La expresión de las angustias en el niño

Nº 25 · Junio de 2003 · pp. 16–22

Resumen. Aucouturier explica que la angustia, mecanismo del inconsciente, tiene también un aspecto positivo porque impulsa los procesos de reaseguración y simbolización. Partiendo de las interacciones entre el bebé y la madre y de los fantasmas de acción, describe las angustias arcaicas de pérdida del cuerpo (de caída, de disolución y derramamiento, de rotura, de explosión y de despellejamiento). Concluye que hay que ayudar al niño a liberarse de la culpabilidad del placer de destruir, y lo ilustra con la historia del pequeño René y el lobo.

Mis palabras se van a centrar sobre la expresión de las angustias en el niño. Un discurso sobre las angustias y sus diversas expresiones en el niño es un discurso bastante complicado, lleno de meandros, es decir de contradicciones, porque toca el inconsciente. Y el inconsciente es un laberinto oscuro en el que existe el riesgo de perderse. La angustia es un mecanismo del inconsciente. Por eso, cualquier tentativa de clarificación supone siempre asumir un riesgo, pues intentamos comprender lo incomprensible; la angustia es soberana, ella decide nuestros comportamientos, nuestras adaptaciones, nuestro acceso a la cultura, nuestro bienestar y nuestras alegrías; pero también decide nuestras inadaptaciones, nuestras enfermedades, nuestros sufrimientos, nuestro malestar y nuestros miedos.

La angustia tiene una connotación negativa. Es verdad que induce una patología bien somática o psicológica; pero el aspecto positivo de la angustia rara vez se pone en evidencia. En efecto, un grado de angustia genera en el niño la creación de una dinámica de búsqueda, de un proceso de reaseguración. Un grado de angustia abre la vía a los procesos de simbolización. Si no se crea esta dinámica, el niño se arriesga a los dolores de la somatización o al sufrimiento psíquico. Conocemos la angustia de la separación con la madre, la angustia derivada de la castración fálica y las consecuencias para el proceso de identificación secundaria y la identidad sexual. Pero existen angustias aún más precoces: son las angustias arcaicas de pérdida del cuerpo, presentes durante los primeros meses y sobre las que voy a insistir pues son, en mi opinión, la matriz de todas las angustias sucesivas.

Para desarrollar la expresión de las angustias en el niño, estoy obligado a hacer un recorrido por el origen de la formación de los primeros pensamientos en el niño, es decir, de los pensamientos inconscientes. Partiremos de las interacciones entre el bebé y la madre. Estas interacciones provocan transformaciones corporales recíprocas. Estas transformaciones recíprocas se engraman en el cuerpo del bebé como engramas de acción y de placer. Estos engramas de acción se confunden con acciones de la madre. La madre está en él.

En ausencia de la satisfacción de las necesidades, el niño representa los engramas de acción y el placer que les está asociado; por ejemplo: cuando chupa sus dedos. Estas representaciones de acción son el pívot de los fantasmas de acción, lo que permite al niño reencontrar a la madre por una acción ilusoria y así auto asegurarse, esperar y anticipar su vuelta. El fantasma de acción es un deseo inconsciente de reencontrar y actuar sobre “el objeto” para apegarse a él y despegarse. Los primeros fantasmas de acción se forman a partir del sexto-octavo mes, constituyen el primer estrato psíquico del bebé, del ser humano y forman lo que podríamos llamar el inconsciente originario, un inconsciente que no está sometido a la represión, la cual es mucho más tardía (hacia los 14-15 meses). Estos fantasmas de acción se refieren a las experiencias corporales de transformación en relación y más particularmente a las experiencias de interacción ligadas a la absorción, a la prensión, a la verticalidad, a la movilización del cuerpo en el espacio y a la expulsión. Yo preciso que los fantasmas de acción se caracterizan por su pulsionalidad: son violentos, sádicos, persecutores, omnipresentes en el psiquismo naciente del niño pequeño. Por eso deben ser contenidos gracias a la calidad de la interrelación y deben ser transformados en actos simbólicos, siempre sobre un fondo de placer.

Vamos a partir de un ejemplo de fantasma de acción. El niño vive el fantasma de acción de incorporar, de devorar a su madre porque quiere guardar en él lo que ama. Amar es comer. Comer es hacer desaparecer, es destruir, es reducir a la nada el objeto dentro de sí mismo. El niño proyecta sus fantasmas sobre la madre: la muerde para amarla, para guardarla, para incorporarla. Esquemáticamente, existen dos reacciones por parte de la madre. O bien acepta este mordisco sin culpabilizar al niño; en ese caso ella juega la mordedura haciendo como si le mordiera por medio de los “te voy a comer” que son también los “te quiero” y así haciendo como si le mordiera en un área de juego, inicia a su hijo en el registro simbólico, y simultáneamente en la realidad, es decir, la realidad de preservar la integridad corporal de la madre. O bien la madre no acepta el mordisco: reprime, culpabiliza intensamente el placer de la devoración. El niño se siente culpable de expresar sus fantasmas de devoración, de destrucción del objeto de amor; el niño se siente culpable de amar. Está enfermo por amar y la única solución de actuar su fantasma de acción es destruyendo los fantasmas de acción que le unen a su madre. Cuando el niño destruye los fantasmas de acción que le unen a su madre, nace la angustia de pérdida de la madre. La angustia es un mecanismo del inconsciente. Winnicott ha demostrado que mantener la culpabilidad sobre los fantasmas de devoración y de destrucción tiene consecuencias aciagas pues mutila los fantasmas de acción, por tanto las capacidades imaginarias y creadoras del niño, su placer de hacer, e induce perturbaciones emocionales que le paralizan. Por otra parte la culpabilidad sostenida abre la puerta a las angustias arcaicas de pérdida del cuerpo, que desestabilizan las funciones somáticas.

El niño no vive sólo momentos agradables de placer que le permiten crearse fantasmas de acción. Su estado de inmadurez, de inconclusión, su impotencia y su estado de dependencia, hacen que en ciertos momentos viva experiencias dolorosas inevitables, asociadas a afectos de displacer. Estas experiencias dolorosas las engrama en su cuerpo como engramas dolorosos (engramas de “inhibiacción”) que bloquean los engramas de acción, limitan la producción de los fantasmas de acción, por tanto limitan la integración somato-psíquica a su nivel más arcaico. Estos engramas dolorosos son el pívot de las angustias arcaicas de pérdida del cuerpo: angustia de caída, angustia de disolución y de derramamiento, angustia de fractura, angustia de despellejamiento, angustia de explosión. Estas angustias nosotros las hemos vivido más o menos, pero la calidad de la envoltura que hemos recibido no ha dejado huellas de estas angustias, sino que ha permitido al bebé utilizar con placer todos sus medios corporales maduros para evitar estas angustias e interactuar con éxito con el mundo exterior.

Pensamos a este respecto, que el reflejo de Moro, el reflejo de prensión, el reflejo de succión, de acoplamiento que son reflejos de supervivencia, son utilizados por el niño pequeño durante los primeros meses para evitar las angustias arcaicas. Esto lleva a una nueva mirada sobre los reflejos motores del bebé y su evolución. Los reflejos, yo no los considero solo reflejos, pues el lactante los utiliza también como medios de reaseguración muy arcaicos.

Estos engramas dolorosos son también el pívot de las representaciones corporales, las somatizaciones, que crean disfuncionamientos de las funciones somáticas maduras, tales como la función de absorción y de evacuación, después la función de prensión, del equilibrio, de la movilización del cuerpo en el espacio; somatizaciones que están siempre acompañadas de afectos de displacer.

Todos hemos vivido más o menos las angustias arcaicas, pero gracias a una envoltura protectora, las hemos podido superar fácilmente. Winnicott¹ ha sido uno de los primeros psicoanalistas en hacer referencia a estas angustias que nacen antes del sexto mes, periodo muy problemático para el lactante. Winnicott evoca acontecimientos afectivos dolorosos vividos por el lactante como amenazas de muerte engramadas en todo el cuerpo y que dejan huellas indelebles. Estas huellas dolorosas, al no tener un lugar psíquico, por ausencia de organización psíquica suficiente en este periodo de la vida, están en el origen de las angustias arcaicas de pérdida del cuerpo. Winnicott evoca el concepto de temor al derrumbamiento (“the breakdown”) descubierto a partir de la cura de ciertos pacientes. Para este último, el temor del derrumbamiento, es una agonía de la que nos defendemos todos, más o menos, pero que permanece invasora en ciertas patologías psicológicas y Winnicott sostiene que la afección psicótica es una organización defensiva ligada a la agonía primitiva, que comprende el derrumbamiento y la identificación del self unitario. Asimismo, él asocia esta agonía primitiva al temor de la muerte, una muerte que tuvo lugar, pero que no ha sido experimentada y que tiene el sentido de un aniquilamiento. Se trata de una brecha imposible de cerrar, un abismo sin fin.

Esta doble imagen de rotura y caída está contenida en el término “breakdown” debido a la inconsistencia, incluso la ausencia de un entorno favorable.

En la misma línea teórica de Winnicott, las observaciones clínicas de Esther Bick sobre las angustias catastróficas de desintegración del lactante, son muy interesantes para el clínico; así mismo Frances Tustin² sostiene en sus trabajos sobre el autismo psicogenético, la presencia de una cápsula de autismo en todos los pacientes fuertemente neurotizados; esta cápsula estaría constituida por fuertes angustias de terror primal.

La angustia de caída

Los niños que no han sido bien sostenidos ni envueltos, corren el peligro de vivir el miedo a caer en el vacío. Aterrorizados por la angustia de caída, se enganchan a cuerpo descubierto con sus “ventosas sensoriales” (expresión de Esther Bick) para evitar caer en el infinito y sustraerse a la desintegración. Ellos se contienen y se agarran. Se agarran a sus propios olores corporales, a ciertos sonidos, a ciertas músicas, voces o ritmos, se agarran a ciertas fuentes luminosas, se agarran a la sensaciones de su cuerpo como las estimulaciones bucales, metiéndose varios dedos en la boca o sosteniendo permanentemente objetos duros (alambres, llaves, juguetitos) o, incluso, aferrándose auténticamente a objetos que están solidamente sujetos. Paralizados por el miedo a caer en el vacío congelan sus menores afectos. Estos niños se confunden fácilmente con las catástrofes, con los edificios que se derrumban, los aparcamientos subterráneos que se inundan, con los terremotos.

Las angustias de disolución y derramamiento

Estas angustias han sido descritas por Frances Tustin. En ausencia de una envoltura bien constituida, que contengan los elementos líquidos y gaseosos del lactante durante los tres o cuatros primeros meses, éste está invadido por angustias de licuación y derramamiento sin fin. De esta manera se confunde con todo lo que se derrite, se vacía o se derrama: el agua del grifo, las cascadas, incluso se confunde con el aire y el viento.

Estas angustias sustentan la ausencia de fronteras espaciales y temporales. Este niño no habita su cuerpo y puede conducirse como un robot.

La angustia de “rotura”

Esta angustia descrita por una psicoanalista francesa, Geneviève Haag³ crea el pavor a estar cortado en dos mitades. El niño se sentiría abierto como una nuez cayendo en dos mitades. El niño busca reunirse, reunir los dos hemicuerpos por medio de brincos repetidos sobre los dos pies o bien golpea fuerte alternando un pie y otro pie, se reúne golpeando las manos, por “aplausos”, por contactos frecuentes de la espalda con las paredes verticales, golpea su espalda contra los muros. Por otra parte, estos niños en los que perdura la angustia de rotura, aprecian mucho las presiones simétricas sobre la espalda, que pueden despertar momentáneamente las sensaciones de unión de los hemicuerpos.

La angustia de explosión

Se manifiesta tanto por el miedo, miedo de explotar como por el miedo a todo lo que explota: los fuegos artificiales, los truenos, pero la guerra puede fascinarles.

La angustia de despellejamiento

Cuando la separación entre la madre y el hijo se hace sin ninguna precaución, las partes del cuerpo del bebe corren peligro de ser arrastradas como amputaciones, como desgarramientos dolorosos, y este es el caso particularmente de la piel tan frágil, la piel herida del lactante que se acompaña siempre de descargas emocionales dolorosas: lloros o estremecimientos. Esta agresión sobre el lugar de separación con la madre puede dejar estigmas (las dermatitis), unidos a alteraciones respiratorias o circulatorias, de absorción o de termorregulación. Observaremos entonces que este niño tiene siempre necesidad de cubrirse intensamente, por múltiples capas de ropa, que desvestirse será siempre muy problemático y que los contactos de los tejidos sobre la piel serán vividos siempre con una cierta agresión; pero algunos niños pueden por el contrario buscar siempre la desnudez. El agua puede ser un medio muy apreciado en el cual el niño puede también perderse, disolverse como un trozo de azúcar en el agua y esparcirse sin límites.

Todos los niños que están bajo el dominio de las angustias arcaicas sufren, viven el miedo permanente a ser abandonados, dejados de lado, de ser agredidos, de ser destruidos. Todos estos niños viven un sufrimiento psicológico y afectivo porque tiene dificultades para construirse sus representaciones originarias, los fantasmas de acción que les permitan vivir la seguridad afectiva en la ausencia. Si queremos que el niño crezca, es importante que pueda superar las angustias arcaicas y los sufrimientos asociados a las pulsiones destructivas del objeto de amor. El placer de la destrucción en el niño pequeño es fundamental para la evolución psicológica del mismo. Nosotros enseñaremos a los niños que los fantasmas destructores que aparecen sobre el plano simbólico y en los juegos no son peligrosos y les mostraremos también que es posible liberarse de la culpabilidad del placer de destruir, por tanto de la angustia de pérdida de la madre, en beneficio de otros placeres como el placer de actuar, de compartir los juegos, de crear y de comunicar.

Mi conclusión se refiere a la angustia del miedo a la devoración. Se trata de la historia del pequeño René. Un día el pequeño René se acercó corriendo a su papá:

– Papá, papá, tengo miedo, hay un lobo detrás de la puerta y me va a comer.

– ¿Hay un lobo detrás de la puerta? Le responde su papá.

– Sí, lo he visto.

Tranquilamente su papá le responde:

– Pero, ¿cómo es el lobo?

El pequeño René no responde y el papá continúa:

– Ese lobo ¿tiene las orejas grandes y peludas? ¿tiene una lengua grande y roja?

El niño se relaja

– ¿Tiene dientes grandes?

El niño se lleva las manos a los ojos para no ver los dientes del lobo. El papá espera un poco.

– Ese lobo ¿tiene gafas? ¿lleva pantalones? ¿tiene zapatos?

El niño se tranquiliza, se echa a reír y el papá le dice:

– Ven, vamos a ver los dos juntos si el lobo está detrás de la puerta.

El pequeño René le responde:

– No, yo ya sé que no hay ningún lobo detrás de la puerta.

Entonces con las manos en los bolsillos, se va cantando la canción del lobo feroz; la, la, la…

Notas

¹ D. W. Winnicott, Jeu et Réalilté, L’ Espace potentiel, Ed. Gallimard, 1975.

D. W. Winnicott, La crainte de léffondrement et autres situations cliniques. Ed. Gallimard, 2000

² Francès Tustin, Le trou noir de la Psyché, Ed. Du Seuil, 1989.

³ Geneviève Haag. La mère et le bébé dans les deux moitiés du corps, in Neuropsychiatrie de l’Enfance, 1986, 33

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Traducción de Mary Ángeles Cremades

Cómo citar: Bernard Aucouturier (2003). La expresión de las angustias en el niño. Cuadernos de Psicomotricidad, 25, pp. 16–22. Luzaro.
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