“A menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea” (Thomas Szasz)
Lo natural está de moda. Crianza natural, educación natural, postura natural, alimentación natural… Conviene no mezclar términos. Muchos de estos “naturales” se refieren a “lo relativo o perteneciente a la naturaleza” como la propia R.A.E. indica. Existe sin embargo, un intento de monopolización por parte de algunas personas o colectivos, de lo que denominan el “método natural”, entendiendo este método como algo universal en los humanos, algo original de nuestros ancestros que con el tiempo hemos ido perdiendo y olvidando.
Ya en los tiempos de la ilustración se hablaba de que la naturaleza humana es inmutable. En esta época, se decía que por encima de modas locales existía lo constante, lo general, lo universal en el hombre. De modo que toda la envoltura psicológica, social y cultural en las personas eran simples ropajes. Clifford Geertz, autor que citaré en más de una ocasión en este artículo, nos recuerda la idea del gran Levi Strauss, puntualizando que la labor de la ciencia no es simplificar lo complejo, consiste en “sustituir por una complejidad más inteligible, una que lo es menos” (Geertz, 1983, p.43). Desde este punto de vista, parece simplista el despojar al ser humano de toda su envoltura al tratar de comprenderlo, con el agravante de que el resultado de este striptease seguramente no será un ser humano.
Cuestionémonos un momento la naturalidad en los humanos, ¿Qué es más natural? ¿La supuesta monogamia occidental? ¿La poligamia de algunas etnias africanas? ¿O los matrimonios compartidos de los aborígenes de norte américa?
Podemos trasladar estas cuestiones al ámbito de la crianza que puede sernos de más utilidad en nuestro trabajo. Nos daremos cuenta de que existen muchas y muy diversas maneras de criar o educar. Basta con ojear las distintas etnografías documentadas a lo largo del tiempo. A tenor de este dato, parece improbable que nadie nos pueda decir cuál es el método de crianza natural, seguramente porque no existe. La película documental “Babies” en la que se nos enseña a cuatro bebés creciendo en distintos puntos del planeta, es una buena muestra. Eso sí, siempre nos podrán gustar unas formas más que otras.
Y es que Geertz (1983) lo tiene muy claro: “… hoy es firme la convicción de que hombres no modificados por las costumbres de determinados lugares en realidad no existen, que nunca existieron y, lo que es más importante, que no podrían existir por la naturaleza misma del caso”. Porque es la cultura, el lenguaje como universo, el simbolismo… es decir, lo artificial, lo no natural, lo que nos humaniza. El propio Freud en su obra “el malestar en la cultura” nos apunta el peso que ejerce ésta sobre las personas. Conceptos como el superyó, o incluso a nivel más profundo, la represión y el surgimiento del inconsciente, también apuntan en esta dirección.
Siendo esto así y atendiendo a la diversidad de las procedencias de los niños y niñas que acuden a nuestras sesiones, como psicomotricistas nos podríamos preguntar, ¿podríamos trabajar sobre las mismas bases con una niña africana y un niño albanés? Sabemos que la respuesta es un sí rotundo, pero ¿por qué, cuáles son, y de dónde proceden estos procesos universales con los que trabajar en la sala de psicomotricidad? Creo necesario dar un rodeo (acción que tanto nos gusta a los psicomotricistas) antes de adentrarnos en estas cuestiones.
Los “falsos universales” de Kroeber
Comenzaremos el rodeo continuando la búsqueda de lo universal, es decir, lo natural en los humanos a través de la ciencia. Después de descartarse la idea del Hombre (con mayúsculas) despojado de cualquier ropaje ambiental, las ciencias humanas intentaron comprender al ser humano añadiendo la variable social y cultural pero sin que se perdiera la idea de unidad básica de la humanidad. Tras producirse lo que Khun podría denominar una crisis de la ciencia, este camino escogió dos vías, en palabras de Geertz, las dos muy peligrosas. Por un lado, el relativismo cultural, donde todo queda reducido y justificado con el factor cultural. Por el otro el evolucionismo cultural, donde se traslada la teoría darwinista a las ciencias humanas, estableciendo estadios en la evolución de las culturas, en todas los mismos, clasificando de esta manera a personas en salvajes, bárbaros y civilizados.
En este intento de preservar la unidad básica de la humanidad, nacen lo que Kroeber denominó “falsos universales”, a los que nosotros podríamos llamar falsos naturales. Desde Wisler con su “esquema cultural universal”, pasando por Malinowsky y sus “tipos institucionales universales”, hasta Murdock con sus “comunes denominadores de la cultura”, intentaron buscar factores universales en las distintas culturas. Aspectos como el matrimonio, la religión o el comercio que aparecen como universales, son considerados por este autor lógicamente falsos. Y es que intentar meter en el mismo saco cosas tan distintas como el monoteísmo católico enraizado en el miedo al pecado y el Budismo Zen basado en la meditación personal, convierten la religión en una “categoría vacía” (Geertz, 1983) y por tanto en un falso universal. Otro tanto ocurre con el matrimonio o el comercio.
Surge aquí la idea del hombre “estratigráfico” (Geertz, 1983). Un humano compuesto por cuatro capas; cultural, social, psicológica y biológica, que se sustentan unas con otras como si de un edificio se tratara. Con esta repartición a cachos, queda resuelto el problema del intrusismo laboral entre las distintas disciplinas científicas que tanta polémica acarreaba. Por fin la biología, psicología, sociología y antropología tenían su propio espacio delimitado. Curiosamente hoy en día se sigue utilizando mayoritariamente un punto de vista similar a la hora de abordar la ayuda de los niños en dificultad.
Geertz (1983) desechando este humano construido a cachos, nos propone una idea que a los y las psicomotricistas nos interesa y nos suena: ”…debemos reemplazar la concepción “estratigráfica” de las relaciones que guardan entre sí los varios aspectos de la existencia humana por una concepción sintética, es decir, una concepción en la cual los factores biológicos, psicológicos, sociológicos y culturales puedan tratarse como variables dentro de sistemas unitarios de análisis.”
A su manera Geertz nos habla de la globalidad en el ser humano. Porque el autor entiende que estos cuatro factores están interrelacionados, es decir que influyen unos sobre otros, como un sistema en el que están encastrados (Polany utilizaría la palabra “embedded”). Como a los psicomotricistas nos gusta picar de aquí y de allá, y quedarnos con lo que nos interesa, vamos a dejar a Geertz en este punto.
Mirando atrás en el tiempo
Nos vamos acercando a las cuestiones clave, pero antes de entrar de lleno, vamos a conocernos un poco más. Echemos una mirada atrás en el tiempo.
Fue aproximadamente hace 4 millones de años, cuando a la evolución se le ocurrió la idea de colocar un homínido sobre dos piernas, estamos ante el nacimiento de la locomoción bípeda, son los primeros pasos hacia la humanidad. A partir de aquí en estos seres irán produciéndose cambios muy lentamente, cambios que explicaré muy rápidamente.
Parece que al liberarse las manos estos homínidos empezaron a “hacer” cosas, es decir, a crear, esto pudo haber tenido influencia en el progresivo crecimiento y desarrollo del cerebro. Vaya, he aquí un itinerario que nos suena, “del placer de hacer, al placer de pensar”.
La selección natural fue favoreciendo a homínidos más esbeltos y con el cerebro más grande, individuos que con su incipiente inteligencia eran los que mejor se adaptaban al entorno. Homo Habilis (el hábil), Homo Ergaster (el trabajador), Homo Antecessor (el explorador)… fueron contribuyendo poco a poco a nuestra humanidad, hasta llegar a nuestra especie, Homo Sapiens (el sabio) hace tan solo 150.000 años.
Homo Sapiens al haber adquirido una forma más esbelta, de caderas más estrechas, y un cerebro más grande, tuvo que solucionar algunos problemas de espacio. Su morfología hizo que el canal de parto fuera más estrecho, y no dejaba pasar un cráneo con un cerebro tan grande, la solución fue que las crías de Homo Sapiens, los bebés, nacieran sin la totalidad de sus órganos y musculatura totalmente desarrollados, en especial el cerebro. Para que nos hagamos una idea, nacemos con un cerebro desarrollado entre un 20 y 30% de lo que llegará a ser, si nos comparamos con los chimpancés (parientes más cercanos y que también nacen inmaduros), estos lo hacen con un cerebro desarrollado entre un 50 y 60%.
Esta extrema inmadurez con la que nacemos sin duda hizo que la relación entre madre y filia se hiciera cada vez más profunda, debido a los exhaustivos cuidados que la madre (figura materna) está obligada a realizar sobre su descendencia para que ésta sobreviva. En algún momento de la evolución esta relación se hizo tan profunda que nació el apego. El propio Bowlby titula una de sus obras dedicada al apego como “una base segura”, podemos entenderla no solo como base de operaciones de exploración, también como una base, unos cimientos para la construcción de la persona.
A partir de esta relación tan profunda nacerá también la primera familia, después la comunidad, más adelante la sociedad…. Respecto a la primera familia, muchos antropólogos siguen empeñados en hacernos creer que la familia macho-hembra-descendencia es o era lo más habitual, incluso en 1966 se organizó un gran simposio sobre “el hombre cazador” que, por supuesto, alimentaba a su pareja y descendencia. Un hombre cazador al que algunos le atribuyen una relevancia extrema en la evolución de la especie humana, ya que la organización necesaria en la caza mayor sin duda hizo progresar el pensamiento. Lo cierto es que, si esto fuera así habría un gran salto evolutivo, sin darnos casi cuenta hemos pasado de construir herramientas golpeando dos piedras, a cazar mamuts con nuestra cuadrilla para nuestra esposa e hijos. La antropóloga Sally Linton nos aporta otro punto de vista que puede tener más sentido, teniendo en cuenta las organizaciones familiares de los actuales homínidos. La autora sugiere que las primeras familias serían las constituidas por la madre y sus descendientes (debido sin duda al profundo lazo afectivo que los une), y los primeros hombres cazadores no cazaban para sus parejas e hijos, lo hacían para su madre y hermanos. Sin duda, la labor de organizar la familia, cacerías y demás, también haría evolucionar el pensamiento.
Lo natural en los humanos
Ahora sí, vayamos al grano. Sin querer crear conflictos morales y mirándolo desde una perspectiva holística, podríamos señalar que lo natural en el ser humano es nacer sin serlo, y que además, para llegar a serlo necesitamos la ayuda de otros. Es precisamente aquí, parafraseando a Rogers, en este proceso de convertirse en persona, en humano, donde entramos en juego, y nunca mejor dicho, los psicomotricistas.
Porque este es el verdadero universal, este proceso de construirse como sujeto, esta labor de elaboración del cuerpo como continente psíquico, esta ontogenia personal, que desarrollamos en interacción con el medio, incluyendo a los otros, a través del cuerpo. Surge aquí una gran paradoja, ya que siendo éste un proceso universal, no encontraremos dos iguales. Cada persona es única hasta en el mismo proceso de construirse como tal. Dicho esto, es cierto también, que a lo largo de este proceso aparecerán necesidades y aspectos comunes en todos nosotros.
En un principio todos necesitaremos un “gran Otro” (Rodríguez, 2013, p.94), un no-yo que me permita ser yo, una madre suficientemente buena capaz de sostener, una madre significante que vaya dando un significado a las acciones del bebé. El vínculo que construyen el bebé y la madre, el apego, es sin duda uno de los hitos más importantes del proceso de humanización. Podríamos utilizarlo además como ejemplo paradigmático de la globalidad, ya que incluye aspectos biológicos (alimentación, cuidado…), psicológicos (fantasía, pulsión, contención, sostén, afecto…) y socio-culturales (lenguaje, tradición, aprendizaje…).
Humildemente no creo que sea determinante conocer si el origen del apego obedece a fantasías del bebé con la madre (Klein), o a la relación real (Bowlby), seguramente habrá algo de las dos cosas, ya que en sus comienzos el apego necesitaría de un incipiente psiquismo, que a su vez necesitaría de un incipiente apego. Desde esta díada, que constituirá la base de futuras relaciones, pasaremos a una tríada, después a un grupo… Este camino no está exento de dificultades, tendremos que superar angustias, atravesar estadios, resolver complejos…
En los primeros meses de vida, ese “otro” es indispensable para reasegurarnos ante estas dificultades. Más adelante, necesitaremos otros “otro”, y poco a poco iremos consiguiendo, si todo va bien, reasegurarnos nosotros mismos, y lo haremos mediante la piedra angular de la psicomotricidad, el juego.
Jugar y jugar
Existen juegos que trascienden a países, etnias o clases. La mayoría de estos juegos trascienden incluso al tiempo, y nadie puede concretar desde cuando jugamos a ellos. Son estos juegos trascendentales, los que nos ayudan a reasegurarnos y superar las dificultades que el convertirnos en humano nos supone. Podríamos confeccionar una larga lista desde los juegos de faldas, hasta el escondite, incluyendo la variante kuku-tras, pasando por el pilla-pilla, los columpios…
No en vano, podemos considerar a los psicomotricistas como especialistas del juego, diferenciándonos de los etnomotricistas de Parlebas, en que a nosotros no nos interesa tanto su vertiente histórico-cultural o su función social. Nos interesa “lo que se juega en el juego” (Rodríguez, 2013, p.94), su sentido profundo.
Cuando los niños de 3 años juegan al escondite, están jugando a aparecer y desaparecer, están reasegurándose ante la angustia de separación. Se esconden para que les encontremos, porque está la manera de convencerse a sí mismos de que esa madre que les ha dejado en la escuela, esa que ya no ven, sigue existiendo en alguna parte y que volverá a buscarles. Los psicólogos nos podrían decir que están jugando con la permanencia del objeto.
De esta manera la práctica psicomotriz se convierte en una herramienta muy beneficiosa en el proceso de humanización, ofreciendo un espacio de juego privilegiado que sumándolo con el acompañamiento de un profesional se convierte en el lugar perfecto para la reaseguración.
Esta sería una de las grandes funciones de la psicomotricidad en la versión educativa. Sin embargo, en ocasiones y por múltiples motivos, en el momento de mayor dependencia del bebé con ese gran otro pueden surgir problemas más graves. Hablamos de la vertiente de ayuda psicomotriz, en la que el psicomotricista varía fundamentalmente su papel en la sala, intentando ser otro gran otro, diferente al gran otro que ha tenido ese niño.
Pero este tema lo dejaré para otros, o para otro momento. Mientras, naturalmente, sigamos jugando.
Bibliografia
- Aucouturier, B. (2004). Los fantasmas de acción y la práctica psicomotriz. Barcelona: Grao.
- Bermúdez de Castro, J.M., Márquez, B., Mateos, A., Martinón Torres, M., Sarmiento, S. (2015) Hijos de un tiempo perdido. Barcelona: Ares y Mares
- Geertz, C. (1983). La interpretación de las culturas. Barcelona: Gedisa.
- Harris, O., Young, K. (1979). Antropología y feminismo. Barcelona: Anagrama.
- Rodríguez, J. A. (2013). La práctica psicomotriz en el tratamiento psíquico. Barcelona: Octaedro
- Winnicott, D.W. (1990). Los bebes y sus madres. Barcelona: Paidós.
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