Introducción:
Éste es el titulo que he elegido para ilustrar una fase de la terapia psicomotriz de un niño con autismo, de 5 años. He escogido hablaros de este momento, porque me ha parecido esencial para el cambio tónico-emocional del niño.
Esta modificación producida por nuestros intercambios relacionales ha permitido al niño abordar y descubrir los juegos de reaseguración profunda, que le han permitido atenuar sus angustias colapsantes y su falta de unidad corporal.
El niño fue derivado al centro de tratamiento de niños con autismo donde yo intervengo como terapeuta psicomotriz. El diagnostico señala un estado de autismo con retraso psíquico.
El niño ilusiona: a los 4 años conoce las cifras, ciertas letras, los días de la semana…. Tiene competencias que enmascaran su retraso relacional; los movimientos hacia los educadores no parecen afectados; está en un control permanente, y tiene que ser el primero en todo.
Dentro de su grupo de vida cotidiana parece querer agarrarse a los objetos: tiene que encontrar la misma taza; si no están los cubiertos que quiere, puede no comer; si cualquier cosa le contraría puede montar una crisis de cólera.
Los objetos tienen que ser utilizados siempre de la misma manera, estas repeticiones terminan por cansar a sus educadores, que tienen la impresión de ser ellos mismos “instrumentalizados”. Las manifestaciones de angustia aparecen cuando se le coge un objeto o cuando se hace daño; entonces se tira al suelo y puede llorar durante mucho tiempo.
Da la impresión de imitar lo que hacen los otros niños del grupo. Sus intereses son restringidos y sus actividades son repetitivas y estereotipadas. Su nivel de lenguaje está poco elaborado y a menudo es difícil entenderle.
En el colegio, para todo lo escolar se muestra “como” ávido de aprender, pero cuando la profesora pone música en clase, no entiende nada y se aísla.
Sesiones en la sala:
La ayuda individual empieza en octubre de 2009 y realizo con él dos sesiones semanales de una hora en la sala de psicomotricidad. El objetivo de las sesiones va encaminado a dar al niño un continente corporal que le permita aplacar sus angustias y acceder a un continente psíquico.
En la sala de psicomotricidad durante las primeras sesiones:
- Se muestra conforme, escucha las consignas con atención y parece contento de venir a jugar conmigo.
- Está siempre en movimiento, se mueve mucho; la rigidez puede aparecer cuando corre.
- Su actividad preferida es construir con los bloques de goma-espuma, pero no se pueden caer porque si no, se enfada: construye sin poder jugar nunca a “destruir”.
- Le gusta hacer siempre los mismos juegos con las pelotas: son juegos estereotipados que le permiten mantenerse a distancia; está solo en su juego y se organiza sin tenerme en cuenta.
- Para mí es difícil estar cerca de él, pues es como si yo no existiera; él no busca la proximidad.
- Su mirada es huidiza y evitativa.
- Él no pone interés, no está en el juego, pero ésta es la realidad que se juega entre nosotros, por lo que no puede perder y tiene que decidirlo todo.
- Es muy difícil hacer alguna cosa juntos; es como si yo fuera un intruso, como si yo me fuera a meter en su cuerpo, por lo que me mantiene a distancia.
- Se desnuda conscientemente al principio de cada sesión sin que yo se lo pida. ¿Podría ser para resentir mejor su cuerpo y tener mejores sensaciones en la piel?
- Me he dado cuenta de que, a veces, busca estar encerrado entre dos colchonetas, y que acepta una manta para ser tapado cuando se lo propongo.
Estas diferentes observaciones me han permitido llegar a la hipótesis de una falta de unidad corporal. Necesitaría vivir experiencias sensoriomotrices, experiencias de transformaciones de su cuerpo, experiencias de transformaciones recíprocas propuestas por la psicomotricista, que, cuando son vividas en un fondo de placer, van a permitir al niño reforzar su envoltura corporal y construir su psiquismo.
La emoción que forma parte de los intercambios tónico-emocionales y las repeticiones demandadas por el niño tienen que considerarse como una fuente de placer y factor segurizante.
Después de un año trabajando con este niño podría describir el sentido de sus acciones tal y como B. Aucouturier lo ha descrito en su último libro, Los fantasmas de acción. El tema que está en juego aquí es el siguiente:
- 4 años: Desayuno, comida y cena.
- Quiero alejarme de ti.
- Y para alejarme de ti, necesito tener poder sobre ti, ser omnipotente, vivir mi pujanza, mi placer, mi deseo de destruirte sádicamente para existir y construirme.
Pero hay otros elementos a tener en cuenta:
- Quiero acercarme a ti.
- Pero estoy angustiado, solo y abandonado.
- Quiero que me protejas para que pueda seguir “mi camino”.
Conclusiones:
Para ayudar a este niño, ha sido necesario reencontrar un estadio arcaico, preverbal, puesto que la angustia sólo se expresa por la vía corporal; la angustia pasa por la vía tónico-emocional en resonancia con la del psicomotricista. Es ésta resonancia la que facilita que emerja la historia de sufrimiento del niño.
“La historia de ser víctima de un agresor” jugada a través del placer de destruir al psicomotricista, contiene la violencia de los contenidos inconscientes y atenúa la herida profunda del niño.
Se trata de una apertura que cierra la herida y que abre, al mismo tiempo, una vía a una dinámica de cambio, libera los deseos y los fantasmas de acción originarios. En nuestra terapia son las integraciones emocionales las que van a permitir reactualizar vivencias arcaicas para ayudar al niño a construirse.
Esto supone que el terapeuta funciona a un nivel psíquico arcaico, que condiciona su disponibilidad corporal y su ajuste tónico-emocional de manera que pueda ser ese “médium maleable” concepto de Mme. Milner, retomado por Rene Roussillon.
A raíz de un trabajo de análisis, Milner habla de su contratransfer agresivo y reactivo a la manera en la que un niño la trataba como “detritus”. En lugar de rebelarse interiormente contra el hecho de ser tratada así, Milner ha podido aceptar dejarse considerar como un médium maleable (una especie de plastilina) sometida a la omnipotencia del niño.
Para que este proceso tome peso el objeto debe ser alcanzado y destruido –cambiar de forma– pero debe sobrevivir.
Este médium maleable debe tener 5 características:
- Ser indestructible.
- Extrema sensibilidad.
- Capacidad de transformación indefinida.
- Disponibilidad incondicional.
- Animación propia (quedarse muy vivo).
Así llegamos a una sesión que fue la primera de una serie en las que la destrucción simbólica era buscada y jugada de diferentes maneras por el niño, hasta el día en que me “enterró” completamente por todos los cojines de la sala; me dejó unos minutos sin hablar, sin moverse. Después vino tranquilamente a encontrarme mostrándome la salida.
A partir de esta sesión ya no me ha pedido nunca más jugar esta escena de destrucción:
- Jugar a identificarse con el agresor, jugando a ser agresor, desdramatiza el miedo de haber sido agredido; ahora es capaz de jugar el agresor (lobo, coco, ogro) para preservar su integridad. Ahora se deja aproximar, pide ser cogido, abrazado, llevado.
- Jugar a envolverse para sentirse mejor contenido y unificado.
- Ahora entra en situaciones de juegos de reaseguración profunda como jugar a destruir, puesto que si la angustia de destrucción permanece obsesiva, la pulsionalidad destructiva prohibida corre el riesgo permanente de invadir la vida psíquica y conducir al niño hacia una mutilación del placer de comunicar, de crear, de pensar.
- Jugar el placer sensoriomotor debe dar al niño la ilusión de realizar hazañas fabulosas, sobre todo, si el psicomotricista le admira. La ilusión es el trampolín hacia el progreso para conseguir y da una prueba de confianza en sí mismo. Requiere la implicación de la musculatura más profunda del cuerpo humano. Este juego permite también al niño experimentar el placer de su unidad corporal. Los excesos repetitivos son necesarios puesto que así el niño supera sus dudas, las reticencias tónico-emocionales y se libera también de sus angustias de caída.
- Jugar a esconderse, simbolismo de la búsqueda de la presencia y de la angustia de la ausencia, esconderse para ser encontrado y reconocido.
- Jugar a ser perseguido sin ser atrapado es el medio de asegurarse con respecto a la angustia de persecución, debida a un exceso de sentirse invadido; el niño juega con el miedo, y así anticipa los medios para evitarlo, y cuando el niño puede también a su vez perseguir al psicomotricista, triunfa sobre su angustia.
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación
