Nos ofrece nuevamente su comentario sobre el libro “Educar en el 0-3. La práctica reflexiva en los nidi d’infanzia”, editado por Graó y cuyo autor es Battista Quinto.
En la década de los ochenta se creó en Europa una comisión para estudiar la evolución de las infraestructuras y de los servicios de atención a la infancia para, a continuación, proponer medidas destinadas a su mantenimiento y ampliación. En 1990 en un libro dirigido por P. Moss y titulado Cuidado de los hijos e igualdad de oportunidades, se recogían también a nivel europeo, estudios, conclusiones y recomendaciones para los países involucrados e interesados en este ámbito. Con estos datos quiero destacar que si hace un tiempo la preocupación, el interés por planificar, mejorar y adaptar la atención a la primera infancia era algo que tenía una proyección europea que transcendía lo que acontecía en un solo país, también eso debería mantenerse o recuperarse en la actualidad.
La etapa de Educación Infantil tiene una trayectoria muy breve si la comparamos con la de otras etapas educativas, pero en estos treinta años han sucedido muchas cosas y se han dado muchos cambios en todas partes. El intercambio de experiencias, su difusión en una red lo más amplia posible es una estrategia que hay que volver a considerar, un principio de acción que tiene que servir para consolidar lo que se va consiguiendo, sea donde sea, o en el caso contrario, para denunciar lo que se va perdiendo, sea donde sea. Aunque actualmente la estabilidad y la consolidación aún no se han logrado, creo que se puede afirmar que, después de muchos avatares, existen una serie de acuerdos en sus ejes fundamentales.
Este libro de Battista Quinto Borghi recopila estos ejes: Las características de las buenas prácticas educativas; los profesionales con su formación y su trabajo; la escuela y los rasgos que definen su modelo educativo. Reconoce que definirlos ha sido una tarea que ha exigido investigación, reflexión, la participación de diversos profesionales y tiempo, pero que también se han recibido reconocimientos y valoraciones positivas de otros agentes, entre ellos, por parte de las familias. Llegar a un “cuadro normativo y organizativo formalizado” tiene que incidir de manera clara en actuaciones prácticas. El autor aclara que la reflexión y el análisis es un recurso permanente, incluso en lo que él denomina “buenas prácticas” que aun considerándose adecuadas, no dejan de revisarse, bien para transformarlas o bien para profundizar en el modelo explicativo que las sustenta. Por supuesto, todo este quehacer tiene una intencionalidad explícita: “Invertir en la infancia significa invertir fuertemente en el futuro, en el derecho al crecimiento psicológico positivo, en el derecho al saber. Significa también promover y difundir una cultura de la infancia y la defensa de sus derechos. Significa, además, consolidar y potenciar la investigación y la cultura sobre y en torno a la infancia” (p. 60). Desarrolla estos aspectos desarrolla en la primera parte del libro.
En la segunda parte, desarrolla en cuatro capítulos lo que de manera genérica denomina como Prácticas y que desglosa así: El periodo de adaptación; la vida cotidiana en la escuela (el tiempo de los niños y las niñas y el tiempo de las personas adultas); los espacios; las competencias y las experiencias. También adjunta una serie de fichas y presenta algunos casos, es decir, ofrece recursos relacionados con cada uno de los capítulos.
La labor de reflexión se sustenta en la experiencia y su registro, de ahí la importancia de la documentación en sus múltiples formas y la explotación de herramientas como el diario y las anotaciones, que se realizan sobre el quehacer cotidiano. Contextualizar la acción y la intervención ayuda a precisar en su comprensión y eso configura las intenciones educativas. “Con relación a la primera forma, la capacidad de captar ocasiones informales para favorecer el desarrollo depende mucho, por un lado, de la motivación y de la sensibilidad personal y, por otro, de la preparación cultural y la formación pedagógica de la persona educadora de la escuela infantil. De este modo, observación y acción se confunden, son consecuencia la una de la otra en un continuo único” (p. 166). Apoyada en este proceso, la programación en la escuela infantil organiza una planificación de situaciones y actividades que se han contrastado y constituyen un cuerpo estable de saberes, y al mismo tiempo permite reconocer lo novedoso y tener secuencias para su explotación y tratamiento. Todo ello dentro de unas tradiciones propias de cada centro y de las propias profesionales.
Este autor, tal como se recoge en la solapa del libro, es profesor de pedagogía en la Universidad Libre de Bolzano (Italia), coordinador pedagógico de las escuelas infantiles de Brescia y responsable pedagógico de las de Turín. Tiene publicado en esta misma colección de la editorial Graó otro libro titulado Los talleres en educación infantil: espacios de crecimiento. Además dirige la revista electrónica www.infantiae.org. Podéis hacer una visita para ver qué sucede por ahí.
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