Soy una exalumna de la escuela de psicomotricidad de Bergara y quisiera ofreceros una reflexión sobre mis vivencias en la formación.
Tanto las sesiones teóricas como las prácticas me han servido para saber cómo actuar en una sala de psicomotricidad y comprender un poco más este mundo. No obstante, lo que realmente me ha ayudado a saber el por qué de la acción del niño y cuáles pueden ser sus demandas, han sido las sesiones de formación personal. Las vivencias que he tenido en el gimnasio de la escuela de magisterio de Donosti no sólo han tenido repercusión en el terreno profesional sino también en el personal.
En las sesiones he aprendido que, a veces, cuando el niño para y observa al grupo, puede estar disfrutando y aprendiendo de la acción del otro porque yo también he experimentado esto.
He aprendido que lo que me gusta a mí no tiene porque gustarle al otro.
He aprendido que al igual que yo tengo mi historia ellos también la tienen y hay que respetarla.
He aprendido que el niño puede llegar a agredir para buscar al otro, para relacionarse con él, porque yo también he agredido para conseguir tener la atención de un compañero.
He aprendido que a veces el niño puede llegar a imitar lo que hace su grupo de amigos ya que esto puede ser necesario para no sentirse rechazado. Yo agredí a otros compañeros porque los de mi grupo lo hacían y no quería sentirme rechazada por ellos.
He aprendido lo importante que son para un niño sus figuras de apego. Yo también sin mi trío a veces me sentía perdida.
He aprendido que no podemos obligar a que sean todos líderes porque a mí me obligaron a serlo y lo pasé realmente mal. Así que es mejor darle la opción de serlo o no.
He aprendido que si miramos al niño sin juzgarlo, el niño será más él y actuará más en libertad.
He aprendido que al igual que a mí me pasa, sus días no son todos felices por el hecho de ser niño.
He aprendido que hay que respetar al niño cuando no quiere hablar porque yo me he sentido respetada cuando no se me obligaba a hablar e incómoda cuando he tenido que hacerlo obligada.
He aprendido que, al igual que nosotros, ellos no tienen porque ser todos amigos pero si respetarse.
He aprendido que ellos, al igual que a mí me pasaba en las sesiones, también tienen días que no quieren jugar tanto, hablar, relacionarse…
He aprendido que hay que darles tiempo para que podamos verles como realmente son ya que todos necesitamos cierta seguridad en los otros y en el espacio para mostrarnos con autenticidad.
También he aprendido que es necesario dejarles que sean ellos los que elijan donde sentarse y junto a quien. Nosotros, tanto en las sesiones prácticas como en las teóricas, también necesitábamos sentarnos en el mismo sitio y junto a las mismas personas. Esto les ayuda y nos ayuda en la mayoría de los casos a estar más tranquilos, seguros y consecuentemente a aprender mejor.
Me he dado cuenta de que muchas veces les pedimos imposibles que nosotros como adultos somos incapaces de realizar.
También me he dado cuenta que, en cierta medida, somos niños que no hemos crecido.
Para finalizar simplemente apuntar que Aucouturier dice que todo lo que provoca un eco emocional tiende a no parasitar la memoria y a no olvidarse nunca, así que viendo la cantidad de emociones y reflexiones que ha despertado esta práctica en mí, creo que permanecerá siempre entre mis recuerdos.
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