Todos sabemos que hay muchas clases de lenguaje. También sabemos que dependiendo de nuestro lenguaje, los efectos pueden variar (mucha responsabilidad, ¿no?).
No quisiera aumentar nuestra exigencia o culpabilidad, que bastante nos han dado ya la cultura y la historia. Sólo trato de compartir mi reflexión sobre los tipos de lenguaje existentes y la utilidad de los mismos en las sesiones. Por otra parte, me parece interesante porque también es útil en nuestras relaciones, tanto didácticas como personales.
En las sesiones somos referentes y también nos decimos; por esto es importante un análisis de nuestro lenguaje. Entendiéndose lenguaje como expresión y comunicación, y a partir de los instrumentos que nos permite ejercer este don, voy a centrarme en dos grandes bloques muy presentes en las sesiones de la PPA (Práctica Psicomotriz Aucouturier).
Por un lado, el cuerpo y, montado sobre él, como a caballo (y deseando que no se desboque) la lengua, es decir el lenguaje verbal.
A.- El cuerpo es un instrumento de comunicación de una importancia ya conocida. En él podemos destacar:
1. Apertura o cierre: con nuestras extremidades, sabiendo que la apertura favorece el libre acceso del otro y es una manifestación de nuestra disponibilidad. Tanto en apertura como cierre, hay variantes llenas de matices, poniendo ejemplos: una mano abierta parece estar “dispuesta a recibir”, unos brazos cruzados parecen decir “necesito protegerme”, etc.
2. Verticalidad: sinónimo de autoridad. (en el sentido positivo, no me refiero al autoritarismo), disponibilidad en acompañar, uno está más dispuesto que si está sentado o tumbado.
3. Tonicidad: que se transmite en el contacto. Habla de nuestras tensiones o nuestro equilibrio. Incluso habla de nuestra ira o dominio (un ejemplo común en la escuela es coger a un niño de la mano cuando estamos enfadados); observemos el tono y lo que transmite.
4. Distancia o proximidad: en el ajuste o no de la relación con el otro. La distancia puede ser sinónimo de confianza y autonomía; un exceso de proximidad dice lo contrario. Analizar las situaciones puede hacer ver nuestros deseos o ajustes.
5. Ritmo: portador de nuestro propio ritmo o en consonancia con la necesidad del otro, jugando a su vez con simetrías o asimetrías.
6. Emoción: alegría, seriedad, enfado… Las emociones se reflejan en nuestra cara portando aceptación o no del otro y de las vivencias; si bien el estado de ánimo puede ser modificado con las circunstancias o momento que se vive, la consciencia facilita el jugar con las emociones para el ajuste; por ejemplo, la capacidad de sorpresa y su expresión para favorecer la transformación a niños que lo necesitan. Desde la calma podemos tomar distancia emocional y alternar en función de necesidades.
7. Flexibilidad: un cuerpo flexible denota una mente flexible.
Hay también expresiones globales con el cuerpo significativas y de utilidad. Por ejemplo, “dar la espalda” es ignorar y cuando esto se hace a un grupo de niños que hablan, se suelen callar por el instinto de especie (nadie quiere ser ignorado).
Sobre este tipo de lenguajes remito al libro de André Lapierre “El adulto frente al niño” que complementa estas aportaciones.
El cuerpo, nuestro cuerpo dentro de la sala, es un indicador también de cómo nos situamos frente al mundo, igual que lo observamos en los niños. Es también un referente para los otros.
B.- El lenguaje verbal: nuestro gran traicionero.
El lenguaje que expresamos hablando tiene una particularidad: cuando estamos atrapados en una emoción es difícil de controlar. Ahí nos puede salir todo lo que no quisiéramos decir. Lo mejor es no pegarse con el látigo de la culpa. Afortunadamente somos humanos y tenemos salidas airosas; por ejemplo, aprovechar los errores para aprender. Una de los sistemas de defensa del magisterio, es tratar de evitar el análisis para no culparse. Si nos culpabilizamos, la siguiente vez tendremos más rabia todavía y esta rabia no nos deja avanzar, nos destruye por dentro. Como dice Santana, “la rabia puede ser positiva si es constructiva, pero si es negativa es como un elefante entrando en una cristalería.”
Por el contrario, si observamos qué es lo que hay, tenemos dos opciones: una, tomar nota y dejarlo pasar; y dos, cuando algo se repite mucho y nos da problemas, buscar la forma de solucionarlo. Por tanto, en el análisis del lenguaje evitemos el sufrimiento de tantos maestros cuando dicen: “¡Ay! se me ha vuelto a escapar, si ya lo sabía pero… qué bruta soy”, seamos buenos con nosotros mismos y simplemente… nos felicitamos por darnos cuenta del error y adelante.
Veamos qué tipos de este lenguaje, pueden darse en las sesiones:
1. Descriptivo: Haciendo espejo de lo que el otro hace. Puede dar seguridad en el sentido de saberse acompañado y observado. “Veo que te gusta hacer…”
2. De reconocimiento: También da seguridad. “Te has atrevido a…”
3. Seguridad-ley: “Tú puedes”, o “NO”, en un momento que va a hacerse daño o se lo va a hacer a otro.
4. Aceptación: “Sí”, por ejemplo, cuando un niño duda en tirar la torre.
5. De autonomía: “Antes de saltar hay que mirar” invita a que cuando tu no estás presente, esto lo tendrá en cuenta de forma autónoma.
6. De dependencia: Si decimos “espera no saltes” o “cuidado”, le estamos diciendo: dependes de mí. Cuando esté solo, ¿qué hará?
7. Invasor: Yo propongo, yo hablo, yo sugiero… y no dejo espacio al niño para que sea él quien se diga.
8. De respeto: “¿Qué ha pasado, con lo majo que eres se te ha olvidado algo?” Cuando alguien hace algo que requiere nuestra intervención. Esta frase no es lo mismo que decir: “tú tenías que ser” o “otra vez tú”, etc., que resulta culpabilizadora y con falta de respeto a la persona.
9. Interrogativo: Aquí podemos ver dos vertientes:
9.1. Para saber lo que ha pasado: “¿Qué pasa?” Y esto da inseguridad; los niños suponen que lo vemos todo (aunque no es así). Esta pregunta es causa de muchos chivatazos. Son una forma disfrazada de agresividad que el adulto acepta por conveniencia (enterarse), pero que no beneficia nada las relaciones.
9.2. Para ayudar a pensar: “¿cómo se puede hacer?” o “¿cómo harías?” Esto favorece el pensamiento y la autonomía.
10. Simbólico: El “como si”, el “¿de verdad o de mentiras?”, un lenguaje necesario para ayudar a separar la realidad de la fantasía y que surge en toda la parte simbólica de la sesión. Su aclaración es importante.
A partir de aquí, es interesante proporcionarnos un lugar de encuentro, mediante análisis de video o un grupo de trabajo, para observar qué tipo de lenguaje usamos con más frecuencia y ver las repercusiones que puede tener en nuestra práctica. La mirada de los otros sobre nuestra comunicación, nos puede ayudar a perfilarla.
De todos los lenguajes, me quedo con: un cuerpo disponible para el acompañamiento y el silencio (éste es mi intento).
El silencio es vacío. El vacío puede ser llenado y es también el nacimiento del lenguaje. La falta de vacíos es la causa de muchos problemas en los niños. Pero esto sería motivo de una larga explicación.
En la formación de ayuda terapéutica se analizan más estos matices. Lo importante es reconsiderar que el silencio en las sesiones, puede ser más efectivo que mil palabras. El otro puede usar ese vacío si quiere y normalmente su expresividad aumenta.
Pero, claro, un uso ajustado del lenguaje, puede ser difícil. ¿Cómo mejorarlo?
Hay varias posibilidades. La formación personal (como instrumento de análisis), la ayuda de algún especialista o una persona que acompañe en este proceso.
Uno mismo debe conocer su situación y reflexionar sobre sus intervenciones, pero la riqueza de otras miradas es indiscutible.
¡Ojo! Sin maltratarse, contamos con nuestra propia fragilidad.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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