¡No!

Nº 48 · Noviembre de 2014 · pp. 27–30

Resumen. Se pregunta si el «no» que se dice a un niño es represivo o estructurante. Parte de la construcción de la imagen corporal según Dolto, distingue el «no» relativo del «no» absoluto y repasa mecanismos como la represión, la sublimación y la somatización.

¡Cuánto peso en dos letras!: ¿es peor que “tonto”, “feo” y, casi, que “no te quiero”? o ¿es una necesidad básica? O sea, ¿es represivo o estructurante?

Cuando le decimos “no” a un niño, más allá de negarle el acto podemos llegar a negarle hasta el deseo. Y eso, en pleno proceso de construcción de la imagen corporal (si es que se finaliza alguna vez) puede tener un efecto demoledor.

Si hacemos caso a Dolto (y recomiendo hacérselo) la imagen corporal de uno mismo es inconsciente y se construye a través de la relación dinámica de otras tres imágenes parciales: una imagen de base, una imagen funcional y una imagen erógena1.

La primera, la imagen de base, se basa en la sensación de continuidad del ser. Esto es, que se construye, sobre todo, a partir de la sensorialidad.

La segunda, imagen funcional, se construye a través de la acción y de la sensación de competencia en esa acción. De lo que uno es capaz de desear, anticipar, planear y resolver con éxito o, al menos, sin demasiada frustración.

La tercera, la imagen erógena, se desarrolla en el placer compartido y humanizante de la comunicación. Para nosotros; de la transformación recíproca con las figuras de apego.

El “no” puede llegar directo a la línea de flotación de la imagen funcional en construcción al poner en duda el principio motor del acto; el deseo. Claro que, afortunadamente, ese “no” también puede decirse de manera que no siempre tenga este efecto y, de todas maneras, será necesario decir bastantes “noes” a los niños.

Supongo, entonces, que la respuesta a las preguntas del principio será, inevitablemente, ambas cosas: represión y estructuración. Quizá la bondad se encuentre, como en tantas ocasiones, en el equilibrio entre ambas. Permitidme un análisis posible.

En mi opinión, hay un “no” estructurante, al que voy a denominar relativo , que es el que utilizan todos los padres del mundo con una clara intención educativa. Lo llamo relativo porque la acción que se niega se hace en relación a tres cuestiones: el momento, el lugar y el modo en que el niño quiere realizar la acción. Son el “ahora no”, “aquí no” y “así no”.

Estos tres “noes” llevan implícito un “sí”; “luego sí”, “allí sí” y “de este otro modo sí”. Aquí precisamente radica su potencial estructurante; en enseñar al niño la pertinencia de las acciones en relación al lugar, el tiempo y el modo, a la vez que se le impone una espera, pero no la negación del deseo. Al contrario, el deseo es pertinente pero con condiciones. Deberá aprender a discernirlas y a anticiparlas para poder llegar a autorregular su deseo con respecto de ellas.

Sin embargo, a veces, se impone la necesidad de establecer otras negaciones y estas, a las que por su carácter no condicional llamaré absolutas , sí que van a tratar de reprimir el deseo. Y este ya es un tema delicado. Si un niño desea agredir a otra persona no hay, en principio, condiciones bajo las que se le pueda permitir hacerlo. No se le puede partir la cara a otro “luego”, ni “allí”, ni “así”. Y punto. Pero no punto y final. Afortunadamente hay formas de saltarse hasta lo absoluto.

¿Qué puede hacer el niño ante la negación de su deseo? Una posibilidad es la clásica que nos explicó Freud cuando se refería, sobre todo, al deseo de posesión del objeto (madre), pero también a la agresión, a la dominación, etc. Son deseos que los padres (y la sociedad) no van a tolerar y los van a reprimir no solo con el lenguaje verbal sino con miradas, rechazos, chantajes e, incluso, azotes.

La represión es tan fuerte que el niño se ve en la necesidad de interiorizarla, es decir, de reprimirse a sí mismo la posibilidad de desearlo siquiera en favor de seguir siendo amado.

Sin embargo es una represión, en lo referente al acto y al deseo, a nivel consciente2. El inconsciente, en cambio, no estará dispuesto a olvidarlo tan fácilmente y si no puede saciar el deseo por una vía (el acto consciente) lo intentará por otra; coleccionando sellos o haciendo mucho deporte, por ejemplo, en unos casos inocentes y socialmente tolerables o con sarpullidos en la piel, por poner otro ejemplo de un caso más irritante. Estas vías de escape del inconsciente se conocen como sublimaciones y enfermedades psicosomáticas respectivamente3 .

En el caso de la sublimación el objeto del deseo se cambia por otro objeto que no supone conflicto para el sujeto (desplazamiento). Ambos objetos, el original y el sustituto tienen una relación de parecido (analogía), pero es un parecido que sólo es evidente para el inconsciente. Ya me diréis la relación que veis entre el deseo incestuoso y coleccionar sellos, por ejemplo (¡ojo! es un ejemplo inventado)4 .

Las sublimaciones nos suelen permitir funcionar con cierta deportividad ante nuestros conflictos.

Las somatizaciones, que no han podido pasar por el filtro de lo simbólico, son, por el contrario, un grito angustioso de auxilio. Pero, no nos pongamos dramáticos que para que estas cosas ocurran hace falta algo más que un simple “no” mal dado.

Otra posibilidad, que nos explicó Winnicott, consiste en negarse a sí mismo como ser deseante de esos quereres y adoptar otro “sí mismo” con el que los padres estarán, supuestamente, más contentos. Cuando se hace de forma masiva estamos ante la creación de un “falso self” que en lugar de satisfacer los deseos propios se encamina a satisfacer los supuestos deseos de las figuras de apego. A la larga esto es bastante malo.

Estas vías, al parecer inevitables en parte, pueden llegar a provocar, en algunos casos, serios problemas de convivencia con uno mismo y con los demás, pues la realización del deseo está enmascarada, es incompleta y sigue ocasionando tensión. Aunque no hay que olvidar que, en teoría al menos, todos las usamos en alguna medida y hasta de forma constructiva.

Para los psicomotricistas existe otra vía teórica más. Es la vía de la expresión simbólica del deseo. El deseo no se realiza pero se expresa de una manera más clara, se expresa en comunicación con otro(s), en placer y con una gran aceptación del deseo (que no del acto en bruto). El niño reprime el acto pero hace como que lo realiza (lo juega), el otro se lo acepta, se ríen, lo cambian de forma, lo parodian, se turnan en el rol, se cansan y lo dejan. Ya lo retomarán otro rato porque el deseo no desparece, pero cada vez que se retoma ha evolucionado, se ha transformado en su expresión.

Esquema del deseo

  • Deseo → NO
    • NO relativo (¿Dónde?, ¿Cuándo?, ¿Cómo?) → SÍ
    • NO absoluto
      • Simbolización (juego, arte)
      • Represión
        • Sublimación (cambio analógico del objeto)
        • Somatización (desajustes de personalidad)

Esta vía, la vía del juego, es menos represiva, hace más consciente el deseo (no del todo necesariamente) y permite que sea uno mismo el que reprima el paso al acto con menos conflicto y menos tensión porque lo hace sin negarse a sí mismo. Es el vector terapéutico del juego. Interpretando a Winnicott5 , me atrevo a decir que los adultos seguimos jugando con estos deseos ocultos para poder liberar las tensiones que nos crean en su enfrentamiento con la realidad, pero lo hacemos a través de simbolizaciones de alto nivel como el cine, el teatro, la música y el arte en general. También lo hacemos con las competiciones, los chistes y la cultura en general. Y, si nos dejan, con juegos como los de los niños o ¿no os acordáis de las formaciones personales? La diferencia con la sublimación sería, entiendo yo, que el deseo no sufre un desplazamiento por analogía sino que se expresa de una forma más directa.

Por todo esto los psicomotricistas podemos sonreír satisfechos ante los juegos de destrucción, muerte, enterramiento, devoración, dominación, maltrato y otras cosas que resultan chocantes a ojos de los padres. Eso sí, siempre que se den las condiciones de comunicación, placer e inscripción en el registro simbólico que tan bien conocemos.

Y por todo esto, también, somos firmes partidarios del “no” que se dice, no para satisfacer una necesidad de control o dominio sobre el niño ni desde la impotencia del enfado, sino del “no” que se dice desde la clara conciencia de la ayuda que se le ofrece. Es el “no” de la firmeza serena, el de la persona que, como decía Winnicott, ni se muere ni se venga.

Que nadie piense que es fácil. A mí me parece que, más que al dominio de la tecnicidad, pertenece al dominio del arte. ¡Hala, a practicar!

Bibliografía

  • Dolto, F. (2005). “La imagen inconsciente del cuerpo”. Paidós.
  • Nasio, J.D. (1998). “Cinco lecciones sobre la teoría de Jaques Lacan”. Gedisa.
  • Winnicott, D. W. (1996). “Realidad y juego”. Gedisa.
  • Roudinesco, E. y Plon, M . (2008). Diccionario de psicoanálisis. Paidós.
  • Shannon, D. (1998). “No, David”. Everest.

Notas

1. Ella también habla de una imagen dinámica que tiene mucho que ver con el deseo y que yo he incluido como amalgama de las otras tres para simplificar. En fin, una descripción más completa de todo esto en el primer capítulo de Dolto, F. (2005). “La imagen inconsciente del cuerpo”. Paidós.

2. Quizá subconsciente o preconsciente, según los autores. 3. “El síntoma es tanto dolor como alivio, sufrimiento para el yo, alivio para el inconsciente.” Nasio, J.D. (1998). “Cinco lecciones sobre la teoría de Jaques Lacan”. Gedisa. Barcelona. Pág.32. 4. Freud hablaba de la sublimación como la energía libidinal desplazada hacia fines no sexuales, fundamentalmente hacia fines intelectuales y artísticos. Lo consideraba un mecanismo o proceso de defensa. Su hija Anna y Melanie Klein ampliaron el concepto. 5. Para Winnicott tanto las experiencias culturales como las de juego se hallan en lo que él llamó los espacios transicionales. Espacios potenciales para la creación y para la articulación entre la realidad externa y la psíquica interior. Lo explica en Winnicott, D.W. (1996).

Sobre Ion Arana. Maestro. Psicopedagogo. Terapeuta Psicomotor en el Centro de Psicomotricidad Kiribil.
Cómo citar: Ion Arana (2014). ¡No!. Cuadernos de Psicomotricidad, 48, pp. 27–30. Luzaro.
¿Te interesa la formación en psicomotricidad?
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación