“Parece ser una realidad compartida que en la escuela nos encontramos, cada vez más, con niños que presentan dificultades con los límites.
De esta realidad intensa surgió en el equipo de infantil de la escuela de Dulantzi un deseo de reflexionar sobre este tema, con el objetivo de poder comprender mejor a estos niños y colocarnos así ante ellos de una manera lo más ajustada posible.
Este deseo del equipo me despertó el mío propio, ya que esta dificultad con la que me encuentro diariamente en mi vida profesional y personal me conectaba directamente también con mi propia historia.
Así nació éste escrito que a continuación comparto con vosotros.”
El bebé nace sin límites. Su cuerpo está hecho pedacitos. Es tremendamente frágil, inmaduro, inacabado, dependiente. Siente la necesidad vital de ser protegido y unificado, de tener una envoltura protectora. Su “mamá” trata de sostenerle emocionalmente, tanto las emociones plácidas como las altamente displacenteras. Y así, con su capacidad de sostén y contención, permite que sobreviva a la intensidad de lo vivenciado. Le va dando límites, cuerpo.
A este sostén Winnicott le llamó Holding. Es decir, la sensación, la vivencia de sentirse “sostenido”, sin peligro a caer, derrumbarse, perder los límites corporales… Perder-se.
El bebé también se siente contenido/sostenido por la manera de actuar sobre su cuerpo (el Handling de Winnicott) con todos los cuidados concretos y reales que se le da a su cuerpo necesitado. Con esas manipulaciones, con esas caricias, con esas limpiezas, con esa mirada, la cual no sólo le sostiene sino que le brinda una imagen de completud, de sentirse “uno” y “limitado”.
En el lenguaje del cuerpo le dice te quiero, me importas, tú vales, tú mereces.
Le sostiene emocional y físicamente. Contiene lo excesivo de sus impulsos biológicos, sus pulsiones. Le va dando una cobertura (envoltura) externa (unos límites) que se va convirtiendo poco a poco en envoltura propia, que devendrá, en su momento, en estructura interna, sostén interno, permitiéndole sentirse envuelto de manera continuada, lo que le hace sentirse “unificado”.
Esta envoltura le permitirá sentirse contenido frente a las experiencias excesivas buenas y malas, y podrá filtrarlas, atenuarlas y transformarlas en experiencias aceptables para sí y para su entorno.
El niño, en interacción y relación con un otro, va construyendo su continente, sus límites. Ya que esa vivencia continuada de placer con su “mamá”, le permite interiorizarla y sentirse protegido, unificado y en seguridad también en su ausencia, así como tranquilizar las exigencias y sensaciones corporales excesivas, y abrirse poco a poco al mundo, estando y actuando solo sobre la realidad. Presentando curiosidad por descubrir.
Esta vivencia continuada de placer le permite, a su vez, hacer frente a las situaciones desagradables. De esta manera, utilizando sus recursos actuales (chupar una tela, balancearse…), podrá hacer frente a estas situaciones displacenteras.
Este periodo narcisista y de omnipotencia, en el que la madre trata de responder a todas las demandas del bebé, es vital para la construcción del continente, de los límites de la criatura. Continente que seguirá fortaleciéndose durante su proceso madurativo.
Si este periodo no va suficientemente bien, el bebé tendrá dificultades para interiorizar a ese otro, por lo que la sensación de vacío y la amenaza de muerte, de sentirse en peligro, pueden estar presentes, por lo que presentará angustias (angustias de pérdida del cuerpo): hay que distinguir bien las angustias soportables (evolutivas) de las excesivas (dificultades).
Suponiendo que esta etapa vaya suficientemente bien, es en este momento de su desarrollo cuando necesitará la introducción paulatina y ajustada de límites. Van a ser imprescindibles para que el niño pueda emprender el proceso de separaciónindividuación. Es decir, la construcción como un ser único, capaz, competente, separado y diferente de un otro con el que ha estado en fusión, en indiferenciación. Ya que los límites ayudan a “abrir” esa relación dual entre criatura y “mamá”.
Porque cuando la mamá le pone un límite a la criatura (por ejemplo: “en casa no puedes jugar con el balón, lo podrás hacer en el parque”), le está ayudando a aclarar su deseo separándose de la inmediatez de su satisfacción, pudiendo vivir que no es una necesidad vital, sino un deseo, creando así un espacio, un tiempo. Le está ayudando también a comprender la realidad, a ajustarse a la misma, a contener su emoción, a establecer un continente, unos límites más diferenciados. Contribuyendo de esta manera a su proceso de separaciónindividuación.
Por lo tanto es fundamental que el niño reciba “noes”, parámetros espacio-temporales (aquí sí, aquí no; ahora sí, ahora no), ya que, aparte de lo anteriormente comentado, crea un marco claro, de seguridad, el cual a su vez tiene que tener “leyesmarco”, que también son límites pero universales y que aseguran un marco seguro y de respeto: “No se puede hacer daño, no se puede insultar, no se puede coger ni destruir las cosas de los demás, jugar a costa de otros…”.
Posibles manifestaciones de los niños ante la ausencia de límites
• Si un niño no recibe límites es un niño que permanecerá en la dinámica de la necesidad y no en la más madura del deseo, con dificultades de separación, ya que indirectamente se le ha transmitido que él, sin eso que necesita, no ES, no puede SER. Lo que repercutirá en su fragilidad. Serán niños frágiles ya que no son “sin”. Al no separarse, sus límites corporales no están claros ni fortalecidos. Les penetrará todo: las palabras, los sonidos, la mirada, la voz…, viviéndolos de manera amenazante, ofensiva. Lo que les hará crear todo tipo de defensas no ajustadas a la realidad.
• Por ello, les resultará difícil contener. Contener su emoción, su movimiento, su deseo, su voz… Niños que se desparraman. Podríamos visualizarlo con la imagen de una botella agrietada en la que el fluido que contiene se desprende. Por lo tanto, niños con poca tolerancia a la frustración, con explosiones de enfado y de agresividad…
Esto se verá agravado por la falta de comprensión de la realidad, ya que al no tener límites (parámetros espacio-temporales, “noes”…), están en la confusión, no comprenden adecuadamente la realidad, por lo que están totalmente desajustados y desadaptados.
• Son niños que a su vez presentarán dificultades en “desprenderse de”. Como anteriormente se ha mencionado, en separarse, ya que como no son “sin su necesidad”, no la pueden soltar. Por eso, puede que se dé también la situación contraria y manifiesten una gran inhibición. Niños que no juegan, que no ponen palabras a su emoción, que no hablan, estreñidos…
• Niños que lo quieren todo, porque el hecho de estar siempre en su necesidad no les permite estar en falta. Y entonces cuando la sienten no la pueden soportar. Por tanto son niños que buscan el llenado: con ansiedad para comer, con muchos objetos en la mano, que desean siempre lo que tiene el otro porque no tenerlo les recuerda que están en falta.
• Niños que tienen que hacerlo todo perfecto, porque la no perfección es la falta, la no completud. Niños que necesitan incorporar, tener al adulto. Acaparan su voz, su mirada, su cuerpo. Por lo tanto serán niños dependientes. Dependientes de esa necesidad vital de sentirse totalmente llenos, algo imposible, que causará su malestar y frustración, incluso su rabia, su exigencia al otro como culpable de no llenarle suficientemente.
• Niños que no pueden parar, porque en quietud se sienten en gran riesgo. Porque al no ser sin su deseo, no son.
O su existencia es débil, no han construido un sostenimiento interno, propio, basado en la falta soportable y la posibilidad de construir recursos propios para sentirse seguros, sin que sea el otro necesariamente quien “llene esa falta”.
Esto repercutirá también en su sensación de capacidad. No se sentirán capaces ni competentes para enfrentarse a…, para ser y hacer sin un otro. O se sentirán excesivamente capaces, que son ellos los únicos que saben y los otros están equivocados, en cualquier caso, siempre algo del orden de la totalidad; “no sé nada, lo sé todo”.
• Serán niños con fijaciones, angustia, miedos, porque no han construido adecuadamente recursos propios, autónomos, de reaseguración.
Por todo lo anterior, podemos poner estas palabras en boca de los niños pequeños:
“Ayúdame a crecer en armonía. Ponme límites acordes a mi momento evolutivo, es decir, límites que me ayuden a crecer, que no me asfixien. Ya que los necesito, tanto como el amor y el respeto a mis procesos. Me permitirán desarrollar recursos, recursos simbólicos. Aumentarán mi sensación de capacidad.” No quiero ser un niño que…
No pueda parar, que mi hacer sea un continuo. Que mi juego no termine.
Que sea una explosión de movimiento.
Que en quietud me angustie porque si no hago me siento morir.
Que no pueda hacer en ausencia de un otro que me hace ser.
Con poco control de mi cuerpo, de mi movimiento, de mi voz, de mi emoción.
Que explote ante situaciones no deseadas, que no estén bajo mi excesivo control. Que me desborde mi emoción.
Que siempre esté en mi necesidad. Con dificultad para tolerar la distancia que me separa de ella. Con dificultad para esperar, ya que la necesidad no puede esperar, pues si no se satisface rápidamente, hay peligro grave. Esa espera me aleja de mi necesidad.
Que Siempre tenga que ser el primero.
Que no pueda expresar mi deseo, mis palabras, mis emociones.
Que no desarrolle mi lenguaje.
Que no pare de hablarte. Ya que mis palabras, que conectan con las tuyas, me hacen tenerte. Me dan continuidad, alejan la separación.
Con dificultades para estar en silencio. Mi silencio es quietud, no presencia, y por lo tanto muerte o no existencia.
Que no pueda estar en distancia física contigo o con un otro. Convirtiéndome en tu sombra. Buscándote continuamente para que me mires, me hables, me toques. Pues sin ti no soy.
Que no me sienta capaz ni competente para hacer por mí mismo, provocando que enfrentarme a ese hacer me angustie.
Que no pueda hacer y tenga que desear lo que tú quieres para no perderte y no distanciarme de ti.
Que transgreda continuamente la norma, consiguiendo así tenerte.
Que no comprenda ni me ajuste a la realidad, al no tener parámetros espacio-temporales bien integrados.
Que necesite estar continuamente con objetos, con dificultad para desprenderme y ser sin ellos. Con dificultad para sentirme en falta.
Que lo quiera todo, ya que el no tener me provoque malestar porque me despierta esa falta. Que busque estar lleno.
Con ansia de comer, que no he terminado un bocado y ya me estoy llevando otro a la boca.
Con fijaciones, con dificultades para el cambio. Siempre el mismo objeto, el mismo color, el mismo compañero de juego…
Niño frágil que ante cualquier contrariedad me derrumbo.
Que me sienta penetrado por todo: un olor, un sonido, una palabra, un roce, una caricia, una mirada, lo que me impide encontrarme con la mirada del otro…
Con un tono alto, alerta, que me permita hacer de barrera ante esas agresiones externas.
Inseguro, con miedos.
Con dificultad para separarme del suelo y perder mis apoyos. Y sentir el placer de jugar con esa pérdida, que no me resulta angustiosa pues tengo integrada la unidad y permanencia de mi SER.
Que ande en puntillas, con apoyos no firmes, frágiles
Que no pueda simbolizar, ya que como no existo, no puedo hacer “como si”, ya que si no “soy yo” no puedo jugar “como si fuese otro”. Ya que como no hay falta, es decir, no presencia, no tengo posibilidad de representar lo ausente para hacerlo presente de manera simbólica.
Que sufra.
Quiero ser un niño autónomo, libre, con confianza en mí mismo y en mi entorno, en mis propias competencias para pensar, hacer y elaborar estrategias a mi nivel para la resolución de obstáculos, problemas y conflictos. Un niño abierto al mundo, a la relación, a la comunicación.
¿Cómo me puedes acompañar?
Quiéreme, respeta mis procesos y ponme límites. Sitúate con claridad conmigo, para poder acompañarme en este proceso de crecimiento.
• No te quedes solo con ese hacer desajustado que a veces presento, o con mis dificultades (pegar y tirar cosas cuando me enfado…), ya que te impedirán verme. No verás el niño que hay detrás: mis competencias, mis deseos…
• Piensa que esas dificultades o acciones desajustadas igual son los recursos que tengo para sobrevivir en este mundo. Gracias a ellos es como quizás me siento vivo. Pueden ser también mi forma de pedir ayuda.
• Si vas más allá de mi hacer molesto y que te pone en dificultad, será más fácil comprender por qué lo hago, qué me pasa, qué necesito, en qué momento estoy…, y por tanto será más sencillo colocarte ante mi hacer y mis necesidades. Puedo presentar acciones similares a otros niños, pero piensa que detrás de esas acciones hay porqués diferentes, por lo que necesitaremos respuestas diferentes y ajustadas a cada uno de nosotros.
• A veces me vas a tener que parar. Me ayudará a separarme de mis necesidades, a contenerme, también a tomar conciencia de mi hacer. Esa rapidez en mis acciones, esos desplazamientos fugaces… no me ayudan a tomar consciencia de mi acción, ni tampoco de mi entorno. Me puedes contener con tus palabras (“¿dónde vas, qué querías hacer?, el juego ha terminado, pero en el parque podrás seguir jugando, no te voy a dejar hacer eso, a modo de juego: “stop”, “te cuento tres y pasas”…), me puedes contener también con tu mirada.
En ocasiones mi hacer puede romper la seguridad del marco (agresiones, destrucción del material…) No me dejes. Me puedo asustar de mí o de lo que sale de mí y de lo que te puedo hacer. Temiendo perderte por esa destrucción a ti.
Puede que en estas situaciones y en otras que lo consideres me tengas que contener físicamente. Hazlo con firmeza, con seguridad, pero con amor: “Ahora en estos momentos tú solo no puedes pero yo estoy aquí para ayudarte”; “ya sé que no te gusta pero es bueno para ti, así te ayudo a crecer…”
Ten en cuenta que esa contención de mi hacer imparable y/o desajustado posiblemente no me guste, incluso me resulte difícil tolerarlo, ya que puede suponerme un límite que me separa de mis necesidades, o un límite que no comprendo, o un límite que me penetra, un límite que me asfixia… Pero sabes que los necesito y que sin ellos no es fácil crecer. Por medio de mi juego, seguro que estoy buscando esos límites que no tengo (meterme en continentes, arrastrarme sintiendo mis límites…)
Me puedes hacer también propuestas de juego que me ayuden a contener, a sentir mis límites, a fortalecerlos: meterme en continentes, llenar continentes con contenido, objetos que envuelvan, que contengan: cuerdas, telas…
• No me dejes mover y desparramar todo. Porque es mi propio desparrame. Dime lo que puedo y no puedo mover, lo que puedo y no puedo tirar. Me ayudará a contener esa posible explosión que tengo dentro, así como ir construyendo y fortaleciendo mis propios límites.
• La espera me ayuda a separarme de mi deseo. También a contener y a comprender la realidad. Porque en la vida no es siempre “aquí y ahora”. Acompáñame en esa espera: contén mi ansiedad con tu lenguaje, mirada…: (“¿Cuál quieres el grande o el pequeño?” “Voy a contar hasta cinco y te lo doy”, “Ya sé que quieres conmigo, cuando termine de leer jugaré contigo”…).
• Los momentos de total quietud, de silencio… no son fáciles para mí. Así que puede que grite, moleste, pegue… cuando cuentas un cuento. A parte de ponerme un límite que me ayude a colocarme en el espacio y en el tiempo, ayúdame a sentirme: ponme a tu lado, mírame, tócame… Piensa que en la medida que vaya construyendo mis límites, separándome de ti, sintiéndome capaz…, podré ir viviendo con más facilidad estos momentos e incluso disfrutar de ellos.
• Ayúdame a expresarme, a decirme de una manera ajustada el marco, respetuosa. Ayúdame a elaborar mi emoción: “¿Qué te pasa, cuéntame?”, “¿Qué querías?”, “¿Dónde tienes daño?”, ¿Dónde sientes tu rabia?”…. Si no puedo soltar mi emoción, mis palabras, pónmelas tú. “Te has enfadado porque querías ese coche y por eso has hecho daño. Normal que lo quieras porque está guay, pero ya sabes que no puedes hacer daño. Lo puedes pedir, o… yo te puedo ayudar”. En esta elaboración y expresión de la emoción me puede ayudar la simbolización y la representación. Puedo utilizarlas como medios de expresión (“no puedes hacer daño pero puedes jugar a la lucha”, “puedes pintar el coche que deseabas”…), a la vez que me permitirá en ocasiones traer a presencia lo ausente. Ayudándome así a vivir y tolerar esa separación. Serán recursos muy valiosos para enfrentarme a mi dificultad.
• Si normalmente no juego, deambulo de un lado para otro…, hazme propuestas de juego ajustadas a mis deseos, gustos, momento evolutivo…, propuestas que me ayuden a sacar hacia fuera, a soltar, a mostrarme: destruir torres, lanzar objetos, gritar… Háblame de mi capacidad, de todo lo que puedo hacer sin mi mamá, sin un otro. Hazme espejo de lo que hago e incluso de lo que he hecho otros días. Acompáñame en ese hacer, pero sin dirigirme. No me digas lo que tengo que hacer, ni cómo, ni dónde… porque me transmitirás que no soy capaz, que yo solo no puedo y que sin ti no soy. Incluso me puedo sentir asfixiado.
• Dame también espacio para que pueda ir teniendo cada vez más momentos de hacer solo. Dame espacio y tiempo para que pueda decidir, elegir, desear… Me transmitirás de esta manera que te importo, que yo valgo, que yo puedo. Me ayudará también a distanciarme de ti, y a poder vivir esa distancia, y por tanto a diferenciarme de ti, a tener unos límites corporales más claros.
• Dime claramente lo que puedo y no puedo hacer, dónde sí y dónde no, cuándo sí y cuándo no. No sientas decirme que no, porque me ayuda a separarme, a diferenciarme, a comprender la realidad, ajustarme a ella. Si veo que no lo tienes claro no será un límite contenedor.
• Ayúdame a estar ordenado, colocado en la vida en el lugar que me corresponde. Por lo que no me des responsabilidades que a mí no me tocan; no me dejes decidir cosas que tampoco las debo decidir yo. No debo ser siempre el primero, ni estar siempre en tu voz, mirada…
• Tapar mi malestar (con objetos, comida…) cuando deseo algo y no lo tengo, o cuando las cosas son como yo no quiero… no me ayuda a vivir esa falta que siento en esos momentos. Por tanto cuando la vuelvo a sentir no la puedo tolerar. Además no me permite desarrollar recursos para hacerle frente, y trataré por el contrario de taparla, de llenarla con un sustituto. Es decir no “seré sin”… por lo que mis límites no serán claros ni estarán fortalecidos. Tendré tendencia a tener siempre objetos en las manos, a veces un montón, a comer el siguiente bocado teniendo el anterior en la boca. Ayúdame a desprenderme de los objetos. Incluso no dejándome coger más que una cosa o a veces ninguna. También ayúdame a no comer con tanta ansia, para que no me lleve comida a la boca hasta que no trague el anterior bocado; ayúdame a coger las galletas de una en una. Y así también, aparte de contenerme, y de vivir la falta, tomaré consciencia de la permanencia. No te tengo pero sigues estando ahí, y luego te puedo coger, tomar…
• En momentos de fragilidad, malestar, daño… acompáñame en esa reparación. Envuélveme, contenme con tus palabras: “Yo te voy a cuidar”, “yo te voy a curar…” También con tu cuerpo: acaríciame, abrázame… También puedes utilizar cremas, tiritas, vendas…, todo aquello que me pueda reparar. Esto aparte de darme seguridad y contención porque sé que te tengo y que no estoy solo, me ayudará a fortalecer mis límites, por lo que con el tiempo, e igual con un pequeñito acompañamiento tuyo, podré repararme solo.
• Vivir y sentir mi cuerpo por medio de la acción (saltar, arrastrarme, trepar, desequilibrarme…) me ayudará a sentir mis límites, a fortalecerlos, a desarrollar competencias y por tanto ir consiguiendo sensación de unidad y de capacidad.
• Juega conmigo, háblame… Si normalmente permanezco mucho tiempo jugando solo o viendo la televisión…, estoy continuamente en mi deseo sin pausas, sin límites. Ya que nadie me obstaculiza mi hacer, mi deseo… En el juego que hacemos juntos muéstrate con tus deseos y no deseos… que permitan marcar la diferencia entre tú y yo, y la distancia entre los dos, que permite la relación madura, de calidad.
Gracias por ese acompañamiento suficientemente bueno.
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