Un día, cuando estudiaba medicina, visitando a los pacientes en estado grave que habían sido operados de cáncer digestivo, mantuve una conversación con el cirujano de prácticas.
La sala del postoperatorio ocupada por cinco pacientes, todos ellos en postración y en fase terminal, no estaba ventilada. En aquel mismo momento aparecieron los alumnos de prácticas de enfermería y el espacio se redujo todavía más. El cirujano pasaba visita como si de un enfermo común se tratase. Ante la expresión de los cuerpos yacentes y no pudiendo aguantar la situación, salí de la sala. Esperé a que pasase todo el mundo y al final me reincorporé al grupo de prácticas. Tenía una sensación de tristeza, de rabia y de disconformidad. Con esta sensación interpelé al profesor. Era un hombre de mediana edad, con diez años de cirugía a sus espaldas, de aspecto cansado y respiraba una aparente conformidad hacia lo que veía.
Se le notaba seguro en su conocimiento y con mucho dolor contenido. En cierta manera a la defensiva.
En este contexto le pregunté que cómo podía aceptar esa normalidad en la visita ante personas que estaban a punto de despedirse de la vida. De manera machacona le interpelé. Casi sin esperar su respuesta volví a interpelar y finalmente le formulé que cómo era posible que cada día operase seres en estado muy grave sin preguntarse el porqué del enfermo. El contestó que su formación no contemplaba los motivos ni las causas de los enfermos y que, además, él no estaba preparado para afrontar las situaciones de agonía.
Han pasado ya veintitrés años desde aquel momento y esta actitud ante la vida me ha dado enormes satisfacciones.
Tuve la oportunidad de comenzar a conocer al ser humano desde dentro a la edad de quince años. Posteriormente estuve con buenos maestros y me alisté al batallón de los inconformistas. No tengo madera de revolucionario, pero sí soy muy sensible a la injusticia y a la mentira.
Profundicé en autores clásicos como Hipócrates, Maimónides, Paracelso, Hahnemann, Letamendi, Laing-Cooper, Reich, Lapierre, Freud, Marx, Marañón, Rojas, Navarro y Ajuriaguerra.
De todos ellos aprendí a reconocer mis propios errores, a escuchar, a mostrar mi ternura, a ayudar, a beneficiar, a ser crítico, a proteger y sobre todo a observar en silencio, sin prejuicio, la dimensión física, psíquica, mental, emocional, espiritual y social del ser humano.
Es en este tiempo y en este espacio cuando me doy cuenta que cuanto más conozco menos sé de las cosas.
He tenido ocasión de cuidar pequeñines, he tratado grandes disminuidos infantiles, asisto a recién nacidas y a niños en proceso de crecimiento, he afrontado situaciones de infantes con compleja maduración.
Siempre aplico las preguntas hipocráticas: el por qué, el cuándo, el cómo y el para qué. Y sobre todo intento, cuando puedo, ayudar a los padres o tutores en la forma de manejar el dolor, el sufrimiento y la representación angustiosa de la realidad.
Me considero, ante todo, terapeuta y como tal con la capacidad de guiarme y de conducir al ser humano en el proceso de dolor físico, psíquico, mental, espiritual y social. Ayudo cuando puedo en la sanación, en la curación, en el mantenimiento de un enfermo crónico, en la recuperación, en la secuela y en la agonía del ser trascendente.
Considero que en el proceso terapéutico es importante tener en cuenta los factores o variables que pueden afectar a la genética o a la descendencia, al desarrollo o madurez y al crecimiento.
Entre estas variables destacaría las físicas, las químicas, las biológicas, las psíquicas, las emocionales, las espirituales y las sociales.
El proceso de maduración en nuestra sociedad actual puede preservarse, protegerse, dinamizarse cuando el ser humano en proceso de crecimiento está en contacto con el sol, con la lluvia, con el frío, con el calor, con el agua, con la tierra, con el mar, el río, la montaña, las plantas y los animales.
Cuántas veces hemos observado la diferencia que hay entre hacer una sesión en un espacio cerrado y poco ventilado o a pleno sol y en contacto con la tierra.
¡Qué alegres están nuestros retoños cuando entran en contacto con la arena y el mar! ¡Cómo cambiamos cuando estamos con las plantas y contactamos con nuestros animales!
Sin embargo, ciertas evoluciones se enlentecen o empeoran al estar en espacios iluminados y ventilados artificialmente, ante las largas horas de televisión, de radio, de móvil y de ordenador.
¡Cuántas veces hemos observado cómo ciertos cambios alimentarios producen una mejoría en la infancia!
La alimentación biológica, los alimentos del tiempo y frescos, los alimentos integrales, los alimentos crudos, los jugos de frutas, los caldos de verdura, las leches vegetales y derivados, los cereales, las legumbres, las semillas y los frutos, las algas, los germinados, los aceites prensados al frío, los productos de las abejas (miel y polen), las melazas y siropes (de caña de azúcar, arroz, de manzana, de arce, etc.), azúcar y sal integrales aportan nutrientes y fitonutrientes (proteínas, grasas, hidratos de carbono, agua, fibra, vitaminas, minerales, caroteno, clorofila, prebióticos, isoflavonas, compuestos sulfurosos, aceites esenciales, etc.) de gran cualidad y cantidad para regular las funciones y el crecimiento.
Sin embargo, en algunas ocasiones limitaremos la ingesta de alimentos refinados, edulcorados (glutamatos), tratados con pesticidas y fármacos (arsénico, organofosforados, antibióticos y otras sustancias) y con conservantes químicos. Excluiremos temporalmente los cereales y derivados ricos en gluten (trigo, cebada, centeno y avena) y los lácticos animales (leche animal, quesos y yogures).
Oímos frecuentemente a los padres decir: «!Cómo me ha cambiado mi chiquillo después de tomar una medicina!”
Actualmente, la cuarta causa de mortalidad y de morbilidad en el mundo occidental es la generada por los fármacos o medicamentos. A la cabeza se encontrarían los antibióticos, las vacunas, los analgésicos, los antiinflamatorios y los antigripales. Ciertas convulsiones, alergias, trastornos en el comportamiento, retrasos en el desarrollo, hiperactividad, alteración de la atención, encefalitis, meningitis y encefalitis estarían producidas por la ingesta de estos medicamentos.
A veces ¡qué mal nos sentimos los padres y los cuidadores cuando nuestras hijas se ponen con fiebre, súbitamente sufren dolor, tienen un cansancio inesperado o tienen un bloqueo en el desarrollo!
Nos cuesta entender que los síntomas de nuestra corporeidad tanto física, psíquica, espiritual y social como son la fiebre, la inflamación, la depresión, la fatiga, la hiperactividad, la dificultad de coordinación y de atención, el enfriamiento, la diarrea, el vértigo, la anorexia y una larga descripción de manifestaciones que podría realizar, son la punta del iceberg que nos está marcando la referencia de una nueva adaptación o de un nuevo sufrimiento que está apareciendo en la vida del niño.
La observación, el estudio y la valoración de estas manifestaciones serán una guía de gran valor en el proceso terapéutico y pocas veces habrán de ser suprimidos o reprimidos.
¡Qué de conceptos y de conocimientos innecesarios predominan en los programas escolares! El juego, la observación y el descubrimiento a través de la vivencia interior son herramientas necesarias para la maduración y en el mundo actual progresivamente van desapareciendo de las aulas y de los programas docentes.
Las prisas por la adquisición de la lecto-escritura, las carreras por el control de esfínteres, las asignaturas, las horas de pupitre, los profesores y los grandes edificios escolares acaban por neurotizar, aburrir, fragmentar y por cerrar la gran ventana interior del descubrimiento que todos los individuos tenemos y mantenemos durante toda nuestra existencia.
A lo largo de estos años me he ido dando cuenta que el proceso de maduración y de desarrollo tiene una gran relación con el mundo que nos envuelve y que el terapeuta puede en muchos momentos ayudar a encontrarse al individuo a través de una interacción siempre revisable.
Diríamos que sabemos de donde partimos pero nunca sabemos a dónde ni cuando llegamos.
Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca, pide que tu camino sea largo, rico en experiencias, en conocimiento. A Lestrigones y a Cíclopes ni al fiero Poseidón hallarás nunca, si no los llevas dentro de tu alma, si no es tu alma quien ante ti los pone. Que numerosas sean las mañanas de verano en que con placer, felizmente arribes a bahías nunca vistas; detente en los emporios de Fenicia y adquiere hermosas mercancías, cuanto puedas; invierte en voluptuosos y delicados perfumes; visita muchas ciudades de Egipto y con avidez aprende de sus sabios. Ítaca (1911). Constantino Kavafis.
Relación Bibliográfica:
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A. Lapierre/B.Aucouturier.edt. Científico-médica. 1ª edición. 1977.
D. Goleman. La salud emocional. Edt. Kairós. 1997.
W. Reich. La función del orgasmo. Edt. Piados. 1ª edición. 1981.
A.s. nelly.hijos en libertad. Edt. Gedisa. 2ª edición. 1978.
K. Jung. El hombre y sus símbolos. Edt. Biblioteca universalcaralt. 3ª edición. 1981.
S. Rimpoché. El libro tibetano de la vida y de la muerte. Edt. Urano. 1ª edición. 1994.
X. Uriarte. Los peligros de las vacunas. Edt. Atica-salud.2ª edición. 2002.
K. Oberbeil. Alimentos con propiedades curativas y preventivas. Edt. Blume. 1ª edición. 1999.
E. Fromm. El miedo a la libertad. Edt. Piados. 4ª edición. 1978.
Boston women’s health collective. Nuestros cuerpos nuestras vidas. Edit. Icaria. 1ª edición.1982.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía del autor que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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