Las ideas y propuestas que presenta en su escrito pensamos que sirven para reflexionar sobre la cuestión de lo que supone ser “padres/madres”, además de proponer intervenciones muy concretas en cuanto a la manera de comunicarse y afrontar las situaciones conflictivas que surgen en la vida cotidiana entre padres e hijos. Propuestas que estamos seguros servirán para abrir debate y profundizar sobre las actitudes parentales y el acompañamiento del proceso madurativo de nuestras hijas e hijos.
En este pequeño espacio solo hacemos referencia al agente educativo fundamental, la familia: Condiciones de las figuras de apego o adultos cuidadores en la familia. Puede encontrarse una exposición global y amplia sobre el tema en F. López (2008) “Las necesidades en la infancia y adolescencia: respuesta familiar, escolar y social”. Madrid: Pirámide.
(1) Que el hijo o hija sea deseado y planificado por una pareja o grupo familiar estable, por una o varias personas que estén dispuestas a ser adecuadas figuras de apego. Los hijos se deben tener cuando se está motivado para apostar por dar vida y cuidar, por un lado, y se tiene la capacidad para ello, por otro.
(2) El hecho de tener varias figuras de apego es de capital importancia por varias razones: los niños requieren una gran dedicación que difícilmente se la puede ofrecer una persona sola. Por decirlo en palabras llanas, no es lo mejor y lo más seguro que un niño o niña se juegue su vida emocional sólo a una carta, demasiado riesgo para el menor y demasiada responsabilidad para el adulto.
(3) La estabilidad y armonía en las relaciones entre los padres. En todo caso, si los conflictos o la separación son inevitables es muy importante que ambos padres no hagan de los hijos un instrumento de disputa y no se dediquen a minusvalorar o arruinar el vínculo que cada uno de ellos tienen con los hijos.
(4) Los padres deben tener disponibilidad de tiempo para interactuar con sus hijos.
(5) Los padres deben ser accesibles a sus hijos. No basta con estar cerca, sino que es también necesario que éstos perciban a sus padres como accesibles, cuando los necesitan y muy especialmente en los momentos de aflicción; pero también cuando simplemente quieren gozar de ellos o estar juntos.
(6) Los padres deben percibir las peticiones de los hijos. Por ello deben estar en actitud de escucha, observar atentamente a sus hijos y estar sensorialmente cerca de ellos numerosas horas del día. En este sentido es fundamental que sepan que sus hijos, incluso los recién nacidos, no sólo tienen necesidades biológicas, sino también afectivas y sociales. Necesitan ser tocados, mirados, paseados, cogidos, abrazados, mecidos y tantas otras cosas que les encantan y piden continuamente, como el que se les cante, se les cuenten cuentos, etc.
(7) Los padres deben interpretar correctamente las demandas de los hijos. Para ello es necesario conocer a los propios hijos, observarlos atentamente y tener en cuenta cómo se encuentran cuando les ofrecemos una u otra cosa.
(8) Los padres deben responder a las peticiones. No basta con percibir e interpretar bien las demandas, es necesario responder a ellas, porque los niños así lo necesitan. Si no se responde a ellas aprenderán que no sirven de nada sus peticiones y que los adultos no están disponibles, ni que son accesibles, es decir, que no les sirven para satisfacer sus necesidades.
(9) Los padres deben responder contingentemente a las demandas de los hijos. Los niños, especialmente los más pequeños, no tienen un concepto del tiempo que les permita aplazar la respuesta. Necesitan recibir la respuesta pronto para poder establecer una relación entre la petición y la respuesta de los padres. De lo contrario no adquirirán confianza en sí mismos y en los padres y aprenderán que no tienen ningún control sobre los demás, como ya indicábamos más arriba. Sólo a medida que van siendo mayores pueden aplazarse las respuestas si no se considera que es el momento adecuado.
Por otra parte, cuando las respuestas son retrasadas es conveniente que sean explicadas las razones de este aplazamiento, incluso aunque éstas no sean entendidas del todo por los niños. Las explicaciones son entendidas poco a poco por éstos y obligan a los padres a tener buenas razones para posponer sus respuestas.
A medida que van teniendo más edad, tiene sentido enseñarles a esperar, a ser pacientes, a posponer la satisfacción de una necesidad durante un tiempo si fuera el caso, para que aprendan a auto-controlarse, a aceptar el aplazamiento de los refuerzos, incluso a aceptar la frustración, cuando es inevitable.
(10) Los padres deben ser coherentes en sus conductas con el niño.
(11) Los padres deben saber resolver los conflictos con los hijos y aplicar formas de disciplina adecuadas, inductiva llamaremos a esta forma de disciplina. No hay socialización sin conflicto, no hay educación sin fricciones y no hay vida sin llantos.
Por ello, la discusión no es si debe o no debe haber disciplina, es seguro que siempre hay alguna, sino qué disciplina y, sobre todo, cómo llevarla a cabo. El tipo de disciplina que proponemos la llamamos inductiva, porque intenta, poco a poco, inducir en el menor conseguir que haga suyas nuestras buenas razones para comportarse de una forma y no de otra.
La aplicación de esta disciplina, que induce razones y modula conductas, depende de la edad.
En la primera infancia, especialmente en el primer año de vida y parte del segundo, es sobre todo una forma de trato, mientras que, a medida que avanza en edad el menor, no solo es una forma de trato sino una forma de razonar. Pero tanto en los primeros años como después, se basa en razones y en métodos que aseguran que se tiene en cuenta al menor pero no se renuncia al rol asimétrico que supone la relación padres/hijos, educadores/ educandos.
Durante los PRIMEROS AÑOS de vida la disciplina inductiva es, antes que nada, un sistema de trato que, asegurando los cuidados a que nos hemos referido tantas veces, regula la conducta del menor para que ésta vaya poco a poco siendo socialmente aceptable.
En la primera infancia, cuando el conflicto se hace más evidente es en las llamadas rabietas infantiles. Las rabietas son respuestas irracionales de los menores en las que aprenden a manejar varios factores: el tiempo (cuanto más tiempo la mantengan más probable es que se salgan con la suya), la intensidad (cuanto más alto lloren o protesten más probable es que les hagan caso) y su escenificación (cuanto más estridencia escénica tengan, por el lugar donde se hacen, o por las conductas que se pongan en juego, más probable es conseguir lo que quieren).
En este sentido, entre los errores más frecuentes de los padres están:
• No tener satisfechas las necesidades de los hijos, con lo que éstos tienen un alto grado de malestar que fomenta las rabietas.
• No escuchar las peticiones de los hijos cuando se las hacen bien.
• Pelearse con el niño como si el adulto fuera un niño.
• Reaccionar de forma incoherente antes las rabietas, cediendo unas veces pronto y otras tarde, de forma que el niño aprende una cosa evidente:
a más tiempo, más intensidad y más escenificación, más probable es que se salga con la suya.
Para ello, teniendo en cuenta que no todas las demandas de los niños pueden ser siempre consideradas adecuadas en todo momento (por ejemplo, cuando pretende que estemos toda la noche contándole cuentos), proponemos la siguiente secuencia:
• Inicio de la petición del niño: La figura de apego escucha la demanda del niño, la interpreta y decide si debe responderla o no (dependiendo fundamentalmente de si ésta es socialmente adecuada y si considera que ya la ha satisfecho suficientemente).
• A partir de la decisión del adulto pueden darse dos situaciones: o no hay conflicto porque el adulto decide satisfacer la petición del niño, o bien se crea un conflicto porque decide no satisfacer dicha petición. Sigamos con este segundo caso.
• Si el adulto decide no satisfacer la petición del menor o ésta no ha sido escuchada, normalmente el niño iniciará alguna forma de protesta. En este momento aconsejamos a las figuras de apego que vuelvan a escuchar-interpretar al niño y a replantearse si han decidido bien, porque sabemos que los adultos reaccionamos a veces precipitadamente por comodidad u otras razones, y también a veces mal.
• Nuevamente a partir de la decisión del adulto pueden darse dos situaciones: o no hay conflicto porque el adulto decide satisfacer la petición del niño; o bien se crea un conflicto porque decide no satisfacerla. Sigamos con este segundo caso.
• Si el adulto decide no satisfacer la demanda, normalmente el niño iniciará alguna forma de protesta aún más fuerte. En este momento aconsejamos a las figuras de apego que mantengan su decisión y no la cambien, demostrando al niño que prolongar su protesta o recurrir a rabietas fuertes no le será premiado.
Con esta secuencia enseñamos al niño que puede hacer peticiones, que estas son escuchadas, que el adulto hace esfuerzos por interpretarlas adecuadamente y responder a ellas, que puede protestar y hacer revisar la decisión, pero también que, una vez que ésta se hace firme, es inútil recurrir a protestas muy prolongadas y fuertes. De esta forma, crearemos niños confiados en sus capacidades relacionales (me escuchan cuando pido bien las cosas, puedo protestar y hasta pueden cambiar de opinión gracias a mis protestas), pero socialmente adaptados (de nada sirve ser maleducado, caprichoso y “monta números”).
A medida que los niños van creciendo, con los MAYORES, la secuencia anterior debe ir enriqueciéndose con razonamientos de los padres que expliquen por qué se acepta una petición y, sobre todo, por qué es rechazada una demanda o es exigida una determinada conducta. Es decir, desde que el niño o la niña comprenden el lenguaje hablado es conveniente que se le expliquen las razones de las exigencias sociales que establecemos y los rechazos a sus peticiones. La explicación tiene dos efectos fundamentales:
• Favorecer la interiorización de las normas de forma que éstas pasen de tener un origen en la autoridad a ser comprendidas como necesarias y útiles, haciéndolas propias.
• Obligar a los adultos a explicar su conducta y, por consiguiente, a hacerla comprensible y razonable, en lugar de incomprensible, caprichosa o arbitraria. Las explicaciones son una forma de controlar las conductas injustificadas de los adultos.
(12) Los padres deben fomentar que los niños y niñas sean participantes activos en el sistema familiar, como ya señalamos al hablar de la necesidad de participación activa.
(13) Los padres deben estar bien integrados en la comunidad, conocer los sistemas de apoyo y, a ser posible, ser ellos mismos miembros activos de los sistemas de apoyo social.
(14) Los padres deben saber afrontar los sucesos estresantes y buscar ayuda cuando la necesiten.
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