Entrevista a Mary Ángeles Cremades, Sabine Michiels y Anna Luna

Nº 42 · Diciembre de 2011 · pp. 15–21

Resumen. Recoge preguntas a tres ponentes de la jornada sobre agresividad. Tratan la agresividad como fuerza vital y la formación del profesional, los trastornos de alimentación en los primeros vínculos y las necesidades relacionales del recién nacido.

Aprovechamos la jornada sobre agresividad que organizaron la AEC y la ASEFOP en Vilanova i la Geltrú para hacer algunas preguntas a Mary Ángeles Cremades, Sabine Michiels y Anna Luna, sobre los temas que allí expusieron.

Mary Ángeles Cremades

Has hablado de que la agresividad hay que entenderla como una fuerza vital, como un impulso, como un exceso. Que hay la necesidad de otro para su adecuada canalización. Y también has hablado del trabajo que realiza ese otro, para, como profesional ayudar al niño que presenta dificultades para expresar su agresividad. ¿Cuál es la importancia de la formación de la persona que trabaja con niñas y niños agresivos?

Creo que en un mundo en el que la violencia está tomando carta de naturaleza en distintos ámbitos sociales, comprender bien el origen de la agresividad y su evolución en el ser humano en crecimiento, es indispensable para cualquier persona que trabaja con niños o adolescentes. Si entendemos la agresividad, no como una fuerza destructiva sino como una energía, una fuerza pulsional que toma diferentes caminos de expresión según hayan sido las relaciones de transformación, precisamente de esa pulsión inicial, ante un comportamiento agresivo siempre nos haremos la pregunta: ¿qué relación tengo que ofrecer a esta niña o niño para que encuentre una vía diferente de expresión de su malestar?

En la medida en que hablamos de relación, entramos en juego con nuestra persona y por ello es indispensable conocer quiénes somos nosotros mismos frente a nuestra propia agresividad, cómo resolvimos en nuestra infancia la expresión de nuestra rabia, de nuestros impulsos y qué tiene eso que ver con el adulto que somos hoy en día, porque esos son los mimbres con los cuales vamos a tejer nuestras relaciones; entre otras, nuestras relaciones educativas y/o terapéuticas con las niñas y niños.

Por lo tanto, una buena formación personal me parece capital para las personas que trabajan con la infancia porque si no, como la agresividad afecta a núcleos muy esenciales y primarios del ser humano, corremos el riesgo de estar reaccionando con comportamientos inmaduros, defensivos, incluso rivalizantes, que nos reafirman en una posición de dominio, pero que en modo alguno son constructivos para las niñas y niños porque no les aportan más recursos, sino, al contrario, les encierran y casi les condenan, aunque suene fuerte, a una repetición sin fin de los mismos roles o comportamientos.

¿Nos puedes hablar de formas de mostrar la agresividad?

Yo creo que cuando se habla de agresividad todos tenemos en la cabeza imágenes de comportamientos agresivos en niños y en adultos. El niño que pega, que necesita ir al cuerpo de los demás para descargar su pulsión, los gritos, la violencia verbal, el insulto, son distintas maneras de expresar a diferente nivel la agresividad.

Detrás de una agresión siempre hay una demanda profunda de relación y un déficit grave en la capacidad de comunicación por causas que pueden ser muy diversas y que habrá que valorar. En los niños hay un aspecto evolutivo porque tienen que ir aprendiendo a expresar su necesidad de relación de manera matizada y aceptable; por eso no es lo mismo el niño que pega con tres años que el que lo hace con siete o con doce. A partir de una edad, siempre que hay faltas de respeto a la integridad corporal, estamos ante manifestaciones de violencia intolerables que hay que atajar.

Pero la agresividad también escoge caminos más sutiles y se puede expresar a través de comportamientos manipuladores, chantajistas, de la queja permanente o la impertinencia, que son los resquicios por los que se expresa el malestar interior que no podemos reconocer como tal y que vamos vertiendo sobre los demás.

Hay otras manifestaciones de la agresividad de las que nos ocupamos menos porque son menos molestas en el ámbito social, pero no por ello menos graves, y es la agresividad que se vuelve contra uno mismo. Cuando hay un entorno rígido, poco atento a las necesidades del niño en el que los niveles de juicio y autoexigencia son excesivos o al menos el niño lo vive así, ante el riesgo de perder el afecto de los que le rodean vuelve la agresividad contra sí mismo, anulando su deseo y autocastigándose incluso en sus necesidades más básicas, como puede ser la alimentación.

¿Qué emociones esconde la agresividad? ¿Rabia? ¿Miedo? ¿Tristeza?

Creo que las reacciones agresivas siempre tienen que ver o bien con el miedo, es decir, el ser humano se siente amenazado, inseguro al nivel que sea, y ante el temor, reacciona de forma agresiva como defensa ante algo que le supera porque no puede representarlo, o bien por la rabia provocada ante una frustración.

La mayoría de las reacciones agresivas cotidianas, incluso en los adultos, tienen que ver con que alguien no nos da lo queremos, lo que esperamos y esto lo vivimos como una negación, no a la demanda o la expectativa concreta, sino hacia la persona en su totalidad, provocando en consecuencia reacciones desproporcionadas. La tristeza aparecería como consecuencia de la toma de conciencia del comportamiento o reacción desajustada ante las personas a las que apreciamos.

Desde la psicomotricidad, ¿cuáles son los principios básicos para trabajar la agresividad? ¿Cuáles son los medios para canalizarla? ¿Hay espacio para mostrarla sin juzgarla?

Yo creo que la sala de psicomotricidad es un lugar privilegiado para jugar la agresividad sin ningún tipo de juicio; allí se desculpabiliza, se transforma y encuentra una vía de expresión simbólica profundamente satisfactoria y estructurante para las niñas y niños.

La clave está en la palabra “jugar”, es decir que van a poder establecer una dinámica en la cual van a vivir con placer, y no con culpa, ese movimiento que va del interior al exterior de sí mismo; hay algo que expresan, que sale, que sacan, que echan fuera sin que sea reprimido, afeado o castigado, por tanto, sin que sea “peligroso” para el entorno que le rodea, que es lo que le genera culpa y les hace sentirse “malos”. Madurar en gran medida es aprender a canalizar los impulsos de forma socialmente aceptable y la práctica psicomotriz ofrece la posibilidad de hacer la transformación de esta energía de vida de una manera fácil, vital y muy eficaz.

Sinceramente, creo que una de las genialidades de Bernard Aucouturier es la presencia en el dispositivo de la sesión de la torre de módulos instalada como una invitación al niño a producir ese movimiento aparentemente destructivo, visto desde el exterior, pero tan enormemente rico desde el punto de vista de la construcción y maduración psicomotriz del ser humano.

Tenemos que pensar que en la sala, el niño no sólo descarga y expresa sino que también se nutre interiorizando nuevas sensaciones positivas de sí mismo, lo que le permite ir adquiriendo una calma interior que favorece una mayor apertura hacia el entorno, y así vemos que los niños son capaces de esperar, de tener en cuenta al otro, de cuidar de sí mismos, de colaborar y un sin fin de otras conquistas que armonizan sus relaciones con el mundo que le rodea.

Sabine Michiels

¿La manera en que han sido acogido estos niños en el comienzo de su vida, la calidad de los vínculos que establecen, la fortaleza de su identidad, de su autoestima, son elementos que se muestran en la agresividad que aparece en su expresividad motriz?

Los comienzos de la vida de estos niños (con rechazo alimentario) han sido difíciles de golpe. Los trastornos alimentarios se han instalado muy pronto, en las primeras semanas de vida; el origen de estos trastornos puede ser somático, pero se deslizan muy rápido hacia la esfera relacional.

Estos trastornos han necesitado intervenciones medicalizadas con el fin de asegurar la supervivencia del bebé. Incluso si en la actualidad los servicios hospitalarios están atentos a ofrecer al bebé que sufre un Holding (sostenimiento) y un Handling [Nota de la redacción: Holding y Handling son dos conceptos que Winnicott utiliza para referirse a la “madre suficientemente buena”.] (manipulación/cuidado del bebé) de calidad, es evidente constatar, retomando la historia de estos niños, que no han podido vivir suficientemente experiencias sensoriales y emocionales propicias para instalar una unidad corporal de placer.

Los momentos en que la madre amamanta a su bebé, son momentos esenciales para él para tener muchas experiencias tónicas y sensoriales. Estas experiencias en este dialogo tónico-emocional permiten al bebé crear un vínculo con el otro y crear representaciones de aquéllas. Es así, apoyándose en estos vínculos, como el niño va a poder tomar distancia, diferenciarse y vivir una relación de apego.

En el niño que presenta un trastorno alimentario, y más generalmente con los niños que me he encontrado y que presentaban enfermedades graves en los primeros momentos de vida, las relaciones se construían sobre una carencia mutua: por un lado la del niño, pero también la de la madre.

Esta carencia de corporalidad es la que pueden expresar las madres en el marco de las sesiones de terapia madre-hijo, o en el marco de las entrevistas con los padres, recordando a menudo otras carencias. Ello provoca en estos últimos una dificultad al ver a su hijo tomar distancia frente a ellos.

Se observa pues en estos niños una autoestima frágil, una dificultad de poder exteriorizar sus movimientos pulsionales. Estos movimientos son vividos por las madres como muy destructivos. El niño opta entonces por revertirlos sobre sí mismo.

¿Cómo podemos trabajar con estos niños que deciden agredirse y agredirnos, con el que nos sentimos descalificados, con dificultades para ayudarle? ¿Qué actitudes profesionales nos pueden ayudar?

En esta clínica tan particular el abordaje es pluridisciplinar. La terapia psicomotriz tendrá como objetivo permitir al niño vivir, en una dinámica de placer, experiencias sensoriomotrices y juegos de reaseguración profunda necesarios para superar las angustias arcaicas frente a las que él se ve confrontado. Pero también igualmente, dar oportunidad para que él pueda descargar esos movimientos pulsionales sin culpabilidad y sin el riesgo de ver que el otro pueda ser destruido.

Otra parte del trabajo está igualmente centrado en el acompañamiento del niño en las comidas. Cuando estos profesionales se ven confrontados con los rechazos alimentarios, pueden ser percibidos por los intervinientes a la vez como una violencia contra sí mismo, pero también una violencia contra el otro, un rechazo a aceptar los objetos buenos que nosotros le proponemos. Nos encontramos como los padres, confrontados a toda una serie de sentimientos, emociones, toma de poder, agresividad, descalificación, angustia de muerte, etc.

Se hace un trabajo de acompañamiento, unos movimientos transferenciales, unos cuidados. Este trabajo se hace con diferentes terapeutas implicados en la situación, y permite evitar una repetición del disfuncionamiento relacional.

¿Puedes hablar del tema de la alternancia de los estados tónicos en relación a la agresividad?

En los trastornos alimenticios, la expresión de la agresividad se realiza de un modo muy contenido: es sobre todo una forma de agresividad pasiva.

Cuando pienso en la alternancia de los estados tónicos en estos dos tiempos, que son un tiempo de tensión extrema y después un tiempo de calma que sigue a la descarga de esta tensión, descarga que puede manifestarse de maneras diferentes, hago unión con la propuesta de Suzanne Robert Ouvray que asocia la hiperactividad a la proyección y la hipotonía a la introyección.

Me gustaría ilustrarlo en dos contextos. El primero es el de la gestión de la crisis que son las descargas de agresividad, movimientos destructivos dirigidos hacia el otro. Durante la crisis nos vemos frente a estos dos tiempos: el tiempo en el que el niño proyecta fuera de sí su sufrimiento, y esto está acompañado de una gran descarga tónica, y el segundo tiempo en el que asistimos a una distensión tónica, que remite al niño a un movimiento de centración sobre sí mismo, poniéndole en contacto con los elementos intolerables, que pueden ser la fuente de nuevos movimientos destructores.

Como terapeuta psicomotriz, he trabajado sobre mi propia tonicidad en la gestión de la crisis. En los momentos en que debo contener al niño, trabajo mi propio tono, bien sea en lo referente a mi voz o en lo referente a mi cuerpo en su globalidad. Yo estoy suficientemente tónica como para hacer sentir al niño que yo estoy ahí, es decir, significarle que su agresividad no me destruye; pero tampoco demasiado para no crear una simetría tónica, lo que podría amplificar las tensiones.

En el contexto de la terapia, esta alternancia tónica unida a la proyección-introyección; se puede encontrar en los juegos de identificación con el agresor y, más en particular, cuando el agresor representa los “objetos malos internos del niño”. De esta manera, el niño va a proyectar sobre nosotros los elementos amenazantes de su mundo interno. La destrucción simbólica del agresor que nosotros representamos, permite al niño asentarse, instalarse en un registro tónico más bajo, propicia la integración de lo que acaba de vivir. Este segundo tiempo puede parecerse a un movimiento de introyección.

Anna Luna

¿Cuáles son las necesidades básicas relacionales del recién nacido?

Sabemos que para el ser humano es absolutamente necesaria la relación con los otros, y dependiendo de cómo se organice en esta relación, podrá ser más o menos feliz.

Específico de este primer año será el descubrimiento y conquista del propio cuerpo a partir de las sensaciones, que son el aspecto más básico. Aunque en el inicio es de forma inconsciente, progresivamente las emociones se irán viviendo y formarán parte del desarrollo a partir del cual el niño irá configurando su individualidad.

Como nos dice la Dra. Julia Corominas, La “autosensorialidad” coexiste, aunque todavía de manera parcial y rudimentaria, con las relaciones de objeto desde el principio de la vida.

¿Cómo actúa, cómo madura un niño que no se diferencia como individuo del otro? ¿Puede evolucionar? ¿Es determinante la edad en que se interviene para su posible evolución?

Las primeras relaciones son el inicio de toda una vida de relación: se hallarán en la base de todas las relaciones que posteriormente se vivirán.

El niño tiene al principio una total dependencia del adulto que le cuida; a medida que vaya conquistando su independencia, podrá diferenciarse del otro y, por lo tanto, mostrar sus iniciativas y deseos; y con ellos su capacidad de tolerancia a la frustración y de capacidad de adaptación. Ello le llevará a la madurez que le permitirá convertirse en un ser de acción en la sociedad.

La relación tiene que ver al menos con dos personas. Es importante que la madre se posicione ante su hijo con el deseo de acompañarle en su crecimiento. Es determinante la actitud de la madre, pues si toma a su hijo como objeto, es difícil para este niño evolucionar.

Estamos hablando de estructuras que se organizan desde las primeras experiencias de relación; por tanto, cuanto antes podamos intervenir ante las situaciones difíciles, más prevención de la patología realizaremos, evitando de esta forma un mayor sufrimiento.

Sobre Mary Ángeles Cremades, Sabine Michiels, Anna Luna. Mary Ángeles Cremades es psicóloga y terapeuta psicomotriz. Dirige el centro de formación y tratamiento psicomotor CEFOPP de Madrid, perteneciente a la ASEFOP, asociación de la cual es actualmente presidenta. Sabine Michiels es fisioterapeuta, terapeuta psicomotriz y formadora de la Escuela Belga de Práctica Psicomotriz (Asefop). Anna Luna es pedagoga, terapeuta psicomotriz, formadora de la AEC (ASEFOP) y directora del Centro de Atención Temprana Rella (Barcelona).
Cómo citar: Mary Ángeles Cremades, Sabine Michiels, Anna Luna (2011). Entrevista a Mary Ángeles Cremades, Sabine Michiels y Anna Luna. Cuadernos de Psicomotricidad, 42, pp. 15–21. Luzaro.
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