¿Una orientación psicoanalítica para la psicomotricidad educativa?

Nº 55 · Junio de 2018 · pp. 33–36

Resumen. José Ángel Rodríguez Ribas comenta su libro Psicoanálisis para Psicomotricistas (Corpora, 2017) a propósito de su subtítulo, «una orientación para la educación y la clínica». Defiende que una orientación psicoanalítica puede ayudar a dinamizar las sesiones y a detectar algún malestar o trastorno.

(A propósito de: “Psicoanálisis para Psicomotricistas”. Ed.Corpora,BBAA.2017).

Un buen amigo, no deja de ser alguien que te hace preguntas inteligentes en momentos afortunados. Así que cuando nuestra amiga y colega Marixa Berriozabal (Luzaro) me inquirió por el subtítulo de mi último texto publicado: “una orientación para la educación y la clínica”, aparte de agradecer su interés no dudé un momento en ponerme a la tarea. Y con ella, dedico este comentario a todos los psicomotricistas, alumnos y formadores de Luzaro/ ASEFOP.

Para empezar, diré que autoglosarse no es tarea nada fácil: tanto menos si implica un cierto desnudarse tratando de ser, al mismo tiempo, “suficientemente” neutro. Es cierto. Todo escrito, como la motricidad misma, no deja de tener algo de paradójica extimidad sintomática ofrecida al Otro. Una ofrenda si… pero con penitencia: la de no saber qué condiciones harán posible su resonancia.

Por lo que respecta a este texto sí que puedo declarar, al menos, un par de referencias previas. La primera, es que tardé relativamente poco tiempo en redactarlo y concluirlo a pesar de no haberme sentido capaz de ponerlo en marcha hasta pasados muchos, muchos, años. El título mismo, si uno se lo toma moderadamente en serio ya indica la responsabilidad que trae aparejado. La segunda, que este libro, personalmente, es el que me hubiera gustado tener al inicio de mi formación en la ayuda psicomotriz, sea en su vertiente educativa como terapéutica. Luego lo explico.

Y tercera, que este acto de escritura ha sido, a la vez, tanto un homenaje como una autorización. Homenaje a mis maestros, especialmente al prof. B. Aucouturier, de cuyas enseñanzas, consejos y orientaciones tanto aprendí; y junto con él, muchos otros, compañeros incluidos. Y autorización, en el sentido de poder tomar la palabra, de poder hablar con y desde mi cuerpo aún a riesgo de delirar, sabiendo que, finalmente, todos deliramos neurótica o psicóticamente. Pero que dicho acto de hablaya supone una posición frente al Otro, que no necesariamente es la de sumisión, defensa y acato sino de enunciación y deseo. Resulta obvio comentar que llegar a este punto, no fue sin muchas horas de práctica profesional y análisis personal.

Concretemos la pregunta: ¿qué puede aportar el psicoanálisis a la educación, y en concreto, la psicomotriz? Vaya por delante que dicho acto de reconocimiento y “amor” a los maestros que me precedieron, podía haberse realizado de dos maneras. Una: recrear la teoría lapierriana y aucouturiana buscando una panoplia de innumerables autores que les sirvieran de apoyo a la hora de dar mayor solidez a sus conceptos. Pero mi decisión epistémica fue bien otra.

Para empezar, hay que tener en cuenta que la PPA, de por sí, no puede constituirse sin una elección previa. Como la psicomotricidad es una práctica aplicada, debe sostenerse en algún tipo de psicología que sirva de soporte a sus pilares teóricos, técnicos y aplicados. Es decir, que la psicomotricidad, en sí misma no es, ni puede ser, una psicología y sin embargo no puede prescindir de ella, dado que en función de lo que se considere que sea “lo humano”para determinado saber, así serán sus consecuencias prácticas.

Es por lo que existen diferentes orientaciones aplicadas en nuestra práctica. En segundo lugar, como decimos, pudiera haber sido cualquier otra (cognitiva, conductual, sistémica, neuropsicológica…) pero la opción que tomaron los fundadores de esta tecnicidad basada en la vivencia y la experiencia -primero juntos y luego por separado- fue la del paradigma psicoanalítico y su concepción global de la subjetividad. Basta releer cualquiera de sus textos y seminarios, para verificar como están trufados de términos fundamentales: inconsciente, relación, pulsión, fantasma, deseo, repetición, represión… Es más, ambos autores jamás escondieron su adscripción freudiana. Finalmente, lo declararan o no, ellos también tuvieron sus propios “maestros”, y apenas se podría entender su obra sin rastrear la genealogía de sus inspiradores.

Tengo que reconocer que, además, existía una última razón: el hecho que a menudo, una vez concluida la formación y ante la demanda de profundizar clínicamente en ella, algunos psicomotricistas se dirigían a las instituciones psicoanalíticas para continuarla hasta llegar a ver, en ciertas ocasiones, como abandonaban nuestra profesión. Independiente de la muy loable elección particular de cada quien, lo que sí parece es que los propios psicomotricistas no terminan de creer que nuestra práctica atesora en su seno sobradas herramientas, tanto para profundizar e investigar, como dar cuenta de una dirección y orientación del tratamiento, por muy difícil que se presente un caso.

Entonces, volviendo a lo anterior, mi pregunta inicial fue: vale, creo entender lo que es una “angustia originaria” en B. Aucouturier… pero ¿qué es la angustia, (freudiana) en concreto?… ¿qué diferencia hay con el pánico, la ansiedad o el miedo?

De acuerdo con los “fantasmas de acción”, pero… ¿a qué se llama un fantasma?, ¿es lo mismo los fantasmas que las fantasías?, ¿qué diferencia existe entre pulsión, pulsionalidad y goce? etc. Es decir, que mi apuesta y elección, siempre personal y subjetiva, fue la de explicar los conceptos mismos de la psicomotricidad a la luz de sus nociones originarias y fundantes; un modesto intento de arqueología conceptual entre tanta confusión terminológica, y todo ello expresado con un lenguaje que fuera moderadamente asequible. Claro, visto así, caería toda aura de un creador inefable, originario y único, pero a cambio, sin duda, otorgaría una legitimidad y rigor a nuestra práctica que de otra manera sería seriamente cuestionada. Amén de emparentarnos con una tradición paradigmática que también es compartida por otros profesionales “hermanos” siendo de esos “allegados”, de donde vendrá el anhelado reconocimiento a nuestra labor. Y es que por mucho que algunos se empeñen, la práctica psicomotriz no es, ni podrá ser, un simple Método (y malo sería si la PP quedara reducida a eso). En resumen: una intención de legitimidad marcada por la búsqueda de cierto rigor junto a la tentativa de dignificar nuestra profesión fue lo que encaminó mis pasos, sin ser plenamente consciente de ello. Eso es lo que tiene darse-cuenta de algo: que es un acto siempre a posteriori.

A modo de glosario, casi como un manual o diccionario, en este texto se expone la definición más o menos canónica de algunos conceptos, siguiendo una evolución cronológica y desde autores relevantes (p.ej. el inconsciente, primero en S. Freud, luego en M. Klein, J. Lacan, después en Miller etc…). Para, en un segundo tiempo, mostrar cual es la versión que sostiene la PPA de ese mismo concepto (el inconsciente para la PPA…). De esta manera, se puede cotejar la evolución y sentido otorgado a cualquiera de los conceptos que usamos habitualmente pero también confrontar la versión que han hecho de ellos otros colegas afines, infiriendo dónde nos situamos, de dónde venimos y… por dónde habría de discurrir nuestro indispensable avance e invención.

Todo esto está muy bien, pero no nos desviemos: ¿es factible una escucha psicoanalítica en un abordaje psicomotor educativo?… “Pues sí”, respondemos ahora sin vacilar: “y no solo lo es, sino que hoy, en la época de la pura instrumentalización inversora de los cuerpos resulta más necesario que nunca”.

“Poner en el centro de nuestra práctica a la persona!!”, recuerda siempre B. Aucouturier: ese sigue siendo nuestro faro y orientación ética.

Tampoco es cuestión de hacer una sesuda exposición de la teoría del inconsciente pero a los ya dados, sí que tendremos que añadir algún breve argumentario. Quizás, para mí, lo más relevante de la educación orientada por el psicoanálisis (aparte de considerarla como una práctica “imposible”) consiste en poner por delante el hecho de que no hay dos seres humanos iguales, siempre son uno por uno, dado que cada sujeto tiene una historia particular y única que condiciona la relación con su cuerpo, su inconsciente y los Otros. Y la segunda gran razón, el haberse dado cuenta que un cuerpo, la motricidad, no nace, sino que se hace: será después de un complejo proceso de vinculación y separación cuando alguien pueda apropiarse de su cuerpo y expresividad psicomotriz para poder dar curso a su pulsionalidad, mediante sus construcciones sintomáticas y fantasmáticas, a la hora de situarse frente a su deseo.

De estos axiomas iniciales se pueden deducir algunas grandes consecuencias. La primera, la existencia de una Historia del cuerpo y una historia de cada cuerpo (de hecho, los niños hipermodernos actuales “no son” los mismos que vio nacer la psicomotricidad vivenciada). En segundo lugar, algo muy genuino del psicoanálisis: que nuestra salud mental está hecha de la misma materia que la propia estructura psíquica. Y, por tanto, tercera, que el deseo de saber no está separado de los avatares vitales de la historia de cada quien: por eso el aprendizaje, el verdadero aprendizaje, es una respuesta a nuestro deseo inconsciente. Pero, sobre todo, cuarto: que el aprendizaje no puede ser sino “en relación”: es el Otro el que ofrece las palabras, los gestos, que constituirán el material que el sujeto pueda incorporar. La consecuencia final de estos puntos de vista es que si el juego, como el inconsciente, están estructurados como un lenguaje, podemos decir que el juego en el niño es el pensamiento en el adulto. De ahí que lo verdaderamente importante del juego sea más bien lo que se juega en el juego, en la medida que la actividad motriz espontánea, el juego espontáneo y libre pone en escena tanto su pulsionalidad como su goce fantasmático o su síntoma.

En síntesis: la PPA es un dispositivo que propicia construirse como cuerpo-hablante, dando significación a su historia y deseo inconsciente, a la hora de hacerse cargo de sus elecciones vitales y modalidades de goce. Todo un proyecto educativo.

Por todo lo dicho, poder entender algunos fundamentosde psicoanálisis, aunque sean mínimos, no solo nos permitirá observar y escuchar a nuestros alumnos de otra manera y en el momento de orientar, animar o dinamizar nuestras sesiones sino que, incluso, facilitará la detección de algún tipo de malestar o trastorno (vertiente terapéutica de la práctica educativa, es decir, preventiva).

De todo esto y bastante más, está cosido este texto que les presento. ¡Les deseo una provechosa lectura!

Sobre José Ángel Rodríguez Ribas. Médico. Psicoanalista. Psicomotricista. DEA y Doctor en Psiquiatría (USE). Doctorando en Filosofía (USE). Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP. París). Formador en Práctica Psicomotriz ASEFOP (Bruselas). Profesor Ftad. Ciencias Actividad Física. Univ. Wales/EADE (Málaga). Formador en la AEC Psicomotriu (Barcelona). Director del Master Universitario en Psicomotricidad (MEDAC/UI1/AEC/ ASEFOP). Coordinador del Área de Psicomotricidad de la Fundación CIP (Málaga).Codirector curso: Psicoanálisis y Sociedad Contemporánea (CFP/ USE). Investigador Grupo:”Sujeto, sufrimiento y sociedad”(HUM. 018). Miembro del Comité editorial de las revistas: Desenvolupa(ACAP), Haser, Entrelíneas (APP), Differenz y psicomotricidad. org. Miembro de la: Asociación Profesional de Psicomotricistas(APP), Asociación para la Expresión y la Comunicación (AEC), Asociación de Estudios Humanísticos (AEH) X-XI, Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN), Sociedad Española de Medicina Psicosomática (SEMP), y de CORPUS (International group for the cultural studies of the body).
Cómo citar: José Ángel Rodríguez Ribas (2018). ¿Una orientación psicoanalítica para la psicomotricidad educativa?. Cuadernos de Psicomotricidad, 55, pp. 33–36. Luzaro.
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