha de determinadas experiencias. Sabiendo que no somos un compuesto de dos realidades separadas, cuerpo-mente, o psique-soma, sino una realidad total; somos un cuerpo, no tenemos un cuerpo, no sería muy difícil de comprender como la reverberación o sintonía emocional, producto de la empatía, tuviera un reflejo en el propio ámbito corporal de la persona que la ejerce.
Muchos sentimientos y emociones nos invaden en la cotidianeidad; algunos de ellos nos hacen “mal vivir”. ¿En qué residiría la aceptación de uno mismo?
Es verdad. Tenemos que reconocer que existen cantidad de sentimientos y emociones que nos invaden continuamente en el acontecer cotidiano de nuestras propias vidas y que nos hacen sentirnos mal. Realmente el tema de la aceptación de uno mismo y de las limitaciones propias siempre ha sido clave, no en vano es el objetivo que lograr en muchísimas terapias, o de muchísimas escuelas terapéuticas.
Goleman en sus trabajos sobre la inteligencia emocional ha expuesto diversos aspectos de necesaria consideración, que vienen a clarificar esta materia: el primer aspecto sería la conveniencia de un cierto conocimiento de uno mismo, es decir, cierto conocimiento de las emociones que nos embargan, las que estamos experimentando; una cierta metacognición reflexiva sobre cómo nos afectan las situaciones que vivimos o experimentamos. A partir de ahí, de ese autoconocimiento de uno mismo y de las emociones que nos invaden, vendría un segundo aspecto importante. No basta con un conocimiento propio; por muy exhaustivo que éste sea, es necesario además aceptar las limitaciones incambiables puestas de relieve por ese mismo conocimiento, es decir, de nada sirve el conocimiento propio si nos rebelamos ante las limitaciones propias que frecuentemente palpamos en el acontecer cotidiano.
Entonces, la primera variable estaría constituida por el autoconocimiento y la segunda por la aceptación de las propias limitaciones descubiertas en este mismo conocimiento. Aceptación que debería provenir de una vivencia propia, del valor que tiene la persona por sí misma, no por comparación con los demás. En este sentido he de reconocer que me molestan horrores los términos ampliamente utilizados en la literatura anglosajona de “perdedor y ganador”, “¡es un perdedor, es un ganador!”. La persona que realmente se conoce y actúa de acuerdo con sus posibilidades y limitaciones, no estableciendo su propia felicidad por comparación, es siempre un “ganador”. La felicidad auténtica tiene que nacer del conocimiento y aceptación propias, objetivo final, como he indicado anteriormente, de todas las escuelas terapéuticas.
Si la emoción sobreviene automáticamente y Freud dijo: “La emoción decide, la razón justifica”, ¿estamos a merced de nuestras emociones?
Es claro que esta afirmación no supone que estemos a merced de nuestras propias emociones. Las emociones existen como estados de nuestro ser de naturaleza agradable o desagradable y es cierto que nosotros actuamos muchísimas veces movidos por sus impulsos. Pero esto no siempre tiene que ser así. Reflexionar, como nos aconseja Greenberg, acerca de tus sentimientos en vez de actuar impulsivamente, resulta básico en la integración cabeza-corazón. Una de las razones por las que resulta útil empatizar con los sentimientos de otras personas es que fomenta, precisamente, esa reflexión. Los sentimientos no son ni buenos ni malos, pero sí pueden ser adecuados o no. Una persona, por ejemplo, que experimenta la muerte de un ser querido, podrá sentirse triste y ese será un sentimiento adecuado, pero si esa persona se deprime y se aísla de todo el mundo, adoptando un comportamiento de huida de su propia actividad cotidiana, es evidente que su sentimiento o emoción es inadecuado. Esas emociones pueden y deben de ser reconocidas, guiadas y hasta cierto punto controladas en sus repercusiones. En este sentido, considero que el acercamiento propugnado por la psicología cognitiva es verdaderamente acertado.
Hace años en una charla en la Sociedad Filarmónica de Bilbao insinuaste la idea del hombre entendido como una globalidad y no como una dicotomía cuerpo-alma. ¿Nos hablas de ello?
Sí, es cierto, y éste es un tema, el de la dicotomía cuerpo-alma o psique-soma, que ha sido muy discutido a lo largo de los años, pero sobre el que yo creo que hoy existe bastante unanimidad. No existe separación, no hay dicotomía entre el cuerpo y el alma, todo está implicado. Somos una unidad y una unidad constituida como persona única e individual. Es verdad que muchísimas veces hemos tratado estas realidades como algo separado o incluso antagónico. De hecho, muchas escuelas terapéuticas, por ejemplo el psicoanálisis u otras, han mantenido un acercamiento “mental” a la terapia, mientras que otras han propugnado el “cuerpo” como un mejor medio de ayuda terapéutica. Evidentemente se ha exclusivizado uno de los dos elementos, prescindiendo de la otra realidad, como si ambas fueran entidades separadas. Considero, sin embargo, que en estos momentos, el reconocimiento de la unidad alma-cuerpo nos tiene que conducir a planteamientos terapéuticos basados en esta misma unidad y no en una separación dicotómica de carácter conceptual, por fortuna superada.
Has profundizado mucho en los estudios de Frankl en un intento de dar sentido al sufrimiento humano y poder aliviar las tensiones que padece el hombre actual como el estrés, la depresión, la somatización; ¿es posible dar un sentido constructivo al dolor?
El problema del sufrimiento y del dolor siempre ha sido un tema de difícil solución. La áscesis cristiana tradicional basada precisamente en la división del alma y el cuerpo, concedía al dolor el valor de controlar y dominar los “deseos y pasiones corporales”. Esta visión no es, sin embargo, admisible en la actualidad. El dolor y el sufrimiento no tienen valor por sí mismos y en sí mismos, es decir, no pueden ni deben ser buscados por su propia entidad. El problema hay que situarlo en el dolor y el sufrimiento inevitable. ¿Cuál es la posición a adoptar ante ese paro laboral o ante ese cáncer detectado, o esa enfermedad incurable? ¿La desesperación? ¿la mera resignación? Aquí la respuesta tiene que venir, necesariamente, de la necesidad de dotar de un sentido a ese sufrimiento y en el talante con el que uno se sitúa ante ese sufrimiento. Es indudable que la visión cristiana de la vida y la labor de Víctor Frankl con su acercamiento psicológico a la naturaleza humana, han contribuido a ayudar al ser humano a dotar de sentido al sufrimiento vital. Quizá ésta sea en mi opinión su máxima aportación, de indudable importancia en la realidad cotidiana.
Los niños en muchas ocasiones prueban al adulto, le provocan, como si estuvieran demandando algo como límites, normas, ser atendidos, queridos y escuchados… ¿Es posible una dialéctica entre actitudes de comprensión y tolerancia y el ejercicio de la autoridad?
Considero esta pregunta como clave en cualquier contexto educacional. No solamente considero posible la dialéctica referida, sino que la considero necesaria. Siempre me han parecido equivocados los simplismos dicotómicos. La mera tolerancia sin un ejercicio de autoridad responsable corre el riesgo de transformarse en libertinaje. El ejercicio de la autoridad sin escucha, cariño y tolerancia es tiranía. Precisamente en la adecuada y equilibrada interacción del binomio comprensión-autoridad reside el éxito de cualquier receta educativa.
Sería conveniente recordar que el mismo C. Rogers, padre como se recordará de la “no directividad”, habló de ciertos límites, que debían de servir de marca a la relación terapéutica. Creo recordar que, precisamente, al tratar de la terapia de juego infantil, expuso con claridad esas limitaciones tendentes a situar adecuadamente la autoridad del terapeuta como elemento de aprendizaje.
Nosotros, profesionales de la Práctica Psicomotriz, influenciados por los postulados de la pedagogía no directiva, observamos que los niños en un clima de espontaneidad y a través de actos de juego logra muchos y variados objetivos y, al mismo tiempo, nos ofrecen una información valiosa sobre ellos, lo que ciertamente nos posibilita intervenir y ayudar; no obstante, constatamos que diferentes profesionales de la infancia presentan resistencias a dejar al niño en movimiento, siendo ello su principal medio de comunicación. ¿Qué opinas de ello?
Mi opinión aquí es también clara. Me parece que se cometería un grave error si se prescindiera de ese clima de espontaneidad al que alude la pregunta. No me considero experto en psicomotricidad, pero creo que no hace falta serlo para considerar que, precisamente, en la espontaneidad, en la actividad, en el juego, es donde más vitalmente se manifiesta el niño, donde más se evidencian determinados aspectos personales, que en otras circunstancias pasarían desapercibidos. Si queremos tomar en serio la afirmación de la realidad unitiva del cuerpo-mente a la que ya hemos hecho referencia anteriormente, también tendremos que admitir su aplicabilidad a la realidad infantil de la que forma parte el juego, no sólo como elemento observacional de comportamiento, sino también como herramienta de su modificación.
Para terminar, una cultura, una sociedad instalada en mayores actitudes de empatía, ¿ayudaría a hacer este planeta más habitable?
No quisiera pecar de reduccionismo en la respuesta a tan importante pregunta. Sé de sobra que multiplicidad de variables sociales, económicas, culturales, etc. podrían atribuirse influencia en la habitabilidad de nuestro mundo. Reconozco también la fuerza egocéntrica, egoísta y potencialmente destructora que yace en el corazón de todo ser humano, por eso mi respuesta a la pregunta planteada tendrá necesariamente que tener un carácter utópico.
No me cabe la menor duda de que la mejora de esta sociedad en que vivimos pasa por la consideración del “otro” como ser humano, es decir, como persona con todo lo que ello implica. La empatía, con todo lo que supone de renuncia propia para comprender, aceptar y valorar al “otro”, que como yo forma parte de este sociedad, se me antoja una condición necesaria para que nuestro “yo”, necesariamente egocéntrico, pueda abrirse a la realidad de un “nosotros” compartido, que haga más habitable nuestro planeta.
Como recientemente se ha escrito (García Monge, 2003), el nosotros basado en la escucha empática, exige flexibilidad y comprensión, evitando el ansia de poder y supone un “yo” no considerado “centro y norma universal”, sino un “yo” que se integra y crece, capaz de escuchar y de convivir con lo plural y diverso, sin pretender uniformar y estandarizar a los demás. Este “nosotros” no nace sencillamente del dato de realidad que me dice que además de mí existen otras personas, sino que implica un dinamismo difícil y arriesgado basado en el aprendizaje de la convivencia, la comunicación y comprensión. La empatía es clave para el logro de todas esas realidades.
Terminaré adhiriéndome a la afirmación de C. Rogers: “Será fácil entender la importancia social de la comprensión empática, si pensamos que en el fondo se trata de una actitud que contribuye a legitimar nuestra propia realidad de personas”.
Muchas gracias.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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