Este artículo quiere ser una muestra del recorrido que Andrés (no es su verdadero nombre) hizo, a lo largo de un año, en relación a su proceso de maduración, en el marco de una intervención de ayuda psicomotriz terapéutica.
No quiero incidir ni presentar datos en relación a su historia y anamnesis. Lo que me interesa mostrar es la evolución de Andrés, que se refleja tanto en su expresividad motriz como en la representación que hace de su cuerpo. Es la exposición de una práctica, sin demasiados aspectos teóricos. Lo hago expresamente. Es a través de los indicios que selecciono de cada sesión como abro las puertas hacia el sentido; un sentido que surge, por supuesto, a partir del manejo de un soporte teórico, que se intuye.
He seleccionado cinco sesiones a lo largo de un año, con los dibujos que Andrés hizo al final de cada una de ellas.
1ª Sesión
Al empezar, Andrés va directo a destruir un montón de bloques de espuma bien ordenados. Con mi ayuda lo reconstruye, para destruir inmediatamente. Se asusta al contemplar cómo caen, y dice repetidamente: “Todo por el suelo!”
Saca las pelotas de una caja, de una en una y lanzándolas fuerte por el espacio, lejos. Yo las meto dentro y él continua sacándolas y lanzándolas de forma desordenada. Yo digo: “¿Quién las va a meter dentro?” Él responde: “Yo las meterás… Tú…”
Intenta meterse dentro de la caja, pero sale rápidamente.
Se suspende de una cuerda, a un palmo de distancia del suelo. Me pide ayuda. Cuando lo cojo, rechaza mi contacto y se suelta rápidamente.
Se coloca sobre una pelota grande. Dice: “yo… yo”. Intento aguantarlo, pero no se deja. Se mueve mucho y cae. Se queda muy sorprendido ante la sensación de dolor corporal.
Se mueve por el espacio muy agitado. No para. Movimientos de aleteo con las manos. Si lo cojo, se separa de mí. No acepta mis proposiciones de atraparlo. Suda mucho.
Con los bloques de espuma, aparece un juego con relación a unas maletas; dura sólo unos segundos. Ahora un coche; intento sostenerle en el juego, pero se escabulle rápidamente. Le propongo arrastrarlo sobre una tela. Se deja colocar encima momentáneamente. Lo envuelvo y se levanta rápidamente.
Su dibujo, al final de la sesión.
Indicios de esta sesión, que abren al sentido
Aparece una dificultad de establecer una relación conmigo.
Una dificultad de establecer una relación con el tiempo y el espacio reales.
Un posicionamiento dificultoso en relación al orden y a la contención.
La confusión entre el “tú” y el “yo”.
La extrañeza ante el propio dolor corporal.
Los significados que aparecen en los esbozos de juego, no se mantienen; resbalan. Es como si no estuvieran anclados.
Se dibuja sin cuerpo.
2ª Sesión
Destruye y lanza con desorden por el espacio los bloques y las pelotas. No los vuelve a ordenar ni a recoger, a pesar de que se lo propongo.
Me pide que lo arrastre con una tela. Lo envuelvo en la misma tela y él consiente a ello.
Le hago una casa con los bloques de espuma. Se mete dentro, pero rápidamente la destruye.
Construyo una estructura de bloques, para jugar a las caídas y a los desequilibrios. Tiene mucho miedo a caerse y al más pequeño desequilibrio. Se agita mucho cuando intento aguantarlo.
Insinúa el juego de esconderse. Secuencias muy cortas: debajo de un colchón, detrás de unos bloques. Manifiesta un amago de placer cuando le encuentro.
Indicios de esta sesión, que abren al sentido
Aparece la dificultad de situarse en juegos de reaseguración. Precisamente, son éstas las situaciones que lo acercan a un núcleo de sufrimiento corporal. De eso deriva, por lo tanto, la importancia de establecer un vínculo positivo con el adulto, que éste se constituya como un claro referente afectivo; que dé seguridad.
La fragilidad de su imagen corporal; una imagen corporal que se crea fundamentalmente a partir de las relaciones con el otro, hace que estas relaciones corporales, muy de cuerpo a cuerpo, le sean dificultosas. En realidad, se resiste a un contacto corporal.
3ª Sesión
Antes de que él entre en la sala, yo he reconstruido con los bloques tres casas que habían quedado en pié al final de la sesión anterior. Cuando las ve, manifiesta una emoción de sorpresa y de alegría a la vez. Hace un intento de meterse dentro, pero las destruye una detrás de la otra.
Le propongo arrastrarlo con una tela. Está muy inquieto. Entra y sale de la tela. Al final, se deja resbalar y queda fuera, tendido sobre el suelo.
Me propone dormir. Le digo que podemos construir una cama, dentro de una casa. Accede a ello. A partir de aquí y a proposición de él, jugamos a que yo le persiga. La secuencia del juego es larga si la comparamos con las sesiones anteriores. Está muy sostenido y estimulado por mí. Cuando se mete dentro de la casa, escapándose de mí, dice: “¡Mi casa!”. Yo le digo: “Dentro de tu casa estás salvado; yo no te puedo coger”. Se agita mucho, y acto seguido destruye la casa.
Le propongo arrastrarlo en una tela y lo envuelvo en ella. Se calma. Dice casi balbuceando: “Casa…” Yo digo: “Está destruida”. Él dice: “¿Por qué?” (el tono de voz que utiliza indica como si se hiciera la pregunta a él mismo). Le propongo construir de nuevo la casa. Dice que sí y lo hacemos.
Pasamos a dibujar. Después de hacer el dibujo, exclama: “El Andrés está muy grande!”.
Indicios de esta sesión, que abren al sentido
Quiero señalar cómo la capacidad de construir en el espacio exterior es un reflejo de la capacidad de construir y organizar el propio espacio corporal. La capacidad de transformar este espacio exterior, sostenida y reconocida por esta interacción con el adulto, tiene una clara relación con la capacidad de transformar y estructurar la propia imagen corporal.
4ª Sesión
Mientras manipula los bloques de espuma, aparece un sinfín de historias que se encadenan con una gran rapidez y confusión: la historia de un parquing, de un coche, de una cama. Esta situación desemboca en un juego de destrucción. Cuando propongo una reconstrucción, vuelven a aparecer de forma confusa las historias del parquing, de la cama, de un pueblo. Al final, con mi ayuda, construye una estructura que se parece a una cama, Se estira en ella y me pide que lo tape.
Se levanta al poco tiempo, y se dirige hacia una estructura construida con bancos suecos y colchones, donde pueden realizarse equilibrios y saltos. Pasa por ella, con una pelota en la mano. Para saltar la deja, pero me pide que le coja de la mano.
Me provoca para que le quite la pelota. Él ofrece una fuerte oposición y no permite que se la coja.
Le digo que va finalizando la sesión y que acabaremos con una construcción. Se enfada mucho porque no quiere acabar, pero al final cede.
Con piezas de madera construye una torre con mi ayuda. Siento que Andrés se reconstruye, mientras va construyendo con las maderas.
Al final le propongo que dibuje la torre. Se dibuja él dentro de un marco. Cuando acaba, dice refiriéndose a la torre: “La torre… Andrés… la torre…”
Indicios de la sesión que abren al sentido
Aparece en esta sesión un inicio de simbolización, a través del juego, pero con una gran dificultad de anclar los significados en los elementos reales. Es como si su fantasía resbalara sobre los elementos de la realidad.
Inicia también la experimentación sensoriomotriz en un espacio de tres dimensiones: los saltos, los equilibrios. Necesita, no obstante, un objeto que le dé seguridad (la pelota), o bien de mi ayuda.
Podría decirse que Andrés empieza a tomar conciencia de su propio espacio corporal, con el cual puede experimentar, descubrir e investigar sus propias competencias motrices. Un espacio corporal diferenciado y estructurado, que es la base para poder simbolizar. Pero éste, para Andrés, es todavía un largo camino.
5ª Sesión
Empieza la sesión destruyendo todos los bloques de espuma. De aquí pasa a un juego de oposición conmigo, utilizando estos bloques. Me persigue para lanzármelos. Hay un placer manifiesto en todo este juego.
Le propongo construir dos castillos, uno para él y otro para mí, para poder continuar el juego de lanzarnos los bloques y las pelotas. Yo llevo la iniciativa en la construcción y él colabora, a partir de mi estimulación.
Poco a poco, el juego de oposición se convierte en un juego de intentar meter las pelotas dentro del otro castillo… y de lanzarnos las pelotas, intentando blocarlas con las manos.
Le propongo pasar por un circuito que ya he preparado: En un inicio pasa con una pelota en la mano. Después le acompaño situándome detrás de él y con una mano en su espalda. En este momento, deja la pelota. Desde lo alto de la estructura salta asido a mi mano. Solo no se atreve. Vuelve a aparecer el placer en la acción de saltar; una acción que Andrés repite una y otra vez cosntantemente.
Le propongo saltar en la cama elástica de la sala. Él solo sin pelota. Yo le miro. Salta repetidamente, manifestando un gran placer.
Vamos a dibujar. Es la primera vez que espontáneamente se dibuja con un cuerpo cerrado.
Indicios de la sesión que abren al sentido
En esta sesión, es significativa la pulsión de placer que aparece en el juego de oposición y de persecución. Hay una clara apertura hacia la comunicación. Una comunicación interactiva con el otro, que lo sitúa en unos parámetros reales de tiempo y de espacio.
La apertura a la conciencia de su realidad corporal le permite situarse en los juegos de coordinación motriz y continuar experimentando el placer en su investigación sensoriomotriz. Un placer que aparece, a partir del espejo de placer con el cual se encuentra en su relación con el adulto; un adulto que le reconoce.
Hasta aquí, Andrés ha recorrido un largo camino. No ha sido un camino lineal ni sin retrocesos, pero sí que es una base para poder continuar avanzando. En este camino continúan apareciendo las resistencias a los cambios; resistencias a realizar las cosas de manera diferente a lo habitual; las repeticiones. La dificultad de continuidad y de secuenciación en los esbozos de juego simbólico que aparecen:
a) En un nivel perceptivo – cognitivo, cualquier elemento real de un objeto lo lleva a múltiples asociaciones, que lo hacen resbalar de una cosa a la otra.
b) En un nivel afectivo, aparece claramente en estos juegos el mecanismo de la compensación. Una compensación, que tiene su origen en unas carencias, que a la vez son el origen de las fantasías de omnipotencia, de devoración, de destrucción. La dificultad de simbolizar, le lleva a unas conductas repetitivas, que son indicio de una falta de diferenciación, de una falta de reconocimiento, de una falta de modelos identificatorios.
En una intervención de ayuda terapéutica psicomotriz, las estrategias a través de los juegos de reaseguramiento, los juegos presimbólicos y los juegos simbólicos, son una respuesta para que las personas, como Andrés, puedan elaborar estas carencias y puedan hacer posible su maduración psicológica.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye los dibujos que Andrés hizo al final de cada sesión que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación
