María vino a nuestro centro con 8 años. Sus padres estaban preocupados por ella porque la veían desajustada; presentaba pequeños problemas de aprendizaje, pequeños problemas de relación con los compañeros, pequeños problemas de comportamiento en casa… Aunque nada era grave, nada iba bien. Los padres la definían como una niña de carácter fuerte a la que le gustaba ser el centro de atención, pero sobre todo percibían que la niña sufría y el malestar que ello generaba estaba afectando a toda la vida familiar.
La historia de María no viene al caso para el objetivo de estas líneas. Sólo diremos que era una niña querida y bien arropada por su familia, pero este amor no impedía que recibiera un cúmulo de proyecciones inconscientes que depositaba en ella la carga de dos historias familiares duras (la de cada uno de sus padres) y en consecuencia el mismo malestar. María, que era una niña inteligente y creativa, llevaba a sus espaldas desde pequeña este lastre que estaba afectando a su crecimiento, a su felicidad y a la felicidad del entorno de forma grave. María tenía un mundo interno muy turbulento, lleno de fuerza y agresividad que sólo se permitía expresar de manera solapada, sutil pero implacable (era tachada de impertinente y difícil). Tenía igualmente una imagen muy negativa de sí misma, así como un fuerte sentimiento de no ser adecuada, de forma que no se encontraba a gusto ni consigo misma ni con las demás personas.
La terapia psicomotriz comenzó trabajando a partir del mundo simbólico que María proyectaba de forma masiva y muy creativa en la sala. El juego simbólico fue poniendo en evidencia sus conflictos de relación (vender amistad, aislamiento, relación a través de la agresividad, padres muertos, ricos y pobres, y un largo etcétera), pero no acababan de emerger los conflictos profundos. Poco a poco en la medida que fue surgiendo el juego corporal se fue haciendo patente su sentimiento de inadecuación, su necesidad de control, su miedo a dejarse sentir sensaciones y su necesidad de regresión.
Tuvo la posibilidad de vivir situaciones regresivas, y a partir de ahí su cuerpo y su cara cambiaron, ésta se hizo más abierta y expresiva y el manejo de su cuerpo mejoró. Esta apertura a sensaciones positivas, nuevas en su experiencia de relación facilitó la explosión de agresividad de forma especial en una sesión en la que María expresó abiertamente su sufrimiento profundo y la agresividad derivada del mismo. Frases como “nunca vas a ser capaz de hacer feliz a un niño” “eres una actriz de primera” insultos y llantos, son la expresión explosiva de algo que llevaba encerrado mucho tiempo y que lastraba su desarrollo.
Esta sesión marcó un punto de inflexión en la terapia. María no podía creer que tras semejante explosión, la relación con la terapeuta no se alterara, como si por primera vez en su vida, el haberse mostrado tal cual era no le hubiera acarreado ningún problema, sintiéndose aceptada, comprendida y contenida.
El segundo año de terapia, fue un año de construcción de una identidad nueva. Un día, ya avanzado el 2º año, ella propuso un juego en el cual yo era una niña que tenía una muñeca (que era ella), que cobraba vida cuando estaba conmigo a solas; en un momento de la situación yo quise que la muñeca tuviera más posibilidades de vida y pudiera hablar delante de otros; ella se volvió y muy enfadada me gritó “¿Pero es que no lo comprendes? Yo sólo puedo existir delante de ti”. Esta frase ha golpeado mi cabeza durante años y me hizo comprender la dimensión que tenía la terapia para María.
Meses más tarde, cuando preparábamos el final de la terapia, le pregunté si ella creía que la terapia podía terminar, María me dijo “Creo que sí, porque ahora ya sé cómo afrontarme a mí misma”. Acababa de cumplir 10 años.
Aquella frase de María me hizo reflexionar en su momento sobre el sentido de la terapia psicomotriz, el potencial transformador de la terapia por la vía corporal, que hace sentir a una niña de esta edad que existe y vive de una manera diferente a como lo hacía antes.
Pero también propició una reflexión sobre mi propia existencia en la sala; mi propia evolución personal y profesional. Me cuestionaba sobre quién me había ayudado a mí a existir con autenticidad y cuál había sido el camino que me había llevado a vivir aquel momento privilegiado en la sala con María. Y también, ¡cómo no!, recordé la niña que fui y que tanto resonaba con el drama interno de María.
De pequeña me llamaban “rabo de lagartija”; parece que no paraba quieta y estar en movimiento era una de mis características. Me recuerdo a mí misma haciendo “el pino” en los sitios más insólitos (piano incluido), bailando sola en cualquier lugar en el que uno pudiera moverse mínimamente en cuanto mi madre se despistaba; recuerdo mi timidez y mi vergüenza a la hora de hablar delante de otros aunque me muriera de ganas de decir algo o de acercarme a alguien.
¿Cómo pude entonces llegar a ser terapeuta y propiciar que una niña diga que sólo puede existir delante de mí? ¿Cómo pude llegar a ser formadora? ¿Por qué elegí un trabajo por la vía corporal? ¿Lo elegí yo o la Práctica Psicomotriz me eligió a mí?
Mi primer contacto con la psicomotricidad real (no académica) fue en 1974. Participé en un curso que impartió André Lapierre en Madrid durante todo el mes de junio. Era la época de “Los contrastes” y el curso respondía fielmente a la pedagogía de descubrimiento basada en el deseo que los autores propugnaban para los niños. Yo era muy joven, me faltaba un año para terminar la carrera, y era la única estudiante del curso. El recuerdo de aquel curso sigue vivo para mí. La propuesta pedagógica, y sobre todo su metodología activa que me supuso un reencuentro con el placer del juego y del movimiento, me produjeron un impacto indeleble sustentado seguramente por la sensación de plenitud vital que me embargaba cuando terminó el curso. Creo que, en aquel momento, no alcancé a comprender totalmente el soporte teórico del trabajo pero sí supe claramente que aquello era algo que “me convenía” como persona, y que antes o después volvería a ello.
Pasaron los años, inicié mi vida profesional como psicóloga en PACYS, un colegio de Educación Especial dedicado fundamentalmente a niños afectados de Parálisis Cerebral. Mi vida personal se fue enriqueciendo y complicando con la llegada sucesiva de mis cuatro hijos.
Hasta 1983 la psicomotricidad, ya convertida en Práctica Psicomotriz, no volvió a cruzarse en mi camino. Bernard Aucouturier impartió en Madrid el primer curso de formación bienal en el marco de la EIPS y el lugar elegido para realizarlo fue el Centro donde yo trabajaba. Esta circunstancia fortuita favoreció el que yo pudiera realizar el curso. Fue un mes de trabajo intenso, inolvidable. Con otra madurez y otro momento vital volvió a impactarme sobremanera la Formación Personal; podía y aún hoy puedo señalar nítidamente un antes y un después de las vivencias de aquellos días de julio. En aquel momento, el hecho de poder dedicar unos días a mirarme a mi misma, ya era para mí un acontecimiento pero al margen de esta circunstancia, recuerdo claramente el sentimiento de transformación, de cambio interno, de que algo era diferente en mí después de aquel curso y algunas personas de mi entorno lo notaban; estaba más abierta, más plena, más alegre y fluida. ¿Sería que yo también existía solo en la sala de Formación Personal? ¿Dónde estaba yo en aquel torbellino de exigencias de la vida cotidiana? Lo que es cierto es que este curso desencadenó en mí un movimiento, un proceso que creo que todavía no ha terminado.
Por otra parte, el mundo de la infancia en el que estaba inmersa era muy diverso, teñido de colores muy distintos. Por una parte, trabajaba en el ámbito de la Parálisis Cerebral en el que la vida y el dolor se hacen uno en cada cuerpo, en cada sonrisa, en cada mirada de los niños afectados; el sufrimiento y las ganas de vivir, de crecer saltan a la vista juntos salpicando al profesional que resuena internamente ante la fuerza de esta contradicción frente a la que nadie puede quedarse indiferente. Por otra parte, vivía la satisfacción de la crianza; era madre de niños pequeños llenos de vitalidad, de alegría, y también de exigencias. La Práctica Psicomotriz me ofrecía una visión de la infancia en la que tenían cabida todos los niños sin distinción porque al creer en el niño tiene esperanza para todos. Poder abordar al niño desde lo que es, desde lo positivo que tiene, desde su deseo, comprendiendo su lógica tuvo para mí una importancia capital así como el descubrimiento de la importancia del placer como elemento constitutivo de la maduración. Supe en aquel momento que yo me quería dedicar a este tipo de ayuda a los niños; tuve la sensación de que lo podía hacer bien porque yo me sentía bien en esta práctica y tuve la vaga intuición de que algún día, quizá, acabaría dedicándome a la formación.
La semilla que plantó aquel curso germinó y floreció con el tiempo. Años después aquella intuición tomó forma cuando tras diferentes avatares de la vida formé parte del equipo que creó Cefopp y comencé el proceso que me llevó a ser formadora en la Práctica Psicomotriz Aucouturier. La creación del Centro Aucouturier de Ayuda Psicomotriz y Psicología Infantil hizo realidad uno de los sueños de mi vida y constituye hoy en día el núcleo central de mi actividad profesional.
María encontró una nueva vida en la sala a partir de las vivencias que la terapia desencadenó; una nueva forma de existir que luego se hizo extensiva a su vida cotidiana encontrando por primera vez satisfacción en sus relaciones y armonía en la vida familiar.
De la misma manera yo encontré una nueva manera de situarme personal y profesionalmente en la vida tras la Formación Personal de aquel curso que se cruzó en mi camino.
Siempre agradeceré a María lo que me enseñó con su proceso, con su lucha por encontrar la salida del laberinto de sensaciones negativas en las que se veía inmersa sin saber por qué y me considero afortunada por haber podido acompañar este camino.
De la misma manera, estaré eternamente agradecida a las personas que procuraron que yo pudiera realizar aquel curso. Recuperar a “rabo de lagartija” desde el placer y no desde la angustia, reinsertarla desde su vitalidad e integrarla en mi quehacer profesional es un privilegio del que intento disfrutar cada día.
Ayudar a que otras personas puedan movilizarse y acompañar su propio proceso de transformación en el marco de la formación, era para mí una vocación obligada después de todo lo que la Práctica me había aportado a mí.
Mis alumnas dicen que la Formación Personal es un camino de rosas y espinas, como la vida misma, aprovechar las espinas para que las próximas rosas sean más luminosas es crecer y la Formación Personal nos da muchas pistas para ello. Por tanto es obligado, para terminar, agradecer a Bernard que haya creado los instrumentos para que tantas personas, niños o adultos, puedan acceder a existir de otra manera.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye imágenes que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación
