Editorial

Nº 26 · Diciembre de 2003 · p. 6

Resumen. La editorial parte de la frase «con esos padres…» para presentar el artículo de Silvia Carné sobre la relación entre los padres y las alteraciones psicomotrices. Defiende que la sala y las competencias del psicomotricista tienen identidad propia en el proceso de cambio del niño, sin culpar a priori a la familia, y que hay que hablar de equilibrio e interacción; trabajar en las actitudes del psicomotricista es uno de los caminos.

“Con esos padres” o “con esa madre, no me extraña que el niño sea…” ¿Cuántas veces no lo hemos escuchado o dicho? En este número un artículo de Silvia Carné plantea el tema de la relación entre los padres y las alteraciones psicomotrices de una forma muy cuidadosa, utilizando además la práctica psicomotriz como base para ello.

¿Se puede trabajar la práctica psicomotriz sin trabajar con los padres*? ¿Se puede ayudar a un niño sin colaborar con sus padres, sin que ellos colaboren con los profesionales? Aclarar el lugar de los padres en el proceso madurativo del niño pequeño, así como estructurar adecuadamente la intervención en la sala de psicomotricidad con la relación con la familia, es una necesidad del profesional de esta práctica.

¿Son los padres culpables, responsables, causantes, víctimas… de los bienestares y de los malestares del niño? ¿Qué lugar dar a la madre, y al padre, y a otras estructuras familiares? Tener en cuenta la importancia de los padres, de la relación (consciente e inconsciente) que han establecido con el niño, no debe suponer construir un muro de protección con respecto a la práctica en la sala, de forma que cualquier atasco o bloqueo en el trabajo sea inmediatamente dirigido a la familia como causante. No, la sala y las capacidades y competencias del psicomotricista tienen su propia identidad en el proceso de cambio del niño, debiendo separar con claridad lo que corresponde a la relación padres-niño y lo que corresponde a la relación psicomotricista-niño.

Es verdad, sin embargo, que, en ocasiones, la familia no permite el cambio, la evolución del niño; pero también es cierto que, en otras ocasiones, es el propio psicomotricista quien no lo permite porque no puede acoger, sostener, contener, la demanda, la necesidad, los deseos del niño. Solemos decir: “Formarse, conocerse, para saber qué es del niño y qué es del psicomotricista en la relación”. Podemos añadir: “Formarnos, conocernos, para saber qué es de la relación familiar y qué de la relación con el psicomotricista en el proceso de maduración del niño”.

Equilibrio, tenemos que hablar de equilibrio. Y el equilibrio siempre es el resultado de la interacción de fuerzas opuestas en una proporción que hace que no surja el desequilibrio. La interacción, la circularidad, frente a la linealidad del causa-efecto, es lo que debe impregnar nuestra práctica y, en especial, en lo relativo a la relación con la familia del niño que entra en nuestra sala. Es decir, la familia, el niño, el psicomotricista, su historia, sus relaciones pasadas y actuales, sus deseos y fantasías, sus acciones y palabras, etc son, entre otros, factores que en interacción pueden ayudar a que el niño entre en un camino de cambio y maduración, o en una situación de bloqueo. Trabajar en las actitudes del psicomotricista es uno de los caminos que facilita unas competencias adecuadas para hacer frente a todas estas cuestiones con las garantías necesarias. En ello estamos.

(*).- Se utiliza la expresión “padres” en la editorial como generalización de cualquier otro modelo de figura o estructura familiar que se haga cargo del niño.

Cómo citar: Cuadernos de Psicomotricidad (2003). Editorial. Cuadernos de Psicomotricidad, 26, p. 6. Luzaro.
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