Aprendizaje de la natación con niños y niñas pequeños

Nº 45 · Mayo de 2013 · pp. 26–28

Resumen. Cuenta la experiencia de una monitora de natación con niños pequeños, centrada en una sesión de juego libre en la piscina con el juego del tiburón. Lo interpreta como juego de reaseguración y reflexiona sobre la angustia de devoración.

Me gustaría poder pararme más a menudo para poder reflexionar sobre lo que siento cuando estoy trabajando con niñas y niños pequeños en el marco del aprendizaje de la natación, tal como lo denominan en el polideportivo en el que trabajo.

Yo, que me siento acompañante del itinerario personal de cada niña o niño que se acerca a mí para tener experiencias gratificantes en el agua, desearía que en dicho marco la dinámica que se plantea en el modo de entrar en relación con el medio acuático fuese planteado de otra manera; es decir, donde el juego libre y espontáneo fuese la piedra angular para el acercamiento del niño a ese medio que no domina todavía. Pero, la realidad está muy lejos de ello. Se denominan “aptitudes para niveles de natación” las que los adultos (estemos de acuerdo o no) marcamos y tenemos en mente para el aprendizaje.

A pesar de todo ello, me quedo con las vivencias positivas en mí y en los niños, que son muchas. Y especialmente me voy a parar en una de ellas y tratar de elaborar en cierta medida un tema, que los psicomotricistas dinámicos conocemos muy bien: el fantasma o angustia de devoración. Allá voy.

La mayoría de las sesiones en natación corresponden a ejercicios y juegos estructurados marcados por el adulto-profesor de natación, y pocas veces son oídas las propuestas de las niñas y niños.

Pero he ahí que me he encontrado con una ocasión que me daba juego para que la sesión de natación se fuera transformando en un juego de reaseguración profunda, como decimos los psicomotricistas. En la última sesión del curso se les deja todo el tiempo para que exploren y jueguen con el material. Tienen libertad de ir a un lugar u otro (tobogán, tapices, figuras, etc.) y jugar de distintas maneras.

Ese día, un niño comenzó a hacer ademanes de subirse al tapiz cuando otros niños trataban de mantenerse sentados en el mismo sin caerse, y a mí se me ocurrió decirles: “¡Cuidado, viene un tiburón!” Los niños, de repente, entraron en el juego con gritos y algarabías; unos salían de la pileta cuando el supuesto tiburón se acercaba y la emoción se apoderaba de ellos a raudales. Una expresión de emoción y placer que nunca en ninguna de las otras sesiones durante el curso había percibido.

Y cuando yo hacía de tiburón, un tiburón grande con la aleta encima de la cabeza que iba tumbado dentro del agua, la estampida emocionante y jugada era impresionante.

Cuando yo sacaba la cabeza después de haber intentado devorar a unos cuantos niños, mi placer también era grande; una gran risa y entonces 3 ó 4 niños querían hacer de tiburones. Así la piscina se llenaba de tiburones con sus aletas en la cabeza tratando de comernos al resto de niños y especialmente a mí.

Venían en grupo, la presa era la profesora que enseña a nadar y que ese día se transformaba como nunca, maleable y más accesible que nunca. En algunos ojos yo percibía una sorpresa, un gozo indescriptible. Si bien durante las sesiones trato de vivir las actitudes de todo buen acompañante en psicomotricidad, en esa sesión se añadía el jugar para ellos desde su deseo.

El juego del tiburón que trata de volcar el barco y devorar a los que están en el agua se repite en las sesiones de juego libre en la piscina, pero ahora escribo sobre dicho juego desde la cercanía de la emoción que ayer viví, y también con la descentración emocional que me va a permitir hablar sobre el simbolismo recreado en dicho juego y lo que supone con respecto a la reaseguración profunda en el niño.

Un tiburón grande (yo) que ataca hace alusión a un perseguidor; en el caso del niño “sano” puede jugar a escapar de él, sentir que puede hacer algo para no dejarse atrapar, jugar el miedo a ser devorado. Constituye un juego realmente asegurante en un nivel profundo. ¡Y qué decir del niño que se presta a hacer de tiburón, que va a devorar simbólicamente a aquel otro que en principio lo puede haber vivido como alguien “indestructible”, que va a manejar de forma adecuada sus impulsos destructivos y agresivos sin sentirse culpable por tenerlos!

Hace tiempo leí un artículo titulado “Interpretaciones posibles de algunos juegos que se repiten en una sesión psicomotriz”, que escribió Silvie Donet para Cuadernos de Psicomotricidad. Decía que “mediante los juegos en torno a la angustia de devoración el niño canaliza sus pulsiones agresivas (que participan en la dinámica vital destrucción/ construcción).

Los animales carnívoros simbolizan, con sus dientes y sus garras, tanto los deseos de omnipotencia como el universo pulsional en el cual el niño se debate; hacen referencia a la oralidad bajo su forma primitiva (canibalismo)”. Continúa Silvie Donnet diciendo que “el cocodrilo evoca también los fantasmas de devoración y de poder total, pero además de eso, evoca una vida en el agua, horizontal, donde el niño se desplaza según el eje del cuerpo; es un símbolo de ferocidad, dominando indiscutiblemente con fuerza y rapidez (¿evocando las fuerzas destructivas desde la noche de los tiempos?) El tiburón sugiere también estas fuerzas devoradoras, devastadoras y ambivalentes que agitan al niño.”

Me paro ante la frase puesta por Silvie Donet en interrogación arriba en la que señala las fuerzas destructivas que vienen desde la noche de los tiempos. En su día me llamaron la atención esas palabras, pues recordé haber leído algo sobre ello en un libro de Therese Bertherat, creadora de la antigimnasia, cuando yo participaba en un grupo de esa disciplina.

El libro se titula “las estaciones del cuerpo” y en el capítulo 4 titulado “la noche de los tiempos” hace referencia a este tema. Traigo a este escrito algunas ideas suyas que aparecen en el libro: “De hecho, salimos de las aguas limosas de la tierra, pero hemos salido afrontando grandes riesgos y peligros. Salimos del limo penosamente, después de haber permanecido en él un número colosal de siglos, de milenios.” Y en otro momento prosigue así: “…tenemos chimpancés, pero también una cierta musaraña, peces, algas, bacterias y, en especial reptiles, reptiles en cantidad… Todos están incorporados a la lista de nuestros ancestros.

De hecho, están incorporados a nosotros, están íntimamente mezclados a la pasta de la que estamos hechos, y tan bien mezclados que no queda ni un grumo.” Y añade: “Mucha gente se apasiona por la historia del planeta, por la aparición de la vida, por el maravilloso zoológico de las especies que nos han precedido. Ojalá su espíritu -y en especial su cuerpo- atinaran a sentir moverse en ellos la lejana parentela, siempre viva…” Y para entender mejor el significado de “la noche de los tiempos”, me he decidido a escoger unos cuantos párrafos que me han parecido interesantes para esa mayor comprensión de lo que nos puede estar habitando tanto a los niños como a los adultos.

Thérèse Bertherat escribe: “Nosotros, es decir nuestros ancestros, permanecimos durante millones de años (quinientos, seiscientos millones de años según los expertos) en el fondo de los océanos, en prudentes, abismales meditaciones… Por fin, nuestros ancestros abandonaron las aguas pero a disgusto, parece. No eligieron abandonarlas, fueron las aguas las que se retiraron. Ellos, forzados por las conmociones geológicas, llevados por un furioso instinto de vida, tantearon -¿con el pie?- la tierra firme… aunque no tan firme; más bien movediza, convulsionada, nada cómoda.”

Deseo terminar este artículo con estas palabras que nacen de mi creencia sobre la ambivalencia que existe en todo ser humano: miedo a ser destruido y miedo a destruir al otro cuando surge dentro de nosotros una fuerza incontenible, difícil de manejar. ¡Qué decir pues de los niños, cuando su sistema emocional funciona junto a su inteligencia, que todavía tiene mucho camino que recorrer hasta que se produce una cierta madurez para descentrarse, y poder separar lo que es objetivo de lo subjetivo ligado a su vivencia!

Para que el niño pueda comprenderse en lo que vive, necesita encontrar un acompañante adulto que le ayude a canalizar lo que bulle en su interior, proporcionándole un espacio y un tiempo estructurado y donde el niño se sienta contenido y apoyado afectivamente.

El niño va a crecer y construir su identidad, oscilando en esa dialéctica ambivalente: agresividad y fuerza destructiva (para construirse) y miedo a ser destruido. En el fondo de todo ello y paralelo a esto está el deseo de amar y ser uno mismo y el miedo arcaico a no ser amado, a ser abandonado y a perderse.

Sobre Izaskun Zuartegi. Izaskun Zuartegi es psicopedagoga y especialista en Práctica Psicomotriz Educativa y de Ayuda. Actualmente trabaja como monitora de actividades físico-recreativas en Tolosa y dedica otra parte importante de su tiempo a la ayuda psicomotriz.
Cómo citar: Izaskun Zuartegi (2013). Aprendizaje de la natación con niños y niñas pequeños. Cuadernos de Psicomotricidad, 45, pp. 26–28. Luzaro.
¿Te interesa la formación en psicomotricidad?
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación