Myrtha Chokler

Nº 23 · Junio de 2002 · pp. 24–29

Resumen. Myrtha Chokler habla del enfoque de Emmi Pikler y del Instituto Lóczy, de la interacción entre el bebé y el adulto (respeto por su iniciativa y sensibilidad en lugar de «instinto»), de cómo observar a los bebés, de las aportaciones de la práctica psicomotriz de Aucouturier, de la autonomía forzada y de las familias monoparentales. La clase teórica sobre las angustias arcaicas y los fantasmas originarios la deja para otra ocasión.

Myrtha, en el nº 21 de nuestra revista pudimos disfrutar de un interesante artículo suyo relativo al marco conceptual de la atención temprana. A este respecto, le pedimos una breve información acerca de Emmi Pikler, y de Judit Falk y el Instituto Loczy de Budapest, que nos sitúe en sus enfoques y metodologías, puesto que tienen una importante presencia en tu trabajo.

Cuando conocí la experiencia del Instituto Lóczy de Budapest con ocasión de un Congreso de Psicomotricidad en París, a través de filmes presentados por la Dra. Agnes Szanto, me sentí de inmediato deslumbrada por la visión de niños muy pequeños, la mayoría ni siquiera aún caminaba, que activos e interesados se compenetraban en sus juegos con una soltura, una plasticidad de movimientos y un ajuste en sus gestos muy poco frecuentes a esa edad, reveladores de una gran seguridad emocional y de importantes proyectos y estrategias cognitivas. La tranquilidad, la concentración y la inteligencia que mostraban esos niños, que por otra parte habían sufrido penurias, carencias y abandono antes de ser acogidos en este instituto, ponía en evidencia un camino diferente en la crianza de los bebés y una perspectiva toalmente innovadora de reflexión sobre la constitución y desarrollo del psiquismo y de la personalidad en su conjunto.

Emmi Pikler fue una pediatra húngara que desde los años 30, trabajando inicialmente con familias, había desarrollado una concepción del niño como un sujeto activo desde su nacimiento, lleno de iniciativas y competente. El valor esencial que Pikler sostuvo y trasmitió desde entonces, y particularmente cuando al final de la II Guerra Mundial se hizo cargo del orfelinato de la calle Lóczy, fue un extremado respeto por la persona humana y por el bebé en particular. Ella se propuso brindar a esos niños lo esencial para su desarrollo, para que pudieran crecer como los que lo hacen en el seno de una familia. Partiendo de observaciones y de reflexiones minuciosas con su equipo, puso en marcha un abordaje médico, psicológico y pedagógico original y reconocido como único en el mundo, que toma en cuenta de manera unificada y coherente el proceso de construcción de la individualidad y de la originalidad de cada niño. Este abordaje se basa en una extremada calidad de las relaciones interpersonales de cada uno de los niños con los adultos que los cuidan, lo que les garantiza indudablemente la ternura en el contacto, la fluidez de la comunicación y la seguridad afectiva, sosteniendo al mismo tiempo su autonomía motriz, base de la seguridad postural y psíquica. El desarrollo postural autónomo es otro de los descubrimientos de Pikler que todo pediatra, psicólogo, pedagogo y profesional de la infancia debería conocer. La organización del conjunto de detalles estudiados cuidadosamente para el bienestar de cada momento de la vida cotidiana de estos niños, les brinda el apuntalamiento necesario para generar en ellos la confianza en sí mismos, en sus propias capacidades y en el medio que los rodea, mientras toman conciencia de sí, de sus posibilidades y de sus propios límites, sin ponerse entonces en peligro. Esto permite erradicar los múltiples síntomas de carencias afectivas, de ansiedad, de inseguridad y de agresividad, tan frecuentes en las instituciones infantiles.

Por su parte, la Dra. Judit Falk, también pediatra, ha sido una estrecha colaboradora de la Dra. Pikler, directora del Instituto Lóczy durante más de 20 años y autora de numerosos trabajos científicos, algunos de los cuales hemos publicado en la revista La Hamaca y en el libro Mirar al Niño. Existen actualmente una gran cantidad de publicaciones de psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas, pedagogos y psicomotricistas en Europa y en toda América interesados en esa experiencia tan enriquecedora, hasta tal punto que se han organizado congresos como el de Budapest de 1996 y varias asociaciones Pikler Lóczy: una es la Asociación Internacional; y hay otras en Francia, Suiza, Italia, Alemania, Argentina, EE.UU, y esperemos que pronto exista en España.

Hay un tema que nos gustaría que profundizase, y es el de cómo entiende la interacción bebé-adulto en esos primeros momentos de la vida, tanto en el contexto de la familia como en el de las instituciones educativas.

Para responder a esta pregunta necesitaría muchísimo tiempo y el espacio de uno o varios libros; pero para hacerlo rápidamente, quiero señalar a que las matrices afectivas, sociales, cognitivas y comunicacionales de un niño se constituyen a partir de la calidad de su relación con el entorno humano y material desde el comienzo de la vida.

Cada vez se comprueba más fehacientemente la importancia determinante de los primeros 18 ó 20 meses de edad en la construcción de la personalidad futura. Las vivencias de ese período quedan grabadas y orientan todo el desarrollo de las potencialidades del sujeto. Pero la relación niño-adulto, sea éste familiar o profesional, depende no sólo de la calidad de la persona en cuestión, sino de las ideas que tiene, conscientes o no conscientes, por hábito, cultura, información o convicciones. Si piensa que el niño es incapaz de aprender algo por sí mismo si el adulto no le enseña, si supone que el bebé no tiene iniciativas o si las tiene no le son útiles, va a tratar de enseñarle todo a su manera y no le va a permitir al niño construir sus propias estrategias de conocimiento y de relación a partir de sus propios intereses y capacidades.

El afecto es fundamental, pero el cariño y la ternura se expresan no sólo con besos y abrazos sino con un profundo respeto hacia el niño, a través de la delicadeza de los gestos del adulto —y el bebé es sumamente sensible a eso—, del respeto por sus tiempos, por sus necesidades y por lo que sí puede en este momento, sin exigirle aquello que debería aprender más adelante. La seguridad emocional de un bebé es indispensable para el aprendizaje.

El nacimiento de un niño exige la apertura de un espacio mental y de un espacio físico pensado cuidadosamente para él, para el sujeto que va siendo. Rodearlo de cariño es también preocuparse por escoger los lugares, la ropa, los juguetes, los alimentos y los ritmos de descanso que necesita, en los que pueda sentirse física, postural y afectivamente seguro, interesado y activo, y no los que atraen, divierten o benefician sólo al adulto. Pongo por ejemplo los andadores o la mayoría de los juguetes que están en el mercado, diseñados para atraer a los adultos que los compran, pero poco útiles si no francamente desaconsejables para los niños. La función del adulto es importantísima y los conocimientos sobre lo mejor para un bebé no nacen del “instinto” sino de la sensibilidad, de estar muy atento a la escucha de lo que el bebé nos dice, nos manifiesta permanentemente de sí mismo con su lenguaje de gestos, de mímicas y de sonidos mucho antes de la palabra, y también de la reflexión y del estudio. Hoy tenemos demasiadas y dolorosas pruebas en las conductas de los niños, en sus problemas, sus ansiedades, sus miedos y sus fracasos escolares, producto, en gran parte, de actitudes irreflexivas de los adultos.

Podría hablarnos de los métodos que utilizan de observación de bebés, y las diferencias entre observación e intervención educativa y trabajos de ayuda o terapia.

Pienso que la observación es una herramienta indispensable para saber cómo intervenir. Los métodos de observación dependen de para qué se hacen, con qué objetivos, dónde, en qué contexto familiar, social, institucional, de investigación, individual, grupal, etc. Cuando uno define el para qué y el por qué de la observación, quién la realiza y con quiénes, puede elaborar el cómo; es decir, el encuadre, los dispositivos, las técnicas y los recursos humanos y materiales necesarios para la observación.

A mí y a las personas de mi equipo nos interesa, sobre todo, conocer al bebé en su vida cotidiana; es decir, en ocasiones no preparadas artificialmente de manera experimental. Nos interesa observarlo interfiriendo lo menos posible en su espontaneidad, tanto en su actividad autónoma como en sus relaciones interpersonales habituales. Esto quiere decir que, tratándose de niños muy pequeños nunca hacemos tests ni provocamos situaciones para ver si son capaces de tal o cual conducta. Le vemos vivir y eso nos brinda una enorme cantidad de información y de conocimientos acerca de quién es esta personita, qué le gusta, qué puede y sabe hacer cuando quiere algo, cómo se interesa por el mundo que le rodea, en qué se interesa, con qué atención y perseverancia y cómo se conecta con los adultos que lo cuidan, en qué condiciones personales y espaciales se muestra más competente, activo, inhibido o temeroso.

Es diferente la observación de un grupo de niños para organizar su sala en un jardín maternal que la observación de un bebé que no crece bien, que está poco activo o que está demasiado inquieto. Es diferente la observación a los tres meses o a los tres años. De todos modos, sostengo que no hay posibilidad de proyectar una intervención, ya sea en el ámbito pedagógico o en el ámbito terapéutico, si no hay una observación previa y una reflexión acerca de los datos que me arroja esa observación. Los “ejercicios para los bebés de 6 meses” no existen (o no debieran existir). Existe María, de 6 meses, que nació muy bien con 3.500 gramos, comilona y alegre, llena de iniciativas para alcanzar las argollas de plástico estirándose en el piso. Existe Patricia, de 6 meses, que nació prematura con menos de 2.000 gramos, con toses y mocos frecuentes, que parece muchas veces triste o ausente y que se sobresalta ante los ruidos fuertes. Existe Juan, que mira todo interesadísimo, en particular sus manos y sus piernas. Y existe Pedro, que no mira mucho a su alrededor, pero está absolutamente apasionado por intentar entender cómo pasar de boca arriba a boca abajo y de nuevo aboca arriba, cuando le queda el brazo aprisionado bajo su cuerpo.

Observar es maravillarse con ellos, descubrir su vivacidad o su pena, pero siempre su humanidad; y observar también es ver cómo se puede acondicionar su entorno para que le sea más propicio, para que las experiencias sean más ricas, más variadas, pero a su tiempo, a su ritmo y según sus intereses.

En tus trabajos, y en la línea editorial de la revista que diriges, La Hamaca, se observa la importancia que das a los aspectos sociales del trabajo educativo. Dentro de esta perspectiva social, ¿cómo situarías los planteamientos de la práctica psicomotriz Bernard Aucouturier?

Tomo las palabras de mi maestro Enrique Pichon Rivière cuando dice: “El hombre es un ser de necesidades que sólo se satisfacen socialmente en relaciones que lo determinan. Nada hay en él que no sea resultante de la interacción entre individuos, grupos y clases sociales.”

Hay conceptos de Aucouturier que me parecen fundamentales, como el de “expresividad motriz”, por ejemplo. En su cuerpo, en su motricidad, el niño expresa su historia profunda, la historia de sus relaciones parentales, de su cultura, de sus creencias, de sus valores, de sus frustraciones, de sus esperanzas, de sus miedos y de su capacidad y sus estrategias para hacer frente al dolor y transformarlo en creación. La práctica psicomotriz de B. Aucouturier es un instrumento extraordinario y sumamente original de ayuda a la maduración y a la plenitud de la expresión de un niño. Un niño madura y expresa su identidad en su cultura. Desde esa pertenencia y desde ese reconocimiento puede, una vez seguro en su identidad, abrirse, compartir y enriquecerse con otras culturas. Si no, como demasiadas veces en la historia, será devastado como persona. De ahí que cada uno de los psicomotricistas que trabajan conscientemente desde esta perspectiva y respetan la filosofía de base de la práctica de Aucouturier, en cualquier lugar del mundo y en cualquier sector social, no pueden sino ser creadores y recreadores de la misma, y no meros repetidores mecánicos, con relación a las posibilidades, a las necesidades, a la cultura y a las condiciones concretas de existencia. Lo importante, como diría Henri Wallon, es qué se hace y no con qué se hace.

¿Cuáles serían en su opinión las aportaciones más importantes que realiza la práctica psicomotriz en el desarrollo temprano del niño?

El profundo respeto por el niño; su disponibilidad para acompañarlo en su proceso de maduración; la comprensión psicológica profunda y global de la motricidad del niño, de la importancia de la relación empática entre el niño y el adulto en ese proceso, y la originalidad de su propuesta, de su dispositivo y del sentido de su técnica, en especial para aquellos que van saliendo del período “temprano”, es decir después de los 18 a 24 meses.

Por último, le pedimos finalizar esta entrevista con una pequeña clase teórica acerca de dos conceptos fundamentales en la teorización de la práctica psicomotriz Bernard Aucouturier, ya que hemos tenido la oportunidad de escucharle hablando al respecto, y nos ha gustado mucho su discurso. Pensamos además que puede ser muy útil y pedagógico para nuestros lectores: las angustias arcaicas y los fantasmas sensoriomotores originarios y su importancia en el proceso de maduración psicológica del niño.

Para responder esto debería escribir un artículo y creo que no tengo mucho tiempo ahora. Lo prometo para otra ocasión.

La incorporación de la mujer al mundo laboral es un hecho evidente. ¿No cree que los gobiernos deberían tomar seriamente el tema de la crianza y facilitar las posibilidades de ampliación de períodos de permiso por maternidad o paternidad?

Sí, pero además habría que ser coherente con el discurso oficial acerca de los derechos del niño, y cuidar la formación de las personas que están a cargo de los niños pequeños y las condiciones en las que se trabaja, porque ninguna persona puede brindar seguridad, reconocimiento y confianza al niño cuando no se siente segura, reconocida en su competencia y en su salario, y confiando en su institución y en su equipo.

Otro fenómeno que podemos observar actualmente es que muchas familias dan la responsabilidad de moverse de forma “autónoma” a muy temprana edad: la llave de casa, responsabilidad de realizar algunas comidas solos, la TV., etc. ¿No será que se piensa que la crianza corresponde únicamente a los pocos primeros años de la infancia?

Me remito a una repuesta anterior: creo que tiene que ver con las ideas que uno sostiene o que la sociedad propone de qué es ser “autónomo”. A cada edad y de acuerdo a las circunstancias sociales, barriales, de grupos, etc., corresponde una cierta cantidad, calidad y posibilidad de autonomía. La supuesta autonomía forzada, la falsa autonomía obligada, provoca un fuerte sentimiento de soledad y de abandono. Eso no ayuda al desarrollo sino que es una de las causas más frecuentes de trastornos psicológicos en niños y adolescentes.

Por último, quisiéramos que nos diera su opinión respecto a aumento de familias monoparentales y si considera que esto dificulta o no la tarea de la crianza.

Criar un hijo es una tarea extremadamente compleja y apasionante. Por supuesto, es mejor hacerlo de a dos y también es mejor contar con una familia amplia, cercana y responsable. A veces no es posible y uno lo hace lo mejor que puede. Lo importante es que en la comunidad haya muchas personas con las que se pueda compartir esa responsabilidad solidariamente, con conciencia, con respeto, con profesionalidad, con alegría y con eficacia.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Sobre Myrtha Chokler. Después de leer en la sección dossier de la revista número 21 el artículo de Myrtha y de escucharle en las “V Jornadas de Práctica Psicomotriz”, Álvaro Beñaran, Ezozi Arizaga y Nati Sánchez elaboraron las siguientes cuestiones para que las comentara. Queremos expresarle nuestro sincero agradecimiento por su colaboración.
Cómo citar: Myrtha Chokler (2002). Myrtha Chokler. Cuadernos de Psicomotricidad, 23, pp. 24–29. Luzaro.
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