Había una vez una montaña altísima

Nº 40 · Diciembre de 2010 · pp. 12–19

Resumen. Reflexiona sobre una intervención psicomotriz en grupo con niños con autismo. Aborda el espacio de la sesión, las razones del grupo, lo que sucede en la sesión, el cuento final, la expresión de emociones y el papel del terapeuta.

Reflexiones sobre una intervención de psicomotricidad en grupo con niños con autismo

Introducción

Frecuentemente en nuestro trabajo clínico hemos encontrado niños que presentan dificultades del desarrollo graves y gravísimas y hemos intentado dar respuestas terapéuticas coherentes y eficaces. Nos referimos en particular a esa área de la psicopatología clasificada según los criterios del DSM IV-R como Trastornos Generalizados del Desarrollo y afines (autismo, síndrome de Asperger), o a aquellas situaciones de malestar vinculadas a trastornos específicos con etiología orgánica o genética, que pueden presentar marcos sintomatológicos similares (ej.: síndrome del x frágil).

¿Es posible, nos hemos preguntado, pensar en una intervención terapéutica que, evidentemente no por sí sola sino dentro de un proyecto global, pueda hacer efecto sobre la relación, sobre la acción, sobre el tono y el movimiento, promoviendo un cambio real? ¿La intervención psicomotriz es adecuada también para estos niños? Si es así, ¿qué modificaciones es necesario realizar en el marco y qué medidas en la conducción de la sesión es necesario tener presentes para que esta intervención pueda ser eficaz?

Los últimos estudios en el ámbito de las neurociencias están demostrando que la relación (sobre todo en una intervención temprana) puede incidir a niveles profundos yendo a modificar también los niveles de organización neuronal profundos y arraigados, esto, pues, puede promover también un cambio importante en la organización psíquica de una persona. Pero para que esto ocurra conviene pensar en un espacio físico, mental y relacional específico dentro del cual la relación terapéutica pueda ser vivida en forma válida y fructífera.

Las consideraciones que exponemos en este breve artículo son el fruto de la colaboración con el grupo de trabajo (neuropsiquiatras, psicólogos, terapeutas, enseñantes) que dentro del ASP To5 se ocupa de la intervención psicomotriz con niñas y niños con autismo, sin la cual no sería posible esta experiencia.

El espacio de la sesión

Nuestro espacio de encuentro, en que el grupo de los terapeutas encuentra a los niños con una periodicidad semanal, es un gimnasio suficientemente grande. En este espacio nos encontramos bien, tanto nosotros como los niños, porque nos parece que un espacio suficientemente amplio pueda ser asegurador, garantizándoles también la posibilidad de aislarse y de mantener las oportunas distancias de seguridad con respecto al otro. El espacio está lógicamente equipado con materiales como cojines y colchonetas de goma-espuma, espalderas y trampolín para el salto, rampa y escaleras, telas, cuerdas, peluches…, material que puede favorecer experiencias de placer en el juego de movimiento y en la experimentación de la propia capacidad y fuerza física, además de mediar una relación corporal intensa de los niños entre ellos y con los adultos, precisamente porque creemos (éste es precisamente el principio básico de la terapia psicomotriz) que las capas más profundas de la personalidad pueden ser alcanzados mediante una relación basada, no tanto sobre el intercambio verbal, modalidad demasiado evolucionada y compleja, sino sobre el intercambio tónico y corporal, de movimiento y de acción. De este modo dentro de la sesión se puede desarrollar un diálogo tónico-corporal que moviliza las emociones y los afectos de base, elementos fundamentales para la construcción de la identidad.

Dentro del espacio del gimnasio, preparado al comienzo siempre del mismo modo (un montón de cojines, la torre, el trampolín para los saltos), durante la sesión se organizan, de forma bastante espontánea, a partir del juego de los niños y adultos, de los espacios definidos, a los que se puede atribuir un sentido compartido (la montaña altísima, el pasillo, la plataforma, el mar, la cocina, la casa de los tigres, la barca, etc.), dentro de los cuales las acciones motrices pueden convertirse en representaciones. Estos espacios se repiten de semana en semana y serán modificados poco cada vez durante las sesiones, sólo cuando han sido bien conocidos. Son por lo tanto lugares significativos para el grupo y para cada niño, lugares que no sorprenden y que pueden contener y organizar acciones, imágenes y relaciones conocidas.

Por qué en grupo y qué grupo

Los grupos terapéuticos en los que trabajamos están formados por entre 6 y 8 niños y por otros tantos adultos. Los niños son de edad homogénea, a partir de los 3 ó 4 años hasta el inicio de la Educación Primaria. Cada grupo (tendencialmente cerrado, aunque puede sufrir alguna pequeña variación de un año a otro) tiene una duración de tres años, con sesiones de periodicidad semanal, de octubre a mayo.

Son grupos un poco particulares, dentro de los cuales la proporción numérica terapeutas-niños es más o menos de 1 a 1, no para que exista un terapista fijo por cada niño, sino porque el trabajo en grupo permite a los niños ampliar su potencialidad relacional y comunicativa en un contexto en el cual también los aspectos más difíciles de tolerar y de abordar pueden encontrar una ubicación más aceptable y manejable.

En este contexto los niños experimentan un intenso y profundo contacto (tanto a nivel tónico-corporal como emocional y verbal) con más adultos que juegan, actúan y se relacionan con ellos con modalidades diferentes en condiciones de dar forma a su experiencia emocional, a veces confusa o angustiada. En cierto modo, se puede decir que el adulto transfiere y aporta su capacidad de pensar y vivir las emociones al niño.

El Grupo impide el bloqueo emocional que a veces hemos vivido dentro de una relación terapéutica individual en la que es más fácil que el niño lleve al adulto a un mundo de estereotipias y de no pensamiento, en el que es difícil también para el adulto pensar y tomar iniciativas. Las múltiples relaciones de los terapeutas entre sí y con los niños, de los niños entre sí y con los terapeutas lleva en cambio a los niños hacia modalidades de funcionamiento más dinámicas, capaces de movilizar la potencialidad de su yo creativo. El grupo favorece instaurar una mente grupal, que trasciende los individuos y los potencia. La mente grupal es siempre mente relacional. Se crea, por lo tanto, una dinámica entre las relaciones de pareja, que recuerdan la función materna de holding y de handling y la relación con el grupo, que representa el prototipo de relaciones más evolucionadas, que sitúan a los niños fuera de de la óptica fusional, dual, de la que son a menudo prisioneros.

Otro elemento que cada vez nos parece más interesante en el trabajo de grupo es el nivel y la calidad de la energía que se moviliza y expresa, y que muchas veces permite a los niños la posibilidad de experimentar en la acción y en la relación modalidades tónicas que normalmente no utilizan. La experimentación de emociones “fuertes” en un contexto de seguridad y de placer puede provocar importantes transformaciones tónicas abriendo nuevas vías para una relación diferente con los compañeros y con los adultos

El grupo además favorece la imitación, prototipo del comportamiento social y elemento base para promover movimientos de identificación y de sintonización emocional.

Nos parece finalmente que la presencia de un grupo formado por varios terapeutas y niños permite dinámicas transferenciales y contratransferenciales no fijas, determinando un flujo de energía y de comunicación emotiva a la que los niños pueden “aferrarse” en función de las necesidades presentes en cada momento determinado.

Qué sucede en la sesión de psicomotricidad

La sesión de psicomotricidad es ante todo un momento de juego en el que los niños pueden experimentar hasta el fondo el placer del movimiento y la acción dentro de una relación con adultos que actúan, se mueven y juegan con ellos: ¡Subir, caer, deslizarse, saltar, rodar, correr… dar un bandazo, entrar dentro, deslizarse, chocar… juntos!

La intervención se construye a partir de momentos de placer compartido con la mediación del movimiento y del juego sensoriomotor; todos hemos experimentado que para el niño pequeño muy frecuentemente el movimiento es el mediador del placer, y ni los niños autistas son una excepción.

Dentro de esta actividad de movimiento podemos centrar juegos muy sencillos, pero que son especialmente importantes, como:

  • Caer juntos
  • Tirar las torres, ser perseguidos, ser cogidos, conseguir huir
  • Esconderse y hacerse o no hacerse encontrar
  • Hacerse atrapar y atrapar al adulto
  • Quedarse agarrado y dejarse ir
  • Robar, luchar
  • Destruir y construir
  • Hacerse tirar, transportar, aplastar, envolver, etc.

Tras una fase inicial más “caótica” e indiferenciada de la sesión, en la que lo que se experimenta sobre todo es la relación tónico-corporal con el adulto y los compañeros en los juegos de oposición, de agresividad, de contacto, de fuerza y de movimiento, por lo general con una connotación de fuerte excitación, la sesión de psicomotricidad (como ya hemos mencionado anteriormente) se convierte en una sucesión predecible de espacios, juegos, situaciones que progresivamente en el curso del año se estructuran a partir de momentos de placer de juego compartido y propuestos por los niños.

Esta modalidad permite una compartición de sentido que sólo puede nacer el placer de jugar juntos y, en consecuencia, la comunicación.

Por lo que respecta a la comunicación, nos parece importante subrayar cómo los niños con autismo no se niegan a comunicar, no viven en un mundo de no-comunicación, sino que sus modalidades perceptivas y de acción tienen características peculiares que influyen y condicionan la propia comunicación, lo cual debe tenerse en cuenta, y es que es importante favorecer la comunicación en todo momento con la mirada, con el contacto, con los sonidos, con la gestualidad, y aplicar formas de comunicación con las que el niño pueda estar seguro de que no debe defenderse, que no le obligamos a comunicar, que no queremos invadirle. En las sesiones de psicomotricidad se propone la imitación de los niños entre sí y con los adultos como primer reconocimiento de la presencia del otro y se abre a otras posibilidades de comunicación, los ritmos y las cantinelas pueden transformar ruidos sin sentido en cualquier cosa a la que se puede atribuir significado.

En esta dinámica es muy importante provocar, destacar y valorar los momentos de intercambio de los niños entre sí y con los adultos.

Al final de la sesión, el cuento

Al final de la sesión nos encontramos para dibujar, pero sobre todo para contarnos la sesión, a través de la escritura de una historia. Esta historia, que contiene acciones, imágenes y emociones vividas en la hora que hemos pasado juntos, permite a los adultos y a los niños volver sobre la propia sesión y dar sentido a cuanto ha sucedido a menudo de forma un poco “confusa”, reconocerse y ser reconocidos dentro de una narración compartida, dejando un trazo.

La historia que resulta escrita por un terapeuta con la colaboración de los niños y de los otros adultos puede llevarse a casa o a la escuela, ser releída y comentada, y queda conservada como patrimonio de todo el grupo.

Jugar y expresar las propias emociones

Tal como está estructurado y por las situaciones que se juegan el grupo le da a cada niño individualmente la oportunidad de expresar sus emociones. Sabemos lo difícil que es para un niño con autismo reconocer las emociones de los otros y expresar las propias, por esta razón es importante que las emociones tanto positivas como negativas vividas por los niños y los terapeutas en una experiencia de juego compartido (tengo miedo, me he hecho daño, me gustaría ser cogido, estoy celoso, es difícil esperar, quiero que…) puedan ser a veces comentadas. Esto puede ayudarle a experimentar que cada uno de nosotros siente emociones, y que podemos hablar de ellas.

A propósito de las emociones vividas y experimentadas, otro elemento que nos parece particularmente importante como factor de cambio es que cada niño encuentre en el grupo la posibilidad de jugar situaciones nuevas, diferentes de las acostumbradas, de probar, de experimentar la propia fuerza y las propias capacidades (también las de conseguir confrontarse con los otros), de hacer una experiencia positiva de su propia fuerza, de su propia energía, de su propia agresividad, pero también junto a poderse fiar y gozar de la cercanía, del contacto y de la intimidad con los otros.

El papel del terapeuta

Ya hemos subrayado anteriormente cómo en la sesión los adultos transfieren su propia capacidad de pensar y vivir las emociones prestándosela, de alguna manera, a los niños. Esto puede suceder gracias a un canal de comunicación privilegiado e inmediato que es la relación creada a través del contacto corporal. El terapeuta, que está al lado y se puede identificar con lo que siente un niño, manifiesta tales emociones y pensamientos tanto de una manera no verbal (los movimientos del cuerpo, el diálogo tónico, la risa, el tono de voz, etc.) como por la vía verbal (por ejemplo, puede comentar a los otros adultos y a los niños lo que cree que está sucediendo “dentro” del propio niño). De esta manera se crea una comunicación indirecta entre el niño y los otros adultos con el objetivo de que esta modalidad sea imitada y hecha propia.

Los adultos se emplean y se implican en el juego de forma auténtica y significativa, pero juntos comentan lo que sucede, reconocen las emociones, ligan los sucesos y ofrecen, mediante el dibujo y el cuento, oportunidades de representación. El esfuerzo del adulto, además de crear las condiciones necesarias para que los niños puedan jugar y ponerse en juego en la relación, se dirige a proponer diversas modalidades de representación. Se promociona así un espacio de representación de los afectos, que los niños van interiorizando, permitiendo así una mayor definición de su mundo interno.

El diálogo tónico entre niños y adultos en el grupo de psicomotricidad asume unos valores peculiares.

Por un lado existe la posibilidad de experimentar en el juego momentos importantes de atención, contacto, de envoltura, de ternura, que podrán tener connotaciones “maternas” (en el acto de abrazar, de sostener, de envolver, de dar masaje), así como “paternas” (por ejemplo, en el acto de colgar y tirar). Parece que se puede identificar una connotación paterna en un acogimiento que no se destina a una reunificación de sí en los brazos del otro, sino que empuja hacia afuera, hacia los otros, hacerse grande.

Por otro lado, el diálogo tónico entre adultos y niños permite hacer frente a un tema crucial en el crecimiento de todo ser humano: el tema de la energía vital y de la agresividad. Dentro de esta experiencia la agresividad se transforma en un elemento constructivo gracias al hecho de que se da la posibilidad de jugarla dentro de la relación, no como factor de destrucción, sino como un posible elemento de crecimiento y de afirmación de sí mismo. La agresividad así jugada evoluciona como elemento fuerte del vínculo entre el niño y los otros porque les da la posibilidad de contraponerse y diferenciarse.

Sin esta acción que conjuga energía, excitación, agresividad, contacto, intimidad, odio y amor, los niños permanecerían presos en su mundo. El grupo, en cambio, permite la ruptura de la órbita autista sin generar temores de fragmentación y de invasión, pero dando la posibilidad de experimentar transformaciones y, por lo tanto, evoluciones usando una energía que, sin jugarla en clave defensiva, les permite experimentar su potencialidad de afirmación de sí.

Una historia del final de la sesión (28/2/08)

Había una vez una montaña muy alta.

Antes de entrar quería que también viniera Andrea, pero Andrea se ha asustado un poco porque quería ganarle y en su lugar Enrico quería jugar.

Allí estaba la torre. Pero Ana María quería pelear con todos, porque decía que la montaña era su casa, y así pegaba a todos los niños que llegaban.

Pero los niños querían llevarse todas las piezas y así Anna María les pegaba.

Luego han hecho la rampa y la torre. Y bajo la rampa estaba papá tigre que les esperaba para jugar.

Y Jonathan se escondía para hacerse buscar por papá tigre. Y Alessandro robaba los calcetines a Sara que un poco se reía y un poco se molestaba.

Luego llegan Enrico, Alessandro y Sara a la montaña y Ana María les cogía y Andrea defendía a los niños.

Andrea y Enrico suben juntos a la torre, Enrico le abrazaba y Andrea estaba un poco preocupado porque se acordaba del principio.

Sara ha llegado a la casa de Anna María sin un calcetín y decía “¡ayuda!” Y Andrea y Alessandro le defendían.

Al final hemos mandado fuera de casa a Anna María y hemos entrado todos y cuando alguno salía ella le cogía. Pero Alessandro no se dejaba coger y se refugiaba debajo del trampolín para no ser cogido y hacía bromas con Jonathan y Andrea.

¡Pero en casa se estaba tranquilo con papá tigre!

Y, por último, a la noche, ha llegado la barca. ¡Nos hemos divertido tanto!

Sobre Ester Chicco, Anna Mª Bastianini, Saveria Barbieri, Marco Raviola, Anna Rosa. Ester Chicco, psicoterapeuta, psicomotricista Asl To5, Turín, formadora en psicomotricidad de la ASEFOP. Anna Mª Bastianini, psicoterapeuta, psicomotricista Asl To5, formadora de la Escuela Adleriana de Psicoterapia, Turín. Saveria Barbieri, Marco Raviola, Anna Rosa, psicólogos, psicoterapeutas, Instituto de Psicología Individual Alfred Adler de Turín.
Cómo citar: Ester Chicco, Anna Mª Bastianini, Saveria Barbieri, Marco Raviola, Anna Rosa (2010). Había una vez una montaña altísima. Cuadernos de Psicomotricidad, 40, pp. 12–19. Luzaro.
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