El niño durante el primer septenio

Nº 41 · Junio de 2011 · pp. 18–25

Resumen. Describe el desarrollo del niño durante el primer septenio desde la perspectiva de la antroposofía. Aborda la percepción sensorial, la imitación y la identificación, el amor y la confianza básica, la salud y la sensibilidad emocional del niño.

Introduccion

Cuando nace, el niño es un ser vulnerable y totalmente dependiente de los cuidados de los demás. A diferencia de muchos animales, especialmente los mamíferos, que nada más nacer se ponen de pie, pueden correr, separarse de la madre y explorar el mundo, el niño no consigue hacer lo mismo hasta que cumple el año de edad. De ahí que al primer año se le conozca también como una época de embarazo extrauterino, ya que le cuesta doce meses ponerse de pie y conquistar el espacio de la manera que lo hacen ciertos animales en el mismo momento de nacer.

El niño al nacer no está, podríamos decir, completo. Necesita completarse poco a poco, y para ello precisa de los cuidados, la atención y los estímulos del exterior, especialmente de su madre, padre y cuidadores. El hecho de que los animales, al nacer, se encuentren completos, les impide el proceso hacia un nivel de completitud mayor; por el contrario, el niño, como ser incompleto, tiene grandes capacidades latentes para irse completando en lo físico y en lo psicoemocional. Esto implica crecer a lo largo (longitudinalmente) o hacia lo ancho (transversalmente) en las diferentes etapas vitales, hasta alcanzar el final del tercer septenio, más o menos a los 21 años de edad. A partir de ahí crece en su individualidad, no vive de lo prestado sino que empieza a construir su propio camino. Crece hacia su interior. Es el nacimiento del YO.

La proporción cabeza-cuerpo es mucho mayor en el pequeño (1/3) que en el adulto (1/7). Poco a poco la energía, centrada inicialmente en la cabeza, comienza el descenso hacia el tronco y las extremidades. En unas pocas semanas es capaz de mantener erguida la cabeza; luego comienza a mover las manos, no de una forma caótica como antes, sino de una forma consciente, voluntaria y poco a poco armónica. Es capaz de asir las cosas que están a su alcance y las dirige hacia donde quiere. Finalmente, alrededor del año, cuando la energía ha descendido hacia las piernas y los pies, el niño pequeño siente el impulso de ponerse de pie y después de muchos intentos y un gran esfuerzo de voluntad, consigue erguirse en la vertical y conquistar el espacio. Al mismo tiempo las manos libres le ayudan a crear, a dar forma al entorno en el que vive (manipular viene de mano).

El primer septenio y la percepción sensorial

Desde la antigüedad hubo muchos humanistas que estudiaron los ciclos de nuestra vida y los clasificaron en periodos de más o menos siete años, los llamados septenios. En estos septenios se estudia la evolución y el crecimiento del organismo físico, la psicología evolutiva, los procesos y manejo de las emociones y la aparición y desarrollo de la consciencia humana, del Yo. Modernamente, Rudolf Steiner, filósofo y naturalista, creador de la Antroposofía (antropos=ser humano, sofía=sabiduría), recogiendo este conocimiento ancestral, le da una estructura y una explicación actualizada.

El primer septenio en el ser humano (0-7 años) tiene que ver con la formación del cuerpo físico y sus órganos. Dentro de ese periodo y en los primeros tres años de vida el ser humano alcanza sus tres grandes conquistas: El primer año la capacidad de erguirse en el espacio (ponerse de pie); conquista el espacio adquiriendo movilidad e independencia. La capacidad del lenguaje y la comunicación, durante el segundo año; y la capacidad básica del pensar el tercero. Andar, hablar y pensar; capacidades básicas del ser humano.

El crecimiento y la buena conformación de los órganos son primordiales en este ciclo o septenio, ya que la salud física en el futuro depende de ello. El niño, podríamos decir, trabaja como un escultor interno. Las energías formativas en esta etapa parten de la cabeza, organizando y modelando todo su ser. El pequeño no aprende ni con el cerebro ni para él; su máxima actividad es crecer y transformarse, jugar, explorar el mundo e imitar.

Al principio de la vida del niño, incluida la etapa embrionaria y fetal, predomina el polo cefálico, la cabeza. El embrión es todo cabeza, el feto un poco menos. Al nacer aún predomina el polo cefálico en relación al resto del cuerpo. Cuatro de los órganos de los sentidos estudiados por la fisiología actual se encuentran situados sólo en la cabeza: el gusto, el olfato, el oído y la vista. Cuando el niño nace, los órganos de los sentidos, incluido el tacto, se encuentran especialmente desarrollados. El niño es un ser de percepción, intrínsecamente sensorial, todo él es un órgano sensorial. Y lo que percibe del mundo exterior es incorporado y ayuda a construir, o por el contrario, a destruir el organismo físico.

Los órganos de los sentidos están despiertos en tal grado que los ruidos fuertes y las luces potentes le agreden con facilidad, que es lo que ocurre al nacer con la modalidad de parto tecnificado que actualmente predomina en las instituciones hospitalarias (en este caso poco hospitalarias).

El niño se aproxima al mundo con los sentidos, y éste entra en él a través de la puerta de los sentidos. A través de los impulsos de los sentidos se conforma el organismo físico. De alguna manera el organismo del niño se deja instruir por su medio ambiente y por las energías que en él imperan. Las impresiones modelan los órganos.

Como dijo Rudolf Steiner a principios del siglo pasado: “el niño no sólo es sensible a las influencias físicas que le rodean, sino también a las influencias morales, especialmente a las del pensamiento. Así que, por muy rebuscado que pueda parecer a la mentalidad materialista moderna, él siente todo lo que piensan quienes se encuentran a su alrededor”. El niño capta la veracidad que hay en nuestras palabras o en nuestras acciones y si hay un doble mensaje, uno lo que pienso o digo, y otro lo que hago, será perjudicado.

En este primer septenio hay una empatía con el mundo. El niño permite que el mundo entre y conforme lo orgánico. Estando, en su máxima expresión, dedicado a la creación de todo el andamiaje físico-espiritual. Junto a las fuerzas plasmadoras irradiadas desde la cabeza hacia el tronco y las extremidades, actúa la influencia del medio ambiente.

Pero la cabeza, durante este periodo, no es vehículo de consciencia, no es un órgano del pensar sino un órgano formador. Ordena el crecimiento, da lugar, prepara. Irradia las fuerzas formativas, plasmadoras hacia el cuerpo. Es un principio formativo de los órganos del cuerpo y el crecimiento siempre va desde la cabeza hacia el cuerpo y las extremidades, de arriba hacia abajo.

Si recibe muchas impresiones sensoriales el niño se encuentra hiperdespierto o incluso excesivamente alerta. Igualmente estará “demasiado y precozmente despierto” cuando le queremos introducir conceptos mentales antes de tiempo o cuando le damos una mala alimentación (con la que aportamos comestibles, pero pocos nutrientes vitales). No vive el cuerpo y vive en la cabeza.

Cuando al niño se le obliga, y además se hace demasiado pronto, a hacer un esfuerzo intelectual, las fuerzas vitales (o etéricas) son llevadas en exceso hacia la cabeza para servir al aprendizaje, con lo que la formación del cuerpo no se completa bien. El aprendizaje intelectual excesivo o prematuro provoca una merma del desarrollo físico del cuerpo, un freno de su evolución emocional y favorece la enfermedad orgánica.

Todo esta hipertrofia inducida del polo neurosensorial (la cabeza o polo con el que captamos el mundo) da lugar a un “despertar” excesivamente precoz, a una edad en la que el niño todavía debería estar soñando, como dice L. Francis Edmunds. Se acelera y se potencia el desarrollo psicológico a costa del fisiológico y del emocional cuando todas estas energías deberían estar todavía siendo utilizadas en la modelación de un cuerpo sano.

La imitación, la empatía y la identificación del primer septenio

Una de las características de la infancia es que no se aprende por elaboración mental sino por imitación, y el niño no puede menos que imitar, aunque no quiera. Al jugar, imitará naturalmente lo que sucede a su alrededor. No es una copia consciente, sino que su imitación equivale realmente a una identificación o mimetización con las personas que vive y le cuidan y con el entorno o medio ambiente en el que está inmerso. Por eso es importante que el adulto sea digno de ser imitado por el niño o que hagamos cosas dignas de ser imitadas: Amasar pan, sembrar y cuidar a las plantas, leer un libro, hacer teatro, cantar, etc. Lo que el niño toma del ambiente por imitación se imprime en su cuerpo.

Imita, no a un carpintero clavando puntas, sino a su padre, carpintero, realizando los mismos gestos que él hace, incluido cuando se quita el sudor con la manga de la camisa. El niño se impregna de la actividad y no es necesario desvirtuar la acción con explicaciones o teorías abstractas de porqué hacemos las cosas, ni convencerlo de hacerlo argumentando psicologías desfasadas. Cuando el adulto hace algo con total entrega, contagia positivamente el entusiasmo en el pequeño, y el entusiasmo es el motor principal de vida.

El niño valora al que sabe hacer cosas, no al intelectual que sabe muchas cosas. Admira al creador no al pensador. Imita al que hace cosas, no al filósofo o al político. El vive entregado a la percepción del mundo y a la vivencia; no está, al contrario que nosotros, en el mundo del pensar y repensar, en la cabeza. Cabeza, es caput, en latín; es el cabo, la punta y nunca puede ser el centro; nuestro centro está mucho más cerca del ombligo que de la cabeza.

Para que los procesos vistos, tanto de percepción como de imitación, se lleven a cabo en las mejores condiciones posibles, es necesario que el niño pequeño se sienta acogido, cuidado, protegido, querido y reconocido. Sólo en la seguridad que siente con la protección el niño puede abrirse, con toda la confianza, al mundo. En el primer septenio el niño necesita sentir que el mundo es bueno para desarrollar la confianza básica inherente a la niñez sana. De esa manera se puede abrir al mundo y como una esponja suave empaparse de todo lo bueno que hay alrededor y eso le afirma aún más en su autoconfianza. Necesitamos mantenerlo en un medio cálido hasta que surja en él una cálida relación yo–tú, ya que se entrega a todo lo que hace y lo que vive. Si el niño se siente percibido se queda abierto al mundo, confiando en el mundo, porque el mundo, para él, es bueno. Refleja el mundo como si fuera un espejo. Entran los sonidos, las palabras, la leche de la madre, el tacto y el contacto piel con piel, el calor a la vez orgánico y anímico de la persona que le quiere, el alimento sano (no el mero comestible), los colores de la naturaleza, la luz del sol, etc., y por todo ello se asombra.

Entre el cielo y la tierra

Pero cuando el niño se siente rechazado, se encuentra temeroso, tiene reparo a entrar en su cuerpo, en la tierra y en la vida. El cuerpo está ahí pero su parte anímica-espiritual está “perdida entre la tierra y el cielo”. Si el niño es rechazado o las impresiones sensoriales externas son desagradables o hirientes, la Individualidad o el Self, como llamaba Jung (elemento de naturaleza espiritual que nos va a permitir modificar lo heredado) se retira del cuerpo y la remodelación de éste queda incompleta. En este caso el niño enferma.

Ya a los tres años un niño maltratado o no percibido (o ninguneado) puede estar disociado, y lo hace para sufrir menos o dejar de sufrir. Puede crear desde su fantasía un mundo imaginario que le acolche de la vida real, dura, limitante, incluso hostil, o en su extremo se retira del mundo.

Muchas psicosis infantiles tienen origen en esta disociación para dejar de sentir; dejar de sentir para dejar de sufrir. En una palabra, el niño en esta situación no es un habitante del planeta tierra. Ni habita su cuerpo ni habita el mundo, se encuentra entre el cielo y la tierra.

Amor incondicional, su primer alimento

Al inicio de su vida el infante precisa sentir amor incondicional y eso le da seguridad. Cuando se siente acogido en brazos junto al corazón de su madre, se relaja, se tranquiliza con el sonido de sus latidos y su ritmo. Es el mismo corazón que ha escuchado durante los nueve meses que ha vivido alojado en su vientre. La cadencia y el tono del corazón conocido le dan sueño, placidez y confianza. Además se relaja con la voz y el canto de su madre dejándose mecer por sus cantos de cuna. Al cantar creamos un ritmo, y este ritmo le recuerda al ritmo del corazón.

Ante un gesto hostil el niño siente un desgarro, y dicho desgarro es mayor cuanto menor es su edad. Ya que no tiene defensas mentales, ante la agresión exterior responde con todo su cuerpo. Como bien descubrió y dio a conocer Wilhelm Reich, ante el miedo el niño tensa los músculos y deja de respirar. Bloquea y cierra el cuerpo con la intención defensiva de dejar de sentir; dejar de sentir para dejar de sufrir.

Frederick Leboyer se dio cuenta de la amenaza que vive el niño al nacer y abogó por transformar la fría y aséptica sala de partos en un lugar acogedor, en calma, sin luces y ruidos molestos, en una actitud de humanizar un parto excesivamente tecnológico. Su actitud ante el parto fue conocida como un “nacimiento sin violencia”. Un niño que nace en unas condiciones no agresivas, más humanas, confía en el mundo y confía más en él. Este médico ayudó como nadie a humanizar los partos, y de paso a mejorar un poco la humanidad.

Confianza básica, entrega, actividades y tentativas

El niño se entrega con todo su ser al nuevo mundo que sus sentidos le presentan y entra en relación con él por las actividades, por las tentativas, por el movimiento. Las tentativas para mantener el equilibrio sin caerse; sus movimientos y la posición vertical que llega a conquistar; después el andar y el hablar. Todas son manifestaciones de esa “voluntad que despliega” guiada, no por pensamientos, sino por la imitación de lo que se le presenta.

La criatura siente una necesidad muy fuerte de ligarse con el medio, valiéndose de su actividad y por ello debemos permitir libremente sus actividades espontáneas, siempre que lo que haga no le dañe ni dañe a otras personas, ni a los objetos.

Una de las situaciones que le da más felicidad es cuando hace algún descubrimiento y a la par surge el asombro. Esa capacidad de asombro y felicidad que el pequeño contagia directamente al adulto que lo contempla a poco que éste sea sensible. “Antes de poner en marcha nuestro pensamiento, dice Steiner, hemos de pasar por el estado de asombro… el pensamiento debe estar fundamentado en el asombro”. Y mientras se asombra del mundo conserva al mismo tiempo su sensibilidad y su iniciativa.

La salud del niño

La palabra curar viene del latín curare, que significa cuidar, y si queremos curar a los niños es imprescindible que aprendamos a cuidarlos. También es cierto que para cuidar a los demás, es importante saber cuidarnos. “Cuidarnos para curarnos”.

En el proceso de cuidar a los niños despertamos en su interior sus grandes capacidades curativas. La curación no viene de fuera, es más bien consecuencia de comprender, respetar y apoyar las fuerzas autocurativas que porta el niño. Y en esa curación el niño pasa momentos de crisis, pero los momentos de crisis son momentos de reajuste y cambio.

El cuerpo del niño se encuentra en continua remodelación y cualquier cambio requiere no sólo la construcción de nuevos tejidos sino la eliminación de los viejos. Cada crisis intenta llevar al niño a un nuevo equilibrio, ayudándole a subir un escalón en su desarrollo: Físico, emocional, mental y de la consciencia (espiritual).

Las crisis físicas que denominamos enfermedades infantiles, típicas del primer septenio, son con frecuencia una consecuencia natural del crecimiento y del cambio. El niño, a través de la enfermedad, puede reformar los desajustes del cuerpo y “reconstruir” las zonas alteradas. Es como cuando alguien entra en una casa y la va reformando a su estilo.

Las llamadas enfermedades agudas de los niños, en su amplia mayoría, son verdaderas crisis de desintoxicación y regeneración. Los mocos, las flemas, las diarreas, los vómitos, la tos,…son síntomas que indican el esfuerzo del cuerpo por desembarazarse de las sustancias de desecho y tóxicas almacenadas en el cuerpo a lo largo de los últimos meses y años.

Su cuerpo está centrado en el metabolismo, especialmente en el anabolismo o construcción de tejidos y órganos. Y la característica especial del anabolismo es que tiene lugar cuando descansamos, dormimos, y la casi totalidad de sus procesos se llevan a cabo desde la inconsciencia, o al menos desde un estado similar al sueño. Poco a poco, la consciencia, el yo más interno del niño pequeño va entrando en él. Por eso, indica Rudolf Steiner: “… hay que mantener en el niño la condición apacible, soñadora, de imaginación (pictórica) que corresponde a sus primeros años”.

Su cuerpo se forma, se recupera y regenera en el sueño. Y por el contrario, durante la vigilia, se gasta y se desgasta. Durante el día, de alguna manera, nos desgastamos y enfermamos; durante la noche, en cambio, el organismo utiliza la energía vital para reorganizar y curar las zonas que han perdido su equilibrio fisiológico. Por eso al niño pequeño hay que dejarle dormir todo cuanto quiera, porque mientras duerme “crece”.

Mientras su propia consciencia o Yo va cogiendo el mando de su organismo físico, poco a poco va desechando el material heredado de sus padres para construir su propio material orgánico, propio e individualizado. Esta puesta a punto y eliminación de material extraño se pueden llevar lentamente, o puede surgir de forma brusca como una enfermedad infantil. En la enfermedad infantil el cuerpo del niño va eliminando las sustancias heredadas de sus padres al mismo tiempo que elimina sustancias de desecho y tóxicas almacenadas y que le perjudican. Poco a poco se va individualizando.

El último de los tejidos en ser renovados, es el tejido más duro, el que se encuentra más alejado de la circulación de la sangre, el más parecido a un cristal, a lo mineral, y no a lo vivo, es el tejido que compone los dientes del niño.

La caída de los dientes de leche indica que acaba el proceso mediante el que se libra del material heredado de los padres y la aparición de la dentición definitiva indica que el proceso de individualizar los tejidos y órganos del cuerpo ha llegado a la máxima expresión. El niño toma plena posesión de su organismo. Más o menos esta época coincide con que el niño puede empezar a comprender conceptos y representaciones mentales, se inicia el segundo septenio, la edad escolar.

Cuando frenamos una y otra vez todas las crisis infantiles que intentan curar su cuerpo, digo bien, curar su cuerpo, evitamos la desintoxicación y las reparaciones de todos los “desperfectos” ocasionados. Impedimos que el organismo, guiado por su propio instinto, utilice todas sus grandes potencialidades de autorregulación y autocuración. Cuando evitamos que el cuerpo del niño desherede el material heredado de los padres, impedimos que este material sea expulsado quedando como un elemento extraño en su interior. El sistema inmunitario del niño reconocerá estos tejidos como extraños e intentará eliminarlos, a veces de forma brusca y no controlada. Este proceso se encuentra en la aparición de las enfermedades alérgicas: Dermatitis, asma; y de las enfermedades autoinmunes, cada día más y más frecuentes.

El niño es una “esponja” emocional

El niño pequeño vive todas las tristezas y todas las alegrías de su alrededor y reacciona de acuerdo a ellas. Como vive totalmente inmerso en ese triángulo familiar, madre-padre-hijo, el niño absorbe como una esponja todo lo vivido en su entorno. Su enfermedad manifiesta con frecuencia las sombras o desequilibrios de las personas que están a su alrededor y del mundo en el que está inmerso.

El desarrollo de los sentidos del niño necesita el contacto con su familia y al mismo tiempo con la naturaleza de la que toma parte. Desgraciadamente el niño de hoy está con frecuencia sumergido en un mundo virtual: TV, videoconsolas, ordenador, internet, etc., y estos elementos aíslan al niño de la naturaleza. El agua no puede ser tocada, removida, palpada o salpicada en la pantalla de la televisión o del ordenador. La educación no se restringe a imponer una serie de normas y conocimientos intelectuales. La verdadera educación tiene que ver con la capacidad que tenemos los adultos de facilitar o favorecer que el niño actualice y desarrolle sus propias capacidades. El camino hacia una educación humanista se basa en crear oportunidades para que las capacidades de cada niño puedan desplegarse al máximo, puedan llegar a su máxima expresión.

Y en esa educación del futuro y con futuro, es recomendable como expresa Rudolf Steiner:

Saludos

Bibliografía

  • EL PRIMER SEPTENIO. (Varios autores en la línea de la Antroposofía). Editorial Antroposófica. 2005.
  • ETAPAS EVOLUTIVAS DEL NIÑO. Bernard Lievegoed. Editorial Rudolf Steiner. 2009.
  • LOS TRES PRIMEROS AÑOS DEL NIÑO. Karl König. Editorial Rudolf Steiner. 1995.
  • PEDIATRÍA PARA LA FAMILIA. W. Goebel, M. Glöckler. Editorial Herder. 2007.
  • DE CERO A UNO. Paulien Bom, Matchteld Huber. ING edicions. 2004.
  • DE UNO A CUATRO. Paulien Bom, Matchteld Huber. ING edicions. 2002.
  • BUSCANDO EL HILO DE LA VIDA. Gudrun Burkhard. Editorial Rudolf Steiner. 2000.
  • MON ENFANT, SA SANTÉ, SES MALADIES. Wilhelm zur Linden. Editorial Triades. 1997.
Sobre Karmelo Bizkarra. Karmelo Bizkarra trabaja en el Centro de Salud Vital Zuhaizpe Osasun Gunea. Es especialista en educación para la salud: Medicina higienista, medicina antroposófica, psicoterapia bioenergética y medicina psicosomática.
Cómo citar: Karmelo Bizkarra (2011). El niño durante el primer septenio. Cuadernos de Psicomotricidad, 41, pp. 18–25. Luzaro.
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