Acerca de niños, adultos… y utopías…

Nº 19 · Junio de 2000 · pp. 31–33

Resumen. Texto de opinión que defiende que educar es también dejarse educar por el niño, critica una sociedad centrada en la acción y los resultados, y propone la «utopía» del amor como base real de la convivencia.

Amar no es tanto “amar”, como dejarse amar.

Educar a un niño no es tanto “educarle” como dejarse educar por él.

La verdadera y genuina acción parte siempre paradójicamente, de una capacidad para ser receptivo y dejarse preñar por la inspiración.

El elemento femenino de la “pasividad” no tiene mucha popularidad en el contexto de una sociedad patológicamente inclinada a la acción por la acción, y a la obtención de “resultados” tangibles a corto plazo. Es como si a las cosas se les obligase a nacer directamente, sin pasar por las obligadas fases de la concepción y el embarazo.

No obstante, las Leyes de la Vida están ahí. Se pueden ignorar y negar, pero nadie puede evitar sufrir las consecuencias de su incumplimiento.

El racionalismo a ultranza de la “ciencia oficial” a este respecto, ralla en el colmo de la puerilidad: Para ella, si una cosa no se “ve”, no existe; y sólo cuando se consigue inventar un aparato con el que poder “verla”, entonces comienza a existir.

Esta enfermiza arrogancia ha partido literalmente en dos nuestra forma de percibir y experimentar la vida, y ha dado origen a la paradoja de las paradojas en la que actualmente se debate nuestra vida cotidiana: cuanto más comodidad externa, más insatisfacción interna; cuanto más progreso tecnológico, más pérdida de libertad interior, más alienación sicológica, más miedo…

La cibernética ha matado el alma… La informática ha conseguido crear una red de comunicación instantánea… Sí, podemos hablarnos ahora sin límites de distancia ni tiempo, pero seguimos sin tener nada realmente significativo que decirnos. Por mucho Internet que exista, normalmente, una vez hechos los superficiales comentarios sobre el tiempo, se nos acaban los temas.

Un niño… Un niño… ¡Dios mío! … Pero, ¡qué adulto puede saber lo que es un niño, cuando su alma (la del adulto) ha sido despojada de todos los elementos de inocencia y espontaneidad que algún día formaron también parte de su ADN!

Y sin embargo, seguimos con la concienzuda pretensión de “convertirlos en adultos” a cualquier precio, es decir de despojarles de lo que nosotros fuimos a su vez despojados. ¡Si al menos y paralelamente nosotros nos dejáramos transformar en niños por ellos!

Honestamente, la palabra “educación”, en la práctica se ha convertido en sinónimo de castración. No es poco el coraje y la sinceridad que hacen falta para poder admitir sin tapujos esta evidencia.

Pero las convenciones sociales siguen creyendo ciegamente que capturar a un jilguero, meterlo en una jaula y entrenarlo para ganar concursos de canto, es hacer una gran obra en favor del progreso y la felicidad, (jamás nadie ha preguntado al jilguero qué piensa al respecto).

¡Qué atrevimiento!… ¡Qué exageración!…

Son pocos, muy pocos aún los despiertos, que no han caído bajo los efectos hipnóticos de la morfina de la propaganda oficial…

Y sin embargo, la Verdad sigue siendo una y siempre la misma, y no depende para nada de opiniones personales ni de votaciones democráticas.

Los políticos y muchos que no somos políticos todavía seguimos creyendo que la ley de la gravedad podría ser derogada por una votación mayoritaria en el parlamento. Esto no es ni siquiera vanidad, sino pura demencia senil (eso sí, “democrática”.

¿Qué hacemos entonces con todo este “cacao”? … O, para ser más específicos, ¿qué hacemos con nuestros niños?

Seamos humildes y preguntémonos mejor: qué hacemos con nosotros mismos. Pues si no somos capaces de sacarnos el corazón del pecho y ponerlo encima de la mesa, antes de comenzar cualquiera de nuestros debates, apenas si seguiremos cacareando más y más opiniones… eso sí, con solemnidad de micrófono abierto y la ilusoria y arrogante sensación de que estamos arreglando el mundo.

… Pero ¿qué es eso de sacarse el corazón del pecho…?

¡Buena pregunta! Pero no creáis que voy a caer en la trampa de contestarla, pues en eso estriba el hecho de ser una buena pregunta: En que no tiene más respuesta que la que cada uno consiga darse a sí mismo.

Y, sin embargo, no estamos solos en esto. Hay Algo… Algo… Quizás unos le llamen Amor… Otros, Vida… Otros, Dios… Otros, Alma… Otros, Intuición… Otros, Magia… Otros, Espíritu… Etc. Algo, aparentemente oculto, camuflado en el engranaje de nuestro ADN, que puede contestarla, o mejor dicho, que ya la ha contestado… El problema reside únicamente en nuestra honestidad y nuestra capacidad de escucha, Creo que fue Aldous Huxley el que dijo que esta sociedad es «la organización del desamor”. Según esto tenemos, pues, dos opciones: El seguir “organizándola” cada vez mejor… O tal vez, podamos tener el coraje de apuntar hacia la “utopía” del Amor como premisa real sobre la que poder basar nuestra convivencia.

Una última cosa: Sé que llegado a este punto del discurso, surgen en el auditorio los aspavientos, las sensaciones de impotencia y las argumentaciones en favor del “realismo” y el pragmatismo.

¡No estoy de acuerdo! La Utopía no es el futuro. Puede ser encarnada cada instante en forma de decisiones muy concretas, que nos sitúen cada día frente al compromiso que cada cual es libre de adoptar ante su propia voluntad de autotransformación y autoliberación.

La Utopía es lo único eternamente real y presente. Pero para comprender esta revolucionaria afirmación, la mente debe arriesgarse a buscar nuevos caminos, más allá de las órbitas habituales alrededor del ombligo de siempre.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.

Sobre José María Blanco. José María Blanco es médico y escritor.
Cómo citar: José María Blanco (2000). Acerca de niños, adultos… y utopías…. Cuadernos de Psicomotricidad, 19, pp. 31–33. Luzaro.
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