El niño que sufre

Nº 21 · Junio de 2001 · pp. 15–20

Resumen. Aucouturier desarrolla cuatro ideas: sentir y acoger el sufrimiento del niño, comprender su sentido, prevenirlo y atenuarlo, y ayudar al niño que sufre y es infeliz. Subraya el papel de la práctica psicomotriz educativa y preventiva y concluye con la necesidad de una filosofía educativa que dé al niño el placer de ser, conocer y jugar.

Un nuevo artículo de Bernard Aucouturier, cuya traducción ha corrido a cargo de Juan Cruz Polentinos

Desarrollaré mi propuesta a partir de cuatro temas de fondo:

  • Sentir y acoger el sufrimiento del niño.
  • Comprender el sentido del sufrimiento.
  • Prevenir y atenuar el sufrimiento.
  • Ayudar al niño que sufre, ayudar a un niño infeliz en su vida.

En cuanto a la forma, mi propuesta es una invitación a una reflexión inicial que podréis profundizar en los grupos de discusión con las formadoras y formadores.

Sentir y acoger el sufrimiento de un niño

Cómo no verse afectados, cómo quedarse insensibles ante esas familias aniquiladas por las garras de la miseria social, de la miseria económica que carcome poco a poco las esperanzas de futuro y de amar la vida en un niño. Y cómo no verse afectados, cómo ser insensibles ante ese niño que llora cuando se le deja solo en la escuela infantil.

Sentir y acoger el sufrimiento de un niño es algo que reposa sobre una elección filosófica: en efecto el otro, si se trata de un niño pequeño, es siempre considerado como una persona que da testimonio de una experiencia única y que debe se acogida con el mayor respeto.

Este tipo de acogida permite al niño sentirse en confianza, ser reconocido por el adulto y poder expresar emociones, pensamientos que pueden incluso sorprenderle. Una actitud de escucha, de receptividad emocional mantienen un clima de seguridad necesaria para la comprensión del otro y de la comunicación.

Si no somos sensibles a la emoción, si no nos ajustamos desde el punto de vista del tono, de la sonrisa, de la expresión tónico-postural, de reformulaciones verbales centradas en los contenidos emocionales, el niño se resiente: se instala un malestar que paraliza y esteriliza las expresiones corporales y verbales.

Sentir y acoger el sufrimiento del niño requiere una sensibilidad emocional inmediata, cuya fuente se sitúa en nuestro malestar afectivo y relacional originarios y que hemos conseguido elaborar, más o menos. Los sufrimientos del niño, son espejos que despiertan en nosotros profundas y dolorosas inscripciones corporales que nos sensibilizan con los sufrimientos afectivos del niño, sin que eso implique que nos perdamos en ellos. Esta actitud psicológica en la que estamos cercanos emocionalmente al niño pero sin ser invadidos, es muy difícil de explicar fuera de un contexto experimental; no obstante, las palabras clave serían: acogida, escucha, confianza, respeto, comprensión. Esta actitud psicológica es empática con respecto al sufrimiento del niño, pero mientras que no se haya experimentado, vivido, interiorizado, se correrá el riesgo de caer en abstracciones sin cuerpo.

Sentir y acoger el sufrimiento de un niño es simultáneamente acoger el sufrimiento de los que le son más cercanos: en primer lugar de los padres, y por qué no, también de los profesores. Pero hay que saber escuchar a los padres, sin quererlos manipular, absteniéndose de darles consejos educativos que no servirían más que para someterles y desresponsabilizarles. Una actitud de escucha emocional de los padres les lleva a una mayor toma de conciencia de sus opciones, de su comportamiento, de las dificultades vividas con sus hijos, a hablar más libremente sin culpabilidad. Pero hay ciertos padres que se resisten. A menudo subestimamos el sufrimiento de los padres del que el niño es el receptáculo, pero tambien subestimamos su propia capacidad de cambio, a partir de que son escuchados, de que encuentran una cierta confianza en ellos mismos. En este caso los cambios psicológicos resuenan ciertamente de forma profunda en su niño que sufre.

Retengamos que la confianza de cara al niño, a los padres y a los profesores, no se predice, sino que se instaura y se construye, y por eso es conveniente hablar con sinceridad, explicar lo que se hace con el niño para ayudarle, presentar con palabras simples el trabajo que llevamos a cabo con su niño, conquistando su colaboración. Una escucha atenta, unas relaciones de confianza son susceptibles de hacer cambiar la mirada que se proyecta sobre el niño. Mientras más se le acoge, más se le escucha; mientras menos se le desea hacer cambiar, más se produce el cambio, porque las resistencias emocionales y psicológicas se atenúan.

Comprender el sentido del sufrimiento de un niño

Comprender el sentido del sufrimiento de un niño no es considerarle como un objeto de análisis intelectual, sobre el que ejercemos un poder de actuación para obtener un cambio, sino que es ante todo intentar encontrar el sentido de su testimonio a partir de sus producciones corporales, de su comportamiento.

El discurso intelectual sobre el sufrimiento del niño, por pertinente que sea, corre el riego de dejar en la cuneta al individuo que sufre y no complacer más que al narcisismo del adulto.

Por lo tanto esta llamada de atención nos obliga a pensar que una relación empática con el niño es necesaria, pero no es suficiente porque nos es necesario comprender tambien intelectualmente este sufrimiento para situarnos mejor con respecto a él y ayudarle mejor.

Precisemos primeramente que debemos hacer distinción entre el dolor que es más de orden somático y el sufrimiento que es más de orden psicológico, relacional y afectivo. En efecto, el niño vive el sufrimiento psicológico y afectivo cuando no puede construirse representaciones inconscientes del objeto-madre y de él mismo:

.- Sea cuando se trate de una dificultad o imposibilidad del niño pequeño para construirse representaciones inconscientes del objeto madre y del sujeto.

.- Sea por la destrucción de las representaciones del objeto madre y del sujeto.

Hay sufrimiento psicológico y afectivo cuando hay perdida de las representaciones originarias del objeto y del sujeto.

Explicaremos más sobre la perdida de las representaciones originarias del objeto y del sujeto. Esta explicación nos impone un estudio rápido del fantasma de destrucción.

El niño vive el fantasma de acción -en un plano inconscientede incorporar, de devorar el objetomadre, de asimilárselo, pues tiene el deseo de apropiarse de lo que ama y quedárselo.

Amar es comer, comer es hacer desaparecer, es destruir, es eliminarlo dentro de si, es perder el objeto tanto más cuanto el niño no tiene una imagen estable de la madre. De ahí el nacimiento de la culpabilidad en el placer de la agresión oral, pues el niño no quiere perder el objeto de su amor. Esta culpabilidad (mecanismo del inconsciente) será más acentuada cuanto mas la madre ejerza represalias sobre el amor devorante del niño, proyectado en sus relaciones cuerpo a cuerpo: estas proyecciones se manifiestan por una agresividad oral cruel, sádica y repetitiva. Ahora el niño tiene dientes para morder, la mano sustituye progresivamente a la boca: el niño araña, pellizca, pega a la madre. El placer de devoración y de destrucción corre el riesgo de ser prohibido en exceso, censurado, rechazado: esta culpabilidad conlleva en el inconsciente deseos agresivos de destrucción del objeto madre que no tienen más que la posibilidad de destruir las representaciones inconscientes del objeto y del sujeto, representaciones que son todavía confusas en este periodo del desarrollo del niño.

Cuando la pulsionalidad destructiva es demasiado culpabilizada, engendrará en el inconsciente la perdida de representaciones del objeto y del sujeto.

Esta pérdida es el origen de la angustia de pérdida.

El niño que se siente culpable por destruir, por tener deseo de destruir, por expresar sus fantasmas destructores, es culpable de amar. “Está enfermo de amor”, está en el malestar, sufre la perdida de un lazo de amor. Winnicott nos explica que la culpabilidad conlleva consecuencias dolorosas, puesto que mutila las capacidades imaginarias y creativas del niño, el placer de actuar y de vivir la vida, induce a perturbaciones emocionales que le paralizan. Por otro lado la culpabilidad mantiene y hace perdurar “un desgarro psíquico” originario que abre la puerta a las angustias arcaicas de la perdida del cuerpo. Angustias que pueden desestabilizar las funciones somáticas desarrolladas o en vías de desarrollo, como la absorción, la expulsión, la aprehensión, la equilibración y la coordinación.

Si queremos que el niño crezca, es necesario que pueda superar los sufrimientos asociados a las pulsiones destructivas hacia el objeto de amor. El placer de la destrucción nos parece fundamental para la evolución psicológica del niño pequeño. Mostraremos a los niños que los fantasmas de destrucción que aparecen en un plano simbólico en sus juegos no son peligrosos y tambien les mostraremos que es posible librarse de la culpabilidad del placer de destruir en beneficio de otros placeres, como los de compartir los juegos, crear y comunicar.

Prevenir y atenuar el sufrimiento psicológico y afectivo del niño.

Prevenir y atenuar el sufrimiento de un niño es en primer lugar saber escuchar y descifrar este sufrimiento que él expresa por de la hipertonía o la hipotonía asociadas a los afectos de displacer. Prevenir y atenuar el sufrimiento de un niño es ayudarle a “metaforear” a través de símbolos representados o verbales. Dar la palabra al niño, invitarle a que hable de él, de sus miedos, evocarlos de cara a los suyos, es ayudarle a tomar distancia con respecto a su sufrimiento afectivo y ayudarle a que construya unas imágenes más gratificantes de las que le son cercanas.

Prevenir y atenuar el sufrimiento del niño es ayudar a superar sus angustias, dejándole la posibilidad de vivir actividades lúdicas (jugar libremente con placer), como el único medio para poder expresar sus miedos a través de escenarios imaginarios y simbolizados.

La práctica psicomotriz educativa y preventiva, comprendida en un contexto coherente, en el que el niño es el centro del proyecto educativo; es un medio de prevenir, de intentar atenuar los sufrimientos psicológicos del niño, puesto que los objetivos de la práctica psicomotriz, tal como la concebimos, son claros: ayudar al niño a ser un individuo de comunicación, de expresión y de creación sin limites, ayudarle a descentrarse para desarrollar su placer lúdico hasta el placer de ser y de pensar. Con los demás, en colaboración con un educador autentico, maleable, que acepta transformarse. Si el niño encuentra un medio transformable va a encontrar las mejores oportunidades que necesita para su crecimiento psicológico para abrirse a la vida Por otro lado, la originalidad de la práctica psicomotriz se basa en la atenuación de las angustias de perdida gracias al desarrollo de los procesos de re-aseguramiento, por una variedad creciente de simbolizaciones que van del cuerpo al lenguaje. Atenuar las angustias es preparar al niño a tomar con placer el mundo de la cultura, pero, aparte de la práctica psicomotriz. ¡Puede la escuela en sí ser ese lugar que atenúe el sufrimiento psíquico del niño? ¿Puede ser ese lugar que vuelva al niño disponible para su familia? ¿Puede ser para ciertos niños un antídoto al abandono, a la incomprensión a la violencia de su medio familiar? Pero entonces ¿con qué pedagogía y con qué contenidos intelectuales?

Una escuela en la que el niño encuentra placer de ser él mismo, de ser activo, creador y responsable de su crecimiento, en un medio en el que encuentra seguridad y contención, sería una escuela en la que el niño tendría el placer de construirse con los demás para llegar a ser un ciudadano autentico responsable y comprometido.

Ayudar al niño que sufre: ayudar a un niño infeliz en la vida

El niño que sufre que no encuentra el medio favorable para su evolución se queda bloqueado, profundamente solo, marginado bajo la presión de sus pulsiones destructivas, de sus angustias invasoras, de sus imágenes de muerte psíquica, que le atenazan permanentemente. El se encuentra ahí, violento, abatido, deprimido, sin placer por descubrir el mundo del conocimiento.

Este sufrimiento psíquico, este malestar afectivo y relacional son a menudeo mantenidos por un clima familiar complejo que sacude dolorosamente a los individuos y lleva a reacciones de defensa aveces difícilmente superables. Esto lleva a que el niño sea la víctima expiatoria inconsciente de los padres, de su profundo malestar existencial. Es inútil precisar que en esas condiciones de vida, la relación de ayuda terapéutica al niño se presenta como algo muy delicado y requiere la participación de un especialista bien formado en terapia psicomotriz .

En este caso, con las condiciones bien establecidas entre la familia y el niño, el especialista terapeuta permite al niño vivir resonancias tónico-emocionales recíprocas, fuente del desbloqueo de la angustia y de la apertura a unos procesos de simbolización y de comunicación que van a permitir al niño entrar progresivamente en el mundo de la realidad .

Para concluir, hoy parece que un gran número de niños sufren; su malestar es evidente y se revela de manera muy precoz en la familia, en la guardería o en la escuela infantil.

De manera conjunta, elaboremos para ellos una filosofía educativa que les proporcione el placer de Ser, de conocer, de jugar tanto hoy como en el mañana. Esta es nuestra convicción desde hace muchos años.

Cómo citar: Bernard Aucouturier (2001). El niño que sufre. Cuadernos de Psicomotricidad, 21, pp. 15–20. Luzaro.
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