Mi encuentro con la psicomotricidad ciertamente no es reciente. Cuando se me pidió que contara mi experiencia en este campo, no oculto haber tenido alguna resistencia en volver a recordar y, de alguna manera, volver a recorrer un camino en parte ya pasado pero aún actual, cuyos orígenes quedan ya algo desenfocados.
Son los primeros años 70; me encuentro en un momento psicológico para mí muy difícil, en un contexto social y cultural de rápida transformación, en algunos aspectos apasionante, pero en otros bastante difíciles de comprender plenamente y vivir serenamente. En mi intento, común para muchos de mis coetáneos, de dar un sentido a lo que ocurre a mi alrededor y a mi existencia en general, encuentro más o menos casualmente a algunos personajes que se revelarían fundamentales en mi formación (me refiero en primer lugar a Bernard Aucouturier, pero también a Trudy Shoop, a Renate Oppikofer, a Raymond Murcia, a la profesora Marcella Balconi), y empiezo a conjuntar las potencialidades intuidas en la naciente, al menos para mí, psicomotricidad, con las ganas de viajar y compartir con otros experiencias significativas (personales, aún antes que profesionales), y con los estudios que entonces estaba llevando a cabo en el ámbito filosófico y psicológico (y el encuentro, a través de sus escritos, con personajes del calibre de Wallon y Ajuriaguerra, y, en otros aspectos, con Winnicott y Anzieu).
Seguramente, al menos al principio, mi interés por la psicomotricidad no fue un interés de tipo profesional; por lo menos, no totalmente. Una profesión de ayuda, como la nuestra, a menudo es escogida para ayudarse a sí mismo a través de los demás, y no viceversa. Lo importante es darse cuenta y no preocuparse demasiado por ello. En cualquier caso, en torno al 72-73, el aspecto profesional se vuelve para mí más importante, con la búsqueda de una formación más orgánica, tanto teórica como práctica, las primeras experiencias por Europa, y también en Turín, donde vivo y trabajo, y donde me invento, con otros compañeros, un grupo de investigación, estudio y experimentación sobre la psicomotricidad, preferentemente en el ámbito educativo, que se introduce de forma quizás algo ingenua, pero seguramente eficaz, en el movimiento de transformación de la escuela, dando un importante impulso a todos esos cambios en el ámbito pedagógico, que marcaron el movimiento de los docentes a principio de los años 70.
Empiezo mi actividad profesional como psicomotricista, y luego también como psicóloga y formadora en psicomotricidad, con asesoramientos eventuales, que se van transformando en colaboraciones más estables en las escuelas, con los niños y docentes, en los servicios psicopedagógicos municipales, y finalmente dentro del Servicio Sanitario Nacional. Cambié muchos lugares y ámbitos de trabajo, y siempre me gustó este aspecto algo nómada e itinerante de mi compromiso profesional, que presenta la riqueza de poder entrar en contacto con las realidades más diversas existentes en el territorio, en Turín, pero también en situaciones de comunidades locales más pequeñas y deprimidas, y sobre todo siempre me permitió poder desarrollar al mismo tiempo actividades de prevención y educación, de terapia, formación e investigación. Trabajar en ámbito público significa también poder encontrar a padres y niños que presentan dificultades muy diversas, y que proceden de toda clase de entornos socioculturales. También implica, y para mí esto es absolutamente fundamental, la posibilidad de no trabajar solo en mi propia sala o gimnasio, sino poder compartir con otros profesionales, incluso de profesiones distintas, ideas, proyectos, dificultades.
Actualmente, mi actividad está repartida entre la formación (dentro de la escuela de psicomotricidad de Turín, con los docentes de mi territorio de competencia y los psicólogos recién licenciados), la terapia (con especial interés en profundizar las potencialidades del trabajo de grupo de ayuda), la prevención (los grupos con los niños de cero a tres años) y la investigación teórica, a partir de la práctica.
Para dar algo de consistencia, interés y actualidad a lo que hasta ahora he contado, voy a intentar dejarles entrar en un ámbito particular de mi experiencia laboral diaria, ámbito que me interesa y me compromete especialmente, tanto en la práctica como desde el punto de vista de las reflexiones teóricas. Me refiero al trabajo de prevención con niños muy pequeños, que desde hace unos diez años llevo a cabo con otros compañeros psicomotricistas y psicólogos dentro del Servicio de psicología del ASL 8, en el que trabajo.
Un jueves por la mañana cualquiera, desde octubre hasta junio, a las 9. Un pequeño gimnasio vacío en la escuela primaria de un pequeño pueblo del primer cinturón turinés. Fuera del gimnasio, en la calle, se encuentran los puestos del mercadillo semanal, que a menudo, en este periodo, están sumergidos en la niebla. Junto con una compañera y algunas personas voluntariosas en periodo de prácticas, monto el espacio donde, durante todo el día, encontraremos a padres y niños (por la mañana, los dos grupos de experiencia psicomotora con los pequeños por debajo de los tres años, y por la tarde los grupos de ayuda, con los niños de la escuela materna, de 5-6 años y de 7-8 años) e intentaremos también descodificar y reflexionar sobre lo que les ocurre a los grupos y a cada uno de los niños. Limpiamos el gimnasio (también esto es un aspecto importante de nuestro trabajo…), disponemos el material y organizamos el espacio para el juego sensoriomotor y todos los diferentes espacios que consideramos puedan ser útiles para facilitar experiencias de juego corporal para niños muy pequeños (las torres, la casa, el monte, la plataforma con los agujeros para entrar por debajo…).
Un café, un último vistazo alrededor: las bolas están en su sitio, así como el cesto de los tesoros para los niños que aún no andan… Decidimos quién va a jugar con los niños, quién va a estar la mayor parte del tiempo con las madres, quién va a observar y tomar nota de lo que ocurra, quién en su caso va a grabar en vídeo la sesión, quién irá a apoyar a unos niños que en este momento se encuentran en dificultad. Están preparadas las etiquetas con los nombres de los niños y los papelitos de la cita a entregarles antes de irse. Oímos en el hall las primeras voces. Dejamos entrar a los niños y a los mayores: ¡empezamos!
Los grupos del jueves por la mañana son grupos abiertos: no es necesario apuntarse o justificar presencias o ausencias. Son grupos en los que no se requieren «prestaciones» o rendimientos, en cuanto están pensados como espacios y momentos en los que a adultos y niños se les ofrece la posibilidad de realizar unas experiencias compartidas de movimiento y juego con el cuerpo, los demás y los objetos. Ambos, niños y adultos son al mismo tiempo, y al mismo título, actores: ambos realizan la acción y la interacción.
Para las madres, abuelas y papás presentes, el grupo también se convierte en un momento de encuentro e intercambio con los demás adultos, un momento en el que se pueden compartir las dificultades, la soledad, la incapacidad, pero también el placer de existir junto con un niño pequeño. Además, la posibilidad de encuentro con los operadores presentes, en actitud de escuchar y compartir, y no de exigir ni juzgar, hace crecer a las madres, en un movimiento de imitación espontánea, de caída de tensión, de participación en las dificultades de los demás.
Para los niños, que son de una edad entre los 3-4 meses y los dos años, aproximadamente, se abren diferentes posibilidades: los niños más grandecitos, pueden comenzar a explorar espacios de acción, contextos de juego, de experiencias y relaciones diferentes, mientras los niños más pequeños, permanecen en un espacio preparado para ellos, en el que puedan satisfacer su necesidad de contacto y presencia cercana de sus madres. Los mayores (de 9-10 meses en adelante), empiezan a ir y venir desde los espacios más abiertos y amplios al rincón de los pequeños, atraídos por un lado por la situación de tranquilidad y por los juegos de los más pequeños, y, por otra, por los estímulos ofrecidos por los espacios más pensados para ellos. Los más pequeños, por su parte, van alejándose poco a poco de su rincón, para explorar el amplio mundo exterior. Es decir, somos testigos de un cruce entre movimientos «regresivos» y momentos de crecimiento dentro de cada sesión. Y esto es muy tranquilizador y apreciado también para sus madres, que pueden ver al mismo tiempo a sus pequeños de hoy, a los de ayer y sus futuras posibilidades de crecimiento y cambio.
El grupo siguiente, a las 10:45 horas. Sólo unos meses mayores: edad 2-3 años y, sin embargo, todo es distinto. Aunque sólo fuera por el volumen de las voces que escuchamos en la sala de espera y luego en el gimnasio, y por la cantidad de movimiento y energía que estos niños expresan. El periodo entre los 2 y los 3 años es ciertamente un periodo importante, especial, y también algo difícil de vivir para los niños, pero también para todos los adultos que giran a su alrededor.
Y naturalmente, también la organización de la sala y el papel de los psicomotricistas presentes cambia un poco, porque entre los dos y los tres años, la experiencia psicomotora es diferente de la que el niño ha realizado pocos meses antes, y se desarrolla alrededor de algunos temas que hemos intentado esquematizar:
El placer compartido del juego sensoriomotor, la explosión del movimiento: correr, subir, deslizarse, trepar, saltar, entrar dentro de algo, caer desde, la montaña, el escondrijo, la piscina.
La presencia y la ausencia, la separación y el reencuentro: desaparecer y reaparecer, esconder, alejar y reaparecer el otro, dormir y despertarse, entrar y salir, el túnel y la casa.
La experiencia de la unidad del cuerpo: caer y levantarse de nuevo, desmontar y volver a montarse, diseminar y volver a reunir, tirarlo todo y volver a ponerlo todo junto, las bolas y los contenedores, las torres.
La afirmación de sí mismo, el placer de actuar y transformar: tener el permiso de coger algo, o cogerlo incluso sin permiso, hacer rabiar a alguien a propósito, entrar en espacios prohibidos, el placer de ponerse en contraposición, de ser más listos que el adulto, de echar abajo las torres, de tener el adulto bajo control, y también: volverse más grandes, subir más arriba, correr más rápido, lanzar más alto y más lejos, golpear, chillar, etc.
El grupo se convierte en una primera experiencia de separación vivida en un determinado momento, bien realizada, no traumática, una experiencia de crecimiento, en la que intentamos acompañar tanto a los niños como a sus madres (o a sus abuelas, aún más…). Concretamente, cuando consideramos que ha llegado el momento, proponemos a las madres que se alejen durante algunos momentos, y luego durante toda la sesión, tras explicarlo de forma natural a los niños, que pueden finalmente contarles a sus madres, cuando les vuelven a ver al terminar el trabajo de grupo, ¡una experiencia sólo suya!
Ha habido un aspecto muy interesante de los grupos del jueves. En efecto, en ellos participan niños «sanos», pero también niños con dificultades, con minusvalía, o con problemas de relación con los demás. Nos damos cuenta cada vez más cómo, a esa edad, la posibilidad de realizar un recorrido de experiencia psicomotora en un grupo de niños que viven bien, incrementa las posibilidades de crecimiento y evolución también para los niños con dificultades, permitiendo, junto con sus padres, acercarse con menos angustias a una eventual futura actividad terapéutica.
Son las 11:45 horas. Tras el tiempo dedicado al dibujo o a las construcciones, los niños van a llamar a sus madres, un corro todos juntos, la entrega de la tarjeta con la cita para el próximo jueves (¿y cómo se puede uno ir sin ella?). El pequeño gimnasio queda vacío.
Quedamos en la estancia, algunas reflexiones en caliente; se vuelve a poner todo en orden para la tarde y hay un momento de debate y reelaboración. Y éste es otro aspecto fascinante de nuestro trabajo. Es decir, la posibilidad de comprender un poco mejor, precisamente a partir de lo que hemos visto desarrollarse bajo nuestra mirada, el mundo del niño pequeño, su expresividad motora, su manera de volverse mayor, de organizar su propio pensamiento, de ampliar sus posibilidades de experiencia, de construirse tónica y afectivamente, de adquirir una identidad propia. Pero es absolutamente indispensable que la investigación teórica parta de la práctica, y esté siempre firmemente anclada en la misma.
A continuación, por la tarde, encontramos a los niños con dificultades en los grupos de ayuda. Hay una lógica, a la que no sé renunciar en este planteamiento de trabajo: yo pienso que me encontraría de forma distinta con los niños en dificultad y sus padres, si por la mañana no «jugara» con niños pequeños y absolutamente normales. Pienso que no podría trabajar con niños difíciles, que sabría aprovechar menos sus potencialidades, sus partes hermosas y positivas, sus capacidades de crecimiento. Yo misma contactaría menos con ellos, seguramente sería menos optimista y con menos ganas de jugar, y probablemente sería menos capaz de ayudarles.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
La traducción es de Roberto Babini.
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