Todo aquel que ha pasado por la Formación en Práctica Psicomotriz en una escuela de la Asefop tiene la certeza de haber vivido una experiencia única e irrepetible. El proceso formativo deja una impronta que las personas perciben como una transformación, como la sensación de que algo ha cambiado y que la persona que comenzó el curso ya no es la misma al terminarlo.
Pero esta sensación íntima y personal, en mi experiencia, siempre va acompañada de un fuerte sentimiento de grupalidad, de pertenencia al grupo, a ese grupo con el que se ha compartido el proceso y sin el cual nada hubiera sido lo mismo. Nadie quiere cambiar el grupo en el que se ha formado porque ya forma parte de uno mismo pues cada individualidad ha acabado conformando ese “otro” gran sujeto que es el grupo. Porque nuestra formación se realiza en grupo.
Dice Armando Bauleo que una situación grupal comienza con el establecimiento de una finalidad (tarea u objetivo) que luego, como un caleidoscopio, mostrará sus diversos significados a los participantes durante el transcurso del proceso grupal.
Kaës por su parte explica que un grupo es un encuentro de muchas dimensiones, un encuentro problemático entre diferentes sujetos constituidos en sus historias con características específicas, que intentan mantener juntos el sentido de la alteridad y la diferencia, así como el de su identidad común.
Dos definiciones complementarias que pueden sernos de utilidad. Para Bauleo la tarea configura el sentido del grupo como tal, y ciertamente esto es así en los grupos de formación de nuestras escuelas; la gran tarea común de formarse en Práctica Psicomotriz va a estar jalonada de pequeñas tareas que se van a ir trabajando en los distintos encuentros grupales con la movilización que ello conlleva. Kaës sin embargo define al grupo en términos dinámicos, con unos movimientos internos que se van a dar independientemente del propósito del grupo.
La reunión de un grupo de personas con el objetivo de formarse en algo específico, como es la Práctica Psicomotriz, marca el nacimiento del grupo, un ente con alma propia cuya vida va a durar lo que dure el proceso formativo. Para los miembros que lo componen va a ser el inicio de una auténtica aventura, una experiencia que el formador sabe que dejará huellas indelebles, pero eso es algo que las personas están lejos de imaginar. La formación Asefop se caracteriza por una metodología original que articula tres áreas complementarias, la Formación Personal, la Formación Teórica y la Formación Práctica, que se desarrollan en espacios diferentes, con tareas diferenciadas que acaban armando el puzzle que conduce al propósito final.
Siguiendo a Bauleo una vez más, comprendemos que en todo aprendizaje son necesarios tres elementos esenciales, la información, la emoción y la producción, tres elementos que nos remiten al conocer, al sentir y al hacer que movilizan las personas en su intento de organizar la realidad que les rodea dentro de un ámbito de seguridad; tres elementos que se van a movilizar continuamente a lo largo de la formación en cada una de las áreas y que si bien al principio puede generar inquietud, incluso desconcierto en algunos casos, pues demanda al alumno apertura y disponibilidad ante una forma de aprendizaje diferente, finalmente, y de manera poco consciente, acaban formando la urdimbre que va a sostener el proceso grupal. La forma en que estos tres elementos se van entretejiendo a lo largo de la formación es también una de las características singulares de nuestro proceso formativo.
Los primeros encuentros del grupo vienen marcados por una situación en cierta medida paradójica; por un lado las personas llegan con un fuerte deseo de estar allí, de empezar esa formación de la que tanto han oído hablar y de la que han tenido una breve experiencia en el Curso Básico; se aprecia alegría y motivación por haber conseguido formar parte de ese grupo fantaseado que inicia la formación. Hay ilusión por la tarea que les convoca, pero a la vez aparece un cierto sentimiento de inseguridad ante lo que está por venir, y en según qué situaciones, de miedo o incluso confusión por la incertidumbre que supone tener que integrarse en un nuevo grupo o simplemente en un grupo.
Hoy en día estamos muy acostumbrados a estar con gente, a veces de forma multitudinaria, rodeados continuamente de personas con las que apenas se llega a interactuar, por no hablar de la conexión a distancia que tanto nos invade, pero desde luego pocas veces llegamos a estar integrados o comprometidos en un grupo y con una tarea como ocurre en estos grupos de formación.
La disposición espacial del momento de la acogida al grupo es importante, porque el grupo se visualiza a sí mismo por primera vez como tal, y por tanto proporciona a las personas una primera imagen grupal. La “grupalidad” de la formación es algo que está en la mente del formador pero está lejos del proyecto del alumno. El alumno sabe para qué está allí pero los procesos que le van a llevar a la adquisición de la competencia le son ajenos y son precisamente esos procesos los que hacen de la formación Asefop una experiencia grupal única. “Nosotros no formamos a las personas sino que les ayudamos a que se formen activamente” a este principio, que encierra una filosofía de gran calado, pues pone a la persona en el centro del dispositivo, podríamos añadir “y en grupo” porque para existir y ser hacen falta los otros.
Como todo grupo que comienza, al inicio es frecuente una fase de indiscriminación, es decir, de confusión, no estando claro el por qué o el para qué de ciertas propuestas o actividades, las personas se expresan desde una perspectiva más individual que grupal, y en los espacios que podríamos denominar más “tradicionales”, como por ejemplo la teoría, es fácil observar cómo los grupos internos, que cada integrante del grupo trae consigo, intentan abrirse paso para garantizarse la seguridad en el nuevo grupo. Son momentos en los que pueden aparecer dificultades, quejas, reivindicaciones que no son más que el emergente de un malestar de origen interno que se expresa ante la dificultad derivada de la tarea de formarse de una manera activa y diferente que cuesta asumir.
Si nuestra formación transcurriera solo en el ámbito del aula de teoría, la evolución de los grupos en cuanto a la adquisición del conocimiento sería bastante predecible. Pero nuestra formación tiene un pilar que es la formación personal por la vía corporal que introduce una intensidad emocional característica en los grupos en formación. Ya hemos dicho que para el aprendizaje hace falta información, emoción y producción, pero el aspecto de la emoción cuando se mueven el cuerpo y los afectos adquiere tintes que requieren una reflexión.
Algunos ejemplos para ponernos en situación.
Curso de Formación en Práctica Psicomotriz Educativa. Formación Personal. Trabajo en parejas sobre la espalda, manteniendo el contacto a través de la espalda. Situación vivida mayoritariamente por el grupo como satisfactoria y placentera. Una persona, bailarina de alto nivel, muy tónica habitualmente, tenía la cara desencajada y expresaba un desasosiego sin concretar. Hago una pregunta general al grupo, cuando le toca el turno de respuesta, empieza a hablar aumentando progresivamente el tono de su voz hasta que en una especie de proclama y enfado dijo “compañeras, no hay derecho a cargar sobre las espaldas de una niña de 12 años la ruptura de sus padres, no hay derecho”.
Otro ejemplo. Último stage de Formación Personal del Curso. Situación de descanso después de comer. La formadora tapa a las personas con una sábana. Después las arropa un poco más. Por último pone su mano encima de cada persona acompañando unos segundos su respiración. Mayoritariamente esta escena es vivida con gratitud hacia la madre que les dio cuidados, se evocan ausencias, necesidades, pero la sensación de “lleno” es mayoritaria, una persona, educadora infantil de una edad que ronda los cuarenta, dice que no le ha gustado, que lo ha vivido mal todo, la sábana, la mano, que no sabe por qué pero que no le ha gustado. Siguiente situación, dibujo. La misma persona dibuja muy tenuemente la sábana azul con que la había tapado y tiene por primera vez, pues es una persona que retiene fuertemente sus emociones, una descarga emocional intensa. En la verbalización explica que cuando ella tenía tres años llevaba de la mano a su hermanito de año y medio que llevaba un pequeño juguete en su mano. El juguete cayó al suelo, ella iba a ir a recogerlo pero algún mayor le dijo “deja que vaya él que es suyo”. La niña obedeció pero al hermano le atropelló un tractor y le mató. La madre envolvió al niño en una sábana azul, a la niña nadie le explicó nada y ni siquiera pudo llorar, hasta ese día en formación personal.
Más allá de la simbólica corporal que encierran estas vivencias, ninguna de las situaciones que he expuesto hubiera podido darse si no hubiera existido un sólido tejido grupal que liga a las personas unas con otras en total seguridad, sosteniéndolas, arropándolas, lo que favorece una movilización psíquica excepcional. Nuestra formación conjuga una dimensión vertical que permite a cada integrante conocer su historia y ajustarla al presente y una dimensión horizontal que trabaja sobre el aquí y ahora, permitiendo al grupo, y a sus integrantes, tomar conciencia de su sistema de interacción como personas, a la vez que de su propia organización como grupo.
Es evidente que todo esto solo puede construirse desde la seguridad, para lo cual es necesario un encuadre nítidamente claro y contenedor, sostenido por un formador nítidamente coherente con el encuadre, la ética y los principios filosóficos de nuestra Práctica, a la vez que segurizante en sus funciones de “autoridad estructurante y envoltura maternante”, si es que se puede decir así. Sin estas premisas no hay proceso individual o grupal que pueda desenvolverse.
Para intentar comprender esta dicotomía entre la dimensión vertical y horizontal de una formación como la nuestra, me ha interesado especialmente el estudio que hace René Kaës sobre “el afecto y las identificaciones afectivas en los grupos” (Se publicó una primera versión de este estudio en 2006 – «El afecto y las identificaciones afectivas en los grupos» Champ Psychosomatique, 41, 59-79.) porque aporta algunas luces sobre movimientos que observamos con frecuencia en la formación. Empieza diciendo:
El grupo es un activador de experiencias sensoriales intensas: no sólo visuales y auditivas, sino también olfativas y táctiles. Involucra e invoca al cuerpo en su relación con el cuerpo del otro según diversas modalidades: imaginarias, simbólicas, reales. Los vínculos de grupo implican relaciones de proximidad y de distancia: conmueven, afectan, participan en el «desarreglo de todos los sentidos» (Rimbaud), pero también en sus regulaciones.
Otro rasgo constante del afecto es la dificultad para nombrarlo… el afecto se constituye, muy por debajo del acceso a la palabra, en el ombligo de la psique en el cuerpo, pero también en el ombligo del vínculo con el cuerpo del otro y del vínculo del otro con su cuerpo. Además, los afectos escapan a cualquier representación fija, se manifiestan repentinamente, irrumpiendo. El afecto difícilmente se deja decir y buscamos una nominación que es también una interpretación para aprehender su cualidad, su origen y su destino…
Es decir una de las características de los grupos es la movilización de afectos, entendiendo el afecto como una expresión psíquica del cuerpo y del vínculo con el otro pues el cuerpo está afectado desde el origen por el vínculo con el cuerpo del otro. La expresión de un afecto, afecta e infecta, porque el afecto es contagioso.
Y más adelante:
El grupo es una estructura de vínculos intrapsíquicos, inter y transpsíquicos. La realidad psíquica del grupo, es pertinente examinarla desde tres puntos de vista:
El vínculo de cada sujeto con el grupo, en cuanto este es objeto de investiduras pulsionales, de afectos y de representaciones, conscientes, preconscientes e inconscientes.
El vínculo de cada uno con los otros en el grupo.
El sistema de vínculo que especifica al grupo como espacio psíquico dotado de una realidad psíquica propia, irreductible a una simple suma de las psiques individuales.
El modelo del aparato psíquico grupal integra estos tres puntos de vista, sus espacios propios, sus diferencias y sus articulaciones: este aparato psíquico de vinculación organiza la estructura del grupo y garantiza su transformación. Contiene una energía pulsional, en él se efectúan realizaciones de deseo, circulan afectos, se forman representaciones cuya relación con los afectos es a menudo problemática.
Resumiendo: Un grupo por el hecho de serlo solicita y produce una cantidad de estimulación a nivel corporal que “toca”, “afecta” a la persona, es decir conlleva la movilización afectiva, una movilización afectiva arcaica, difícil de nombrar, que tiene en sí misma un componente pulsional, energético, todo lo cual conforma un aparato psíquico grupal con características propias que se pueden analizar en los tres niveles señalados. El grupo en formación solo va a poder evolucionar en la tarea si resuelve, aprende o elabora los aspectos derivados de sus propias características o problemáticas grupales.
Las aportaciones de René Kaës facilitan la comprensión de la enorme fuerza que adquiere el grupo como entidad psíquica propia en el proceso de la formación en nuestras escuelas. El afecto movilizado, la emoción compartida, el equilibrio entre acción, emoción y representación, que no se da solo en la sala de formación personal, sino en cada uno de los diferentes espacios de formación y que han de reequilibrarse de nuevo con ocasión de cada encuentro, van conformando un tejido grupal del que es difícil descolgarse y que va a facilitar la transformación del grupo y de cada uno de sus miembros.
Cada grupo tiene unas características que le son propias, una energía pulsional propia, una manera de defenderse, de defender a sus miembros, de expresar sus miedos, sus resistencias al cambio, de expresar su fuerza, de investir el saber, de cohesionarse…, por ello no siempre la gestión de los grupos es una balsa de aceite. A lo largo de la formación pueden generarse malestares que unas veces surgen intragrupo, en las relaciones interpersonales, y otras muchas veces surgen de la propia dificultad que conlleva la tarea de formarse de manera activa, dificultades y malestares que deben ser elaborados para que se conviertan en un factor de crecimiento y aprendizaje y no devengan un factor de bloqueo y malestar circulando por el grupo.
Por ello, junto a la sólida formación de los equipos y de los formadores, nuestras escuelas suelen implementar dispositivos grupales que favorecen el abordaje de todas estas cuestiones favoreciendo la madurez del grupo al hacerse cargo de sus propias dificultades.
Pero, ¿qué tiene nuestra formación de diferente frente a otras formaciones que hace tan especial la vivencia de los grupos? Por una parte la coherencia entre las tres áreas de formación. Si la formación personal es la piedra angular sobre la que se construye la formación y sin duda el área que contribuye a una creación más rápida del sentimiento grupal, la formación teórica proporciona un discurso potente que no deja a nadie indiferente no solo por su aportación a la comprensión de la maduración infantil sino también porque organiza lo que se está viviendo en las otras áreas.
El investimiento de la teoría es directamente proporcional a la movilización pulsional y afectiva del grupo. La formación práctica da el sentido final a la formación porque si hay algo claro desde el primer día es que cada una de las personas del grupo se proyecta en ese rol final de estar en una sala con niños. Una movilización que encuentra su cauce de expresión en los trabajos que tienen que realizar o en el esfuerzo de la Memoria final que da sentido a todo el proceso.
Pero por otra parte, nuestra formación no moviliza solo el psiquismo personal y grupal, mueve el cuerpo real de las personas, observa el movimiento real de los niños, hay un contagio de afectos, tonos y resonancias casi permanente. Hay algo del mundo real que está “afectando” permanentemente a la persona en formación y que hace de cada fin de semana una experiencia, una experiencia grupal. Pero hay un axioma que verificamos en cada formación porque no ofrece dudas: el placer de la acción compartida transforma; la posibilidad de sentir y sentirse de otra manera en el aquí y ahora, que va conformando una mirada distinta hacia la propia historia, hacia el entorno, hacia los niños, mirada que nace de uno pero que se genera en y con el grupo.
La intensidad de la vinculación que genera la vivencia tónico emocional compartida está en la base del tejido grupal que favorece la transformación de las personas y en consecuencia del grupo. Y lo mismo que hablamos de mirada podemos hablar de los apoyos, (no solo físicos, sino también simbólicos, teóricos y prácticos), o de la tranquilidad interna, de la capacidad de afirmación, de identidad, de existir ante otros y con otros, de empatía… y tantas otras cosas.
La transformación nunca es el objetivo de la formación sino la consecuencia de la misma, cuanto menos la perseguimos y más nos aplicamos a los procesos, más fácilmente las personas se apropian de las herramientas que la propia formación pone a su disposición, favoreciendo esos cambios que se perciben como profundos, pues si hay algo evidente es que nuestra formación transforma al sujeto, a un sujeto que existe y se transforma con otros. Con su grupo.
Y todo ello para potenciar la adquisición de una competencia profesional que es personal y no grupal, ¡vaya paradoja!
Bibliografía:
- Armando Bauleo, Alicia Monserrat, Federico Suarez: Psicoanálisis Operativo. “Un grupo”. Ed. ATUEL- Parusia. Buenos Aires. 2005.
- Armando Bauleo: Ideología, Grupo y Familia. Kargieman. 1974. Aprendizaje Grupal. Ed. Folios. Méjico.
- René Kaës: El estatuto teórico-clínico del grupo (1996). (Conferencia en la Universidad de México) De la psicología social al psicoanálisis.
- René Kaës: El afecto y las identificaciones afectivas en los grupos. Champ Psychosomatique, 41,59- 79.2006. www.elpsicoanalítico.com.ar/num5/autores-kaës.
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