Daniela, Mara y Franca nos ofrecen generosamente desde Bolonia un artículo titulado “La sala de práctica psicomotriz y el acceso a la identidad” (traducido por Juan C. Polentinos). Al inicio nos cuentan que no ha sido tarea sencilla realizarlo de manera conjunta (reflexionar, intercambiar…), respetando a la vez, la individualidad y el estilo propio de cada una. Y esa claridad de un grupo que funciona con acuerdos, pero que no pierde de vista las diferencias, les ha llevado a profundizar en el tema de la “identidad”. He dicho que su ofrecimiento es generoso porque, además, nos invitan a que utilicemos y transformemos este material que ellas han elaborado. A eso vamos.
Identidad y sentimiento de identidad. Nos habla una Alicia confundida porque ante la pregunta que le formula una oruga, “¿tú quién eres?”, no sabe muy bien qué responder, y eso que está en el país de las maravillas… Su desconcierto nace del no poder responder a esa pregunta estática desde su vivencia de cambio: Cómo decir quién soy si yo misma me siento cambiante. La identidad del sujeto se modifica, cambia, pero a la vez, ese mismo sujeto necesita vivir una progresiva instauración y consolidación de un sentimiento de identidad que le permita, en seguridad, elaborar esos cambios.
Identidad y construcción. La vida de una persona es un constante proceso de construcción y reconstrucción de esa identidad. Quizás no siempre lo deseemos, pero el entorno no nos deja nunca de ofrecer situaciones de cambio. Ese proceso comienza con nosotros y finaliza con nosotros. Por eso, la infancia es también un tiempo de construcción de la identidad, y digo «también» porque no es el único. Sin embargo, es cierto que las características de la infancia, la consolidan como un periodo especialmente sensible en ese proceso: La total dependencia de los adultos, la intensidad de las sensaciones y los sentimientos…
Identidad y compañía. Nadie traza su identidad en soledad; el proceso se hace siempre “junto a”, y nadie conquista su identidad si no la vive en soledad. De ahí toda la importancia que tiene el proceso de separación. Ser acompañado, y vivir la seguridad que nos ofrece esa compañía, pero ser capaces de separarnos y vivir nuestra propia seguridad. Las “personas pequeñas” necesitan contextos para construirse y la sala de práctica psicomotriz, puede ser un lugar idóneo para encontrar un adulto que escuche y acompañe. Las autoras de este trabajo nos ofrecen su experiencia, con grupos de niñas y niños de 2 a 5 años, y para compartirla más estrechamente, nos presentan 3 niños; cada uno de ellos nos trae a la memoria situaciones similares, y todos nos hablan de las dificultades del proceso de separación.
Identidad y expresividad. Ese adulto que escucha en la sala, irá registrando una serie de índices como elementos que le ayuden a comprender el sentido de la acción del niño. En el texto nos ofrecen una serie de ellos, que en esta ocasión creo que merece la pena tomarlos del original: “… los signos que nosotros hemos detectado comprenden un movimiento continuo e incesante o una inhibición del movimiento, agarrarse a todo lo que se encuentra al alcance de la mano, la dispersión de objetos en el espacio, la utilización del cuerpo de los otros como si fuera su propio cuerpo, de los objetos de los otros, de las casas de los otros, la búsqueda interminable de rupturas tónicas. E. Bick interpreta esta última señal como el miedo de dispersarse, de vaciarse. Como si el niño no pudiera asentarse sobre la piel como un continente, como si no tuviera límites corporales».
«Uno de los signos más fuertes es la dificultad o incapacidad de establecer resonancias tónico-emocionales con el psicomotricista debido a la confusión entre sí mismo y el otro”.
Identidad y juego. El psicomotricista quiere ofrecer un espacio de construcción y reconstrucción de esa identidad, y su trabajo consiste en idear qué medios proponer a cada niña o niño para que lo logre. Aparecer y desaparecer, y reconocer la alegría, la sorpresa, el miedo, etc., de ese juego. Destruir y reconstruir, y reconocer la alegría, la sorpresa, el miedo, etc., en su cara, sus ojos, su tono. Y ayudarles así a que su emoción tenga un sentido porque es suya, pero también porque es compartida y reconocida. Pero si cada niña o niño que juega nos habla de su historia, cada adulto que comparte ese juego pone «en el tapete” la suya, porque él también está construyendo y reconstruyendo su propia identidad.
Las autoras acaban su trabajo comentando el valor que tiene la propia sala como un dispositivo estable, de referencia, donde se realizan con regularidad las sesiones. Es decir, un lugar que también tiene una identidad (seguramente también habrá sido largo el proceso para conquistarla). Esto, para ellas, refuerza “el sentimiento de continuidad de las representaciones de sí mismo en el tiempo” que van elaborando las niñas y niños.
Acabamos este resumen con la esperanza de que se vaya «transformando y enriqueciendo con vuestra propia experiencia”.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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