La motricidad en el proceso de maduración psicológica de la criatura
Nos parece interesante poner énfasis sobre le importancia de la observación del niño/a en orden todas las dimensiones de su expresividad o, en otras palabras, en orden a su “globalidad”.
Una primera reflexión nos lleva a pensar en lo variadas que son las predisposiciones humanas hoy en día, influenciadas por los caracteres del entorno, las condiciones de nacimiento, de crecimiento, de vida, por el impulso cultural histórico-educativo, y esto nos lleva a admitir que cada ser humano es único. Estos factores que rodean a la persona del pequeño niño o niña, marcan la construcción de su personalidad, ayudan o frenan su desarrollo.
El ser humano, en general, se desarrolla en una estrecha interacción entre “corazón” (emociones, afectos, sentimientos), cuerpo (su parte física) y mente. Cada acción dirigida por el entorno hacia la criatura o por la criatura misma hacia el entorno, estimula, de forma más o menos intensa, las tres estructuras de su personalidad, es decir, estimula su “globalidad” de ser-persona.
Bien es cierto que el bebé nace ya con una historia escrita en su cuerpo, la de su vida intrauterina (una historia de sensaciones en su piel y en el interior del cuerpo, de movimientos, sonidos procedentes del interior del cuerpo materno y del exterior), y el nacimiento lo introduce dentro de una “nueva” historia, la historia de cada uno de sus padres, la de la pareja, que además es portadora de contenidos históricos personales, relacionados con el sistema familiar vivido, con las experiencias de vida, la cultura educativa y social del entorno.
El nacimiento crea la ruptura de un “estado de bienestar”, y podemos decir que es esta misma “ruptura” la que empuja al ser humano, durante toda su vida, a buscar constantemente un nuevo “estado de bienestar” en una incesante prueba de compromisos entre los datos de la realidad y los deseos propios.
El desarrollo de la criatura se produce por “etapas”: a cada una de ellas le corresponden nuevas adquisiciones, pero también “pérdidas” y “lutos”. Podemos considerar estos pasos como “crisis” (situaciones temporales críticas), en las que se perfila un desequilibrio que anuncia un paso de un equilibrio a otro equilibrio (cada vez más complejo y competente). Estos momentos críticos, relacionados naturalmente con la dinámica de crecimiento y desarrollo infantil, son del niño, sí, pero también se reflejan en el entorno de los adultos que le rodean, puesto que cada etapa supone un cambio de atención, de “mirada”, de reconocimiento, de ajuste al niño.
Estos pasos “fisiológicos” e inevitables, representan para todos los niños del mundo unos momentos de “fragilidad” a los que el entorno (madre, padre, otros adultos de la familia, educadores, etc.) puede responder con posturas de flexibilidad y amorosa atención, ayudando así su evolución, o con demasiada ansiedad, o con superficial desatención y, en estos casos, poniendo al niño en un estado de sufrimiento. Hasta cierta etapa de la vida (aproximadamente 15/18 meses), la premadurez fisiológica y de las estructuras psíquicas del niño, propias de la especie humana, le hacen especialmente sensible a las influencias del entorno. Estas influencias, si no son coherentes con las necesidades del niño, pueden convertirse en un factor predominante para todo un determinado conjunto de situaciones patológicas y/o desarmonías afectivo-comportamentales-cognitivas. Cuanto más pequeño es el niño, más su eventual “malestar” se traduce en un trastorno, que se expresa en formas somáticas (es decir, a través de manifestaciones corporales), puesto que ya es un hecho reconocido que la psique va diferenciándose paulatinamente del soma.
Una criatura que crece, que “se hace mayor”, es, a nuestro entender, un niño que recibe del entorno (madre y otras personas que le cuidan), una buena contención afectiva y tónico-corporal; que está inmerso en una primaria y original relación hecha de “suavidad” y maleabilidad de los adultos; que “siente” (vive sensaciones) aún antes de comprender, que entiende aún antes de hablar, ¡que goza de la trasformación de sí mismo con los demás!
Está, durante un largo y no indiferente periodo, profundamente “vinculado” a las personas que le educan y le cuidan y, en la intensidad y calidad de su “acompañamiento” durante el crecimiento, el niño puede desarrollar sentimientos de seguridad, de identidad, de existencia, de lealtad y confianza.
La criatura podrá expresarse y realizar su propio deseo de forma amplia, cuanta más confianza tengamos en ella y cuanto mayor sea en el adulto el deseo manifiesto de dejarle crecer.
A nuestro juicio, lo expuesto hasta ahora está confirmado por algunos principios básicos:
- El primero: La experiencia de la criatura se construye y pasa ante todo a través del cuerpo (actuar, tocar y ser tocado, manipular y ser manipulado) en la significación de la relación con el Otro; pasa a través de “todos los poros del cuerpo” que sienten, absorben integran. El desarrollo de la inteligencia, del lenguaje, de la personalidad, se construye a partir de las experiencias corporales: en el niño pequeño, la acción que éste tiene sobre el mundo exterior es ya “pensamiento”, puesto que el movimiento manifiesta el mundo interior infantil (su vida psíquica) y la expresa, la traduce, hasta el momento de la aparición del lenguaje.
- El segundo: Es la idea que el cuerpo tiene su lenguaje, que habla más allá de las mismas palabras. Las posturas, la respiración, el tono, los gestos, la manera de desplazarse, la movilidad del cuerpo, son los testimonios no verbales de la historia de su ser.
A través de estos canales, el niño expresa su propia forma de ser al mundo, dando al Otro (padres, educadores) unas pistas sobre el camino que seguir para entrar en comunicación con él.
- El tercero: Es la idea que el cuerpo tiene una memoria. En efecto, el cuerpo recuerda las sensaciones placenteras y/o desagradables vividas en todos los intercambios con el Otro, desde sus primeros momentos de vida (e incluso en la etapa intrauterina): el cuidado del cuerpo, el ser llevado en brazos, el ser alimentado, el dormirse, etc. La memoria corporal registra las experiencias cinestésicas vividas en los contactos e intercambios tónicos-relacionales diarios: el haber sido acunado de forma tranquilizadora o poco adecuada, la aparición del rostro de la madre, el escuchar el tono de las voces y de las palabras, etc. Estas huellas somáticas se convierten en el fondo del sentimiento de placer o desasosiego del niño, y caracterizan sus futuras experiencias sensoriales y sensomotoras, en orden a nuevas búsquedas de experiencias marcadas por agrado y/o intentos de rechazo de experiencias para no renovar el sentimiento de desasosiego y desagrado. Así, por ejemplo, el recién nacido que haya podido vivir “buenas” experiencias al ser llevado en brazos de los padres, transportado en el espacio con cuidado, acunado sin rupturas o sacudidas, podrá más tarde, tras la conquista de la posición erecta y la deambulación, probar una y otra vez el juego de las caídas, revolcarse; es decir, jugar a “perder” la estabilidad conquistada, puesto que a partir del fondo de placer y seguridad original, él tiene una “buena” representación de “sí mismo entero-todo”.
- El cuarto: El acto motor como resultado de un dominio multidimensional: como resultado de la trayectoria vivida y de la integración, por parte de la criatura, de las relaciones de sí mismo con el espacio, el tiempo, los objetos, los demás. La cronología de las secuencias motrices se va enriqueciendo y se coordina en función de la calidad de las experiencias que el niño ejerce sobre el mundo exterior con la ayuda del adulto que le acompaña.
Si lo expuesto hasta ahora muestra la importancia y la riqueza, además de quizás la dificultad, de crecer de la criatura, ¿qué podemos hacer nosotros, como adultos, padres y educadores, para ayudar mejor al niño?
Creemos que la “clave” está una vez más en la calidad de la relación tónico-emocional y comunicativa que se instaura entra el adulto y el niño, y que se expresa y traduce también en una calidad apropiada de organización del contexto en el que el niño mismo está sumergido.
Actitud del adulto y calidad del contexto para una práctica psicomotriz con niñas y niños pequeños
El adulto-educador se “encuentra” con el niño a través de una actitud (o sistema de actitudes contextualizadas) de aceptación, comprensión y escucha, que “in-forman” activamente sobre su capacidad de ajustarse a las necesidades, a los descubrimientos –en otras palabras– al “ser” del niño. “ (…) empieza con una adaptación casi total a las necesidades el niño, y con el paso del tiempo se va ajustando cada vez menos completamente, según la capacidad creciente del niño de enfrentarse a su paulatina disminución” D. W. Winnicott (Juego y realidad) .
De cero a tres años
Algunas indicaciones relacionadas con la Práctica Psicomotora Educativa y de Prevención en la edad de 0 a 3 años
Los principios organizativos de la práctica psicomotriz educativa/preventiva en la edad de cero a tres años están constituidos por COMUNICACIÓN y PLACER SENSORIOMOTOR.
La ayuda psicomotriz educativa/preventiva que incluye la psicomotricidad del niño, podrá diferenciarse en orden a la edad y a la dinámica motriz de cada niño; las dos etapas fundamentales pueden identificarse de la siguiente forma: Del nacimiento a la deambulación (0-18 meses) y de la deambulación a correr (18 meses-3 años).
Del nacimiento a la deambulación (0-18 meses)
Naturalmente, existe una práctica precisa para los niños en esta edad, pero lo más importante es que los adultos educadores estén formados en una actitud psicomotriz. La práctica se manifiesta en todos los gestos de la vida diaria con el niño: en el momento de llevarle en el espacio, manipularle, durante el aseo, las comidas, etc. Esto significa que es en los gestos de cada día donde hay que encontrar la calidad de la comunicación y de la interacción. Sin embargo, pueden existir sesiones de práctica psicomotora específicas:
Organización del Espacio
Es indispensable que los niños pequeños estén situados en el suelo en condiciones apropiadas, para favorecer lo más posible la movilidad en el espacio y, en concreto, la movilidad de las piernas a través del arrastrarse, tirarse, apoyarse, etc., siendo muy conscientes de que los miembros inferiores son las partes del cuerpo que más tardes que los demás se integran en la totalidad del cuerpo. Es necesario organizar el suelo con grandes cojines, que permitan a los niños vivir el empuje desde el suelo. Además, es posible preparar unos cojines cilíndricos, unos planos inclinados, objetos muy sencillos (situados en el espacio preparado), como anillas de plástico, pelotas, peluches, etc.
Principios del trabajo psicomotor
La comunicación. Incluso con un niño muy pequeño (3/4 meses) toda la acción comunicativa se establece en un “vis a vis”, puesto que es necesario que la mirada del niño encuentre la mirada del adulto para que nazca directamente la comunicación. El “espacio rostro” del adulto (boca – sonrisa) es muy importante en la comunicación con el niño, y en el momento en que ésta se establece, hay un “despertar” motor en el niño. Establecer esta área comunicativa es, además, despertar el movimiento: el niño se pone en una “agitación motora”. El despertar de la motricidad favorece la “maduración del tono” a través de la mediación de la tensión de equilibrio y empuje de los pies en el suelo.
- Juegos de levantar y sostener al niño para favorecer a continuación el contacto de los pies en el suelo: placer del empuje que produce una fuerte estimulación a nivel de la columna y, por lo tanto, favorece el erguirse.
- Manipulaciones del niño en el espacio: llevarle, trasportarle, variar su posición: todas estas acciones estimulan el laberinto y los ojos y, por lo tanto, favorecen un despertar tónico del niño.
- Jugar a cambiar la posición en el suelo: pasos dorso – vientre y viceversa para favorecer en estos pasos laterales la construcción del proceso de lateralización.
Se puede ayudar al niño, pero sin una excesiva manipulación y todo en un área de juego, comunicación, seguridad afectiva.
De la deambulación a correr (18 meses – 3 años)
A partir de la etapa erecta, y a continuación del desplazamiento a cuatro patas, es necesario estimular el placer sensomotor. Naturalmente, no hay enseñanzas de esquemas motores, sino la necesidad-posibilidad de crear un lugar en el que el niño pueda realizar todas las experiencias motrices basadas en las estimulaciones laberínticas. Lo importante es favorecer el placer del movimiento: el placer de actuar y jugar, es decir, volcarse, desplazarse a cuatro patas, andar en planos inclinados, subir y bajar escaleras, jugar a caerse en unos cojines, cilindros, pelotas, correr, etc.
Organización del Espacio
Para favorecer el placer sensomotor es necesario predisponer una diversificación de materiales: Un material blando (cojines grandes y pequeños) y un material duro (bancos, respaldos, escaleras). Además, materiales-objetos para favorecer todos los juegos de aparición/desaparición (contenedores, cortinas) y los juegos de llenar/vaciar (cubos, cubetas, pelotas de goma espuma).
Placer sensomotor y juego simbólico son los espacios de acción de la práctica psicomotriz en esta segunda etapa, hasta aproximadamente la edad de 2 – 2½ años.
Tras esta edad, es posible entonces proceder a la sesión en todas sus fases:
- Juegos de seguridad profunda y
- Placer sensomotor
- Juegos de seguridad superficial y juego simbólico
- Juegos de representación y construcción
“Desde el placer de actuar al placer de pensar.”
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación
