La psicomotricidad entra en la escuela, un reto en los años 80

Nº 49 · Junio de 2015 · pp. 27–30

Resumen. Recuerdo de la entrada de la psicomotricidad en la escuela en los años 80, con la creación de una sala de psicomotricidad en 1989. Describe el juego como motor del aprendizaje y cómo el cuerpo conduce al conocimiento, y concluye que supuso un antes y un después en Educación Infantil y Especial.

Psicomotricidad, resuena en mí, como una palabra mágica desde los años 80. Y a los alumno/ as de E. Infantil… ¡cómo les encantaba pronunciarla! ¿Cuándo nos toca? preguntaban. Nadie se interesaba por su significado, lo comprendieron en la primera sesión, y el día que íbamos a la sala se les reía el cuerpo y el alma. Disfrutaban, sin enterarse que iban creciendo en un ambiente saludable, de juego libre. Y sin darse cuenta se abrían a la vida, bajo la atenta mirada de la maestra, siempre disponible.

Algo muy especial llevaba consigo esta palabra, y la llenaba de grandeza aumentando su valor, era ni más ni menos que la PSICOMOTRICIDAD SE PRACTICABA EN LA ESCUELA. Por fin se había montado una sala de psicomotricidad (1989) con tres espacios: sensoriomotor, juego simbólico y de construcción, con una diversidad de materiales en cada uno de ellos (la ayuda del gobierno para proyectos de innovación vino muy bien).

Se planteaba el juego como motor del aprendizaje y que a través del cuerpo se llegaba al conocimiento y desarrollo personal del niño/a. Recuerdo mi satisfacción personal al ver crecer a los niños en ese ambiente de placer y a veces de displacer, que lleva la práctica del juego. Poder ofrecerles ese espacio y un tiempo donde otra Pedagogía era posible…

Echo una mirada atrás y rebusco de dónde partió el cambio en mi persona, que influiría más tarde en mi práctica educativa, y que nada tenía que ver con la escuela que yo había recibido. Y así llego a mi formación en la escuela de Magisterio, hacia 1974, (la palabra Psicomotricidad estaba totalmente ausente total), en donde solo recibí una práctica dolorosa de ejercicios repetitivos en Educación Física). He de destacar que este cambio partió precisamente de la profesora de E. Plástica, asignatura considerada entonces en Educación como “una maría” (de poco valor).

Esta profesora tenía alma y ponía alma en su trabajo. Me despertó al arte, aprendí a mirar cada cuadro, cada obra de pintura, desmenuzar sus personajes, sus expresiones, sus colores, sus luces y sombras. A sentirlos… Todo ello iba paralelo a una actividad plástica donde nos animaba a sentir, los colores, texturas, formas y a plasmar con creatividad e imaginación nuestros trabajos. Era como decirnos ¡Ser vosotros mismos!

Se trataba de vivir dentro de nosotros la Plástica, a través de obras de arte y de nuestras producciones, para que cuando nos iniciáramos en una escuela, pudiéramos transmitir a los niños lo mismo, de forma temprana, en E. Infantil, sin miedos, ni ataduras, y esto les permitiese crecer como personas, en sentimientos y conocimientos. Se trataba de probar, experimentar, tocar, imaginar… y esa forma de hacer, iba a permitirnos, acceder al conocimiento.

Así pasaron los años 70 y 80, donde confluyeron movimientos educativos en las diferentes comunidades que me permitieron ver y diferenciar prácticas educativas que engrandecen el alma y te desarrollan como persona, de otras prácticas, que íbamos dejando atrás porque minimizan al niño por su adiestramiento y repetición. La nueva escuela empujaba, se hacía sitio.

Estos movimientos educativos nos mostraban en sus cursos de formación la sabiduría y el hacer de los grandes psicólogos y pedagogos del S.XX, que nada tenía que ver con la escuela que nosotros habíamos vivido en nuestra infancia, y que después de cuarenta años de oscurantismo, la nueva pedagogía en nuestro país, estaba siendo una realidad.

Todo vino rodado en los años 80, los maestros dejamos de percibirnos como islas, y nos percibíamos como grupo, y como grupo fuimos creciendo a nivel personal y profesional. Y en este rodar y rodar con muchas piedras en el camino, me encontré, no como una piedra sino como una luz más, con Nati1 que me abrió el camino hacia la PSICOMOTRICIDAD (1988-89).

Me animó a hacer el curso de formación en Bergara. Lo que Esto me permitió retomar una vez más a los grandes psicólogos y pedagogos del S.XX como Piaget, Vigotsky, Wallon, Vayer, Winnicott, Spitz… y también conocer a los padres de la psicomotricidad del S.XX como Lapierre y Aucouturier, que bebieron de sus fuentes.

Nos mostraban, el desarrollo evolutivo de la infancia, en sus aspectos físico, emocional, social e intelectual. Todas sus investigaciones indicaban que el juego, en el niño, es su actividad por excelencia para entender el mundo que le rodea, desde una perspectiva social y autónoma, o sea para acceder al conocimiento.

Nuestra mirada al niño, iba a dirigirse en una doble vertiente, individual y en grupo: “Aprender juntos”.

Disfruté de la teoría que me comunicaron grandes profesionales de la escuela de Bergara, agradezco desde aquí, la fuerza que me transmitieron.

Me permitieron adentrarme en el conocimiento de la infancia, sin límites, lo digo así, porque ellos me abrieron la puerta y yo habría de continuar. Este soporte teórico había que vivenciarlo, para entender la importancia del juego libre, para entender que el cuerpo en el niño es una herramienta fundamental en la comprensión del espacio, para entender que el niño aprende con otros, y que ello le creará conflictos que con mayor o menor dificultad resolverá…

Había que vivenciarlo y así lo hicimos una vez más de la mano de estos profesionales de la Escuela de Psicomotricidad de Bergara, a través del marco teórico de uno de los padres de la Psicomotricidad, Bernard Aucouturier.

Al vivenciar esta práctica psicomotriz, nosotros como adultos, en la sala, interactuando con diversos objetos y compañeros, es ahí cuando realmente comprendí lo que puede pasar en el alma y en el cuerpo del niño.

Realmente es en esas vivencias en la sala, donde llegué a ver la importancia de respetar al niño en su individualidad, de darle autonomía, bien para correr, saltar de las espalderas, iniciar un juego, o bien sumarse a otros…, respetar su ritmo de moverse por la sala, de entrar en relación con compañeros y objetos, de su facilidad o dificultad al interactuar, siempre partiendo de su deseo.

Supe que lo que íbamos a ofrecer al niño en la sala de psicomotricidad era la propia vida, no exenta de dificultades, y lo íbamos hacer a través del juego, que surge en él de forma natural y placentera.

Como maestra reconocí la importancia que tiene tu experiencia vivida en la sala, para llevar adelante la práctica psicomotriz en la escuela. Me permitió más tarde, poder ayudar al niño en su evolución como persona. Solo quedaba preparar la sala de Psicomotricidad, cuidando muy bien el espacio que habría de ofrecerles, siendo mi actitud hacia ellos, de respeto, y siempre disponible…

En cada sesión, mi mirada hacia el niño o al grupo, en cada sesión, siento que fue como la del pintor al mirar su obra, cada día la observas en sus personajes, sus expresiones, sus colores, sus luces y sombras… y en cada acercamiento al cuadro, respetas lo que hay, e introduces alguna pincelada, que hace que el cuadro se enriquezca cada día, y que en la sala se traducía en: darle la mano al niño cuando te la pide para saltar en las colchonetas hinchables, arbitrar un juego de lucha, animarle a saltar como un águila, ayudar a resolver un conflicto, aplaudirle en su risa, acercarte en su llanto…, en fin, pinceladas al grupo, o al niño, que no se terminan en una sesión sino que van encadenadas a lo largo de las sesiones en las que estemos presentes como psicomotricistas, y sabiendo que su desarrollo corporal, afectivo, social e intelectual, continúa por buen camino.

La entrada de la psicomotricidad en la escuela, a finales de los años 80, marcó un antes y un después en Educación Infantil, Educación Especial y parte de la Educación Primaria.

Notas

1. Nati Sánchez, profesora de Luzaro, Escuela de Psicomotricidad de la UNED de Bergara

Sobre Mª Jesús Redrado. Maestra de Educación Infantil y Primaria en el Colegio Público Marques de la Real Defensa de Tafalla (Navarra), en este momento jubilada.
Cómo citar: Mª Jesús Redrado (2015). La psicomotricidad entra en la escuela, un reto en los años 80. Cuadernos de Psicomotricidad, 49, pp. 27–30. Luzaro.
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