Se podría pensar que cuantos más pequeños son los niños menos necesitan de reglas o límites que encuadren su exploración; sin embargo, la experiencia psicológica y educativa recomienda sobremanera la existencia y aplicación de los mismos, justamente para organizar sus descubrimientos o primeros contactos con el exterior.
Los límites ayudan a los niños para que puedan manejar sus impulsos y vayan pasando de la búsqueda inmediata de sus necesidades (internas) a la aceptación de un mundo externo con sus propias exigencias y normas.
El proceso de interiorización de los límites es iniciado por los padres desde edades muy tempranas.
Cuando son bebés, las rutinas son algo desorganizadas, ya que comen y duermen la mayor parte del tiempo; sin embargo, al crecer se establecen rutinas y horarios que proporcionan al bebé un ambiente de seguridad y protección, anticipando lo que vendrá.
Esto continúa cuando los niños asisten a un espacio educativo, donde la maestra se encarga de modular y enriquecer sus capacidades de autocontrol.
Así mismo, les enseña que las normas son necesarias para el bienestar de todos, incluyéndoles a ellos mismos. Erna Furman (1986, citada en “El crecimiento emocional del niño en la escuela”, 2008:91) propone tres aspectos fundamentales para el mejor trabajo de los límites con los preescolares: la relación afectiva, las reglas y el desarrollo de la conciencia.
La relación afectiva
“Mientras más pequeño sea el niño, el vínculo afectivo que tengamos con él es más importante”. Esta frase resume la importancia de los vínculos con los niños pequeños, y es que el niño tiene que sentirse seguro, confiado y contenido en su demanda. Ellos se dan cuenta de en quiénes confiar y en quiénes no.
Los primeros días que asisten al nido, sin conocer a la maestra o a sus compañeros, los niños experimentan un vacío afectivo, se sienten desorientados. Es la maestra quien debe contenerlos y mostrarles que pueden confiar en ella, que entiende por lo que están pasando y que les ayudará a que estén mejor. Esto es generar el vínculo con el niño.
Este vínculo se construye con el tiempo y con una suma de situaciones que muestren al niño que se puede confiar en el adulto.
Otro punto importante para la construcción de este vínculo es generar un puente entre el hogar y la escuela. Cuando escuchamos al niño con respeto a lo que siente de alguna situación familiar, ya sea placentera o displacentera, el niño se da cuenta de que la maestra es su amiga y que lo escucha. Le gusta sentir que es importante para la profesora.
A la vez, reforzar su autoestima, alabando sus trabajos o reconociendo sus esfuerzos, es otra manera de construir este vínculo.
Las reglas
El objetivo de las reglas es crear un ambiente de seguridad, para todos. Empezando por esa consigna, el niño debe saber que la escuela y el hogar son lugares seguros donde está protegido y cuidado.
Las reglas sirven para anticipar, organizar y predecir los siguientes acontecimientos que se irán sucediendo durante el día. Si el niño viviera cada momento como nuevo e inesperado, pasaría por mucha angustia.
La aceptación de las normas forma a los niños en el respeto a los derechos y deberes, a las personas. Para que esta aceptación sea efectiva, los límites deben ser pocos, claros y precisos, límites que pueden flexibilizarse o evaluarse.
Otra característica es que respondan a las necesidades del niño y no del adulto; no podemos exigir algo que esté fuera de su alcance o de sus posibilidades. Debemos tomar en cuenta que la mayoría de los preescolares están en procesos de autonomía e iniciativa: la idea es enriquecer su crecimiento y no inhibirlo.
Desarrollo de la conciencia
Ésta se va desarrollando poco a poco a medida que van creciendo y van viviendo distintas experiencias, que les sirven para asimilar las normas, dadas por sus padres primero y luego por la escuela.
Es importante recordar que los niños pequeños tienen una moral heterónoma, de acuerdo a la teoría de Piaget (citado en Angellina Novella Coquis y compiladoras, 2008: 93): lo bueno y lo malo depende de lo que los adultos les hagan sentir.
Una manera de darnos cuenta de que los niños van tomando conciencia de los límites es cuando observamos que le dicen a otro niño que debe portarse bien o si no le pasará tal cosa, es decir, maneja las consecuencias y se lo exige a sí mismo, pero actuando en un “otro”. Otra forma es cuando acusa a otro niño ante la maestra; es consciente de la magnitud de la situación y sabe que no está bien, lo que le puede angustiar, por eso le acusa para que el adulto lo solucione.
La idea es que ellos se sientan cómodos y satisfechos con los límites. Tienen que saber que no es para complacer al adulto sino más bien para que todos estemos tranquilos.
En este desarrollo de la conciencia del niño es importante no hacer un juicio moral sobre su conducta sino más bien conversar acerca de lo sucedido, preguntándole qué piensa al respecto, cómo se siente. Esto es vital para ir construyendo desde el respeto una aceptación de los límites.
Furman (1986, citado en Angelina Novella Coquis y compiladoras, 2008:94) habla del término reparación, como una acción que ayuda al niño a manejar el sentimiento de culpa que le genera la acción equivocada que ha tenido y que, a la vez, procura el bienestar del otro. Pondremos ejemplos: si ha roto un cuento de la clase, habría que brindarle la posibilidad de pegar las hojas con ayuda de la maestra. Si le hace una herida a un compañero al jugar, podemos hacer que lo acompañe y ayude a curar.
Es en estos momentos es vital conversar con el niño, sin culparlo y hacerlo caer en cuenta de lo sucedido. La reparación ayuda a aliviar la culpa. Si el niño no tuviese la oportunidad de reparar, se carga de culpa e inconscientemente busca ser castigado por lo que ha hecho; entonces aumenta su mal comportamiento, es castigado y no es ayudado a que pueda encontrar la calma.
Luis Guerrero (1994, citado en Angelina Novella Cooquis y compiladoras, 2008:95), señala la existencia de tres enfoques en cuanto al trabajo de los límites: Autoritario, permisivo y democrático.
Autoritario
Aquí se impone sin tener en cuenta a los demás. La posición es de dominio y se implantan los requerimientos sin ningún tipo de empatía. No es saludable para el niño ya que sin explicación se le exigen una serie de conductas, ignorando sus necesidades y sus sentimientos. La consigna de este enfoque autoritario es que tiene la razón y los niños, por ser niños, no tienen derecho a opinar y no se les respeta.
Para lograr el cumplimiento de las normas, se utilizan medios que subestiman e intimidan, aplicando muchas veces castigos excesivos. Se desarrolla la capacidad de obedecer por amenazas, atentando a la autoestima de los niños, que no se sienten valorados ni escuchados, pudiendo generar rebeldía, miedo, resentimiento o sumisión, bloqueando toda capacidad de iniciativa.
De este modo no se logra la interiorización de las normas, ya que sólo se cumplen cuando la autoridad amenazadora está presente. Formando a individuos temerosos que no son capaces de dirigir su vida y que siempre dependerán de otro “castigador” y represor.
Permisivo
Es el extremo del autoritarismo. Es “dejar hacer” sin ningún tipo de encuadre, supone cierto abandono y descuido. No hay firmeza ni límites claros que seguricen a los niños. Los medios que se utilizan es ignorar la conducta del niño y no hacerse cargo de la situación.
Este método disciplinario genera mucha inseguridad, desprotección, desorientación, angustia, porque no hay ningún elemento ni persona que proteja, que cuide, que valore, que ayude, que se haga cargo.
Democrático
Se basa en el respeto de los deberes y derechos de toda persona. Existe un conocimiento de las necesidades del niño y un vínculo empático importante con él, vínculo que es la base para obtener diálogo y acuerdo, mostrando la flexibilidad y firmeza necesarias.
Así mismo, se validan los sentimientos de los niños que colaboran en la elaboración de las normas, bajo un encuadre adulto que organice y sostenga sus inquietudes.
De ese modo se sienten más comprometidos y las cumplen, porque les encuentran un sentido.
Este método genera en los niños seguridad, confianza, protección y favorece la autoestima, el desarrollo de la conciencia moral, la integración, la capacidad de escucha y la consecución de los fines comunes de los miembros de un grupo. De esta manera ayudamos a los niños a respetar las normas descubriendo la necesidad de cada una de ellas, conduciéndoles a la disciplina y a la capacidad de convivir armónicamente.
Manejo de situaciones difíciles
Antes de juzgar a un niño como “malcriado”, “engreído” o “mal educado”, habría que investigar y averiguar cuáles son las causas que lo mueven a comportarse fuera de lo esperado. A veces temas como la separación de padres, el nacimiento de un hermanito, la muerte de un familiar, enfermedades, hospitalizaciones, entre otros, son los que influyen en la conducta de los niños.
Recordemos que aún no tienen la capacidad para expresar a través de las palabras lo que les sucede internamente. Somos los adultos que les rodeamos, los padres o la maestra en el espacio educativo, quienes tenemos que estar capacitados para organizar estos comportamientos y comprenderlos, acogerlos y traducirle en palabras sus sentimientos, que muchas veces les angustian o les inquietan.
A continuación, proponemos algunas sugerencias para el manejo de situaciones difíciles:
- Ayudarles a anticipar situaciones nuevas que les podrían generar un impacto emocional fuerte.
- Como adultos que estamos en interacción con los niños, es importante detectar qué sentimientos nos generan determinados niños, siendo estos sentimientos proyecciones de ellos, es decir, lo que uno siente como adulto es porque ellos lo sienten como niños. Si me provoca rechazo un niño determinado es porque este niño vive y siente este rechazo y es lo que irradia, lo que proyecta en los demás.
- Ayudarles a reconocer, nombrar, aceptar y comunicar sus sentimientos. De pronto no será todo a partir de la palabra y más bien a través de un dibujo. Siempre pensando en cómo llegar al niño.
- Reconocer sus cualidades antes de señalar los aspectos que corregir para que desarrollen una adecuada autoestima.
- Es bueno para los niños saber que ante sentimientos como la tristeza, rabia, rechazo, etc. (sentimientos de displacer), pueden acudir al adulto. No sólo lo bueno se puede comunicar, sino también lo no tan bueno.
- Como dice Bernard Aucouturier, el juego, la acción, es la mejor manera que tienen los niños para atenuar sus angustias. Dejemos que los niños actúen, transformen y que estén menos tiempo sentados en las mesas.
Para finalizar estas líneas, me gustaría compartir un poema muy significativo de Theodore Roosvelt que me “toca” desde el respeto a las relaciones, no sólo con los niños o niñas, sino con todos.
“Tú y Yo nos encontramos como extraños, cada uno llevando un misterio dentro que quizás nunca llegue a saber quién eres, quizás nunca te conozca completamente, pero confío en que tú eres una persona con todos tus derechos, llena de una belleza y valor, que son los más grandes tesoros en esta tierra.
Por eso te hago esta promesa.
No quiero que te parezcas a nadie, ni te impondré ninguna identidad. En cambio te invito a que seas tú mismo.
Sin vergüenza ni miedo. Mantendré abierto un espacio para ti en el mundo y defiendo tu derecho de llenarlo con tu auténtica vocación. Mientras dure tu búsqueda, tendrás mi lealtad”.
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