Al pasar el puente

Nº 25 · Junio de 2003 · pp. 39–40

Resumen. Relato breve sobre Ana, una asistente social de mediana edad que, tras reconocerse en el reflejo de un escaparate, medita sobre el paso del tiempo y, ya de noche, escribe un texto poético sobre la infancia, el cuerpo y la dignidad antes de dormirse junto a su marido.

“No se pierde lo que se ha tenido; se pierde lo que no se ha tenido”

Ana, asistente social, de mediana edad, en ocasiones deambulaba por las calles porque pasear sin rumbo le proporcionaba sensación de libertad, de liberarse un poco de sus rutinas y siempre cabía la posibilidad de descubrir algo nuevo. Aquella tarde, después de un largo tiempo curioseando por los rincones de la ciudad entró en una zona comercial, se detuvo delante de un escaparate, observó lo que exhibían y comenzó una de esas habituales inspecciones a las que se sometía delante de las lunas de los establecimientos. En el proceso del minucioso y obsesivo examen las dos preguntas que acudían a su mente, no por repetidas cedían en el grado de su intensidad: “¿Soy yo ésta que veo?” “¿Cómo he llegado hasta aquí?” Le provocaba estupor y asombro las transformaciones que el paso del tiempo había efectuado en su cuerpo; donde antaño emergía exuberancia y coquetería el presente le devolvía laxitud y una cierta abulia; la viveza de la mirada había sido substituida por una expresión apagada; ello la sumía en un trance metafísico acerca del paso del tiempo y de la fragilidad de la existencia. Agobiada, miró el reloj y caminó presurosa hacia la cita que tenía con su familia, su marido y sus hijos. El calor de la falta de respeto tan sano que presidía las relaciones de sus hijos la reconfortaron y sintió un pellizco de bienestar.

Por la noche, ya en casa al abrigo de la quietud y el silencio Ana meditaba en cómo asumir aquellos inmensos contrastes entre el sentimiento que produce la felicidad y la infelicidad, y que era más dulce el sabor de la alegría que el de la tristeza; absorta, percibió cómo lentamente le invadía la melancolía: reflexionaba en cómo ocupaba sus días, en que le convendría hacer ciertos cambios; se interrogaba si la vida le había substraído lo que tuvo o en realidad nunca lo tuvo y no fueron más que sueños; pensaba en el oficio de vivir.

Ana, desvelada, con un ligero sudor frío que la hizo desprenderse de la bata, como tantas otras veces se dispuso a contarle cosas al papel para ahuyentar los malos espíritus. Garabateó una primera frase: “no se puede escapar de la corriente, la cuestión estriba en cómo colocar las velas”.

Ana, no era totalmente consciente, pero la monotonía que se había instalado en su vida la llevaba a rebuscar entre las cenizas un poquito de fuego, a poder atisbar un presagio de bonanza; rompió folios, se animó, se desanimó porque sus confidencias acerca de sus desvelos más profundos debían quedar adornados con un toque poético con el que ella se identificaba plenamente.

En esa sensación infinita de instantes cual náufrago, Ana aferrada al bolígrafo, escribió:

“Acompañar, compartir, dejarte tocar por los sueños y deseos infantiles, despertar al niño dormido; la complacencia instalada, la complicidad sostenida.

El viento soplando, ululando, el cuerpo dolorido buscando su dignidad, parar los afanes, tomar conciencia de la postura y en la lentitud la expansión y una profunda respiración, sentir y nada más; la mirada no se nutre de la realidad del objeto sino de la subjetividad del sujeto: la irrupción entrañable, envolvente, mágica de ángulos insólitos en el enfoque de la cotidianeidad; la brisa acaricia el rostro y los barrotes metálicos acogen al resguardo de su firmeza.

Abrirse al mundo, vivir, desde lo sencillo, fugacidad perpetua, ausencia de pensamiento, mano de niño que se arrulla en la tuya, hojas verde marrón otoñales lanzadas al agua, comida de peces, y ver como los Sherlock Holmes diminutos observan, indagan, exploran, y el tiempo huracanado se detiene manso en su placidez; y ese cuerpo, digiriendo la impotencia de no mantener el camino grácil, heroico y visceralmente utópico que se va, se yergue fatigoso aupado a la dignidad buscada al amparo de los niños padre y en el no deseo lo tienes todo.

¡Oh nubilidad, primavera vital, fertilidad, creación, juro mantenerte: ni el verano de la madurez, ni la hojarasca caduca de la decrepitud borrará tu explosión perenne!”

Ana, cansada, se acurrucó en simetría con la espalda y piernas de su marido y esperó el sueño ronroneando un persistente monólogo interior acerca de cómo la vida nos mueve y nos enreda.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye dos fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Cómo citar: Daniel Garmendia (2003). Al pasar el puente. Cuadernos de Psicomotricidad, 25, pp. 39–40. Luzaro.
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